31 de diciembre de 2008

El último atardecer de 2008

Antes de que se vaya el día, hay que aclarar una cosa que contradice los resúmenes del año publicados por los medios de comunicación. Este no ha sido el año de la crisis. Veamos la situación con más perspectiva: no se trata de que la crisis económica se vaya a concentrar en un año o, por el contrario, se extienda a varios. La crisis pasará a la historia como un periodo de años afectados por el impacto del derrumbe de un determinado modelo financiero e inmobiliario. Y, ciertamente, el 2008 ha sido el año en que todo el mundo ha sido consciente del panorama que se presentaba. Pero la crisis tiene su origen años atrás, y casi sería más ajustado a la realidad decir que 2007 es verdaderamente el año de la crisis, pues fue entonces cuando el pinchazo inmobiliario se empezó a notar.


En todo caso, las consecuencias más difíciles de encajar de la recesión que ya se palpa en el ambiente económico, el paro, la quiebra de empresas, el cierre de fábricas, se han cebado sobre todo con este año que hoy por fin termina. El 2009 puede depararnos una situación diferente o no, quién sabe, a la vivida. Las predicciones de las instituciones económicas no son buenas, pero es sabido que con un margen superior a seis meses la fiabilidad es la de una bola de cristal. El año es largo: nos queda la esperanza de que hacia el final el enfermo mejore, pues las crisis no son sino una gripe de la economía. Que se cura con el tiempo. En cualquier caso, la pesimista conclusión de la nochevieja es que los últimos rayos del sol del día 31 no son muy diferentes a los primeros rayos del día 1. El cambio de dígito no obra milagros.

28 de septiembre de 2008

La crisis de los incautos

Algunos analistas han empezado a utilizar un nuevo término en la crisis financiera de las hipotecas 'subprime'. Se trata del de activos 'tóxicos', aplicado a todos los derivados cuyo origen es la deuda hipotecaria de alto riesgo, aquélla sin suficientes garantías. Pero los bancos, las aseguradoras, los fondos y los inversores que apostaron por la sobrevalorada burbuja del sector inmobiliario compraron activos que en aquel momento nadie consideró 'tóxicos'. ¿Por qué iban a serlo si se trataba de una inversión en un mercado cuya rentabilidad se consideraba infinita? La confusión de llamarlos 'tóxicos' consiste en que su toxicidad, en realidad, no es fruto de un descubrimiento repentino: la característica que estigmatiza como apestados a estos activos es el alto riesgo. Y no hay nada más cierto que el alto riesgo de la concesión de hipotecas 'subprime' era suficientemente conocido, a pesar de que la información no sirvió a la toma de mejores decisiones en el mercado ni las agencias de calificación del riesgo ('rating agencies') contribuyeron a ello. En definitiva, los derivados financieros que crearon los propios bancos con las 'titulizaciones' hipotecarias no contienen otro veneno que no sea el riesgo consustancial a estas operaciones. Operaciones de inversión especulativa guiadas por la avaricia a costa de la estabilidad del propio sistema financiero.

Se discute si el factor de la regulación del mercado ha contribuido mucho o poco a esta crisis y a la caída del modelo de los bancos de inversión estadounidenses. Hay dos posibilidades, la mala regulación y la insuficiente regulación del gobierno, que desembocan en el mismo problema: las autoridades no estuvieron atentas a los controles que necesitaba el mercado en el momento en que se gestó la crisis. Durante el periodo de la burbuja inmobiliaria se mantuvo la creencia en que los precios de la vivienda nunca bajarían. La expansión económica que produjo la actividad inmobiliaria hizo olvidar a todos los agentes -consumidores, empresas y sector financiero- que hay situaciones que no se pueden sostener mucho en el tiempo. El pinchazo de la burbuja vino acompañado, y a la vez fue en parte efecto, de una política monetaria que pasó de la 'barra libre' a la subida de tipos. La consecuencia fue doble: aumento de la morosidad y crisis de liquidez en los bancos. El fenómeno se ha reproducido, con apenas unos meses de retraso respecto a EEUU, en economías como la británica y la española. Cuando los gobiernos han reaccionado ante el parón en seco de la construcción, las medidas tradicionales contra la crisis económica se han visto eclipsadas por el complejo salvamento del sector financiero.

