31 de diciembre de 2006

Cambio de dígito

No es fácil resistirse a hacer balance del año cuando éste se acaba. Es habitual que, en el repaso a los acontecimientos de los últimos doce meses, se resalten los claroscuros para que el optimismo no inunde la percepción del año que termina y se entre en el nuevo con la promesa de mejorar lo pasado. Pero al final resulta todo tan arbitrario como la descripción de las figuras que forman las nubes en el cielo. ¿Es eso un champiñón? ¿Acaso no se asemejan los cirros a un plato de caracoles? De modo que todos esos balances del año deberían dejarse en blanco, para que cada cual agrupe las nubes como mejor le parezca y el recuerdo de 2006 se parezca de verdad a cómo realmente fue el año para cada persona. Y no está de más recordar que, haya sido bueno o malo el año que ya terminó, en 2007 las nubes vendrán cargadas con las mismas promesas y dependerá de cada uno que se hagan o no realidad.

Nubes de 2006

1 de octubre de 2006

La banca y el final del boom inmobiliario

El sector de la construcción es un motor del crecimiento económico que genera per sé temores y suspicacias. A pesar de que la economía española está viviendo de los réditos de una larga etapa expansiva que tiene mucho que ver con el igualmente prolongado "boom" inmobiliario, todo el mundo parece haberse dado cuenta de los riesgos y las consecuencias indeseadas de esta situación. El momento actual puede resumirse con una imagen: la de los invitados a un convite pantagruélico que no se acuerdan de la sal de frutas hasta que han terminado el postre. El sector del ladrillo ha generado empleo, actividad y beneficios desorbitados; pero, a diferencia de lo que ocurría unos años atrás, ahora no sólo sobresalen aspectos positivos. Se le coloca en el centro de una preocupación generalizada por el gravísimo problema de acceso a la vivienda, por la corrupción municipal a cuenta de las cuestiones urbanísticas y por el insostenible ritmo de endeudamiento inmobiliario. Por otro lado, la discusión sobre la burbuja del sector empieza a arrojar signos de la derrota definitiva de las tesis "nuncabajistas": pocos se muestran ya dispuestos a defender que nunca habrá crisis de precios y que no se producirá un cambio de ciclo. La construcción, en resumen, se enfrenta a la posibilidad de que terminen sus años dorados en medio de un más que justificado temor por el futuro de la economía española, que ha estado excesivamente volcada hacia un sector de baja productividad que no encaja en un modelo de desarrollo teóricamente guiado por la mejora de la competitividad.

Una de las razones poderosas de este "boom" inmobiliario ha residido en el generoso crédito otorgado por el sector financiero, que durante años ha visto en el filón hipotecario su principal fuente de ganancias. No es casualidad, por tanto, que la tendencia alcista de los tipos de interés haya actuado de detonante de las preocupaciones por el futuro del sector del ladrillo. Se insiste en que el pinchazo de la burbuja inmobiliaria puede estar cerca porque ya se ha producido un hecho que lo anticipa: los bancos han cambiado de estrategia, ante el temor de que la patata caliente hipotecaria les queme en las manos. Las entidades financieras abandonan el monocultivo y se reorientan hacia otros negocios, como el crédito al consumo y las pymes. Y si se corta el grifo de las hipotecas, el río de las inmobiliarias no podrá seguir su curso con el mismo caudal. Los mercados financieros han reflejado continuos vaivenes en las cotizaciones de las grandes empresas del sector de la construcción. Pero sólo se puede extraer una conclusión válida a los efectos de primar una estrategia empresarial coherente: las compañías que han subido hasta convertirse en grandes empresas de servicios a ojos del mercado han sido las que han optado por diversificarse. Es decir, las que no se han limitado al monocultivo. Si dejas de ganar en la construcción, al menos sigues generando beneficio en otras actividades. Por ese camino han optado las grandes constructoras hasta el punto de protagonizar el reciente asalto de algunas de ellas al accionariado de las compañías eléctricas. De la mano, lógicamente, de los bancos que les financian esta "diversificación" convertida ya en tabla de salvación de un sector que no quiere ni pensar en vacas flacas.

