28 de febrero de 2006

Los gobiernos europeos y el nacionalismo energético

El panorama político español, tan provinciano a veces, se había construido ya su propio escenario para la batalla político-económica de la OPA hostil de Gas Natural sobre Endesa. Ésta iba a ser una jugada de favoritismo hacia la Caixa catalana para que liderara el sector eléctrico español. Pero entre las posibles salidas a la difícil operación del "pez pequeño que se come al grande", ya se contemplaba la aparición de un "caballero blanco" que finalmente ha sido la alemana E.On y su contraopa sobre Endesa. Este último episodio cambia completamente el escenario y nos descubre la realidad del pastel que está en juego: la reorganización del sector de la energía a escala europea. Existe una lucha de intereses entre los partidarios de grandes empresas nacionales y los que propugnan la creación de varios colosos europeos para vertebrar un mercado energético único que actualmente no pasa de ser un proyecto sobre el papel. Quienes defienden la conveniencia de que haya "campeones nacionales", no ocultan que los gobiernos deben influir en las empresas del sector para que surjan estos grupos. Las autoridades comunitarias, por el contrario, abogan por la solución "de mercado" que significaría la integración en unos pocos grupos de las eléctricas actuales por el propio interés de crecer en tamaño.

Los movimientos y las reacciones que se están produciendo ante casos como el de la concentración defensiva de las francesas Suez y Gaz de France frente a las intenciones de la italiana Enel, son indicativos de dónde se sitúan ahora las operaciones sobre Endesa. Aquí se trata de ver hasta qué punto el gobierno va a obstaculizar la oferta de E.On sobre la eléctrica española y en qué medida los responsables europeos van a tener autoridad moral para frenar medidas de "nacionalismo económico". No va a ser fácil poner orden en un mercado energético que depende mucho del regulador público y está liderado por empresas que tienen el respaldo particular de cada ejecutivo nacional. Se denuncia que los gobiernos europeos tienen con frecuencia la tentación proteccionista de cerrar el paso a las empresas extranjeras en su territorio. Es cierto, pero el energético no es, definitivamente, un sector cualquiera. El futuro económico de cada país depende de la electricidad y el gas, actividades que los gobiernos encuadran en situaciones de "no mercado" que requieren regulación. Si unos gobiernos no quieren perder el control energético de sus empresas, otros no se quedarán atrás. La batalla de las opas no ha hecho más que empezar, en el preciso momento en que se desvelan los verdaderos intereses políticos y económicos que están en juego.

5 de febrero de 2006

La caricatura de un conflicto

Estamos en la era de las grandes palabras. Cada conflicto parece avisarnos del cuestionamiento de valores esenciales y se desatan luchas en nombre de conceptos abstractos que arrastran a las masas. La religión, la libertad, la justicia y la tradición se colocan en el mismo tablero en el que se escenifica el choque entre dos mundos que dicen estar alejados: occidente y el islam. No todo es como parece. La confrontación por agravios pasados y presentes estará siempre en la estrategia de los extremismos. Pero la convivencia entre países, personas, religiones y creencias va por otro camino, aunque se vea ciertamente amenazada por el furor de los integristas. Las caricaturas de Mahoma que publicó un periódico danés, insultantes para los creyentes, han desatado uno de estos conflictos artificiales que no tienen correspondencia con los grandes debates que puede suscitar. Que sea artificial no significa que, justamente por ello, no sea peligroso. Sin embargo, el fuego de indignación que ha prendido en las sociedades islámicas no responde sólo a un pirómano occidental, ni la provocación gratuita debe servir para promover iniciativa alguna que cuestione la libertad de expresión.

No estamos ante una gran disyuntiva, de natural irresoluble, entre libertad y tolerancia. El foco del problema está en unas élites que manejan la válvula de escape del radicalismo para enfrentar a su gente con los países europeos. No hay otro problema si existe un enemigo exterior: vieja estrategia que desborda cualquier aproximación diplomática entre los estados que permiten el asalto de embajadas y los gobiernos que se limitan a garantizar que la prensa decida por sí misma qué viñetas publica. El odio se manifiesta a partes iguales entre quien insulta y quien responde con violencia. Pero el conflicto de las caricaturas quedará como un obstáculo para el futuro entendimiento con dos caras muy diferentes: del lado europeo, se trata de una simple torpeza en su despliegue de un 'soft power' diplomático; del lado musulmán, en cambio, es la demostración de que la esfera de lo público sigue dirigida por la religión, y más concretamente la versión integrista de las creencias de los hijos de Alá. La intolerancia que se exhibe ante los agravios y los insultos de otros puede convertirse en la prueba de un inocultable miedo a la libertad y a la democracia.