15 de enero de 2006

Efectos colaterales en Pakistán

Si algo ha dado motivos para la expansión del sentimiento antiestadounidense por el mundo, esto es la política militar de Washington en el exterior durante los últimos años. El odio irracional y genérico hacia todo lo relacionado con los EEUU indigna profundamente cuando se pone en evidencia un doble rasero que no condena la existencia de ese enemigo difuso, personificado en Bin Laden y Al Qaeda, contra el que lucha la democracia americana desde el 2001. El terrorismo juega sus bazas para conseguir un equilibrio favorable a sus intereses entre legalidad y guerra contra los criminales. Pero es el gobierno de George W. Bush el que ha dado los pasos necesarios para que el crédito de solidaridad mundial con el que contaba EEUU tras el 11-S se agote irremediablemente. La intervención en Irak fue el punto culminante de esa ruptura con las reglas que sembró la desconfianza hacia la superpotencia americana. Fue también el principio de una desastrosa gestión de los cambios en Oriente Medio, donde la diplomacia estadounidense cree aún que dispone de una varita mágica para redibujar sin mayores problemas el mapa de la región mediante la fuerza y la amenaza. Me parece adecuada la precaución de no exacerbar innecesariamente la crítica a Washington por sus irresponsables errores en la política exterior. No hace falta avivar el fuego contra Bush y el 'demonio americano'. Pero las acontecimientos diarios se encargan de demostrar que una grave falta de respeto por la vida humana se ha instalado en la dirección del ejército más poderoso del planeta.

Todo indica que el objetivo de la CIA de acabar con la vida del supuesto lugarteniente de Bin Laden, el egipcio Al Zawahiri, se ha saldado con una matanza de civiles. No han matado al dirigente de Al Qaeda, pero el trágico error de los servicios de inteligencia no ha salido gratis. Un avión no tripulado de la fuerza aérea de EEUU realizó esta semana un bombardeo sobre una aldea paquistaní, cerca de la frontera con Afganistán. El resultado es que dieciocho personas mueren como 'efecto colateral' de la lucha de EEUU contra el terrorismo. La violación de la soberanía del territorio de Pakistán ha provocado, igualmente, un conflicto diplomático. El régimen 'amigo' de Musharraf no podrá digerir fácilmente la ineptitud de la CIA y la despreocupación criminal con la que el ejército estadounidense, al que ayuda en sus intervenciones en la zona, deja víctimas en su propio país. La opinión de la calle se enfurece y se radicaliza con cada barbaridad cometida en nombre del orden y la justicia. La caza y captura fallida de los dirigentes de Al Qaeda es una prueba palpable del error que supuso la guerra de Irak para la estrategia de EEUU de acorralamiento de los terroristas. Los esfuerzos se redirigieron para que la sombra de Bin Laden no siguiera centrando la atención. Ahora, incluso Pakistán puede temer por las acciones de la CIA que no cuentan con ninguna garantía de efectividad. Lo que más le costará al gobierno norteamericano no será, en todo caso, mejorar su acierto en la lucha contra el fundamentalismo islamista, sino recuperar la credibilidad de potencia occidental que conserva algún interés por hacer prevalecer la ley y el estado de derecho.