28 de noviembre de 2004

El reino de la estupidez

Hay una constante histórica, en tanto que se ha manifestado en todas las sociedades humanas, que despierta siempre enorme interés por su peculiar funcionamiento. Se trata de la estupidez. En cualquier momento, en cualquier lugar, es posible encontrarse con personas estúpidas. Las consecuencias de dejar a alguien estúpido actuar como le plazca son suficientemente importantes como para propiciar el estudio serio y riguroso de este comportamiento humano. Entre los muchos estudiosos de la estupidez, destaca el conocido economista italiano Carlo M. Cipolla, que escribió un pequeño tratado sobre esta materia en su obra «Allegro ma non troppo» (1988). Para centrar su análisis de la estupidez humana, describió el problema tal que así: «La humanidad está continuamente sometida a una catástrofe imprevisible. Un grupo de personas se afanan en devastar cuanto conocemos. No están de acuerdo, no se conocen, no actúan bajo ninguna planificación. Pero están ahí. Son las personas estúpidas». Ocurre que la capacidad para hacer daño de los estúpidos es tan grande como inesperada. Si bien las personas que actúan en función de otros arquetipos son conscientes de su naturaleza, los estúpidos lo son sin saberlo y sin pensar en las consecuencias de ello para el resto del mundo.

El estudio de Cipolla establece las famosas «Leyes fundamentales de la estupidez humana», fruto de un análisis económico, demográfico e histórico del fenómeno. Para empezar, la primera ley nos avisa de que «siempre e inevitablemente cada uno de nosotros subestima el número de individuos estúpidos que circulan por el mundo». Panorama inquietante al que el autor se aproxima con la segunda ley: «La probabilidad de que una persona determinada sea estúpida es independiente de cualquier otra característica de la misma persona». En realidad, los comportamientos estúpidos son naturales a cualquier persona. Cuando son regla general en alguien, decimos que es estúpido, y la aplicación de esta ley viene a decirnos que esto no dependerá de su formación, estatus, nacionalidad o profesión. Es la tercera ley fundamental (o de oro) la que nos define el objeto de estudio: «Una persona estúpida es una persona que causa un daño a otra persona o grupo de personas sin obtener, al mismo tiempo, un provecho para sí, o incluso obteniendo un perjuicio». De ahí se obtiene que habrá otras personas que son las que generan daño a las demás a cambio del propio beneficio (malvadas), beneficio a las demás a costa del propio perjuicio (incautas o desgraciadas) o beneficios a las demás y a sí misma (inteligentes). Pero sólo los estúpidos son estúpidos.

El aspecto más inquietante de la estupidez es que incurre de manera sistemática en comportamientos irracionales, pues ni siquiera queda amparada por la búsqueda del bien o del mal (propio o ajeno) de los demás tipos de personas. Y a esto se añade su carácter errático, que hacen al estúpido tan dañino y devastador, en palabras de Cipolla, porque es absolutamente imprevisible. El gran error ante lo estupidez lo explica la cuarta ley: «Las personas no estúpidas subestiman siempre el potencial nocivo de las personas estúpidas. Los no estúpidos, en especial, olvidan constantemente que en cualquier momento y lugar, y en cualquier circunstancia, tratar y/o asociarse con individuos estúpidos se manifiesta infaliblemente como un costosísimo error». Las bondades de la cooperación se esfuman cuando entra en acción el estúpido. La lección nunca aprendida es la conclusión recogida por la quinta y última ley, que asegura que «la persona estúpida es el tipo de persona más peligrosa que existe». Y su corolario: «El estúpido es más peligroso que el malvado». Existe la posibilidad de defensa ante quien busca aprovecharse y actúa racionalmente. Pero no ante una persona estúpida, que arrastra a todos al desastre. Las leyes de Cipolla son aplicables a la vida personal, a las organizaciones y también a la política, donde en ocasiones reina la estupidez tanto o más que en los demás ámbitos de la vida.

21 de noviembre de 2004

Demasiado ruido

Los problemas medioambientales son clasificados atendiendo a diversos criterios. Uno de ellos vendría a jerarquizarlos a partir de la preocupación manifestada por la población cuando se le pregunta. De esta manera, la importancia de los problemas se mide a través del interés que expresamos por sus consecuencias. En ocasiones puede resultar chocante que cuestiones graves relacionadas con el daño ambiental aparezcan en las encuestas por debajo de otros problemas menos importantes pero que tocan más de cerca a la mayoría de la gente. Es un criterio egoísta aplicado a la ecología, se argumenta, pero hay que reconocer que, aun considerando el medio ambiente como un todo, es lógico priorizar lo que te afecta de manera directa frente a los problemas globales que no se materializan actualmente en perjuicios concretos. El bienestar es un poderoso instrumento que moviliza la conciencia ecologista de la ciudadanía: a mayor riqueza, más preocupación por el medio ambiente. La particularidad de ese interés por el patrimonio natural común que nace del egoísmo es que coloca en primer lugar la contaminación que más directamente nos afecta y rara vez emprende campañas románticas por la extinción de una especie animal en el otro lado del mundo.

