20 de noviembre de 2005

La memoria y el juicio histórico al franquismo

Los medios de comunicación recuerdan el trigésimo aniversario de la muerte de Franco. Su tarea es la de ir escribiendo una historia de recuerdos populares que permita enlazar el relato que enseñan los libros de texto con la memoria de un pueblo sobre su pasado más reciente. Los innumerables reportajes publicados repiten la misma idea de que aquella fue una etapa trascendental para España, la transición a la democracia, llevada a cabo de forma tan ejemplar, por pacífica, tras el entierro del dictador. Sin embargo, no es difícil adivinar un ligero cambio en la mirada general hacia un periodo que buena parte de la población no vivió de forma consciente. Así ocurre, de hecho, con cualquier acontecimiento histórico transcurrido el tiempo de más de una generación. El franquismo es visto ya con más indiferencia que otra cosa, por lo lejano que resulta a todos los nacidos tras 1975. La dictadura es un periodo que a muchos cuesta cada vez más creer que se produjera en este mismo país que treinta años después está a la vanguardia del mundo desarrollado. El juicio negativo sobre Franco ha arrinconado a los residuos de aquel régimen y lastrado cualquier perspectiva electoral de la extrema derecha. Sin embargo, la historia como elemento de identidad no ha sido abandonada en el panorama político. El pasado traumático de la guerra civil vuelve a estar de actualidad en las evocaciones de muchos discursos. Quizás porque aún no ha pasado el tiempo suficiente para digerir completamente el legado de cuarenta años de autoritarismo, la ola de recuperación de la memoria ha despertado viejas rencillas tras las décadas de olvido que siguieron a la modélica transición. La superación de las dos Españas es, en algunos aspectos, todavía una tarea pendiente.

La habitual polarización política de la sociedad adquiere en nuestro país algunos tintes dramáticos. Parece como si el pasado fuera el principal determinante de los planteamientos políticos actuales. En la práctica, la izquierda y la derecha son cosas muy diferentes de lo que pudieron representar hace setenta años. El papel de esa tercera España que poco se recuerda se juega ahora en términos de una mayoría sociológica amplísima que no permite la vuelta a los extremismos que desembocaron en una guerra civil a mitad del siglo XX. La política de esta democracia consolidada que tenemos, tan aburrida como la que más del continente, tiende sin embargo a recurrir a los antepasados ideológicos de los diferentes partidos con inusual frecuencia. El juicio sobre un pasado que aún está vivo en la memoria de los españoles de más edad sirve para alimentar la identidad política de grupo. Esto demuestra, a pesar de ser algo habitual en cualquier corriente ideológica, una incapacidad para construir referentes que no estén anclados en una historia llena de hechos que nadie quiere repetir. La historia como elemento de la identidad política debería servir para la elección de los referentes que de verdad son provechosos para cada ideología, y no para buscar razones que avivan el enfrentamiento en aquellas épocas traumáticas para un país. España ha cambiado como pocos países en las últimas décadas, pero la profundidad de estos cambios parece no haber afectado a la conciencia sobre su propio pasado. Desmantelado el franquismo, quedó pendiente construir un discurso histórico que uniera y no dividiera, como había ocurrido a lo largo de todo un siglo. Quizás sea todavía pronto para tal tarea, por increible que parezca, y algún intento de revisionismo actual no sea más que una fiebre que se pasará una vez repose el juicio histórico.

13 de noviembre de 2005

El mensaje de los suburbios franceses

Los incidentes en París comenzaron una noche y aún no han podido ser contenidos. Las principales ciudades de Francia se acostumbran a los disturbios que dejan imágenes de llamas y a unas autoridades desbordadas por los acontecimientos. Miles de coches quemados, edificios públicos incendiados y ataques a comercios son el resultado de una ola de violencia en las calles que el ministro Sarkozy, al mando de la policía, atribuyó a la 'chusma', identificando a los autores con el entorno social al que pertenecen. Los amotinados se reparten por todo el país, viven en suburbios marginados del resto de la población y encontraron en el desprecio gubernamental una razón para continuar la protesta. Con la violencia buscan transmitir un mensaje desde su situación de exclusión, como portavoces de unos barrios olvidados por los dirigentes políticos. Los jóvenes se enfrentan a la policía: el problema deja atónito a todo el continente europeo por inesperado. El gobierno francés trata de responder con una doble oferta, mantenimiento del orden público y promesas de políticas sociales. Para lo primero se sienten incapaces y se declaran toques de queda. Lo segundo es una mano tendida a los protagonistas de unos disturbios, injustificables como toda violencia, que están señalando una grave situación que había pasado desapercibida a ojos de muchos.

Los rebeldes de los suburbios franceses son de origen inmigrante. La mayoría de segunda y de tercera generación, lo que significa que son ciudadanos de Francia a todos los efectos. Pero por encima de todo son excluidos de una sociedad que no ha terminado de asumir el papel de los que vienen de fuera. La inmigración de hace quince, veinte o treinta años llegó de África como mano de obra; después serían familias que no regresarían a su país porque su país iba a ser desde ese momento aquel en el que habían encontrado trabajo. Ahora estos hijos de magrebíes y subsaharianos son franceses que no encuentran un empleo como el de sus padres. El ministro de Interior amenaza con la expulsión a su país de origen de los detenidos por los actos de violencia. ¿No se ha dado cuenta de que la mayoría son ciudadanos franceses? La integración de los inmigrantes está en duda en toda Europa. Tanto discutir sobre modelos de integración y multiculturalidad, y resulta que el problema estalla de forma inesperada en los guetos donde viven inmigrantes pobres. ¿Ninguno de los expertos que asesoran a los gobiernos se percató de la bomba de relojería que supone la marginalidad cuando afecta a una población que viene de fuera y no encuentra motivos para integrarse? La falta de oportunidades es la mecha de un descontento que se manifiesta de forma brutal en las calles.

