29 de febrero de 2004

Los medicamentos y la exacta medida

En la mayor parte de Europa, se suele decir que tenemos economías 'mixtas' donde conviven en ocasiones lo público y lo privado a partes iguales y donde hay tanto sectores completamente en manos del mercado como parcelas de la economía con fuerte implantación estatal. Un paradigma de este modelo económico sería el sector sanitario, significativamente distinto, en los países que por suerte aún defienden el Estado del bienestar, al ideal liberalizador de una salud a cargo de hospitales privados y una red de servicios de asistencia médica que actuara en el lugar que ahora ocupa la Seguridad Social. Sin embargo, esa sanidad pública, igualitaria y accesible que concita -esperemos que por mucho tiempo- un importante apoyo social, no deja de estar inserta en un contexto de economía de mercado. Por lógica, la gestión de ese servicio depende de la provisión de bienes por parte de empresas privadas: no es menor la dificultad de organizar en el ámbito administrativo correspondiente una sanidad eficiente con los objetivos que se marca de forma que se eviten las tentaciones de una gestión privada que a menudo se propone como modelo alternativo. Aunque el principal nexo entre lo público y lo privado, en este sector, es otro aspecto distinto a la gestión. Uno muy concreto y con frecuencia polémico: los medicamentos.

La política farmacéutica se puede considerar uno de los troncos principales del gasto. El consumo de medicamentos ha aumentado en las últimas décadas y su financiación pública ha pasado a ser un compromiso contraído en favor de la accesibilidad en condiciones de igualdad por parte de todos los ciudadanos. El sector público se hace cargo de esta necesidad esencial al tiempo que, en contrapartida, la evolución del sector farmacéutico se debe compatibilizar con el establecimiento de prioridades emanadas del consenso social. El interés de las empresas no puede ir en contra del interés general en un sector de tanta importancia. Los primeros problemas de sostenibilidad de las políticas públicas sobre los productos farmacéuticos llegaron con el aumento del gasto. Para corregir el rumbo de esta partida presupuestaria, sobre la que ya había puesto el ojo la ortodoxia del recorte de los gastos, se ha optado por reducir el número de medicinas financiadas por la seguridad social y primar los genéricos frente a los productos farmacéuticos con marca. El objetivo: encontrar resquicios en la inexorable barrera de los precios del mercado.

El coste de los medicamentos se ha trasladado al aumento del gasto farmacéutico no sólo porque se haya incrementado la complejidad y la efectividad de los productos. La presión de los laboratorios y la estructura del mercado han propiciado que se dispare la carga presupuestaria con las consecuencias ya conocidas: se debía optar por los genéricos, como solución que el sector aceptaba, o bien entrar en la posibilidad del copago. Casi nadie se ha estado planteando que había que volver al origen del problema: la comercialización. La libre elección de las empresas acerca de cuestiones cruciales como el tamaño de los envases ha llevado a la generalización de la venta de medicinas en grandes cantidades, que en ocasiones exceden el tratamiento normal y ni siquiera guardan proporcionalidad con éste. El uso racional de los medicamentos es parte de cualquier política farmacéutica que se precie: para reducir gasto y para evitar la ineficacia del tratamiento o la automedicación con las pastillas que sobran y se guardan en el botiquín. El sistema de unidosis, que ahora empieza a implantarse para algunos antibióticos, es una solución óptima para impedir que los laboratorios farmacéuticos nos obliguen a adquirir la cantidad de medicinas que maximiza sus ingresos y no la medida exacta de lo necesario.

22 de febrero de 2004

Buscando a Haití en el mapa

Hay que reconocer que ponerse a escribir sobre realidades que no conocemos es una de las actividades humanas más frecuentes. Dicen que el periodismo no es otra cosa sino eso: hablar sobre cualquier asunto sin ser especialista en nada. No siendo periodista, uno se ha planteado también en múltiples ocasiones escribir artículos sobre temas que escapaban a mis limitados conocimientos. Sin embargo, documentarse adecuadamente y leer lo que han escrito otros suele servir finalmente para elaborar una opinión más o menos informada. Esta vez me enfrento en este artículo a un acontecimiento de actualidad del que no tengo mucha idea: la crisis política en Haití. La mayoría se puede estar preguntando estos días qué está ocurriendo allí, aunque en realidad casi nadie se lo pregunta, por puro desinterés. No debe de haber, además, muchos especialistas en la política de los países caribeños para que nos lo expliquen. La repercusión en los medios está siendo muy discreta, a excepción de las elocuentes imágenes que sí aparecen en cada informativo, suscitan la curiosidad del espectador durante minuto y medio y son olvidadas con la misma rapidez con la que el busto parlante de turno da paso a la siguiente noticia. Se intuye que no es una situación muy agradable para el espectador habitual de los informativos de TV, pero ¿qué ocurre en Haití?