2 de agosto de 2006

Cinco

Cuando ya me había hecho a la idea de que hace más de cuatro años que estoy escribiendo en el blog, y antes de que se me ocurriera pensar que cumpliré seis tecleando en este mismo rincón de la red, me he dado cuenta de que "Posdatas" lleva abierto cinco largos años. Una edad que, para ser un blog, no está nada mal, sobre todo cuando todavía me da la sensación de que huele a nuevo y no ha vivido lo suficiente como para sentir nostalgia de aquellos primeros años en la blogosfera.

24 de mayo de 2006

La corrección bursátil y los atrapados en la inversión inmobiliaria

Los analistas bursátiles andan de los nervios con los vaivenes del mercado de la última semana. Se supone que deberían tener una explicación para el comportamiento que ha llevado a la bolsa a mínimos anuales, pero habitualmente reconocen que todo tiene bastante de irracional y que cualquier cosa puede pasar. Ya que no hay fundamentos muy sólidos para que los valores sigan bajando, a pesar de los muchos nubarrones que se ciernen sobre la evolución de la economía mundial, como tampoco los había para la subida espectacular de los últimos meses, esta "corrección técnica" se achaca a un efecto gregario de muchos inversores tras la toma de beneficios de los fondos de inversión. Lo más delicado de esta bajada tras meses recogiendo las mieles del éxito bursátil es, por un lado, como es lógico, el número de "atrapados" en valores que subieron mucho y que se han pegado un batacazo considerable en los últimos días. Este aspecto, sin embargo, ya debería estar descontado por quienes invierten, pues las oscilaciones en los valores es lo normal, sobre todo si se mantienen muchas incertidumbres por cuestiones como la energética. Por otro lado, es inquietante lo que pudiera tener este movimiento de la bolsa de aviso sobre la situación de otro mercado, el inmobiliario.

La inversión que se hace en ladrillo puede estar también virtualmente atrapada, como las de quienes pusieron su dinero en las constructoras cuando estaban en lo alto de la ola bursátil. Las hipotecas están amenazadas por más de una subida consecutiva del tipo de interés por parte del Banco Central Europeo, lo que vuelve a colocar a la burbuja y al nivel de endeudamiento familiar en "el más difícil todavía". La bolsa siempre sirve, en cierto modo, de indicador de lo que viene. El negocio inmobiliario hace tiempo que llegó a un techo, por más que las empresas del ramo sigan creyendo que la expansión de la vivienda es infinita. ¿Está medio país atrapado en un mercado inmobiliario que asusta por la magnitud de la burbuja y que deja a muchos sin posibilidad de acceder a una vivienda? Al igual que en la bolsa, cuando los inversores se alejan, la tendencia del precio en el mercado no puede ser otra que a la baja. La clave está en el ritmo con que se abandona la opción del ladrillo como inversión, después de varios años en los que se ha primado el mercado de bienes raíces y su papel en el sostenimiento del consumo privado ha sido determinante para el crecimiento económico en España y otros países. De manera que estamos en disposición de comprobar en breve plazo si finalmente se produce una estampida ante el riesgo de que la burbuja caiga sobre las espaldas de millones de hipotecados.

30 de abril de 2006

Los horarios y la vida laboral

No aparece reflejado en las encuestas como uno de los problemas prioritarios para los ciudadanos, pero forma parte indisoluble de la principal preocupación de la mayoría de la gente. Se trata de los horarios laborales, que determinan la vida cotidiana de los trabajadores activos y de los familiares que dependen de esa actividad. El trabajo es un problema cuando no se tiene, pero también es fuente de dificultades cuando se dispone de un empleo que no cubre satisfactoriamente todo lo que demandamos de él. Una de las condiciones laborales que más costó regular es la jornada de trabajo. Casi un siglo después de la conquista de la jornada de ocho horas, muchos siguen considerando esta meta un sueño por lograr y otros ven en la distribución del trabajo y los horarios laborales el centro de una nueva batalla por la calidad en el empleo. Cada vez se escucha más hablar del desbarajuste que provocan las largas jornadas de trabajo en la difícil conciliación entre vida personal y profesional. La cuestión no es tanto trabajar menos, a pesar de que en muchos casos el problema sí resida en un exceso de horas, como distribuir la jornada de forma que se gane en tiempo libre y no se vaya el día entre el trabajo y los desplazamientos. En España, los horarios nos han llevado a hábitos muy distintos a los de otros países, por lo que no faltan iniciativas que demandan una convergencia también en este aspecto. Pero ¿realmente merece la pena que adoptemos horarios más 'europeos'?