En general, está costando entender lo ocurrido: los hechos hacen aumentar la preocupación por la inmigración como problema. El verdadero problema no es que lleguen inmigrantes sino su integración. Es algo que debe ocupar a todos los países europeos y no sólo a Francia. La sociedad ha de ser consciente de qué se hace mal para que los marginados vean cerradas todas las puertas. El ascenso social no funciona si a los que provienen de familia inmigrante se les discrimina y excluye de ámbitos de poder. Quien ha adquirido la ciudadanía gozará de la garantía plena de sus derechos fundamentales, pero quizás se le usurpe el derecho a la identidad: a unir en un mismo sentimiento su origen y su condición de nacional de un país europeo. Los derechos de los extranjeros que llegan con o sin papeles siguen siendo un caballo de batalla. Sin embargo, en el terreno de reafirmar la pertenencia, mediante los derechos políticos y sociales, de los nacionales de origen inmigrante, no deberían existir dudas. Si se ignoran estos derechos, los ciudadanos de los suburbios franceses no tendrán motivos para seguir creyendo que aquella es su nación y que el estado se preocupa por ellos. La exclusión social de raíz económica y laboral se une, de esta manera, a una grave exclusión de su sentimiento de ciudadanía.

5 de noviembre de 2005

Prodi y el cambio en la política italiana

La política italiana de las últimas décadas ha estado marcada por fenómenos singulares que, no obstante, también se han manifestado en otros países europeos: la corrupción en los partidos, la inestabilidad de los gobiernos, la violencia como arma política. El resultado de un sistema electoral bastante peculiar es la significativa fragmentación política que existe, con muchos partidos medianos y pequeños que alcanzan representación parlamentaria. La coherencia y estabilidad del bipartidismo presente en democracias con similar tradición a la italiana se ha echado en falta en la política de este país cada vez que un cambio de gobierno trastocaba mayorías electorales o un cambio de mayorías parlamentarias significaba la investidura de un nuevo gobierno. Las coaliciones han sido la tabla de salvación ante las innumerables escisiones y divisiones en los partidos. Después de un periodo turbulento por las disputas en el seno de gobiernos de la izquierda, un personaje como Silvio Berlusconi alcanza la presidencia del Consejo de Ministros con el apoyo de conservadores, posfascistas y la Liga Norte. Era el candidato más valorado cuando hace cuatro años los italianos hastiados con los políticos profesionales pusieron la república en manos de este líder con carisma y poder mediático, el hombre más rico de Italia.

Estos años de relativa estabilidad proporcionada por el gobierno de Il Cavaliere no están exentos de una larga relación de problemas que el centro-derecha sigue sin resolver y de una permanente polémica por las modos de hacer política del magnate milanés. La oposición a Berlusconi ha ido creciendo poco a poco, recuperándose del débil resultado en las urnas de la coalición de centro-izquierda. Los partidos que ocupan este espacio han buscado el escenario idóneo para que la alianza electoral que han llamado L'Unione tenga posibilidades de éxito en las elecciones de la próxima primavera. Primero se ha creado la necesidad de cambio, ante una política efectista en un primer momento pero poco efectiva de un Berlusconi en continua confrontación con sus críticos. Después ha llegado el cartel más valorado por muchos italianos, un viejo conocido que vuelve a casa tras presidir la Comisión Europea. Romano Prodi regresa como líder de la izquierda que le ha respaldado en unas históricas elecciones primarias.

Berlusconi presume de que sólo él puede mantener unido a su bloque político para ganar en votos. El centro-izquierda necesitaba también la baza electoral de un candidato valorado por los suyos. Prodi tiene en su mano articular un cambio de gobierno desde la suma de diferentes sensibilidades en la oposición a Berlusconi. Como anticipo de un posible triunfo dentro de unos meses, el candidato del renovado Olivo ha obtenido el apoyo del 73,5% de los votos en unas primarias abiertas a los ciudadanos. Más de tres millones de italianos participaron en esta demostración de unidad y democracia interna de la coalición que más dificultades ha tenido para aglutinar en un bloque electoral las diferentes formaciones políticas que lo integran. Como dice Alberto Haj-Saleh, en su carta desde Italia en el Libro de Notas, «toda la izquierda ha hecho una piña por primera vez en diez años en torno a su candidato». Los dirigentes de los partidos han dejado para otro momento los tan queridos navajazos contra el compañero de formación y escuchan a sus votantes en la demanda de unidad. No es fácil organizar coaliciones que puedan tener éxito electoral, pero Prodi se encuentra en una situación envidiable para que la suma de fuerzas dé lugar a un cambio en el gobierno y cierre la era Berlusconi de la política italiana.