Haití es un pequeño país que ocupa una tercera parte de la isla La Española y que normalmente pasa desapercibido cuando se habla de las Américas. Es francófono y de mayoría negra, cuyo origen étnico africano se remonta a la época del esclavismo posterior a la colonización española. Para comprender qué puede estar pasando tendríamos que hacernos con algunos datos: tiene unos ocho millones de habitantes, la esperanza de vida se sitúa en los 50 años y la renta per cápita es de 480 dólares, la más baja del continente americano. Haití es la primera república negra del mundo, al conseguir la independencia de Francia hace ahora 200 años. En esa larga historia se han producido 32 golpes de Estado: ¿es posible explicar la crisis actual a través de la 'tradición' política del país? Durante décadas, el destino de los haitianos estuvo regido por un dictador, Duvalier, apodado 'Papa Doc' y que practicaba el vudú. En 1990 salió elegido democráticamente el presidente Jean-Bertrand Aristide. Pero otro golpe militar puso fin a ese mandato. Hasta 1994 no pudo recuperar la presidencia, tras una intervención de EEUU bajo la dirección de la ONU. Poner y quitar gobiernos ha sido habitual en la historia de los golpes y los intentos golpistas vividos en Haití.

El presidente Aristide se encuentra actualmente acorralado. Accedió de nuevo a la presidencia tras unas elecciones en 2000. La rebelión interna ha optado por las armas, controla una parte del norte del país y está planteando un escenario de guerra civil si no consigue sus objetivos. Son 58 las personas que han muerto desde que se inició el levantamiento y no parece que la solución pacífica vaya a dar una salida inmediata a la crisis. La oposición está exigiendo que Aristide abandone la presidencia, aunque ello significaría, en el fondo, subvertir el orden constitucional. Con la mediación de una delegación internacional podría consensuarse un gobierno entre todos los partidos políticos que tomara las riendas del país y que respetara al actual presidente. Todo pasa por dar fin pacíficamente al episodio de insurgencia. Haití es el país más pobre de la zona y hay quien plantea la situación como una lucha entre ricos y pobres. Lo cierto es que un gobernante como Aristide, esperanza democrática en su día aunque ahora parece haber degenerado hacia el autoritarismo y la corrupción, es el presidente legítimo. Entre los rebeldes armados se encuentran conocidos culpables de violaciones de los derechos humanos. La gravedad de la situación demanda alguna intervención desde el exterior. Para que, al menos, la noticia no se convierta en trágica rutina de los informativos.

15 de febrero de 2004

El valor de la memoria

El pasado verano supimos de una polémica suscitada en Holanda con la memoria histórica como argumento principal. El objeto de la controversia eran unos souvenirs diseñados por la artista polaca Agata Siwek, puestos a la venta y expuestos a su vez en el mercadillo de arte de una localidad holandesa con el título 'Souvenirs originales de Auschwitz'. Se trataba, en efecto, de una colección de artículos, como llaveros, camisetas y gorras, a modo de recuerdo macabro del campo de exterminio nazi situado en Auschwitz. La insólita línea de productos, que incluía también muñecos realizados con telas similares a las usadas por los prisioneros, no pasó desapercibida. Comerciar con el horror genera bastantes reparos y, aunque se crea en la sinceridad de las buenas intenciones expresadas por Siwek, es normal que muchos protestaran por la muestra de mal gusto. Incluso si la motivación aducida por la autora es no olvidar el holocausto judío, el uso de esta referencia en artículos vulgares suscita malestar entre los supervivientes de Auschwitz, que ahora pueden ver cómo alguien gana dinero con la imagen de un lugar de tan trágico recuerdo en un pasado cercano en la historia a pesar de los años transcurridos desde el fin de la guerra.

