25 de agosto de 2005

La tolerancia y la sociedad multicultural

Las migraciones siempre han planteado un reto cultural para la sociedad receptora. La llegada de personas que provienen de países caracterizados por pertenecer a una cultura distinta mantiene abierto el debate sobre las condiciones para la integración de los inmigrantes. Esa cultura diferente se presenta, en muchas ocasiones, como un determinante de la vida del inmigrante en su nuevo país. Con ello se está ocultando la influencia de los factores socioeconómicos en la integración. Pero el peso de la visión culturalista es tal que la mayoría de las discusiones sobre la transformación cultural de la sociedad que recibe inmigración deriva hacia un juicio acerca de las culturas que permiten ser integradas en un país democrático y las que no. La confusa cuestión que acumula interrogantes sobre la actual evolución de la sociedad europea es, en pocas palabras, si el multiculturalismo es bueno o no, y hasta qué punto puede ser admitido. Después de marear la perdiz con conceptos académicos y tópicos varios, se suele llegar a una conclusión de equilibrio que encaja bien en el contexto de la inmigración más reciente que recibe Europa: la convivencia entre gente de diversas culturas en una misma sociedad es posible si se cumplen unas reglas mínimas de consenso democrático y se respetan plenamente los valores culturales y sociales de cada cual que no perjudiquen al conjunto. En cierto modo, este planteamiento es un ideal que, por exceso o por defecto, no se ha trasladado a las sociedades convertidas ya en multiculturales. Y es debido a este fracaso que muchos han lanzado una enmienda a la totalidad sobre el multiculturalismo.

Los inmigrantes musulmanes están en el centro de esta polémica que tiene a episodios como el del pañuelo islámico de las niñas en las escuelas públicas como hilos conductores. A veces la doctrina sobre hasta dónde llega la tolerancia hacia valores no occidentales se ha ido formando a partir de anécdotas o casos singulares. Un ejemplo de tradición cuya condena no permite mucha discusión es la ablación, por cuanto supone de violación de los derechos de las mujeres que sufren esta práctica. En el otro extremo, costumbres más o menos pintorescas que los inmigrantes traen consigo se unen a la lista de prácticas "toleradas siempre que no molesten", junto con las costumbres autóctonas, en un contexto de diversidad cultural que no está determinado sólo por el origen o la nacionalidad, sino también por la edad, la pertenencia a un determinado grupo social, los gustos o la moda. De esta forma, la tolerancia hacia "culturas diferentes" debe enfocarse mejor como tolerancia hacia la "diversidad cultural" que se refleja en prácticas y valores aceptables universalmente como ejercicio de libertad. El concepto de multiculturalismo ha sido interpretado de diferentes maneras por personas diferentes. Hay quien entiende por multiculturalismo que en un mismo país convivan culturas distintas gobernadas por leyes propias y diferentes, lo cual desembocaría en un fenómeno negativo por su carácter disgregador contrario al principio del Estado de Derecho. Pero por multiculturalismo también se entiende que cada persona pueda expresar su cultura en el marco de una ley común e integradora.

Más de un autor ha lanzado alegatos contra la sociedad multicultural por creer que la defensa del multiculturalismo únicamente pretende el respeto a las leyes particulares de cada comunidad cultural. El politólogo Giovanni Sartori colocó al islam en el centro del problema por considerar que esta cultura no permitía la integración en una sociedad democrática. El recelo hacia las condiciones en que se está produciendo la integración de los inmigrantes ha aumentado de nuevo con el crecimiento del fanatismo islamista en Europa. Con los autores de los atentados de Londres del 7-J se ha demostrado que debajo del barniz de integración en un entorno multicultural se puede ocultar la ideología integrista. Sin embargo, la clave del debate suscitado no cambia: lo más importante sigue siendo conocer el principio que inspira el multiculturalismo llevado a la práctica en las ciudades y regiones europeas donde hay más inmigrantes. Hay experiencias muy distintas. Si perseguir un modelo de sociedad multicultural es bueno o malo depende de qué mimbres utilicemos para construirla. Los que no nos sirven son los mimbres de un multiculturalismo relativista, que por su exacerbación de las identidades contrapuestas y la situación social que propicia -en la que cada grupo cultural vive aparte del otro, formándose guetos- no favorece la integración.

Frente a un multiculturalismo que más de un ingenuo defiende empapado de relativismo cultural, la sociedad europea debe seguir un modelo de multiculturalismo pluralista. Defensores de la superioridad del pluralismo como doctrina, como Isaiah Berlin, ya establecieron que ni el monismo ("tan sólo un conjunto de valores es verdadero, todos los otros son falsos") ni el relativismo ("mis valores son míos, los tuyos son tuyos, y si los mezclamos, entonces malamente, porque ninguno de nosotros podrá reivindicar que tiene la razón") ofrecen una respuesta adecuada a la convivencia cultural. Los relativistas se han convencido de que la igualdad entre culturas supone a su vez que éstas son diferentes e inconmensurables, lo cual ha fomentado un segregacionismo social entre culturas que conviven de una manera autista, sin interacciones ni comunicación entre ellas. El pluralismo se basa en valores humanos que son compartidos universalmente y permiten el respeto entre diferentes sistemas de valores. Cuando se elimina la hostilidad cultural, es posible la tolerancia porque los valores esenciales son los mismos entre personas de diferentes culturas. El reto de la sociedad multicultural desemboca, por tanto, en una consolidación del pluralismo como principio de la sociedad democrática.