28 de marzo de 2004

La política exterior y el voto de castigo

Se ha hablado y escrito mucho sobre materias sensibles desde lo ocurrido en España el pasado 11 de marzo: el impacto emocional de los atentados terroristas sobre la decisión de los electores, la credibilidad del Gobierno saliente durante la gestión de la crisis, el juicio que los ciudadanos han realizado sobre la conveniencia de cambiar de partido en el Gobierno en las elecciones del día 14. Todo ello es materia sensible porque está al albur de la especulación teórica sobre qué factores han movido los acontecimientos durante esos cuatro días de marzo para que ahora tengamos un nuevo presidente, Rodríguez Zapatero, y la posibilidad al alcance de la mano del inicio de una nueva etapa en el panorama internacional. Si dejamos al margen la interpretación indecente de los resultados, en el sentido de que Al Qaeda ha ganado las elecciones y la doctrina del apaciguamiento ha triunfado, el punto de vista más extendido apunta al castigo en las urnas al partido y al presidente que dirigió a todo un país hacia la guerra emprendida por Bush en Irak con una inmensa mayoría de la opinión pública en contra. Qué sería, entonces, sino una lección de democracia el retirar la confianza a los gobernantes que contravinieron la voluntad del pueblo en una cuestión tan importante de la política exterior.

Se ha querido imponer la idea contraria: el vuelco en las elecciones está motivado por un voto del miedo. En tal caso, relativizando la importancia de la autoría de los atentados, el resultado habría sido un voto más conservador, con más apoyo al partido en el Gobierno que a su alternativa. Los intentos de manipulación en los dos días previos a la cita con las urnas fueron, por contra, mucho más determinantes que los atentados en sí. Una mentira del Gobierno suponía una última gota que colmara el vaso de la paciencia de muchos electores habitualmente abstencionistas. El voto de castigo tuvo en cuenta esta circunstancia, pero también lo ocurrido un año atrás. La guerra de Irak generó una oposición importante en la mayoría de países de Europa. Muchos expertos en demoscopia diagnosticaron que el efecto de esta iniciativa impopular ya estaba amortizado y no les daría nuevos disgustos a los gobernantes que nos involucraron en la guerra. Se equivocaron: aunque hizo falta, trágicamente, una demostración brutal de terrorismo islamista en nuestra propia casa para que despertara, el voto en contra del desastre que trajo consigo el trío de las Azores estaba agazapado a la espera de manifestarse. Y apareció, el 14 de marzo, para que Aznar no se fuera de la política sin conocer de nuevo el rechazo hacia la deriva belicista de su último mandato.

Tenía que producirse. No habría sido fácil explicarse, con las teorías convencionales sobre la democracia, que un Gobierno que se echa a la opinión pública en su contra termine no pagando electoralmente una muestra tal de arrogancia. El Partido Popular se presentó en la campaña diciendo que la guerra no era un asunto que interesara realmente a los ciudadanos, que la política exterior no importaba a nadie. Interpretar unas elecciones en clave economicista nos lleva a que los ciudadanos sólo voten en función de su interés material. ¿Por qué no iban a votar al PP si la economía va bien? Se olvidaron de que, a pesar de todo, los valores cuentan. Los electores han demostrado que los principios son valorados por encima del disparatado rumbo de un presidente que se somete al vasallaje del inquilino de turno de la Casa Blanca. La política exterior cuenta, y tiene que ser juzgada en las urnas. Con el 11-M percibimos de golpe que no hay diferencias entre la política exterior y la política interior. Irak no está muy lejos: lo tenemos tan cerca como las cerca de doscientas víctimas mortales de Madrid. Si una guerra de agresión produce miles de muertos, a partir de ahora deberemos considerar que ese daño nos lo estamos haciendo a nosotros mismos. No fuimos a votar pensando únicamente en nuestros muertos: en ellos estaba también el dolor compartido con las víctimas de una guerra injusta e ilegal.

21 de marzo de 2004

Información, tecnología y poder

Da la sensación de que, hasta este momento, defendíamos cuantos planteamientos teóricos sobre el poder de la tecnología y su aprovechamiento ciudadano a través de las redes se han venido realizando en los últimos años aunque no nos los creyéramos del todo. Sin embargo, cuatro días de marzo en España han bastado para proporcionarnos la experiencia práctica y real de que, en efecto, los avances tecnológicos están al servicio de la ciudadanía. Más aún: a partir de hoy, la política no podrá ignorar la nueva arquitectura del escenario público que internet, los móviles y los satélites han contribuido a edificar. Tras los trágicos atentados del día 11 en Madrid, la gestión de la información iba a convertirse en cuestión crucial para el rumbo que una sociedad golpeada por el terrorismo, y desconcertada por las inexplicables causas de tal agresión, debía tomar. Tres días después los ciudadanos debían votar en unas elecciones que ya se presentaban bastante inciertas a priori. El Gobierno tenía en su mano utilizar la información para dirigirla hacia la autoría de ETA, en un principio, o hacia un mar de confusión, poco después, con el objetivo de controlar el estado de opinión previo a las elecciones y hacerlo favorable a sus intereses partidistas. Se olvidaron de nuestros muertos y únicamente pensaron en impedir que su guerra saltara a primer plano.