Es bastante frecuente toparse con indicios como este de que cosas que no deberían situarse en el campo de lo económico y lo intercambiable con valores monetarios entran en ese ámbito, se mercantilizan y convierten su razón de ser en motivo de creación de beneficio privado. La memoria histórica ¿es también susceptible de formar parte de los productos a la venta en el mercado? Aterra pensar, sinceramente, que los símbolos colectivos de una historia que pertenece a todos dependan de su cotización en el mercado de la memoria y de los mitos: ante una renuncia de la sociedad a apropiarse de ese recuerdo, los hechos pasados quedarían a expensas de la capacidad publicitaria del propagandista de turno. Sin embargo, ante lo inevitable de una historia que con el paso de los años se escapa del justo rigor ético con que fue juzgada décadas atrás, no es tampoco completamente censurable que cada cual la reivindique como quiera dentro de unos límites oportunos. Siempre será preferible, en cualquier caso, que el dolor de las víctimas se traslade al mercado con el objetivo de no olvidar Auschwitz, a que un loco reviviera impunemente la admiración de muchos en su época hacia la fuerza carismática de Hitler en forma de llaveros con la figura impresa del dictador.

Pero la frontera de la banalización es muy fácil de traspasar. La memoria colectiva no debe estar sometida al capricho de quienes trafican con los sentimientos que hemos de trasladar a las generaciones futuras. Manipular éstos con artes sensacionalistas está al alcance de cualquiera, y si se quiere poner coto, deberíamos fomentar sólo la libre expresión de los artistas que antepongan por encima de todo el respeto al doloroso pasado. Las intenciones de Agata Siwek no son condenables. El problema surge cuando decide hacer negocio con Auschwitz. Aunque quizá el origen de toda esta polémica esté en la apertura del campo a las visitas guiadas de turistas que llegan en busca del morbo del lugar. De ahí que ésta u otra ocurrencia bienintencionada pueda terminar siendo una mala idea, como han dicho ancianos supervivientes del genocidio, a los que tampoco les habrá hecho gracia que la artista polaca coloque la frase 'el trabajo os hará libres', aquella que se podía leer a la entrada de Auschwitz para animar a los presos a trabajar como esclavos de los nazis, en camisetas y servilleteros. El valor de la memoria histórica merece que se materialice en forma oportuna y conveniente para que el recuerdo no se convierta en una trivial referencia del pasado.

8 de febrero de 2004

El valor de una imagen

Con el paso del tiempo, nos hemos ido convenciendo de lo irreversible de un fenómeno: la terciarización de la economía. Cualquier análisis considera fundamental contemplar el desarrollo de un determinado país desde el prisma de la estructura de su producción. Partimos de que un país subdesarrollado es mayoritariamente agrícola y ganadero. Conforme va creciendo económicamente, se industrializa; de hecho, son variables que han sido utilizadas indistintamente: desarrollo e industrialización. Y, en una fase posterior, la economía crece y se vuelca en el sector servicios. Las economías más desarrolladas en esta era posindustrial son, por tanto, las que producen mayoritariamente en el sector terciario, que incluye desde el turismo y el transporte a la sanidad, el comercio y la seguridad. Hay, en cambio, servicios que son como éste último, la seguridad, cuya vinculación con el bienestar es problemática. Si el sector crece, genera riqueza y empleo; pero el tamaño de esa actividad apunta, precisamente, hacia una falta de bienestar o una desatención del sector público. Esto significa que el crecimiento de los servicios de seguridad debería ser un indicador de lo contrario de lo que podía parecer: su producción, más que proporcionar un beneficio social, lo que hace es absorber parte de uno de los costes de las sociedades desarrolladas, la delincuencia.

El sector terciario ha adquirido tanto peso que se han dado todo tipo de interpretaciones. Una primera explicación que se da al hecho de que todo un sector tan importante como la industria quede relegado a una tercera parte del PIB, mientras que los servicios significan más del 60% del producto neto, es que hay actividades que han crecido conforme las empresas industriales las han necesitado para vender en el exterior o financiar sus inversiones. De ahí proviene el desarrollo, respectivamente, de los transportes y el sector financiero. Aunque el mundo de las finanzas se podría considerar un ejemplo perfecto de terciarización: con la especulación como núcleo de los mercados de acciones y de divisas, los beneficios financieros dejan de tener contacto con el mundo real de las empresas. Otra actividad de creciente desarrollo es el marketing. En sectores maduros, caracterizados por el oligopolio y donde los productos son muy parecidos, ya sean éstos detergentes, coches o galletas para el desayuno, el factor competitivo entre las empresas es el gasto en publicidad. Gran parte del ingreso se va hacia quienes diseñan la estrategia de marketing que le permite a la empresa mantener su cuota de mercado.