Lo primero que se debe considerar es que los horarios y los mecanismos de adaptación del trabajo a las costumbres sociales no nacen exclusivamente de políticas de los gobiernos. Poco se puede hacer desde la autoridad en un contexto de múltiples jornadas laborales, que dependen del sector económico, del grupo social o la tipología de las empresas, pues los cambios más recientes en el diseño de los horarios han venido de decisiones privadas en las que no han influido en exceso las voluntariosas políticas de conciliación. Por iniciativa de la Fundación Independiente, se constituyó una comisión para la racionalización de los horarios españoles, que viene realizando trabajos sobre la cuestión. Promueven la normalización con los demás países europeos, que cenan varias horas antes que los españoles, y consecuentemente no tienen jornadas de trabajo que terminen más allá de las seis de la tarde. Cualquier cambio en los hábitos imperantes en España será paulatino, aunque parece lógico que terminemos aproximándonos a esta forma de vida más respetuosa con el tiempo de ocio de lunes a viernes. El horario tradicional español viene de una transformación peculiar de las costumbres que operó a mediados del siglo XX. De trabajar de sol a sol, se pasó a jornadas extensivas para los que se fueron del campo a la ciudad y adoptaron la fórmula del pluriempleo para salir adelante. La sociedad ha cambiado mucho desde entonces: no será extraño que el cambio se produzca ahora a la inversa, recuperando unos horarios ya olvidados incluso en el medio rural pero más acordes con estándares europeos.

Hablan de que racionalizar los horarios que rigen en España servirá para «mejorar nuestra calidad de vida, lograr una vida familiar y social más intensa, y aprovechar con mayor eficacia nuestro tiempo». No hay duda respecto a las ventajas de una jornada continua, que permite a los trabajadores disponer del tiempo que necesitan para sus hijos y para desarrollar otras actividades. Los valores también están cambiando, y se percibe una cada vez mayor preferencia por el tiempo de ocio, a costa de otras condiciones económicas del empleo. Resulta, por tanto, prioritario abordar la cuestión de los horarios. Aunque no creo que la preocupación principal deba ser homologarnos con Europa, sino apostar por la flexibilización de la jornada y un modelo de trabajo personalizable, ambas condiciones a tener muy en cuenta en aquellos sectores competitivos en los que merece más la pena tener al trabajador satisfecho que esclavizado durante todo el día en la oficina. Los aumentos de productividad se ganan también con un aprovechamiento horario más eficiente y con una recompensa no monetaria al trabajo realizado. No será una locura que se generalice la idea de tener menos sueldo a cambio de más tiempo libre. Sobre todo, si muchas empresas dejan de confundir trabajar con estar en el lugar de trabajo. El valor del tiempo será un aliado fundamental para cualquier cambio en los horarios y en los hábitos laborales del siglo XXI.

2 de abril de 2006

Cuando los clientes no se quedan quietos

Sobran manuales de mercadotecnia basados en la conocida premisa de que el consumidor siempre tiene la razón. Muchas de las empresas que han alcanzado el éxito partiendo de la nada presumen de que su secreto es simple: colocaron la atención al cliente como la primera de sus prioridades. Cualquier negocio tiene los días contados si no puede disponer de la fidelidad de sus clientes. Sin embargo, no todo es tan sencillo y la realidad nos muestra a diario que la gestión de las empresas puede desviarse de este razonable objetivo. En situaciones de mercado que les son favorables, hay "empresas estúpidas" que sobreviven momentáneamente pero cuyo trato a los consumidores terminará pasándoles factura. En expresión de Ramón Pueyo, la estupidez de ciertas compañías se evidencia en algunas prácticas comerciales que parecen «más bien parecen diseñadas por su más acérrimo rival comercial». Información incompleta, trato impersonal o comportamientos oportunistas son las formas habituales en que se manifiesta la incapacidad de una empresa para sintonizar con sus clientes. Algunas de las compañías que más han invertido en publicidad para crearse una reputación de empresa seria, en la que se puede confiar, pueden estar tirando esa inversión por el sumidero con una estrategia comercial que no satisface las necesidades de los consumidores.

