24 de abril de 2005

Ratzinger y la oveja descarriada

Se ha dicho que el pontificado de Juan Pablo II se convertirá en un listón insuperable para su sucesor. Karol Wojtyla ha ejercido un liderazgo carismático de la Iglesia Católica durante veintiséis años. Demasiados si tenemos en cuenta que en ese tiempo ha convertido su perfil mediático de gran comunicador en requisito esencial para los próximos Papas. Del último cónclave vaticano ha salido Joseph Ratzinger como Benedicto XVI. Su trayectoria como miembro de la curia romana no asegura ninguna sensibilidad especial en el contacto directo con el público. El nuevo Papa no cumple con los requisitos para ser clon de Juan Pablo II, pero se le puede considerar un fiel seguidor del legado de su antecesor en lo doctrinal. La etapa que se abre ahora en el Vaticano bien podría ser calificada, a priori, como la del 'wojtylismo sin Wojtyla'. Un continuidad que ha mostrado a las claras el conservadurismo de los cardenales en su elección y que estará guiada por alguien con una personalidad bien distinta a la del Papa polaco. Ratzinger es el guardián de la ortodoxia en los titulares de prensa: un Sumo Pontífice que ejercerá de europeo en su labor de reevangelización del Viejo Continente. Aunque no es seguro que logre limar su perfil de intransigente. Y, en coherencia, el Papa puede hacer de la fe el centro de su pontificado, con la lucha contra la 'dictadura del relativismo' que anunció como prueba palpable de los problemas que tiene la Iglesia con la aceptación de la modernidad.

Ratzinger se ha referido en la homilía de la ceremonia de entronización como Benedicto XVI a la humanidad como una «oveja descarriada en el desierto que ya no puede encontrar la senda». La preocupación por la doctrina convertida en dogma que caracteriza su obra teológica hará de este Papa un líder más preocupado por las creencias que por los problemas sociales que rodean a millones de católicos. Algunos vaticanólogos explican que más allá de las diferencias entre cardenales conservadores y reformistas está el carácter social de un sector de los purpurados. Ratzinger no pertenece a éstos, no ha prestado demasiada atención a la dimensión social del mensaje cristiano y parece obsesionado con la 'oveja descarriada'. Deberá intentar que la figura del Papa no pierda influencia en lugares como América Latina -donde vive la mitad de los católicos- que recibieron con una indisimulada decepción el resultado del cónclave. La elección de Ratzinger parece una perfecta consecuencia de la correlación de fuerzas favorable a los sectores más reaccionarios que domina en el Vaticano. No ha prevalecido más pragmatismo que el de asegurar un cierto continuismo tras el papado de Wojtyla, pues ninguno de los retos que ha de afrontar la Iglesia Católica en estos tiempos se ve resuelto con Ratzinger.

El excesivo protagonismo europeo puede lastrar el objetivo de extender el catolicismo a todo el mundo. En un continente con la religión en franco retroceso, Ratzinger quiere adoptar un perfil de dureza en las convicciones. Pero la globalización de la fe requiere otro tipo de mensajes. Ante la evidencia de que, por razones de edad, el papado del conocido como guardián de la ortodoxia no será largo, hay quien aventura la posibilidad de que se pongan las primeras piedras para cambios en el futuro. No es algo descabellado. Como continuador de Wojtyla, el Papa podría tener la capacidad de atraer a los sectores más conservadores a las demandas de reformas en algunos aspectos. En tal caso se diría que Ratzinger ha optado por ser un Papa de transición, de transición hacia una cierta apertura que se produciría con su sucesor. Wojtyla sigue teniendo un peso enorme en la Iglesia, pero no podrá ser mantenido en vida mucho tiempo después de su muerte. Quiere esto decir que su legado no pesará tanto como para evitar que en algún momento se abra la puerta a los cambios. El Vaticano no va a soportar una pérdida de influencia constante sin intentar una vía, la del reformismo, que le podría devolver crédito. Ratzinger puede tener, por tanto, dos caminos a seguir: continuar siendo el cancerbero de la fe o jugar el papel de iniciador de una etapa que supere los viejos anquilosamientos de la Iglesia Católica.

