31 de diciembre de 2014

Año indefinido


Leo en el último número de Jot Down que el tipo de letra creado por Giambattista Bodoni es preciso, limpio, nítido y elegante. Y superficial, como Italia. Es un estilo que vemos reproducido en numerosas publicaciones e imágenes corporativas. Ojalá la escritura de un repaso al año que termina en letra Bodoni le diera la claridad necesaria para captar el espíritu de los tiempos. Pero los tiempos son confusos, y es difícil expresar en unas líneas un balance a los días que nos toca vivir. La palabra crisis resume el sufrimiento que soporta la sociedad castigada por los desbarajustes económicos, la palabra esperanza reduce los sueños de quienes creen que un futuro mejor es posible. El cóctel de estas y otras palabras puede captar algo de la esencia de este año. Pero el ritual de fin de año consiste en concentrar en una sola palabra los deseos de un año que aún no ha nacido, que aún no ha sido contaminado de crisis, corrupciones y desgracias. La palabra es feliz, a ser posible con letra Bodoni. Año 2015, así seas.

30 de noviembre de 2014

El compromiso


Como en este diálogo de La leyenda del ladrón de Juan Gómez-Jurado, a menudo se confunde la participación con la implicación en los asuntos. El compromiso de verdad. En las relaciones personales hay mucho escrito sobre el miedo al compromiso. Pero los cambios sociales han trasladado esa devaluación del compromiso a los ámbitos tradicionales de la implicación política, social o laboral con las organizaciones y con la sociedad. Para qué comprometerse si basta con participar. Hasta en la batalla de la política y en la interacción dentro de las organizaciones, se pretende a veces preparar un sucedáneo de huevos fritos con chorizo, en el que la participación, la apariencia y el postureo, sustituyen la implicación, la honestidad y el compromiso. El papel de la gallina es mucho más cómodo que el del cerdo. Eso es innegable.

31 de octubre de 2014

Las ventanas rotas


Hace tres décadas los criminólogos James Wilson y George Kelling pusieron el ejemplo de un edificio en el que aparece una ventana rota y que nadie arregla, dando lugar a que en poco tiempo el resto de ventanas acaben destrozadas por los vándalos. Incluso la ventana rota puede dar pie a que se irrumpa en el edificio y las instalaciones sean saqueadas. Este caso dio lugar a la teoría de las ventanas rotas, que sugiere que obviar un delito menor puede tener como consecuencia daños más graves. Romper un cristal no es un gran crimen, pero la ventana rota que no es reparada enviará un mensaje: nadie está cuidando de esto. La lógica de esta teoría es muy poderosa, a pesar de que posteriormente se ha intentado probar, por ejemplo, con numerosos estudios sobre las tasas de crímenes en las ciudades de EEUU que no han sido del todo concluyentes. Las autoridades locales tienen a diario la oportunidad de abonar este campo de experimentación con medidas que atajan los pequeños delitos y faltas. A veces es muy fácil de implementar: por ejemplo extremando la limpieza de determinadas calles para evitar que se conviertan en basureros o eliminando cualquier pintada callejera con el objeto de mantener los muros libres de grafitis. Sin embargo, esta teoría puede tener variantes aún más útiles para el desempeño de un buen gobierno.

Los dirigentes políticos deben preocuparse no únicamente por las ventanas rotas de un barrio conflictivo, sino también de las que aparecen en su labor como responsables públicos. Se espera de la gestión de los recursos que los ciudadanos ponen en sus manos que esté encaminada al interés general, pero al menos se exige que esa gestión no sea corrupta. Puede perdonarse a un político estúpido, pero no a un sinvergüenza. La teoría de las ventanas rotas, como ha apuntado un investigador del comportamiento como Dan Ariely, se puede aplicar especialmente a los políticos y a los líderes empresariales: éstos tienen conductas observadas públicamente que influyen en quienes la observan, por lo cual una mayor exigencia no es especialmente mala. Está justificada la dureza para mantener una ejemplaridad. La corrupción es un comportamiento que se extiende por la sociedad en general si no es combatido con control y con castigo al infractor que, siempre desde una posición de poder, ha retorcido la ética y la legalidad. Cualquier comportamiento corrupto supone subvertir los valores que se defiende públicamente, por tanto la misma gravedad ha de darse a una pequeña corruptela que a un robo sistemático de dinero público. De la reparación de las pequeñas ventanas rotas de la corrupción depende la prevención de todo tipo de delitos cometidos desde el poder.