Un caso significativo de este tipo de empresa que se da en la actualidad podría ser Jazztel. Esta compañía telefónica, que compite con cierta agresividad comercial con el operador dominante, está dejando su imagen por los suelos con las continuas quejas de una parte de sus usuarios. Al mismo tiempo que crece la desesperación por no alcanzar una cuota de mercado suficiente para ser rentable, la empresa ha descuidado la calidad de los servicios que presta a unos clientes que ni siquiera cuando deciden desvincularse de la compañía se libran de su incompetencia. ¿Qué mejor regalo para los competidores que la estupidez de una organización incapaz de ganarse la fidelidad de sus clientes? El modelo de Inditex sigue siendo adorado por los gestores de empresas de todo el mundo. Pero no se trata solo de producción flexible y coordinación perfecta de los distintas partes de la organización; la empresa gallega sigue ganándose la atención de la prensa por el éxito de su enfoque volcado en el consumidor. Colocar al cliente en el centro de su organización supone para cualquier empresa exigirse una atención constante por las necesidades de éste. Cuando falla esta conexión, la compañía sabe que puede estar cavándose su propia tumba. Lo cual proporciona una oportunidad perfecta a los consumidores para demostrar su poder, con independencia del tamaño de la compañía.

28 de febrero de 2006

Los gobiernos europeos y el nacionalismo energético

El panorama político español, tan provinciano a veces, se había construido ya su propio escenario para la batalla político-económica de la OPA hostil de Gas Natural sobre Endesa. Ésta iba a ser una jugada de favoritismo hacia la Caixa catalana para que liderara el sector eléctrico español. Pero entre las posibles salidas a la difícil operación del "pez pequeño que se come al grande", ya se contemplaba la aparición de un "caballero blanco" que finalmente ha sido la alemana E.On y su contraopa sobre Endesa. Este último episodio cambia completamente el escenario y nos descubre la realidad del pastel que está en juego: la reorganización del sector de la energía a escala europea. Existe una lucha de intereses entre los partidarios de grandes empresas nacionales y los que propugnan la creación de varios colosos europeos para vertebrar un mercado energético único que actualmente no pasa de ser un proyecto sobre el papel. Quienes defienden la conveniencia de que haya "campeones nacionales", no ocultan que los gobiernos deben influir en las empresas del sector para que surjan estos grupos. Las autoridades comunitarias, por el contrario, abogan por la solución "de mercado" que significaría la integración en unos pocos grupos de las eléctricas actuales por el propio interés de crecer en tamaño.

Los movimientos y las reacciones que se están produciendo ante casos como el de la concentración defensiva de las francesas Suez y Gaz de France frente a las intenciones de la italiana Enel, son indicativos de dónde se sitúan ahora las operaciones sobre Endesa. Aquí se trata de ver hasta qué punto el gobierno va a obstaculizar la oferta de E.On sobre la eléctrica española y en qué medida los responsables europeos van a tener autoridad moral para frenar medidas de "nacionalismo económico". No va a ser fácil poner orden en un mercado energético que depende mucho del regulador público y está liderado por empresas que tienen el respaldo particular de cada ejecutivo nacional. Se denuncia que los gobiernos europeos tienen con frecuencia la tentación proteccionista de cerrar el paso a las empresas extranjeras en su territorio. Es cierto, pero el energético no es, definitivamente, un sector cualquiera. El futuro económico de cada país depende de la electricidad y el gas, actividades que los gobiernos encuadran en situaciones de "no mercado" que requieren regulación. Si unos gobiernos no quieren perder el control energético de sus empresas, otros no se quedarán atrás. La batalla de las opas no ha hecho más que empezar, en el preciso momento en que se desvelan los verdaderos intereses políticos y económicos que están en juego.

5 de febrero de 2006

La caricatura de un conflicto

Estamos en la era de las grandes palabras. Cada conflicto parece avisarnos del cuestionamiento de valores esenciales y se desatan luchas en nombre de conceptos abstractos que arrastran a las masas. La religión, la libertad, la justicia y la tradición se colocan en el mismo tablero en el que se escenifica el choque entre dos mundos que dicen estar alejados: occidente y el islam. No todo es como parece. La confrontación por agravios pasados y presentes estará siempre en la estrategia de los extremismos. Pero la convivencia entre países, personas, religiones y creencias va por otro camino, aunque se vea ciertamente amenazada por el furor de los integristas. Las caricaturas de Mahoma que publicó un periódico danés, insultantes para los creyentes, han desatado uno de estos conflictos artificiales que no tienen correspondencia con los grandes debates que puede suscitar. Que sea artificial no significa que, justamente por ello, no sea peligroso. Sin embargo, el fuego de indignación que ha prendido en las sociedades islámicas no responde sólo a un pirómano occidental, ni la provocación gratuita debe servir para promover iniciativa alguna que cuestione la libertad de expresión.