La intervención gubernamental ha actuado en forma de dique contra el desplome de un sistema financiero contaminado por la desconfianza. Las nacionalizaciones de emergencia muestran hasta qué punto se ha priorizado evitar el mal mayor frente a la prudencia del 'laissez passer' liberal, que aconsejaría el ajuste de los mercados sin intervención del estado para no incurrir en 'riesgo moral'. La operación de rescate que pone sobre la mesa el gobierno de EEUU invierte cientos de miles de millones de dólares de los contribuyentes para que la confianza y la liquidez vuelvan al mercado. El destino es incierto, puesto que la compra masiva de activos que nadie quiere puede generar un balance desastroso para el sector público incluso en el largo plazo. De ahí las reticencias ante una medida que, además, saca las castañas del fuego a un sector 'culpable' de los males que ahora sufre toda la economía. Sin embargo, actuar aun torpemente puede ser mejor que mostrar inacción ante una crisis con pocos precedentes. En el fondo, la crisis es la factura que antes o después habrían de pagar los incautos que propiciaron riesgos financieros que nadie estaba dispuesto a asumir. Como en cualquier burbuja, el último que se endeuda es el que paga los platos rotos. Que el gobierno ponga su parte no es sino el reconocimiento de que todos contribuyeron a la 'exuberancia irracional' que ha traído estos lodos.

30 de abril de 2008

La crisis del ladrillo y el fin de la ilusión

La economía española se ha despertado de un sueño y ha resultado que, cuando despertó, el espectacular crecimiento del PIB de la última década ya no estaba allí. Algunos lo llaman desaceleración y otros crisis, pero el nombre no tiene verdadera importancia. Lo relevante es el hecho que desencadena este frenazo, el fin de la edad de oro del mercado inmobiliario español durante la cual las casas se vendían sobre plano, y también el conjunto de circunstancias agravantes. Entre éstas últimas, cabe destacar la crisis financiera internacional derivada del pánico a las hipotecas "subprime" en EEUU, pero también la ineficaz política económica de los tres últimos gobiernos de España en lo referente a reequilibrar nuestra economía. Solo muy recientemente se ha impuesto el criterio de incentivar el crecimiento de la productividad por medio del desarrollo de sectores más competitivos, en vez de jugárnoslo todo a la carta de la construcción y el consumo interno. Ante el agotamiento de este modelo, las críticas que algunos ya formulábamos hace años adquieren otro significado. Y es que no hay más que echar un ojo a las luces de alarma que vienen encendiéndose en la economía española al menos desde 2002, cuando el incremento del precio de la vivienda se acercaba al 20% anual, para evitar la sorpresa ante la aparente rapidez con que se está poniendo fin a la burbuja inmobiliaria.

El sueño del que hemos despertado puede convertirse en la peor pesadilla, pero no es fácil prever el alcance que tendrá el llamado "ajuste" de la construcción. La reconversión del sector lo mismo puede concretarse en un periodo corto de sequía de nuevas construcciones, hasta el vaciado del stock de viviendas existente, o en el caso extremo en una crisis de precios tan prolongada como la de Japón. Hemos terminado un banquete que proporcionará una segura indigestión del ladrillo, pero también es cierto que el crecimiento puede mantenerse en niveles decentes con el impulso de otros sectores. La revalorización infinita de la vivienda ha quebrado, y con ella los ilusos pronósticos de quienes no vieron en la burbuja inmobiliaria la semilla de su destrucción. El crecimiento sin límites de la construcción, con la inversión en ladrillo por bandera, no podía sostenerse sin considerar que tarde o temprano llegaría un final de ciclo. El papel del sistema bancario en el auge del sector inmobiliario ha sido tan relevante como el jugado en su caída. El sector financiero ha pasado en poco tiempo de promocionar cualquier proyecto urbanizador a mirar con lupa hasta la última hipoteca concedida. La indigestión pondrá contra las cuerdas el negocio de muchos, pero no hay nada más saludable que el sistema económico purgue sus excesos. En este caso, terminando con la ilusión que alimentó un precio de la vivienda sobrevalorado durante una década de burbuja inmobiliaria.

30 de marzo de 2008

La familia y la sociedad del bienestar

El insuficiente desarrollo del estado del bienestar en España ha sido objeto de numerosos análisis. A pesar del palpable alejamiento de los dirigentes políticos de estas preocupaciones, la demanda ciudadana de una mayor atención a los problemas de desprotección social ha propiciado una iniciativa de hondo calado político en la última legislatura como es la ley de dependencia. Con esta norma se pretende cubrir un hueco importante del estado del bienestar, con políticas públicas dirigidas a las personas dependientes y a sus familias. Aunque el diagnóstico que realizó el profesor Vicenç Navarro puede seguir manteniéndose años después, en el sentido de que el "bienestar insuficiente" es síntoma de un mal funcionamiento del "estado social de derecho" que propugna la Constitución Española, los avances deben celebrarse siempre que no oculten la realidad de la paradójica "sociedad del bienestar" en que vivimos. Una de las realidades más significativas de la situación actual en España consiste en el papel que juega la familia en un contexto de carencias sociales de diversa índole.