17 de abril de 2005

Los parques nacionales y la descentralización

El ambientalismo creció como movimiento social a partir la década de los 60, pero la conciencia ecológica tiene antecedentes un siglo atrás. Uno de los resultados de la preocupación que manifestaron los ambientalistas del siglo XIX es la creación de los primeros parques nacionales. Se dice que aquel ecologismo hundía las raíces en las ideas románticas de la época. La actitud conservacionista se movía por una visión estética de la naturaleza y por la adoración hacia lo salvaje. La idea de preservar el medio natural se plasmó en parques protegidos que, en su momento, reflejaban una particular estructura social, pues respondían a fines estéticos y didácticos a la medida de las clases altas. No en vano algunos de estos territorios fueron conservados por la iniciativa de filántropos que los adquirieron y cedieron a la administración pública. El millonario Rockefeller regaló al gobierno una parte del parque de Yellowstone, uno de los más bellos de Norteamérica. Alrededor de la década de 1880 se inicia la creación de reservas faunísticas en Estados Unidos y Europa, los primeros pasos de las actuales redes de Parques Nacionales que se han extendido por todo el mundo. Con el tiempo, el interés romántico ha dado paso a fines científicos, sin olvidar el uso turístico que se ha desarrollado paralelo a la popularización de la necesidad de consumir medio ambiente. Un turismo asociado a la contemplación de las bellezas naturales y de la diversidad de paisajes.

Los parques nacionales son un símbolo del conservacionismo natural. Al constituir el más alto nivel de protección, son la punta de lanza de un conjunto de denominaciones y categorías que llenan de contenido la política de espacios naturales de un país: parques naturales, reservas, paisajes protegidos, monumentos naturales. La naturaleza es un patrimonio a gestionar por los habitantes actuales pensando en las generaciones futuras. En la práctica, toda gestión pública de estos espacios tiene que afrontar el reto de compatibilizar el principio de conservación con el aprovechamiento, más o menos tradicional, que la población local puede hacer de los recursos. Esta cuestión clave para el futuro de los parques nacionales, en la que conservar la biodiversidad debe considerarse objetivo prioritario, forma parte de la controversia que existe sobre la gestión de la Red de Parques Nacionales españoles. Una sentencia del Tribunal Constitucional de noviembre del 2004 ha establecido que la gestión de cada parque la realicen de forma exclusiva las administraciones autonómicas. Esta descentralización responde a un mandato de la Constitución de 1978 que se va a cumplir ahora tras la resolución de un conflicto de competencias y por la reclamación de las comunidades de Andalucía y Aragón. Los 13 espacios que forman la red de parques nacionales mantendrán el rango de "interés general de la nación" aunque gestionados por las 10 comunidades autónomas en las que se encuentran.

El traspaso de la gestión no debería plantear grandes problemas. Sin embargo, no es menor la dificultad de lograr un acuerdo entre los niveles de la administración afectados acerca de la dotación económica del traspaso. En algún caso, como ocurre en los Picos de Europa, hay hasta tres comunidades autónomas que asumen de manera conjunta la dirección de un parque nacional. La descentralización tiene indudables ventajas que son también aplicables a la gestión de la protección natural. Que sea una administración más cercana la que se haga cargo de esta política supone una mejor atención de las demandas ciudadanas y una mayor eficiencia en la gestión pública. Pero el reconocimiento de las competencias autonómicas no tiene por qué ser incompatible con la existencia de una red que coordine los objetivos de los parques nacionales. Las organizaciones ecologistas han respondido, de manera crítica, que puede perderse la unidad de criterio y que abandonar el sistema de co-gestión actual implica adoptar un modelo menos participativo y más sensible a las presiones de los agentes locales. Dicen que dejarlo todo en manos de los gobierno regionales puede hacer que primen los intereses locales frente a los medioambientales. Es un riesgo, pero la opción de la gestión autonómica no es necesariamente así. Esté lejos o cerca la administración competente de los parques nacionales, la exigencia para que sean bien gestionados deberá ser la misma.