No estamos ante una gran disyuntiva, de natural irresoluble, entre libertad y tolerancia. El foco del problema está en unas élites que manejan la válvula de escape del radicalismo para enfrentar a su gente con los países europeos. No hay otro problema si existe un enemigo exterior: vieja estrategia que desborda cualquier aproximación diplomática entre los estados que permiten el asalto de embajadas y los gobiernos que se limitan a garantizar que la prensa decida por sí misma qué viñetas publica. El odio se manifiesta a partes iguales entre quien insulta y quien responde con violencia. Pero el conflicto de las caricaturas quedará como un obstáculo para el futuro entendimiento con dos caras muy diferentes: del lado europeo, se trata de una simple torpeza en su despliegue de un 'soft power' diplomático; del lado musulmán, en cambio, es la demostración de que la esfera de lo público sigue dirigida por la religión, y más concretamente la versión integrista de las creencias de los hijos de Alá. La intolerancia que se exhibe ante los agravios y los insultos de otros puede convertirse en la prueba de un inocultable miedo a la libertad y a la democracia.

15 de enero de 2006

Efectos colaterales en Pakistán

Si algo ha dado motivos para la expansión del sentimiento antiestadounidense por el mundo, esto es la política militar de Washington en el exterior durante los últimos años. El odio irracional y genérico hacia todo lo relacionado con los EEUU indigna profundamente cuando se pone en evidencia un doble rasero que no condena la existencia de ese enemigo difuso, personificado en Bin Laden y Al Qaeda, contra el que lucha la democracia americana desde el 2001. El terrorismo juega sus bazas para conseguir un equilibrio favorable a sus intereses entre legalidad y guerra contra los criminales. Pero es el gobierno de George W. Bush el que ha dado los pasos necesarios para que el crédito de solidaridad mundial con el que contaba EEUU tras el 11-S se agote irremediablemente. La intervención en Irak fue el punto culminante de esa ruptura con las reglas que sembró la desconfianza hacia la superpotencia americana. Fue también el principio de una desastrosa gestión de los cambios en Oriente Medio, donde la diplomacia estadounidense cree aún que dispone de una varita mágica para redibujar sin mayores problemas el mapa de la región mediante la fuerza y la amenaza. Me parece adecuada la precaución de no exacerbar innecesariamente la crítica a Washington por sus irresponsables errores en la política exterior. No hace falta avivar el fuego contra Bush y el 'demonio americano'. Pero las acontecimientos diarios se encargan de demostrar que una grave falta de respeto por la vida humana se ha instalado en la dirección del ejército más poderoso del planeta.

Todo indica que el objetivo de la CIA de acabar con la vida del supuesto lugarteniente de Bin Laden, el egipcio Al Zawahiri, se ha saldado con una matanza de civiles. No han matado al dirigente de Al Qaeda, pero el trágico error de los servicios de inteligencia no ha salido gratis. Un avión no tripulado de la fuerza aérea de EEUU realizó esta semana un bombardeo sobre una aldea paquistaní, cerca de la frontera con Afganistán. El resultado es que dieciocho personas mueren como 'efecto colateral' de la lucha de EEUU contra el terrorismo. La violación de la soberanía del territorio de Pakistán ha provocado, igualmente, un conflicto diplomático. El régimen 'amigo' de Musharraf no podrá digerir fácilmente la ineptitud de la CIA y la despreocupación criminal con la que el ejército estadounidense, al que ayuda en sus intervenciones en la zona, deja víctimas en su propio país. La opinión de la calle se enfurece y se radicaliza con cada barbaridad cometida en nombre del orden y la justicia. La caza y captura fallida de los dirigentes de Al Qaeda es una prueba palpable del error que supuso la guerra de Irak para la estrategia de EEUU de acorralamiento de los terroristas. Los esfuerzos se redirigieron para que la sombra de Bin Laden no siguiera centrando la atención. Ahora, incluso Pakistán puede temer por las acciones de la CIA que no cuentan con ninguna garantía de efectividad. Lo que más le costará al gobierno norteamericano no será, en todo caso, mejorar su acierto en la lucha contra el fundamentalismo islamista, sino recuperar la credibilidad de potencia occidental que conserva algún interés por hacer prevalecer la ley y el estado de derecho.