27 de septiembre de 2014

Funcionarios


Una característica esencial del funcionario es la estabilidad. El empleado público que accede a un puesto por sus méritos tiene garantizada la continuidad cualesquiera que sean los cambios de color político que se produzcan tras unas elecciones. Se anula así la posibilidad de una administración partidista que cada cuatro años cambiara por completo su organigrama. La figura del funcionario profesional e imparcial juega un papel muy importante en los ayuntamientos: el interventor y el secretario, en concreto, son funciones que recaen en personas que han superado un proceso de oposición y dependen directamente de la administración del estado. Esta regulación tiene como propósito controlar el poder municipal y evitar que en los ayuntamientos el caciquismo local pueda hacer y deshacer sin atenerse a la ley. Del funcionario se espera neutralidad frente a acciones de gobierno que, especialmente en el ámbito local, pueden buscar la satisfacción inmediata del electorado y la recompensa en imagen del político de turno sin importar la legalidad y la razonabilidad de los medios empleados. En las últimas décadas, el control interno ejercido por los funcionarios ha fallado, y es consecuencia de ello que a nadie extrañe que la administración local haya sido la protagonista de corrupciones y corruptelas de todo pelaje.

Hablamos mucho últimamente de regeneración de las instituciones democráticas. Y en la tarea de eliminar la corrupción política se pretenden nuevas medidas de control olvidando que la más efectiva regeneración consiste en devolver al cuerpo de funcionarios la autoridad arrebatada. Antonio Muñoz Molina escribe en "Todo lo que era sólido" en favor de la independencia de los funcionarios de los ayuntamientos cuyos puestos no son decididos por el alcalde. El secretario y el interventor deben ser diques que preserven la institución, lo mismo frente a la actuación de un político corrupto que de un alcalde derrochador. Se puede achacar a un populismo, que ha sido transversal a todos los partidos, el desahogo con que el presupuesto municipal ha financiado todo tipo de gastos superfluos y los recursos públicos han sido dilapidados en infraestructuras faraónicas. La deuda municipal sobrevive al alcalde que cesa en su cargo, lastrando la financiación del gasto social futuro. La administración más cercana al ciudadano ha sido también aquella en la que han jugado más cerca con su dinero. En algunos casos, la corrupción se ha producido delante de las narices del pueblo, y ello no ha impedido la reelección del corrupto. El control democrático debe ejercerse también a través de funcionarios capaces y neutrales que tengan la potestad para ello. Es la única vacuna posible contra gobiernos populistas.

20 de agosto de 2014

La autopsia


Rafael Chirbes realizó en su novela Crematorio el retrato definitivo de una época dorada del pelotazo español, los años de la corrupción y el crecimiento especulativo que trajo la burbuja inmobiliaria. El perfil nada mediático del escritor no impidió encumbrar la obra como un ejemplo de conciencia crítica, imprescindible para aproximarse a una etapa histórica de una sociedad que, años después, viviría la irrupción de la mayor crisis en décadas. El mismo torrente de buena literatura que aparece en Crematorio inunda las páginas de En la orilla, la novela que Chirbes ha concebido como el retrato de lo que vino después. Tras el atracón, la resaca. Las páginas de este libro vienen a poner un espejo a una sociedad en crisis, que no sufre solo una recesión económica brutal sino también una descomposición social y una crisis moral. El contexto que viven algunos de los personajes está presidido por el derrumbe de la ideología de la especulación económica que impregnó a un país que creía haber encontrado en el ladrillo el nuevo El Dorado.
La confrontación entre realidad e ideología es una constante de Chirbes que resuelve de manera magistral. La ley de vida de la decadencia física articula la historia principal con el trasfondo del fin de un oficio y la quiebra de un negocio. La crisis hace que el retrato no pueda ser tal cosa, una instantánea o una descripción: no, en esta novela se realiza una autopsia de la sociedad enferma que llevó a muchos a la ruina, vidas de apariencia que cayeron como un castillo de naipes. Tras la crisis hay un país que murió y otro que sobrevive a la devastación. La pérdida de la esperanza como epicentro. La disección que ejecuta Chirbes deja al descubierto las entrañas de la bestia. La autopsia no es optimista: ninguna lo es cuando es redactada con el cadáver aún caliente. Pero la conclusión puede ser útil para progresar: no todo el mal nace de la naturaleza humana egoísta y miserable que sale a relucir cuando se aparta la marea. La crisis trajo el fango de la podredumbre moral y el análisis forense de Chirbes pone en limpio las acciones que la propiciaron. Sin beatería pero sin medias tintas.