Pero los gobernantes no sólo tuvieron esta tentación, sino que empañaron su labor de comunicación de los progresos en las investigaciones policiales con conjeturas, opiniones y descalificaciones orientadas a hacer creer que el terrorismo de ETA tenía que estar por fuerza tras los atentados y que quien disintiera actuaba de mala fe. La manipulación que se evidenciaba tras este modo de actuar quedó a la vista de todos cuando se demuestra que terroristas vinculados a Al Qaeda son los autores de la masacre. Ya no sólo se le pueden reprochar al Gobierno errores en la gestión de la información; también se presiente que la mala fe no estaba en quien cuestionaba la versión oficial, sino en el partido que quería acudir a las elecciones con un panorama viciado por una manipulación informativa. Sin embargo, hubiera sido difícil que el Gobierno hiciera valer su poder y su influencia y se resistiera a informar debidamente de todos los indicios que apuntaran hacia la verdadera autoría del 11-M. Existía una demanda popular, que quedó patente en las multitudinarias manifestaciones de la tarde del día 12, y los ciudadanos disponíamos de canales de información que contradecían las certezas del Ejecutivo y que desafiaban la hegemonía mediática progubernamental: entra en escena internet.

Son medios europeos y norteamericanos los primeros que orientan las sospechas hacia Al Qaeda. En España, algunos siguen esa posibilidad en busca de datos que en apenas 24 horas harían tambalear la opinión mantenida interesadamente por el Gobierno. La información, accesible e inmediata, que se obtiene en internet provoca un cambio en la percepción de la mayoría de los ciudadanos: nos podrían estar mintiendo. El sábado 13, gracias a la tecnología, nadie se sintió preso de la información que se suministraba desde el poder. Quizás por vez primera los gobernados vieron cómo llegaba la información a sus pantallas antes de que sus gobernantes reaccionaran. No era posible, por mucho empeño que le hubieran puesto, engañar a nadie más. La única jerarquía que quedaba en pie, la de la credibilidad, también se vino abajo con la irresponsable gestión de la crisis. El Gobierno no pudo evitar que las mentiras de toda una legislatura saltaran a primer plano un día antes de las elecciones. El partido en el poder mostró nerviosismo cuando en la tarde del sábado concentraciones espontáneas, sin convocantes más allá de unos miles de mensajes de móviles, se produjeron frente a sus sedes. Los ciudadanos querían demostrar que ningún gobierno se puede permitir ya engañarlos; lo hicieron el domingo, con un castigo en las urnas a la mentira como forma de gobernar.

14 de marzo de 2004

¿Por qué?

¿Por qué Susana Ballesteros Ibarra? ¿Por qué Florencio Aguado Rojano? ¿Por qué Juan Alberto Alonso Rodríguez? ¿Por qué Inés Bedoya Gloria? ¿Por qué Rodolfo Benito Samaniego? ¿Por qué Rodrigo Cabrero Pérez? ¿Por qué Juan Luis García Arnáiz? ¿Por qué Beatriz García Fernández? ¿Por qué Álvaro De Miguel Jiménez? ¿Por qué Pedro Hermida Martin? ¿Por qué Alejandra Iglesias López? ¿Por qué Pablo Izquierdo Asanza? ¿Por qué Alicia Cano Martínez? ¿Por qué José María Carrillero Baeza? ¿Por qué Eva Belén Abad Quijada? ¿Por qué Óscar Abril Alegre? ¿Por qué Alberto Arenas Barroso? ¿Por qué Miguel Ángel Badajoz Cano? ¿Por qué Gonzalo Barajas Díaz? ¿Por qué Sara Centenera Montalvo? ¿Por qué Beatriz Díez Hernández? ¿Por qué Angelica González García? ¿Por qué María Cristina López Ramos? ¿Por qué Francisco Javier Mancebo Zaforas? ¿Por qué Vicente Marín Chiva? ¿Por qué Sam Djoco? ¿Por qué Ismael Nogales Guerrero? ¿Por qué John Jairo Ramírez Bedoya?

¿Por qué Laura Ramos Lozano? ¿Por qué Jorge Rodríguez Casanova? ¿Por qué Luis Rodríguez Castell? ¿Por qué Inés Novellón Martínez? ¿Por qué Iris Toribio Pascual? ¿Por qué Carlos Tortosa García? ¿Por qué Jesús Utrilla Escribano? ¿Por qué Carlos Soto Arranz? ¿Por qué Marion Cintia Subervielle? ¿Por qué Teresa Szpila Danuta? ¿Por qué Neil Hebe Astocondor Masgo? ¿Por qué Ana Isabel Ávila Jiménez? ¿Por qué Livia Bogdan? ¿Por qué Florencio Brasero Murga? ¿Por qué María Bryk Alina? ¿Por qué Francés Balbina Sánchez-Dehesa? ¿Por qué David Santamaría García? ¿Por qué Juan Carlos Sanz Morales? ¿Por qué Carmen Mónica Martínez Rodríguez? ¿Por qué Mirian Melguizo Martínez? ¿Por qué Javier Mengibar Jiménez? ¿Por qué Michael Michell Rodríguez? ¿Por qué María Teresa Mora Valero? ¿Por qué José Ramón Moreno Isarch? ¿Por qué José García Sánchez? ¿Por qué Javier Garrote Plaza? ¿Por qué Ana Isabel Gil Pérez? ¿Por qué Rex Ferrer Reymado?

