30 de diciembre de 2007

Las nubes del 2007

La labor propia de forenses que consiste en realizar un resumen del año cuando éste termina ya no está de moda. Quizás porque la autopsia al moribundo año termina convertida en una amalgama de hechos positivos y negativos sin mucho orden ni concierto. Últimamente se llevan más los rankings de lo mejor, de lo peor, de los personajes más influyentes, de las noticias más recordadas. El cambio implica darle la batuta a mentes de consultor que pergeñan una serie de categorías y de escalas para ordenar absolutamente todo lo ocurrido en el año. En cualquier momento, nos soltarán un diagrama de flechas con la dinámica de los acontecimientos de los últimos doce meses y las consecuencias en el estado inicial del año próximo. Siendo un poco menos técnicos, y quizás un poco más prácticos, una herramienta ideal para dibujar lo ocurrido en el año podrían ser las famosas "tag clouds" o nubes de etiquetas. Inspirado por el auge de la web dospuntocero, el resumen del 2007 para este humilde bloguero es el siguiente:


Queda menos elegante que el artículo de fondo estructurado por secciones que suele publicar la prensa, pero nadie me negará que este resumen es eficaz, permite reunir muchas noticias en un solo vistazo y ahorra tiempo al obviar detalles innecesarios de cada acontecimiento del año. Hay varios países, algunos personajes y un puñado de nuevos conceptos que adquieren notable relevancia en este 2007 que se acaba, de modo que la comparación con la nube de etiquetas del próximo año por estas fechas se vuelve realmente interesante. ¿Quién seguirá ascendiendo a nuevas cumbres y quién caerá en el olvido en apenas doce meses? Destaco por último un detalle paradójico de esta "tag cloud" del 2007 que consiste en incluir el 2008 como una etiqueta más. La explicación: este año ha estado muy marcado por las expectativas sobre acontecimientos del 2008, como pueden ser las elecciones previstas en España y en EEUU, que han influido lo suyo en lo sucedido durante este año en el panorama político.

31 de octubre de 2007

El PP y el laberinto del 11-M

La sentencia del 11-M ha sembrado el panorama político de certidumbres sobre las diferentes tesis mantenidas sobre el mayor atentado de la historia de España. La derrota de la teoría de la conspiración que vinculaba directamente la "autoría intelectual" con el resultado de las elecciones del 14 en tanto "objetivo de los terroristas" ha sido tan humillante que los intentos por mantener con vida tales disidencias del discurso oficial serán fácilmente puestos en ridículo. La decisión judicial que condena a todos los implicados directamente en el atentado de corte fundamentalista islámico tiene muchas derivadas, pero la prensa se está fijando principalmente en las consecuencias que tendrá en un escenario preelectoral como el que se avecina, tras haberse colocado durante tres años el 11-M como asunto de disputa entre los partidos. El gobierno del PSOE ha encontrado en la sentencia elementos de descrédito de la posición mantenida por el PP que no dejará de aprovechar contra su adversario. El margen de maniobra del partido que lidera Rajoy está lastrado por la campaña "conspiranoica" que ha patrocinado con entusiasmo durante toda la legislatura, que lo coloca en un laberinto.

El principal peligro con que se encuentra el PP es que un cambio de posición no sería creíble, mientras que seguir con las mismas tesis sobre el 11-M puede hacerle perder de nuevo unas elecciones en vísperas del cuarto aniversario de la tragedia. La única solución es ponerse de perfil y no seguir dejándose llevar por el sensacionalismo de los medios que han marcado la agenda del partido conservador en este asunto. Cuando se está en la oposición, la credibilidad es el activo más importante para que el mensaje cale en el electorado. El poco interés que manifiesta el PP en ser un partido creíble se demuestra en que su mensaje va mayoritariamente dirigido al mismo electorado que le apoyó incluso en momentos difíciles como el 14-M. En vez de ampliar su discurso, se obliga a permanecer en torno a unas "verdades" que nadie fuera del PP comparte. La política de la "conspiración" del 11-M, que tanta audiencia ha proporcionado a ciertos medios, es el ejemplo de cómo un partido ha renunciado a defender ideas para la sociedad y ha sustituido esa tarea por la defensa de creencias sectarias para satisfacción de sus dirigentes. Con la misma seriedad de aquel póster que rezaba, con grandes letras, sobre la foto de un ovni: "I want to believe".