Recientemente hemos visto cómo una aseguradora española, filial de un grupo estadounidense, era vendida a otra multinacional. La primera tenía como mascota a Snoopy, el cómic creado por Charles Schultz. Al cambiar de accionistas, la aseguradora ha tenido que buscar una nueva mascota, un erizo, que les habrá costado el trabajo contratado a una agencia y una campaña de dos semanas de publicidad. Snoopy es imagen de la aseguradora americana y de otros muchos productos; no en vano ha generado sólo en EEUU desde 1958 alrededor de 1.300 millones de dólares por el uso de la licencia. El marketing es un gran suministrador de valor añadido al balance del sector servicios. En general, una buena parte del crecimiento del sector terciario se debe a las externalizaciones, esto es, las actividades que antes se realizaban dentro de la empresa y ahora se contratan a compañías especializadas. Es por ello que la relevancia exagerada que se da en ocasiones a la terciarización no se vea refrendada por los hechos: la industria sigue siendo, en la mayoría de las economías, el núcleo de la actividad productiva. El valor de una imagen publicitaria, la revalorización de la imagen de un destino turístico o la especulación financiera son importantes fuentes de ingresos para los servicios, pero la economía industrial es, en cuanto a desarrollo integral se refiere, una punta de lanza imprescindible.

1 de febrero de 2004

El valor de la diversidad biológica

Es habitual dar por supuesto que los problemas medioambientales ya han calado lo suficiente en la conciencia social y se sitúan en la primera línea de la actuación gubernamental. Esta premisa, que reconocería la victoria de la militancia ecologista, no es del todo cierta. Si bien la preocupación por la conservación del entorno se ha trasladado en gran medida a las políticas ambientales, no todos los problemas presentan la misma demanda social. Y, de los que sí importan a la ciudadanía, a los políticos y a los expertos, no todos han alcanzado aún un nivel adecuado de consideración en la intervención pública. Está bastante lejos de la realidad esa impresión de que, en materia de medio ambiente, los gobiernos ya hacen bastante, e incluso sobrepasan los límites de su acción razonable al entrar en ámbitos donde el mercado debería regir plenamente. Asombra escuchar soluciones que involucran al mercado en el uso de determinados recursos naturales o ambientales, olvidando el carácter de bien público o bien común que habitualmente concedemos a la naturaleza. Pero está visto que la lógica de la mercantilización de cualquier objeto para su inserción en las convencionales curvas de oferta y demanda convence todavía a muchos.

Uno de los problemas ambientales para los que se demanda intervención pública es la pérdida de biodiversidad. Sin embargo, éste sería ejemplo también de problema que no ha traspasado favorablemente el filtro de la opinión pública, al contrario que otros cuya gravedad sí ha llegado a los ciudadanos. Tengo la impresión de que una buena parte de la opinión no valora los intentos de conservar la diversidad biológica del ecosistema: una especie que se extinga, un desequilibrio ecológico en alguna de las amenazadas reservas naturales, serían problemas menores frente a aquellos que afectan directamente a los humanos. Por ello son doblemente importantes los casos emblemáticos que significan un esfuerzo público en favor de la conservación, como es el lince ibérico en los dos núcleos poblacionales -aislados uno de otro- que le quedan en Andalucía: Doñana y la Sierra de Andújar. Recientemente, fruto de un acuerdo entre distintas administraciones, se pasó a la fase del plan de cría en cautividad que consiste en poner en contacto a un lince macho procedente de Andújar con varias hembras en un centro situado en Doñana. Supone una esperanza más para que los menos de 200 linces que existen actualmente no sean los últimos de su especie.

En Europa tenemos un problema en relación con la diversidad biológica: la UE da la cifra de 335 vertebrados y 800 especies de aves en peligro. La preservación de la diversidad se considera un objetivo global desde la llamada Cumbre de la Tierra que se celebró en Río en 1992. Pero la realidad de los casos suele ser local, luego el interés puesto en cada territorio a favor de la conservación de especies es el único que puede sumarse a otros semejantes para lograr mantener la biodiversidad del ecosistema Tierra. Si en países con posibilidades económicas para poner en marcha programas como el del lince no damos ejemplo, no servirá de nada pedirles a países pobres que conserven su riqueza natural. Los economistas que se dedican a analizar el medio ambiente toman habitualmente como instrumento la medición del valor de cada recurso natural. El valor de uso es más fácilmente estimable, pero ¿qué uso le damos a la no-extinción de una especie animal? Si no hay utilidad, el valor de la biodiversidad sería cero. Aunque hay valores de no uso, igualmente importantes a pesar de que no se reflejen monetariamente ni sea fácil su cálculo. La mera existencia es un valor: ésa es la clave de la conservación de la naturaleza.