10 de abril de 2005

Los gerentes y el crecimiento empresarial

Una de las claves interpretativas de la evolución del capitalismo más útiles es la referida a las estructuras organizativas de las empresas dominantes en cada época. Hay economistas que hablan de tres modelos diferenciados en los últimos 150 años, de la empresa tradicional del siglo XIX a las organizaciones basadas en la colaboración que se desarrollaron, principalmente en Japón, a partir de 1970. En el centro de esta evolución se sitúa el tipo de empresa que se ha convertido en símbolo del siglo XX. Se trata del modelo multidivisional, en terminología que alude a la organización de las grandes empresas formadas por divisiones al frente de las cuales se coloca a un plantel de directivos. La centralización de los trabajadores en la fábrica y el uso de maquinaria a gran escala son dos de las características que marcan el desarrollo de la empresa moderna en el primer tercio del siglo pasado. El triunfo definitivo de este modelo en los países industrializados se produce tras la segunda guerra mundial. A partir de entonces se habla de la época del capitalismo 'gerencial', en contraposición con el capitalismo 'personal' del siglo XIX. La consolidación de la empresa dirigida por gerentes que se inicia en EEUU a partir de 1920 no conlleva, sin embargo, la desaparición del tradicional modelo de empresa familiar. De hecho, ambos modelos conviven durante décadas sin que pudiera determinarse cuál de los dos se encaminaba hacia el éxito.

Es común afirmar la superioridad del capitalismo basado en la empresa moderna con los datos de la expansión que vivieron países como EEUU y Alemania, que contrastan con la evolución del capitalismo francés, donde pervivían formas organizativas familiares. La estructura más compleja de la primera facilitaba la adaptación a los cambios y contribuyó decisivamente al aprovechamiento de las economías de escala. La característica fundamental del modelo de empresa que llamamos moderno es la sustitución del propietario por directivos profesionales, que forman equipos y asumen la responsabilidad de las correspondientes divisiones de la organización. Otros directivos se encargan de coordinar a éstos y de diseñar la estrategia de la empresa. Esta separación de la propiedad y el control ha sido estudiada por la teoría de la agencia, en tanto puede suponer un problema de información asimétrica. Resumidamente, esta teoría explica el efecto de los diferentes niveles de información que poseen el agente (el directivo) y el principal (los accionistas). En el caso de una empresa, el agente puede conocer la función de beneficio y el nivel de esfuerzo necesario para llegar al óptimo, mientras que el principal sólo conoce el resultado (beneficio) producido según las circunstancias. Cuando persiguen objetivos diferentes los directivos y los accionistas, éstos tienen que encontrar un sistema de incentivos adecuado para que el comportamiento de los primeros no ponga en riesgo la maximización del beneficio.

Este problema del agente-principal provoca una distorsión en el mercado de gerentes. Sin embargo, se puede asegurar que la evolución del capitalismo no sería la misma sin el papel que asumieron los directivos profesionales, aun a costa de los intereses inmediatos de los propietarios de las empresas. Como ha establecido el historiador económico Alfred Chandler, en la primera etapa del capitalismo 'gerencial' los directivos llevaron las estrategias empresariales hacia el campo de la inversión y el crecimiento antes que al reparto apresurado de dividendos que interesaba a los accionistas. A partir de una apuesta clara por el riesgo, se alcanza el auge de las grandes empresas dirigidas por gerentes. Una expansión que se basa en el aprovechamiento de nuevas oportunidades de negocio y en la ampliación de las economías de escala. La cara de esta empresa moderna se contrapone a la cruz del modelo agente-principal. Cuando el comportamiento de los directivos no se somete a una ética corporativa, su búsqueda del máximo crecimiento del tamaño de la empresa no sólo no beneficia a la economía sino que socava la confianza en este modelo de capitalismo. Así ocurrió en el 'caso Enron' con el engaño de la contabilidad creativa. Los accionistas sufrieron las consecuencias negativas de un modelo empresarial en el que unos pocos administradores tienen el poder para tomar tanto las mejores como las peores decisiones.

