24 de octubre de 2005

Alarma por la gripe aviar

El ser humano se aterroriza ante la proximidad de aquellos desastres que han asolado su existencia desde que puebla este planeta: la guerra, el hambre, las catástrofes naturales, los terremotos. Entre los que tienen como causa la naturaleza, la enfermedad ha ocupado un lugar destacado. Por esta razón, la cada vez más interconectada sociedad actual se pone en guardia en cuanto ve acercarse un peligro que reconoce como letal. El virus de la gripe ha dado suficientes muestras de que es un enemigo a temer. Ha provocado grandes pandemias en el siglo XX. Esta enfermedad infecciosa se ha llevado la vida de miles de personas, sin contar la extrema mortalidad alcanzada en breve tiempo y que se cuenta por millones de la que se considera mayor pandemia de la historia: la llamada "gripe española" de 1918. Vivimos unos años en que todo parece ir acelerado, incluido el miedo a que un nuevo virus se extienda por la aldea global con la misma letalidad que en el pasado. La gripe aviar detectada en Asia hace ocho años por primera vez en humanos disparó las alarmas; nuevos casos registrados en 2003 han aumentado la preocupación de las autoridades sanitarias.

La gripe del pollo ha dado lugar a una inequívoca señal de peligro por el riesgo considerado por los científicos de que el virus pase a los humanos y mute. La mutación antigénica con la gripe humana daría lugar a un subtipo muy contagioso y de difícil control. Este hecho puede estar cerca, hay quien lo da por seguro y significaría la extensión de la enfermedad por todo el mundo. Al mando de este riesgo de pandemia están los gobiernos que se responsabilizan de la salud, que habitualmente abarcan distintos ámbitos. En España la administración sanitaria es competencia autonómica, aunque existe un ministerio de la cosa y una competencia europea de la que se encarga el comisario correspondiente. Por encima de todos ellos, la Organización Mundial de la Salud ha despertado hasta al último de los funcionarios encargados de la salud pública con sus alertas y recomendaciones. En esta escalera de administraciones, diferentes voces han convergido en el contradictorio mensaje que se le está enviando a la población. Por un lado, se avisa de que la gripe aviar puede tener consecuencias graves de las que debemos tener conocimiento. Y por otro, se condena todo alarmismo y se intenta transmitir tranquilidad con el conjunto de medidas que las autoridades dicen haber tomado. Pero nadie tiene claro cuál de los dos mensajes es más fiable: que lo viene es una pandemia muy preocupante o que no hay por qué alarmarse innecesariamente ante semejante eventualidad.

Los expertos coinciden en que las últimas pandemias de gripe han sido graves, a pesar de que cada vez han costado menos vidas en comparación con la anterior. Se predice por los datos de la historia que cada treinta o cuarenta años se produce una pandemia de consideración, y la última se propagó entre 1968 y 1969. Ahora puede tocarnos otra, agravada por la facilidad con que el virus se extendería gracias a la movilidad humana. Pero la revolución de los transportes no es el único factor que posibilitaría el salto del virus de Asia a algún país occidental, y de éste a todo el mundo a través de los aeropuertos. También viaja el virus, en su modalidad animal, por el desplazamiento de las aves migratorias. Esto hace que se haya estrechado el cerco a las poblaciones de aves en las que se ha detectado la gripe, en varios países de Europa. Mientras las farmacéuticas ven aumentar la facturación de algunos antivirales que, por el contrario, no garantizan resultados con el virus mutado, la inexistencia de vacunas deja a los potenciales víctimas de la gripe a la espera de que se encuentre rápidamente una forma de inmunizar y detener la pandemia una vez el nuevo virus haga su aparición. Quizás a la eficacia de esa respuesta inmediata a la mutación vírica contribuyan, en alguna medida, las actuales señales de alarma.

16 de octubre de 2005

Merkel y la incierta marcha de la locomotora

Hay algún portavoz de la oposición que le ha reprochado a Zapatero la ligereza con que calificó de 'fracasada' a Ángela Merkel el día después de las elecciones en Alemania. El presidente español cayó en un error diplomático de bulto al opinar sobre los resultados electorales de un país que siempre deberá contar mucho para España como socio en la UE. Pero lo cierto es que en ningún momento habló de 'fracasada' aludiendo a la democristiana Merkel; su comentario, mucho más matizado, se limitaba a constatar el fracaso de la derecha alemana en relación a las expectativas que reflejaban los sondeos previos. La CDU encadenó errores en la campaña que pagó en las urnas con una ajustada victoria. Tan ajustada que la única coalición viable para la gobernabilidad de la república federal ha terminado siendo una "Grosse Koalition" con los socialdemócratas. El SPD estaba al filo del abismo cuando el canciller Schröder anticipó las elecciones; ahora, ha salvado los muebles y se dispone a gobernar con un programa de difícil consenso con sus grandes rivales. La retirada de Schröder ha dejado vía libre a Merkel como nueva canciller en un gobierno con ocho ministros socialdemócratas y seis democristianos. No será fácil la travesía de este ejecutivo llamado a resolver la crisis alemana.

