30 de mayo de 2004

El Ejido y los pastores de la xenofobia

Con la llegada de un gran número de inmigrantes, esta sociedad se embarca en una de las transformaciones más profundas de las últimas décadas. Se dice que España vive este cambio de forma acelerada, en contraste con otros países europeos más acostumbrados a acoger emigración de áreas menos desarrolladas. Surge de repente, también, el 'problema' cultural: da la impresión de que todo conflicto que se genere tendrá como barrera insalvable la cultura de quien se afinca en tierra europea. No es cierto. Los inmigrantes no están en el centro de un choque de culturas, sino con bastante frecuencia en el centro de un conflicto económico en el que son la parte débil: el trabajo barato, en el filo de la legalidad, que tanto sirve a nuestra economía para exhibir orgullosa cifras de crecimiento del PIB. Sin embargo, tampoco hay que negar que la convivencia, en el plano más social de lo cotidiano, suele no ser fácil. Decimos con bastante insistencia que el esfuerzo ha de ser compartido, para que exista un clima de respeto mutuo entre los de aquí y los que vienen de fuera. La integración de los inmigrantes como ciudadanos de pleno derecho nos conviene a todos. Y es por ello que quien pone piedras en el camino debe ser amonestado por la sociedad. La convivencia es, por definición, algo difícil y conflictivo. Pero no es un concepto vaporoso al que recurramos cuando toque: la convivencia se da todos los días en las ciudades y en los pueblos.

Es en el escenario urbano, en el que forzosamente conviven personas muy diferentes entre sí, por diversas circunstancias, donde empezamos a encontrar dificultades. El Ejido es la localidad del poniente almeriense que más ha prosperado por la implantación de una agricultura intensiva. En el importante aumento de población experimentado, los inmigrantes representan un papel crucial. No es una circunstancia menor que el modelo social desarrollado haya colocado en la marginalidad a un buen número de los trabajadores extranjeros que se buscan la vida en el sector sumergido de la economía ejidense. En este contexto, los lamentables sucesos de hace cuatro años, que reeditaron la «caza del moro», han instalado en el inconsciente colectivo la sombra del racismo. Un conflicto no resuelto parece enturbiar la convivencia en El Ejido. La normalidad cotidiana se ve alterada cada vez que salta a los medios una situación insostenible o unos acontecimientos incomprensibles para el resto de la sociedad. Este es el caso del alboroto que se ha formado por el espectáculo que protagonizan los políticos locales. Recientemente, ha sido confirmada la sentencia que condena a dos agricultores a quince años de prisión por haber apaleado y secuestrado a tres personas en El Ejido. Los hechos, acaecidos en 1997, fueron una muestra de agresión brutal a inmigrantes de origen magrebí.

Alrededor del caso, de quiénes eran los tres agredidos y de las 'razones' que llevaron a los dos vecinos de El Ejido a actuar de manera violenta, seguramente sobrevuela una versión indecente de los hechos que encaja demasiado bien con los prejuicios y con el recelo que bastantes ciudadanos mantienen sobre los inmigrantes. Lo cierto es que una petición de indulto para los condenados ha sido firmada por 50.000 habitantes de la comarca. Una iniciativa de recogida de firmas, con dudoso origen, que ha convencido a miles de ciudadanos y que ha adquirido relevancia tras ser llevada al pleno del Ayuntamiento de la localidad. Allí fue aprobada por la unanimidad de los concejales, aunque los de la oposición socialista se arrepintieran a posteriori. Todos los partidos se escandalizaron por el apoyo, cuanto menos indirecto, a la agresión racista. Pero el Partido Popular se mostró dispuesto a 'comprender' la actitud de sus concejales en El Ejido, donde gobierna con mayoría absoluta. Error mayúsculo: un partido que se dice de centroderecha consintiendo la irresponsable actitud de unos dirigentes locales que intentan emular el 'lepenismo'. Los populistas juegan en el mismo campo que los grupúsculos de la agitprop xenófoba y anti-inmigración que tanto daño hacen a la convivencia. El apoyo institucional del alcalde de El Ejido a la xenofobia de ocasión lo convierte en un verdadero pastor de la intolerancia.