8 de enero de 2006

Bipolarización, marketing y partidos políticos

Se ha dicho con frecuencia que las democracias más avanzadas, incluso cuando están lejos de vivir una crisis, tienen una tendencia a la polarización política y social. En realidad, nada hay más propio de un régimen de libertades públicas que la proliferación de múltiples partidos y corrientes ideológicas. Hasta aquí, una obviedad. A partir de un escenario de pluralidad política, la creación de dos fuertes polos de atracción electoral, a izquierda y derecha, no sería sino la constatación de la tendencia que en el terreno económico se denomina de concentración del capital, la cual da lugar a oligopolios. El bipartidismo o, en su defecto, un sistema de partidos guiado por un máximo de cuatro o cinco fuerzas políticas es la realidad de la mayoría de democracias occidentales. En este contexto, el diagnóstico de una creciente bipolarización política no es más que el de una profundización en esta división del electorado, de las corrientes de opinión y de los grupos sociales en dos mitades que confrontan sus respectivas visiones del mundo tanto dentro como fuera del proceso previo a una cita electoral. Las elecciones son una carrera por el poder en la que participan con verdaderas opciones de victoria habitualmente dos candidatos. Esta lucha en el difícil mercado de las preferencias políticas tiene como efecto colateral la contaminación del resto de la actividad pública, a lo largo de la legislatura, de los excesos cometidos durante esta caza del voto. El electoralismo omnipresente genera la imagen de una sociedad tensionada a la espera de la siguiente batalla electoral.

Sin embargo, se dice con razón que esta imagen de bipolarización política aparece deformada por los medios de comunicación. La sociedad puede estar dividida ante unas elecciones y la acción de gobierno posterior del candidato ganador. Pero en pocas ocasiones tiene más importancia la posición política de los extremos que la del llamado 'centro' político. En España como en otros países, es fácilmente constatable la existencia de este amplio segmento de electores que no muestran a priori preferencia por ninguno de los grandes partidos. Es cierto que la opinión ante los principales problemas sociales se muestra dividida en torno a dos idearios que representan polos opuestos. Pero las ideas y prácticas políticas con mayor apoyo forman parte de un terreno de consenso tácito que permite que gobiernos de diferente color político compartan buena parte de su programa. Quizás nunca antes fue tan elevado el nivel de moderación de la política democrática, como consecuencia del papel decisivo de ese sector del electorado que quiere ante todo situarse lejos de cualquier extremismo. A pesar de ello, el elevado nivel de confrontación ideológica que se transmite a través de la mayoría de los medios de comunicación, que optan por canalizar la propaganda política en vez de por contar una versión periodística de la realidad, hace que la imagen de una creciente bipolarización sea habitual tanto para los partidos como para los ciudadanos.

Ocurre que la tendencia al bipartidismo y la sensación de que se abre un abismo entre la derecha y la izquierda forman parte de las estrategias de marketing político antes que de la realidad sociológica del país. Esto es muy visible en España, donde la identificación plena con la ideología de un partido político va a menos, aumenta la abstención en las elecciones, y al mismo tiempo se observa una consolidación del electorado más o menos fiel de los principales partidos en dos grandes bloques. El producto que ofrecen es, paradójicamente, muy similar en una serie de políticas que varían poco con los cambios de gobierno; sin embargo, la estrategia pasa por la diferenciación, como se planea de forma habitual en los mercados de bienes y servicios. Conscientes de que todos los refrescos son iguales, los responsables del marketing de una determinada marca de refrescos no harán otra cosa que buscar características singulares de su producto. La política actual se mueve por los mismos derroteros: son aspectos no prioritarios, en cierto modo secundarios, los que permiten definir un programa político claramente diferenciado de un partido frente a su contrario. Se convierte por ello la batalla electoral en un conjunto de estrategias de imagen y comunicación que, en su esfuerzo por animar a los ciudadanos a votar a su candidato, tensionan el ambiente político con una inducida bipolarización social. Todo queda resumido en la idea de "o conmigo o contra mí" a la que lleva la competencia en las urnas de únicamente dos partidos con posibilidades de gobierno.