Se dice que el actual estancamiento de la UE tiene como causa el inmovilismo de los países que debían actuar como líderes del proyecto. Hay quien espera que Merkel conecte con esa otra forma de entender el modelo europeo que encarna Tony Blair. Pero el resultado de las elecciones demuestra que los votantes no quieren cambios radicales en lo que podíamos denominar sus tradiciones políticas. Alemania no quiere importar la política económica del "nuevo laborismo", aunque admita la necesidad de reformas para mantener el edificio de su modelo social. El equilibrio entre liberalización y estado de bienestar será la clave del complicado consenso que deberán fraguar socialdemócratas y democristianos en el gobierno alemán. Aunque lo peor de esos acuerdos de compromiso sería que no se alcanzasen, pues la dirección política de Merkel quedaría a la deriva. La inestabilidad de los gobiernos ha dañado el crédito con que cada estado miembro ha tirado del carro del proyecto europeo. Se espera de Alemania que salga del estancamiento económico y asuma un cierto liderazgo. Aunque resulte extraño, son gobiernos como los de Blair y Zapatero, periféricos respecto del núcleo fundador de la Unión, los que cuentan con capacidad para liderar alguna iniciativa en estos momentos. Más que ganarse éstos la confianza de Merkel, será tarea de la canciller sumar fuerzas con los países que pueden presumir de mayor estabilidad económica y política.

En el reparto de poder realizado para la firma de la "Gran Coalición" se ve con claridad el fracaso de la estrategia democristiana. Merkel accede a la cancillería con la condición de que el SPD mantiene el control de ministerios clave para el futuro de las reformas sociales. Se sabe que el acuerdo de un programa conjunto de gobierno implica muchas dificultades, pero también es claro que la principal losa que pesa sobre el nuevo ejecutivo se llama parálisis. Deberán afrontar sin excusas los problemas que han sumido a la población alemana en la depresión colectiva. Y ambos partidos mayoritarios apuestan fuerte con una coalición que no ensayaban desde hace más de 30 años. Sin duda, Merkel se juega todo su capital político en el envite, pues el riesgo de encabezar una coalición de estas características es que, incluso cuando se ofrece un balance positivo de gobierno, los votantes pueden decidir que fuiste el lastre de la coalición y negarte la recompensa. Por el bien de Alemania, hay que desear que Angie tenga en la cancillería la suerte que le faltó en las urnas.

8 de octubre de 2005

El largo camino de Turquía hacia Europa

La Unión Europea vive una situación cercana a la parálisis política desde el resultado del referéndum francés. Sin embargo, las instituciones siguen funcionando y la agenda cuenta con importantes retos que acometer que no tienen que ver directamente con la complicada ratificación de la Constitución Europea. Uno de ellos es abrir la puerta a nuevos miembros que esperaban detrás de los estados que protagonizaron la ampliación al Este. El caso de Turquía, especialmente, ha generado más discusión en la UE que cualquier otra nueva incorporación de las últimas décadas. Tras el revés sufrido por el proceso de construcción europea que conduce la actual clase dirigente con el 'no' de los ciudadanos de Francia y Holanda, la opinión pública empezó a cuestionarse más seriamente la entrada de un país como Turquía como miembro de pleno derecho de la Unión. Un país demasiado 'diferente' a los que formaron el núcleo fundador de este proyecto que algunos ven diluirse con cada nueva ampliación. Pero la realidad es que no hay muchos puntos de conexión entre las dudas que ha despertado el paso adelante de la Constitución y el creciente rechazo en algunos países a la apertura de negociaciones para la incorporación de Turquía.

La decisión de sumar al estado turco a la UE viene de muy atrás. En 1959 se presentó la candidatura para la entonces comunidad económica. Y en 1963 se firmó un tratado de pre-asociación que sentaría las bases de una futura unión aduanera. A partir de entonces, escollos que aún hoy siguen alimentando algunas dudas dilataron el camino de Turquía hacia Europa. La debilidad de su economía y la inestabilidad política han jugado en su contra. A pesar de las resistencias que se han manifestado, sobre todo durante los últimos años, Turquía obtuvo el estatus de país candidato a la adhesión y ha logrado el pasado 3 de octubre que se abran oficialmente negociaciones para su incorporación. Las dificultades, sin embargo, sitúan la meta en un horizonte no menor a diez o quince años. No dio mucho de sí el debate sobre si la UE debía ser un "club cristiano", pues la inaceptable discriminación suponía levantar una frontera con un país tan ligado a la historia europea como la Turquía de Atatürk, un modelo necesario de estado laico con mayoría musulmana. La principal barrera que separa a Turquía del resto de Europa no es la religión, sino los diferentes niveles de renta. La corriente migratoria de turcos hacia los países más industrializados fue muy intensa en la segunda mitad del pasado siglo. El factor geográfico no parece suficiente para negar el derecho de Turquía a unirse al club europeo, a pesar de la extensión de su parte asiática, pero sí ha sido recurrente la idea de que el país otomano debía converger económicamente con el resto de Europa antes de sumarse al proyecto de unión política.

Las negociaciones que se abren ahora han estado precedidas de dificultades y condicionamientos políticos y legales. Turquía ha tenido que demostrar capacidad para emprender las reformas que acercan aún más su sistema político a los valores de la UE. Pero los cambios en las leyes, la reducción de la burocracia y la adaptación de las instituciones al marco comunitario no completaron la travesía. A estas reformas se han unido otros requisitos para que Turquía pasara el examen de los estados de la Unión: derechos de la minoría kurda, resolución del conflicto con Chipre y reconocimiento del genocidio armenio de 1915. A pesar de todo, en las instituciones europeas se ha mantenido el compromiso de no cerrar la puerta a Turquía. Algunos sectores de la opinión pública han presionado a los gobiernos para cerrar la vía de la adhesión; en el consejo que decidió iniciar las negociaciones, Austria presentó la alternativa de la "asociación privilegiada" con la UE. Hay voces que rechazan igualmente que Turquía pueda ser miembro de pleno derecho, pero con un argumento pragmático: los pasos hacia una mayor integración serán más difíciles con más países y más heterogeneidad. Sin embargo, la sociedad turca lleva esperando demasiado tiempo y no merece el portazo de Europa. A pesar de lo complicado del proceso, el impulso de modernización y desarrollo que supone la perspectiva de incorporación al tren europeo es vital para el futuro de Turquía.