23 de mayo de 2004

El europeísmo y los fantasmas inexistentes

Europa era un continente a reconstruir hace poco más de cincuenta años. El esfuerzo y la ilusión de un buen puñado de europeos nos llevó un poco más allá: Europa debía ser el proyecto de un mundo a construir. La segunda mitad del siglo XX vivió ese fascinante proceso en el que los países olvidarían sus diferencias para edificar una patria común, una Europa basada en la proyección hacia el futuro una vez las naciones han saldado sus cuentas con su tantas veces oscuro pasado. Es por ello que la integración en el seno de una Unión de Estados consiste en una continua e imparable construcción de un nuevo espacio; al principio, primándose los avances en la integración económica, y después en los aspectos puramente políticos. Un espacio público distinto en el que terminarían diluidas las viejas referencias, lo que implica una voluntad explícita en favor de un cambio casi revolucionario: abrir las estructuras de unas sociedades con un importante grado de nacionalismo a la adhesión al proyecto europeo de vocación más amplia. En sucesivas ampliaciones ha quedado demostrado que el impulso a la actual UE llegó también con la entrada de nuevos miembros.

El europeísmo ha sido más que una ilusión que ha contagiado a ciudadanos de países muy distintos. Los beneficios de una Unión completa son defendidos al tiempo que se impulsa con responsabilidad el proceso constituyente que hace del territorio integrado en la UE un gran espacio en el que priman los valores universales compartidos y bajo el cual se desarrolla un modelo de convivencia incluyente. El europeísmo es un pensamiento trasversal a todas las ideologías; es por ello que no ha podido ser desactivado por quienes quieren echarle el freno a una Europa que devora viejos mitos. El entendimiento entre diferentes ha generado a partir de este proyecto aquella utopía que, dicen, es la última que queda en pie: la utopía llamada Europa, basada en un ciudadano cosmopolita y en una identidad abierta a la diversidad. El tradicional enemigo de esta energía que ha impulsado cíclicamente la integración en la UE es el euroescepticismo. Abandonar lo antiguo para edificar algo nuevo para las próximas generaciones es siempre difícil, y en no pocos países ha imperado la actitud escéptica hacia lo que un continente unido podía aportar. Pero no es éste el principal enemigo.

Una vez se ha visto en la práctica que junto a la integración se ha ido abriendo paso un cierto modelo europeo de sociedad, con sus ventajas y sus defectos, muchos han lanzado una cruzada para desprestigiar el europeísmo con una defensa apasionada del modelo en ciertos aspectos antagonista: la sociedad USA. Se ha generalizado un antieuropeísmo primario que querría dirigir la UE hacia una pervivencia de Estados nación asociados bajo el manto de una autoridad que imite o, en su caso, se atenga a la visión del mundo que nace en Washington. Esto se ve en España con la propagación de fantasmas inexistentes que atentan contra nuestros intereses. Hay quien se ha creído el cuento de que el europeísmo español era una insensata ingenuidad propia de recién llegados al club; dentro de ese esquema teórico, se ha arremetido contra la idea de Europa para despertar a los 'ingenuos' de la pesadilla de una UE controlada por el eje francoalemán. Los intereses particulares existen, cierto. Pero la pretendida tiranía que Francia y Alemania imponen a los demás europeos es sin duda el principal y casi único argumento -falaz- de quienes reavivan al patriotismo local frente a Europa.

16 de mayo de 2004

El alzheimer y la justicia social

El avance en la consolidación de unas adecuadas políticas de bienestar -conformes a la demanda de la sociedad- suele generar, según dicen algunos estudiosos de la ciencia política, un estado de permanente reivindicación por parte de diferentes grupos sociales. Los más ortodoxos defensores de la doctrina liberal siempre han visto con recelo el gasto social unánimemente aceptado por los ciudadanos. La razón: ese nivel incuestionable de gasto será el primer paso de posteriores aumentos incontrolados del gasto público con el objeto de cubrir muy distintas necesidades. La intervención estatal puede ser sustituida por servicios cuya provisión es decidida por la propia sociedad, se argumenta. Pero lo que no llega a comprender este razonamiento es la idea de justicia social que moviliza la exigencia ciudadana en torno a cuestiones básicas como la sanidad, las pensiones y la educación. Se demanda al Estado una actuación efectiva en determinados aspectos del bienestar social por considerar que el acceso a tales servicios representa la conquista de un nuevo derecho. De modo que una ampliación del radio de acción de las políticas sociales constituye, antes que un motivo de preocupación para los piadosos detractores del gasto público, un logro en términos de igualdad por la garantía de un nivel mínimo de bienestar para todos los ciudadanos.