¿Por qué Héctor Manuel Figueroa Bravo? ¿Por qué José Gallardo Olmo? ¿Por qué Guillermo Senent Pallarola? ¿Por qué Miguel Antonio Serrano Lastra? ¿Por qué María Teresa Jaro Narrillos? ¿Por qué Laura Isabel Laforga Bajón? ¿Por qué Saúl Valdés Ruiz? ¿Por qué Susana Soler Iniesta? ¿Por qué José Luis Tenesaca Betancourt? ¿Por qué María Dolores Durán Santiago? ¿Por qué Abel García Alfageme? ¿Por qué Juan Pablo Moris Crespo? ¿Por qué Oswaldo Manuel Cisneros Villacis? ¿Por qué Juan Antonio Sánchez Quispe? ¿Por qué Donino Simón González? ¿Por qué José Miguel Valderrama López? ¿Por qué Juan Ramón Zamora Gutiérrez? ¿Por qué Sergio De las Heras Correa? ¿Por qué Osama El Amrati? ¿Por qué el tren en el que viajaban estas personas no pudo llegar a su destino? ¿Por qué la vida les fue arrebatada a doscientos ciudadanos en una fría mañana de Madrid? ¿Por qué son ellos las víctimas de un ataque que nos ha robado a todos la libertad? ¿Por qué?

7 de marzo de 2004

La energía del sol

Es moneda corriente encontrarse en los periódicos un tratamiento amplio, preocupantemente extenso, de muchos asuntos triviales de actualidad y, en cambio, tener que buscar entre los pequeños artículos la referencia a temas que, humildemente, uno juzga de mucha más importancia. Siguiendo esta norma, que cumple la mayor parte de lo publicado en la prensa diaria, tuvo que ser en una columna de una página par de un periódico de esta semana donde me he topado con una corta entrevista a un catedrático que se me antoja mucho más interesante que la entrevista que ese mismo diario publica hoy mismo en su contraportada. La cuestión energética es poco atractiva para protagonizar la portada de un lunes junto a los resultados deportivos, pero nos va en ella que los estadios puedan seguir iluminándose los domingos de partido y los coches de Fórmula Uno puedan continuar corriendo en los circuitos para el divertimento de los amantes de la velocidad. En la entrevista a la que me refiero, es el científico Antonio Luque, ingeniero de Telecomunicaciones y catedrático de la Universidad Politécnica de Madrid, quien responde a las preguntas.

El titular que resalta el periodista puede resultar obvio: «La energía solar no te hace rico, pero mejoras el medio ambiente». Pero encierra un mensaje importante que Luque, experto en energía solar, no trata de ocultar. El problema energético que tenemos planteado es el agotamiento de unos recursos que actualmente fundamentan un modelo de explotación natural con un límite evidente: cuando no haya petróleo, la sociedad tendrá que cambiar muchas cosas si quiere mantener el modelo de producción y el estilo de vida que este combustible fósil lleva aparejado. El aprovechamiento directo de la energía que obtenemos del sol es una de las soluciones más reiteradamente colocadas en el centro de la prioridad política. Sin embargo, ante lo insostenible del uso de un petróleo que puede terminar acabándose en pocas décadas, crear una alternativa con la base de la energía solar no ha tenido a favor una fuerza que le diera el empujón necesario: la fuerza del mercado. La solar no es una energía tan rentable, no hace ricas a las empresas con grandes beneficios contables. En este momento, hay que apelar más a los beneficios sociales y a la ventaja medioambiental de la energía solar porque la lógica del máximo dividendo no sopla a favor de ella.

Antonio Luque lleva dedicándose desde la década de los setenta a la investigación en el campo de la energía fotovoltaica. La tecnología empleada en la producción de esta energía avanza cada vez más en la eficiencia y eficacia de las células solares. Como energía renovable que es, debería tener todas las oportunidades posibles para abrirse paso, pero algo falla si el sector no consolida su crecimiento. También es curioso que en España, con largas horas de sol a lo largo de casi toda su geografía, las empresas tengan como principal cliente Alemania. Con todo, es un buen signo el rumbo de Isofotón, iniciativa del propio Luque que salió de la Universidad de Málaga y que es una de las 10 mayores empresas fabricantes del mundo. El marco institucional debe adaptarse a la iniciativa de los instaladores de energía solar para propiciar que el uso sea cada vez mayor. En muchas viviendas de nueva construcción tendría que incluirse el sol como nueva fuente de rentabilidad: sería la mejor instalación para afrontar un futuro energéticamente incierto. Como dice Luque, en la Costa del Sol es un negocio producir energía solar en las casas y sin embargo aún no se hace. Hay mucho camino por recorrer.