30 de septiembre de 2007

Crisis de confianza

En el origen de la crisis financiera que se ha desatado este verano en EEUU, todos los analistas sitúan a las hipotecas subprime. Son sobradamente conocidas las razones por las que este producto de alto riesgo, puesto en circulación en un contexto de irracional crecimiento del mercado inmobiliario, puede salpicar a todo el sistema financiero en el momento de producirse un "credit crunch" o crisis de liquidez. En el manejo del crédito hipotecario se han cometido demasiados excesos que ahora han sido cortados de raíz, pero el modelo de las subprime es el paradigma de la bola de nieve que finalmente ha salpicado a fondos, inversores y bancos de distintos países. La concesión de estas hipotecas de alto riesgo no tenía límites por el sistema de titulización de los créditos por parte de las entidades financieras, que así podían continuar con el negocio colocando los préstamos en el mercado financiero. De ahí que al cuestionarse el modelo, todos los que habían directa o indirectamente apostado por los "títulos hipotecarios" terminen manchados y metidos de lleno en una clásica crisis de confianza que ha pasado factura a todo el sector.

Pero el problema mayor al que se enfrenta el sistema financiero, con las actuales restricciones al crédito, no es solo que la pérdida de confianza convierta la financiación a corto plazo en casi imposible a través del mercado interbancario. No: los bancos pueden tener recelos entre ellos, la falta de liquidez puede llegar a ser atenazante para los mercados durante bastante tiempo, pero lo peor sería que no se aprendieran las lecciones de esta crisis de confianza. Porque la bolsa no estará mucho tiempo bajando, ni los bancos van a estar eternamente desconfiando de dónde invierte el otro el dinero que le presta. Una política monetaria bien dirigida puede lanzar pronto el mensaje de que la economía volverá a una senda alcista tras el traspiés inmobiliario de este año, pero mal acabaríamos si no se entiende de una vez por todas que las habituales crisis de confianza se originan en el engaño colectivo de las etapas de euforia irracional. El castigo que supone esta crisis para quienes no midieron los riesgos no debería ser suavizado por la falsa creencia de que estas crisis son tan inevitables como la existencia de ciclos económicos y la aparición de burbujas.

25 de mayo de 2007

Alianzas

Nos quejamos de que la distancia entre políticos y ciudadanos aumenta sin parar. En el escenario internacional, este síndrome de la clase política autista se manifiesta en las más diversas iniciativas que nadie entiende para qué sirven. Aún es reciente la idea de la Alianza de Civilizaciones que patrocinaron los primeros ministros de España y Turquía y que adoptó la ONU, con comité de expertos incluido. Un proyecto encomiable de esos que la gente aplaude porque persigue valores importantes, como la paz, pero al que pocos le encuentran utilidad. Una alianza entre occidente y el mundo árabe e islámico no tendría otro objetivo que combatir el problema común que actualmente amenaza su seguridad: el terrorismo. Pero se duda acerca de qué herramientas puede proporcionar una iniciativa de este tipo que no ofrezcan las leyes y el derecho internacional. El problema es que gustan las palabras "alianza" y "pacto" para unir cosas que en otros ámbitos no son muy diferentes pero que son separadas intencionadamente por el pretexto cultural. Una alianza entre cristianos y musulmanes suena bien, pero más lógico sería buscar puntos de unión entre creyentes y no creyentes, pues los monoteístas no suelen ser muy diferentes entre sí. Quizás en vez de una alianza entre civilizaciones, que es un término con demasiadas connotaciones históricas, sería mejor formular una alianza entre oferentes y demandantes de petróleo, o un pacto entre países que disponen de armas nucleares y países que aspiran a tenerlas. La claridad en el lenguaje sería muy beneficiosa para la salud mental de los políticos y, colateralmente, acercaría sus iniciativas a las ideas que tienen los ciudadanos sobre la actividad de sus dirigentes.