En países como España, un campo en el que el Estado del Bienestar tiene camino para avanzar es el del cuidado de las personas dependientes. Representan la parte más débil de una sociedad que actualmente descarga el mayor peso de su cuidado en la familia. Del conjunto de personas dependientes que precisan una especial atención, uno de los sectores más numerosos es el de enfermos de alzheimer. El impacto que este mal tiene sobre la vida de las familias es considerable. La mayoría de los enfermos son cuidados en su propia casa o viven con alguno de sus hijos, y es conocido que la ayuda pública es escasa. El alzheimer no tiene todavía cura y su diagnóstico es difícil; en una sociedad cada vez más envejecida será vital avanzar en la prevención de esta enfermedad, que en bastantes casos no espera a lo que conocemos por 'tercera edad' y empieza a manifestarse antes de los 65 años. Lo que genéricamente era llamado en el pasado demencia senil es hoy, en una mayoría de afectados, el mal que definiera el neuropsiquiatra alemán Alzheimer a principios del siglo XX. En todos los enfermos se presentan, en cualquier caso, los mismos síntomas: pérdida de facultades mentales, trastornos de la conducta y de la personalidad, incapacidad progresiva para manejarse por sí mismo. A más edad, mayor número de personas que caen en las garras del alzheimer.

La degeneración neuronal es como una plaga que ha caído sobre la sociedad que históricamente está alcanzando una mayor esperanza de vida. Se dice que el alzheimer mata dos veces: primero la mente y después el cuerpo. Y lleva a muchas familias a vivir insoportables momentos de crisis por el trastorno que supone un padre o una madre que vive sus últimos años bajo este mal. El coste emocional, afectivo, temporal y también económico es inasumible en demasiados casos. Los parientes a los que toca hacerse cargo del enfermo comprueban los efectos indirectos del alzheimer en sus propios hogares. La asistencia del Estado queda reducida a unas muy escasas plazas en residencias y a limitados servicios. Las consecuencias sociales de la enfermedad requieren una mayor atención; el Estado del Bienestar habrá de adaptarse a las nuevas necesidades derivadas del envejecimiento. La dimensión sociosanitaria del alzheimer demanda que se le opongan recursos suficientes destinados al tratamiento especializado en la sanidad pública y el aumento del número de casos va a significar que la atención domiciliaria sea un pilar fundamental de las políticas sociales en las próximas décadas. El cuidado de los mayores debe estar en la 'agenda' de las preocupaciones sociales como lo está en la vida de las familias que tratan a diario con el alzheimer.

9 de mayo de 2004

Muhammad Yunus y los microcréditos

La pobreza no es únicamente falta de recursos económicos para cubrir las necesidades básicas. Implica también una falta de autonomía que lleva a quien la padece a vivir en un círculo vicioso en el que su trabajo se desarrolla bajo el dominio de otros. Una de las carencias de los pobres, en el contexto de una economía de mercado, es el acceso al crédito personal. La libertad económica consiste también en que todos por igual gocen del derecho de tener una oportunidad para salir de una situación de miseria. Así lo entendió Muhammad Yunus: un doctor en Economía que dejó de lado las elegantes teorías macroeconómicas que enseñaba en la Universidad para buscar soluciones prácticas, mucho más útiles que los planteamientos teóricos alejados de la realidad que explicaba en las clases, a la pobreza de su país, Bangladesh. Inventó el microcrédito, instrumento que sirve a los pobres sin más recurso que su trabajo obtener el dinero necesario para salir de la dependencia. El crédito personal estaba vedado a cualquiera que lo solicitase sin aval. Atajar tal injusticia fue el objetivo que se marcó Yunus al dar en 1976 los primeros pasos hacia la fundación del Banco Grameen, convirtiéndose de este modo en el "banquero de los pobres" y creador de un modelo de ayuda a los necesitados que ha sido implantado en más de 60 países desde entonces.

Los bancos comerciales se olvidan de los pobres. Grameen no dejó de utilizar el mismo modo de funcionar de éstos para ponerse en marcha. Pero su clientela es distinta: los más pobres entre los pobres. No tienen propiedades, la única garantía es su vida y el éxito de la iniciativa que echará a andar gracias al microcrédito. El vínculo que une al cliente y el banco es la confianza. La cantidad de dinero que reciben es pequeña y el mecanismo de devolución -mediante pagos semanales- hace que sea menos costoso el proceso para el beneficiario. Los préstamos del Grameen son reembolsados junto a sus intereses en la mayoría de los casos: la tasa de devolución, por encima del 90%, es superior a la de los otros bancos. Y, contra el pronóstico de quienes en Bangladesh creían que Yunus era un loco profesor que no sabía nada de bancos, el invento funciona. La historia empezó cuando se decidió a prestarle a una mujer que fabricaba taburetes de bambú en su casa el dinero necesario para comprar los materiales. Así consiguió librarla de la dependencia respecto del intermediario. A partir del momento en que la idea se generalizó, los miles de sucursales del banco repartidas por las aldeas rurales del país proporcionaron a quienes no tenían nada los recursos necesarios para emprender una actividad independiente.