En los últimos tiempos ha crecido la conciencia ciudadana ante un problema muy concreto del medio ambiente urbano. Se trata del ruido o la contaminación acústica. Hay quien relativiza la importancia de este efecto secundario del desarrollo, y hasta considera un derroche de energía intentar que los espacios que habitamos conozcan en algún momento el silencio. Sin embargo, el hecho de que emerja el ruido como prioridad en la opinión de muchos ciudadanos demuestra que todavía debemos cuidar con mayor interés el entorno más próximo a la vida cotidiana para valorar más el medio ambiente en general. Los efectos de la contaminación acústica son de la misma naturaleza que los de otros problemas ambientales; inciden en la salud pública, la calidad de vida individual y el desarrollo social. En el ámbito europeo, el tópico de los mediterráneos ruidosos es más que ajustado a la realidad. Las zonas más afectadas por la plaga del ruido se caracterizan no sólo por la concentración urbana de población: parece claro que influye también cierta cultura propia que nos hace aficionados al grito, el estruendo y la traca. Pero las ciudades del ruido no satisfacen a todos, y no hacen más que crecer los ciudadanos indignados con los decibelios de más que se registran a diario en las calles.

Demasiado ruido es la pesadilla de quienes no pueden dormir por el sonido que emite ese resto del mundo que no da importancia al sueño de los demás. El tráfico y la actividad diaria de la ciudad son el complemento perfecto de la ruidosa existencia que nos asegura esa cultura mediterránea del bullicio y la plaza pública. La legislación ha empezado a poner límites a la contaminación acústica y a valorar el preciado silencio. En esa particular batalla, una reciente sentencia judicial supone una importante conquista. El Tribunal Europeo de Derechos Humanos ha condenado a las autoridades españolas a pagar a una mujer residente en Valencia una determinada cantidad por daños producidos por el ruido: se permitió la apertura de locales nocturnos que perturbaron su descanso durante años. Dicen los magistrados que, teniendo en cuenta «la intensidad de los daños sonoros, fuera de los niveles autorizados y durante las horas nocturnas», las molestias continuadas durante tanto tiempo violan los derechos de respeto al domicilio y a la vida privada. La autoridad municipal vulneró sus propias normas sobre el ruido, que es lo que ocurre cuando se establecen leyes protectoras que no se está dispuesto a cumplir. La tendencia parece imparable: toca ocuparse de la invasión del ruido.

14 de noviembre de 2004

El líder que fue Arafat

Ha muerto Yasser Arafat. Y el análisis de los escenarios posibles del conflicto en el que desempeñó un papel determinante se confunde con el balance de su vida que realizan los medios de comunicación. De las luces y sombras de Arafat se pasa a la verificación de los puntos fuertes y los puntos débiles de su labor como 'padre' de Palestina, que no por casualidad coinciden con los momentos en que tuvo que dar la talla como estadista de un pueblo sin estado y cosechó importantes éxitos o sonoros fracasos. En la búsqueda denodada del horizonte de la creación de un Estado palestino independiente, otros objetivos interfirieron en el pilotaje de Arafat hacia la meta final. En ciertas ocasiones, las condiciones que el pueblo que lo apoyaba creía indispensables para alcanzar la paz imposibilitaron el éxito de las negociaciones con Israel. Arafat no tenía en su mano el poder de aglutinar a todos los palestinos en torno a su liderazgo incluso en circunstancias adversas en las que ceder habría supuesto una ruptura de su estrategia. Se vio al final del año 2000, cuando en Camp David el 'rais' creyó que aceptar el acuerdo con Israel que estaba sobre la mesa conllevaría la división de los palestinos. Fue su gran error histórico como negociador político que sintió vértigo ante el fin del conflicto. Antepuso otro objetivo que consideraba vital: la unidad de su pueblo.

Sin embargo, no fue únicamente la complejidad de las demandas políticas que Arafat tenía que satisfacer como líder lo que lastró su larga etapa de poder. Interfirieron objetivos nada confesables con el noble fin de la causa que defendió hasta su muerte. Mantenerse en el poder, al frente de las instituciones palestinas, es un fin en sí mismo cuando comporta enriquecimiento personal y prestigio entre quienes le seguían. Las acusaciones de corrupción son las que más pudieron dañar el liderazgo de Arafat en la ANP, pues desmontan los valores sobre los que se construye la defensa de su causa en el exterior: un conjunto de personas que se entrega a la lucha por los derechos de su gente, pero que tras crear un incipiente aparato estatal cae en prácticas corruptas generalizadas. La obra de Arafat en favor de Palestina supone los mayores logros para un pueblo que confió en él como en ningún otro líder. Aunque también evidencia los defectos de alguien que pasa a ser uno de los grandes mitos del siglo XX pero que no alcanzó la perfección. Las deficiencias de su liderazgo tienen consecuencias dramáticas, y sólo serían perdonables con el recuerdo de la gran proeza de Arafat que constituye al tiempo su pecado original: pasar de terrorista a presidente de los palestinos, manteniendo una vinculación peligrosa, siempre al filo de la navaja, entre la política y la violencia.