Resulta curiosa la costumbre que tienen los políticos de etiquetar los problemas para después afrontarlos como un conjunto al que aplicar una solución mágica. Un ejemplo de esta propensión a simplificar la realidad, bajo la óptica de que las soluciones complejas no suelen funcionar en el terreno electoral, es el de la inmigración. La inmigración es un fenómeno reciente en la sociedad española y sirve también como etiqueta multiusos en el campo de la política. En este caso, el pretexto cultural actúa como en la alianza de civilizaciones para diferenciar y colocar en distintas balanzas los problemas de la sociedad española y los problemas de los inmigrantes, como si éstos últimos no formaran ya parte de la primera. Se tilda de problemas ligados a la inmigración, por ejemplo, a la presión sobre los salarios del constante crecimiento de la población activa, a la necesidad de incrementar los servicios sociales por el aumento del número de habitantes y a las dificultades de integración a causa del idioma. Y siendo cierto que de la inmigración se derivan problemas que hay que afrontar desde una perspectiva específica, resulta que no todos son consustanciales a este fenómeno, algunos se deben a falsas creencias de la población autóctona contra los inmigrantes y la mayoría, además, poco tienen que ver con la dimensión cultural que tan repetidamente se subraya con episodios, ciertamente anecdóticos, como el del velo islámico en las escuelas. De modo que, una vez etiquetados buena parte de los problemas de esta sociedad con la palabra inmigración, los políticos se sacan de la manga la necesidad de un pacto por la inmigración que actúa como bálsamo de Fierabrás.

Pero la pregunta sigue siendo qué medidas se proponen para paliar los problemas de los ciudadanos. Con un pacto puede definirse un nuevo marco institucional y adaptar las leyes a los cambios de la sociedad. Sin embargo, nada se conseguirá con un pacto si aumenta el desempleo en una zona donde se contrata impunemente a "sin papeles" por la mitad del salario mínimo. El pacto será inútil si las carencias de la sanidad pública siguen alimentando el prejuicio de que la llegada de extranjeros está deteriorando la calidad de los servicios que pagamos todos. Y además la idea de pacto nos lleva a la separación mental entre esos dos sectores que aparentemente tienen tanta necesidad de pactar o terminarán a palos: los nativos y los inmigrantes. Idea falsa que hace imposible cualquier otra adscripción de las personas a los grupos de interés que actúan en una sociedad, elevando al altar de la identidad el origen geográfico como único carácter definitorio del individuo. Sería estúpido pensar que los inmigrantes llegan a la sociedad de acogida con la esperanza de que se les ofrecerá un pacto entre culturas diferentes. Como cualquiera, lo que pretenden es tener trabajo, una vivienda y una vida digna. Las alianzas que proporciona la sociedad actual no son entre civilizaciones, más bien se producen entre trabajadores que persiguen un mismo interés, entre empresarios de distinto o del mismo sector, entre contribuyentes de un estado de bienestar, entre ciudadanos de un mismo municipio, entre usuarios de los servicios públicos, entre compradores de vivienda o entre ciudadanos que comparten unas mismas ideas o creencias. En definitiva, entre individuos que se unen a otros diferentes por un mismo objetivo, frente a los que no están por la labor de facilitar ese objetivo.

La máquina de las diferencias culturales, sin embargo, no descansa. Y se nos recuerda continuamente los enfrentamientos que surgen por el contacto entre culturas diferentes, como si los seres humanos estuviéramos especialmente motivados en nuestra vida diaria por la defensa de nuestras creencias religiosas, de nuestra tradición artística y de las costumbres de nuestra etnia. Aceptado el juego de la confrontación por razones culturales, tendríamos que llegar a la conclusión de que esas culturas diferentes que conviven en nuestra sociedad no se distinguen por los gustos estéticos o gastronómicos. El conflicto cultural de verdad se produce entre quienes defienden unos medios u otros para garantizar la seguridad, entre los que defienden un determinado modelo social y los que prefieren que no haya modelo social, entre los partidarios de proteger el medio ambiente y los que se benefician de la falta de protección, entre quienes quieren vivir en una sociedad abierta y quienes no se acostumbran al fin del antiguo régimen y la aparición del estado moderno. En resumen, hablamos de la cultura que nos da buena cuenta de la idea de justicia que cada cual defiende para la sociedad.