6 de febrero de 2005

Las ONG y la ayuda humanitaria (y II)

Se afirma con frecuencia que las organizaciones no gubernamentales son las que proporcionan la verdadera ayuda en los casos más graves de crisis humanas. Son flexibles y suelen llegar antes donde hace falta. La solidaridad canalizada a través de las agencias de los distintos gobiernos puede estar más influida por cuestiones políticas externas. Quizás no sea lo habitual, pero perfectamente podría ser diagnosticado como un riesgo permanente el que se desplace la ayuda de un lugar a otro en función de la publicidad que adquiere cada catástrofe. Es inaceptable que cuando sucede un fenómeno natural en un rincón del mundo, por ejemplo, se ofrezcan fondos a costa del presupuesto de ayuda para los refugiados de otro país. La generosidad selectiva por cuestiones de imagen no es de recibo. Los gobiernos han aportado, en relación con el tsunami en el Índico, millones de euros a los países afectados. Alguno que otro habrá salido de los fondos destinados a otros países. Pero incluso en las generosas cifras que exciben los responsables políticos puede haber trampa. El gobierno español ha caído en la tentación de articular parte de la ayuda en forma de créditos FAD, que no pueden utilizarse en la fase de emergencia. Éstos son en realidad ayuda ligada, puesto que generan deuda a los países receptores. No será el único gobierno que ha puesto en la misma cesta las donaciones y los créditos concedidos con cargo a un fondo de ayuda al desarrollo. Siempre se trata de inflar las cifras de la generosidad para no quedar mal.

Los créditos FAD son un importante instrumento para la cooperación al desarrollo que, sin embargo, ha recibido muchas críticas y se encuentra en cierto retroceso. Son concedidos con el doble objetivo de contribuir al desarrollo de los países con más dificultades e incrementar las exportaciones propias, en este caso españolas (el Fondo de Ayuda al Desarrollo fue creado en España en 1976). El destino del crédito es la compra de bienes o la contratación de obras a empresas del país concedente. Algunas ONG han cumplido con su papel crítico poniendo en evidencia no sólo que en muchos casos se contribuye a una peligrosa generación de deuda: también han apuntado hacia un posible problema de eficacia de los fondos reembolsables ligados a un objetivo de carácter comercial. Los gobiernos no son especialmente conscientes de la conexión entre las contribuciones financieras al desarrollo y la configuración de un sistema de comercio internacional con reglas justas. Ha sido también esta vez una ONG, Intermón Oxfam, la que ha puesto el dedo en la llaga de la contradicción: tres de los países más gravemente afectados por el tsunami, Indonesia, Sri Lanka y las Maldivas, salen perjudicados actualmente por las normas comerciales de la UE. Los altos aranceles que deben pagar sus productos para entrar en el mercado europeo constituyen una barrera a la recuperación económica que tanto precisan en estos momentos las zonas más dañadas por la devastación. Se puede ayudar a la reconstrucción, además de con donaciones, con un comercio con justicia.

La diversidad en el sector de las ONG está siendo un factor fundamental de la potencialidad creativa demostrada en sus acciones y sus reivindicaciones. Actúan en muchos frentes distintos y habitualmente con más reflejos que los gobiernos ante las necesidades de la gente. Esto las ha colocado, en las actividades de emergencia, como referentes de la ayuda humanitaria. Se ha hecho común la expresión «crisis humanitaria» para referirse a las situaciones de necesidad urgente. Y se ha dicho también que se trata de una incorrección lingüística: aquéllas a las que nos referimos son «crisis humanas», terremotos, inundaciones, etc. Ciertamente así es, pero la corrección ha hecho desaparecer un matiz. Hay crisis que producen también una crisis humanitaria, es decir, una crisis en la ayuda humanitaria que llega desde el exterior. La no atención genera más víctimas, y la expresión «crisis humanitaria» bien puede servir para ilustrarnos los incontables fracasos de la ayuda que ha intentado salvar una situación catastrófica y no lo ha logrado. Darfur, miles de desplazados; los refugiados en Burundi; las hambrunas y el sida que castigan a África; son algo más que dramas humanos. Cuando la mano que se tiende a estas poblaciones no es suficiente, todas estas crisis ponen de relieve el fracaso de la solidaridad que busca más tranquilizar conciencias que cumplir sus objetivos básicos. Y ello sucede a pesar del trabajo de tantas ONG que se desviven en el terreno por llevar a cabo, dentro de sus limitaciones, la misión que tienen encomendada.

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