El conflicto palestino-israelí ha estado con frecuencia condicionado por el carácter de sus actores principales. El ascenso de Arafat como líder carismático del lado árabe marca una etapa de negociaciones que llega a la cima en la Conferencia de Madrid. Pero, como se suele decir, el carisma no lo es todo. La de Arafat es también una historia de gestos para mantener controlada a las facciones más extremistas, que crecieron en influencia durante su 'reinado'. El liderazgo carismático contribuyó con rasgos positivos -orientar la acción hacia el cambio, implicar a las personas en las metas colectivas- a la consolidación de un modo de gobernar los territorios palestinos. Y los esfuerzos democráticos no son, en este sentido, desdeñables. Pero en Arafat coinciden también los puntos débiles del líder que se deja llevar por el caudillismo. La represión de los opositores, la tentación autocrática y el inmovilismo no son invenciones de sus enemigos. Arafat no llegó a tener la capacidad de un líder que transformara las expectativas de su pueblo para conseguir tierra y paz. No dio espacio a posibles sucesores: las consecuencias son visibles en la dificultad de encontrar a alguien que ocupe su lugar. El hiperliderazgo que desarrolló no traerá beneficios a largo plazo para Palestina. Tendrá que emerger un líder que ejerza su función de otra manera, con más valentía y también con la suficiente madurez.

7 de noviembre de 2004

La nación de Bush y la América cosmopolita

La reelección de George W. Bush en la presidencia de los EEUU ha desconcertado a buena parte de la ciudadanía europea que, al margen del hecho de que prefiriera mayoritariamente al candidato Kerry, esperaba un resultado más ajustado en la elección presidencial. La victoria de los republicanos ha evidenciado que, en el viejo continente, no controlábamos todas las claves de la realidad norteamericana. El conocimiento superficial, sobre todo a través de los medios de comunicación, hizo creer que la base electoral de Bush no tenía margen de crecimiento. Pero lo único cierto tras el dos de noviembre es que se ha convertido en el presidente respaldado por un mayor número de votos en las urnas. Cómo será el segundo mandato de Bush, es todavía una incógnita; aunque el apoyo abrumador a la gestión pasada hace temer, justamente, cuatro años de más de lo mismo. Según las encuestas posteriores, el verdadero motor del voto republicano ha sido la defensa de los valores tradicionales. El factor económico y los deseos de cambio no fueron suficientes para Kerry, a pesar de obtener el apoyo claro de los sectores afines a los demócratas, frente a la marea cristiano-conservadora que ve en Bush la mejor opción por motivos de fe y de seguridad en la defensa de la nación, la familia y la libertad individual.

La fractura de la sociedad estadounidense ha sido resaltada por la mayoría como un signo evidente de confrontación al máximo nivel de dos Américas, dos formas de entender la democracia en EEUU. Territorialmente, el país está dividido entre la costa este, el norte industrial y los estados del Pacífico, por un lado, y la que ha sido llamada la 'América profunda', por otro. En la primera zona -más cosmopolita- domina el voto demócrata; en la segunda, el republicano. Cualquier generalización que se haga en función de las características de unos y otros estados pasa por alto al electorado del partido que queda segundo, pero permite trazar un perfil en absoluto desdeñable del votante de cada candidato. Que Bush gane gracias a los ciudadanos de la 'América profunda' no quiere decir que todos sus apoyos provengan del prototipo de granjero conservador y cristiano 'renacido', pero sí que las preferencias políticas dependen en buena parte del modo de vida y el entorno social. El partido demócrata tiene un mayor respaldo en las estados más poblados, las grandes ciudades y las zonas con mayor peso industrial. Los republicanos ganan en las áreas rurales, semirrurales y en las ciudades medias, sobre todo del sur y el oeste. La movilización por el cambio que consiguieron activar los demócratas sólo fue realmente efectiva allá donde ya tenían asegurado el voto, con especial incidencia en la clase media urbana.

La división no se corresponde exactamente con la dialéctica campo-ciudad, pero refleja sentimientos arraigados en unos votantes que actúan en respuesta al comportamiento de la mitad del país que no es como ellos. En la América metropolitana, el voto demócrata implica la afirmación de unos determinados valores, asociados con la modernidad, frente al tradicionalismo de la 'América profunda'. En el interior rural, votar a los republicanos es defender un modo de entender la vida que se contrapone a las ideas de los 'liberales' de la costa este. El recelo hacia la ciudad tiene una larga trayectoria en el partido republicano. No existe algo equivalente en una Europa más unida a sus ciudades. En el fondo del conservadurismo estadounidense late el apego a la comunidad local como fuente de pureza: valores morales tradicionales, seguridad frente al exterior y castigo a la diferencia. En cambio la ciudad permite justamente lo contrario, como máxima realización de la sociedad abierta. Escribía hace poco Daniel Innerarity sobre el miedo a la ciudad: «Las posibilidades liberadoras de la vida urbana tienen que ver con esa cultura de liberalidad, complejidad, hibridación, diversidad, emancipación, comunicación, hospitalidad. La ciudad ha constituido siempre un lugar de sorpresas y polifonía frente al espacio homogéneo y controlable que algunos imaginan encontrar todavía en una idealizada vida rural».