De los más de tres millones de clientes del Grameen, un 95% son mujeres. La experiencia ha demostrado que las mujeres administran los ingresos en favor del bienestar familiar mejor que los hombres. Los préstamos que reciben son aprobados tras formarse grupos de cinco personas, lo cual proporciona a los clientes la posibilidad de una ayuda mutua e incentiva la devolución por solidaridad con el grupo. Aunque el microcrédito ha funcionado también en países desarrollados, su efecto casi milagroso aparece en casos de subdesarrollo. Yunus desconfía de los programas de ayuda a gran escala, en los que la burocracia de los gobiernos se queda con la mayor parte del dinero. Actuar en el ámbito individual se ha mostrado más productivo. El efecto que se consigue es que tras mejorar la situación de una familia, las demás siguen el mismo camino; el desarrollo individual impulsa el desarrollo económico de la comunidad. La mejora en el bienestar termina produciendo un cambio social, gracias al dinamismo que se genera, que pocos habrían esperado. Los éxitos del Grameen tratan de ser emulados: no faltan situaciones de subdesarrollo sobre las que trabajar. Yunus confía en que el microcrédito siga funcionando allá donde se aplique, porque siempre es posible despertar la iniciativa de los más desfavorecidos para que puedan salir del pozo de la pobreza.

2 de mayo de 2004

Amartya Sen y la ética económica

La economía como moderna ciencia social tiene apenas dos siglos de vida. Pero la historia de la economía es tan antigua como lo son los primeros razonamientos del hombre sobre sus condiciones de vida. En la Ética Nicomaquea de Aristóteles ya tenemos constancia del término -de origen griego- que se utilizaría con posterioridad para definir la ciencia de la satisfacción material de necesidades. La economía era para el filósofo griego, junto a la ética y a la política, parte del ámbito de la Filosofía Práctica. Existe por tanto un vínculo inicial entre la ética y la economía, a través de los fines humanos que subyacen al desarrollo de ésta. La ética entra en relación con el estudio de la economía hasta que en la época posterior a Adam Smith que llega hasta nuestros días se produce un profundo distanciamiento entre ambas disciplinas. De manera negativa para los avances que se producirían en uno y otro campo, la ética y la economía toman caminos distintos, siendo el enfoque técnico el predominante en los análisis de la economía moderna en perjuicio del enfoque ético, que sólo unos pocos autores -aunque de gran relevancia- mantuvieron vivo durante décadas hasta que en épocas muy recientes ha sido retomado su estudio.

Y todo ello ocurre a pesar de que Adam Smith, el 'padre' de la economía, fue catedrático de Filosofía Moral en una universidad escocesa. Sin embargo, el pensamiento económico que predomina en la etapa que habría de alumbrar la valiosa aportación de Smith ha empobrecido a la economía, en tanto que se dedicó a construir un andamiaje teórico que se ha mostrado incapaz de dar respuesta a algunos de los grandes problemas pendientes de ser resueltos por esta ciencia. La separación de las ideas económicas de la ética, de los juicios morales, es una de las causas de que el desarrollo producido en la economía siga sin aportar soluciones al hambre, a la miseria y al subdesarrollo. El economista Amartya Sen, en su imprescindible obra Sobre ética y economía, expone el fundamento del problema: «No hay ninguna justificación para disociar el estudio de la economía del de la ética y del de la filosofía. La economía puede hacerse más productiva prestando una atención mayor y más explícita a las condiciones éticas que conforman el comportamiento y el juicio humano». Ocultando las consideraciones éticas, la teoría económica se ha mostrado deficiente incluso para explicar la realidad en los términos más simples.

Para evitar el análisis de una realidad humana compleja, la economía ha glorificado el supuesto de la motivación egoísta, extendiéndolo a todas las acciones económicas. Es sólo una parte de la verdad: el 'hombre económico' no solamente se sale en ocasiones de los patrones de la racionalidad, sino que está en su naturaleza no comportarse siempre bajo el restringido supuesto de la búsqueda del máximo interés propio. Adam Smith generó una cohorte de defensores del egoísmo como explicación del comportamiento económico a pesar de que su misma obra niega la simplificación del conjunto de motivaciones mediante el arquetipo del agente egoísta. La dimensión ética encierra enormes complejidades, pues el 'homo economicus' habrá de moverse por egoísmo o por otros objetivos según el caso, y el análisis científico deja de ser tan simple como muchos quisieron hacerlo. Pero sólo integrando la ética en la economía se puede avanzar en el acercamiento a la realidad. Las normas y valores que guían el comportamiento colectivo tienen, por lo demás, un papel decisivo en el desarrollo de las sociedades. Lo que incita aún más a la economía a preocuparse por las consideraciones éticas como factor indispensable de su análisis.