Ha venido sucediendo en las últimas décadas: aquellos servicios y ayudas que no proporcionan los mecanismos del estado del bienestar son cubiertos por una sólida institución familiar que se adapta a los cambios pero manteniendo su centralidad en la sociedad española. Es por esta función de la familia que las diferencias, hasta cierto punto abismales, que aún separan nuestro sistema de protección social del existente en otros países europeos no se convierten en males mayores que demandarían actuaciones inmediatas de los gobiernos. La escasez de guarderías públicas se ve suplida por los abuelos que ejercen de canguros. La falta de servicios a los mayores dependientes es corregida por el cuidado que les proporcionan sus hijos. La precariedad laboral o los problemas de acceso a una vivienda se arreglan retrasando la edad de emancipación de los jóvenes. El protagonismo de la familia en España deriva principalmente, por tanto, de necesidades económicas y no de factores culturales. Alcanzada esta conclusión, la gran tarea de estudio es determinar cuánto valor producen las familias para la propia supervivencia de la sociedad. Es decir, cuánto producto interior bruto se ven obligadas las familias a generar por sí mismas para mantener una vida digna.

Cada generación ha tenido que afrontar los riesgos y los costes de más de un cambio de los que han transformado esta sociedad en los últimos cuarenta años. Existe una que ha vivido todos esos cambios, la de quienes rondan los sesenta. Un estudio publicado por La Caixa y dirigido por el sociólogo Víctor Pérez-Díaz la denomina "generación de la transición". Han vivido una transformación sin precedentes del mercado laboral desde que ingresaron en él hasta el momento de la jubilación. Es la generación que, a consecuencia del cambio tecnológico y el paro de los jóvenes del "baby boom", ha empezado a engrosar la nómina de prejubilados. Pero lo más significativo es que este sector de la población ejerce en su red familiar un papel crucial, resolviendo problemas de la vida social cotidiana, como sugiere el estudio citado, de manera quizás más decisiva que el sistema de bienestar. Son hijos que cuidan de sus padres de avanzada edad; son padres que aún tienen a sus hijos en casa o les prestan ayuda en su emancipación; son abuelos que cuidan de sus nietos para facilitar la conciliación de la vida laboral y familiar de la siguiente generación. Actúan, en definitiva, cerrando vías de agua en el barco del estado del bienestar, mientras en ámbitos políticos sigue vivo el discurso del gasto público "excesivo" y de que conviene recortar las "generosas" ayudas estatales.

9 de febrero de 2008

Empieza el espectáculo

Se abre el telón y en la pista central vemos a dos señores con idéntica vestimenta, impecables trajes de domingo, que habrán de vérselas con la temeridad de los equilibristas, la agilidad de los saltimbanquis, la habilidad de prestidigitadores y malabaristas y el engaño amable de los clowns. Al final de la función solo quedará uno, pues la decisión del público será implacable con aquél que no interiorice el espectáculo. El circo es el espectáculo total. Ya decía Ramón Gómez de la Serna que no había nada más dichoso que ser cronista del circo, pues el circo es pura diversión, la diversión por la diversión. No puedo estar más en desacuerdo con quienes comparan de forma despectiva la política y el circo. Son injustos con ambos. La política diaria de gobierno y oposición no llega al nivel del circo, a pesar de los leones que adornan la fachada del Congreso. Los rifirrafes de escasa entidad política que protagonizan el debate partidista no entusiasman a los ciudadanos.

En la política hay un componente de espectáculo, que para bien o para mal sirve para aumentar la participación de la gente y que apenas se explota. Y únicamente se llena de contenido cada cuatro años, cuando los partidos están obligados a presentar un nuevo programa electoral. En este sentido, cuando la política es de verdad como un circo es en campaña electoral: los actos de los políticos son todos pura mercadotecnia. El marketing político por el marketing político, sin más cortapisas. Y no se entienda mal esto: con todos los efectos perversos que tiene el marketing, constatar que los partidos se centran en "vender" su producto es una buena noticia para los ciudadanos. Porque el marketing es también colocar al cliente como prioridad, en este caso al elector.

Y como decíamos del circo, nada puede ser más motivador que un espectáculo en el que el público tiene siempre la última palabra. Con el aplauso o el abucheo podemos juzgar a quienes buscan representarnos y que durante cuatro años pueden no necesitar siquiera nuestra opinión para gobernar o hacer oposición. Las campañas electorales son una carrera de obstáculos imprescindible para que ningún candidato llegue a la meta sin haber sudado la camiseta, sin comprometer su credibilidad con un programa de gobierno y sin someterse al juicio implacable de los suyos. Sin campañas electorales, la política sería más aburrida y la democracia se asemejaría a un trámite administrativo por la vía del voto cuatrienal. El espectáculo político alimenta la participación, y ésta a su vez los niveles de exigencia para que los programas no sean papel mojado y para que durante la legislatura los políticos sientan en la nuca el aliento de los votantes que confiaron en ellos.