3 de abril de 2005

Gibraltar como problema

Nadie duda de que Gibraltar es un escollo permanente en las relaciones bilaterales hispano-británicas. La situación de la única colonia que existe en el continente europeo se convierte cíclicamente en un asunto prioritario que los respectivos gobiernos quieren superar, sin que se obtengan así resultados satisfactorios. En la negociación política sobre Gibraltar pesa más la historia que la realidad de este enclave británico en territorio español. La soberanía ha estado siempre en el centro del debate, con la reivindicación de la misma por parte de España como problema a resolver. Pero se han cumplido ya trescientos años desde que Gibraltar fuera conquistado por los británicos y en ningún momento ha sido factible la devolución del territorio que empezó siendo fortaleza estratégica y se ha convertido en el último vestigio del imperialismo en Europa. La anacrónica situación del Peñón ni siquiera encajaría en un proceso de descolonización al uso en el contexto de la Unión Europea. La realidad institucional que se perfila demanda soluciones intermedias para que Gibraltar se equipare políticamente a Leicester o a Alicante bajo el paraguas de la UE. La soberanía pierde relevancia si de lo que estamos tratando en relación con Gibraltar es de su estatus fiscal y su impacto en el entorno. Los viejos nacionalismos lo único que han hecho ha sido impedir avances en las conversaciones entre los dos gobiernos atrapados por la historia.

El verdadero problema de Gibraltar es que es uno de los paraísos fiscales más activos, con alrededor de 30.000 sociedades fantasmas. El caso adquiere tintes cómicos cuando se señala que, forzosamente, muchas de estas sociedades comparten domicilio con otras, un problema de espacio que obliga a que un mismo piso tenga cinco o seis placas de sociedades en la puerta, y cuando se recuerda, acerca de las líneas de teléfono habilitadas en Gibraltar, que caben a tres por habitante. No es ajeno el Peñón a todos los fenómenos característicos de un centro financiero para no residentes, instituido con el único propósito de la evasión fiscal: oscuridad administrativa, amparo a la opacidad fiscal y lavado de dinero negro. Cualquier intento de atajar la corrupción ligada al blanqueo de capitales en la zona será inútil si no se pone coto a las actuaciones financieras con base en Gibraltar. La Comisión Europea le ha puesto al Reino Unido el 2010 como límite para que la situación cambie, después de algún aplazamiento. Algo más que voluntad política será necesario para que en esa fecha se ponga fin al régimen fiscal de las sociedades fantasmas. La credibilidad de las autoridades está en juego, aunque poco importará un incumplimiento si los negocios asociados al blanqueo siguen contribuyendo a un virtual crecimiento económico.

Hasta entonces, el compañero de viaje de estos movimientos financieros seguirá aumentando de tamaño: la mafia. Porque se trata de dinero que acude a Gibraltar para ocultar su origen en diversas actividades ilícitas. Como ha denunciado la organización civil Attac, «Gibraltar sigue acogiendo sociedades tapadera que ocultan complejas redes de empresas dedicadas mayoritariamente a las inversiones inmobiliarias en las provincias de Málaga y Cádiz, como forma de transformar en activos declarables los fondos del narcotráfico y la economía criminal». La reciente operación policial bautizada "Ballena Blanca" ha puesto al descubierto una trama de blanqueo de dinero con base operativa en Marbella, pero es conocido que idéntico mecanismo está siendo utilizado por muchas otras organizaciones que aúnan las posibilidades de defraudación y el favor de las mafias internacionales especializadas en el secuestro y el ajuste de cuentas. Gibraltar es el gran lavadero que convierte en blancos y legales negocios ilícitos y evasiones masivas que en nada benefician a los ciudadanos de su área y de la Costa del Sol. El beneficio indirecto de la corrupción de unos pocos sólo se traduce en esa parte del crecimiento económico ligada al urbanismo que viene a ser la contrapartida de la implantación de mafias que llegan para quedarse. Antes de que la situación sea irreversible, se hace necesario cortar por lo sano cerrando el lavadero gibraltareño.