25 de enero de 2004

Tortura, silencio e impunidad

No deja de resultar curiosa la forma en que la prensa digiere, con el objeto de hacerla más 'presentable', la información que sirve de denuncia en casos de violación de los derechos humanos y la que se ofrece periódicamente sobre las desigualdades y la miseria de este injusto orden -o desorden- mundial. Este conocimiento de la realidad, al que sobradamente se demuestra que no se quiere acceder, se cuela en cambio a través de las informaciones que las organizaciones que se dedican a esto logran colocar en los medios. El problema surge cuando esta denuncia queda relegada a un reportaje más que viene a complementar la variada oferta de, pongamos por caso, un semanario con millones de lectores. Así es cómo un informe de Amnistía Internacional sobre la tortura se convierte en un reportaje de El Semanal cuya llamada en portada es 'Las cárceles más crueles del mundo' (como quien dice los 'hoteles más lujosos' o los 'restaurantes más exquisitos') en un pequeño recuadro junto a la gran foto del reportaje de la semana, 'Cómo llegar a fin de mes'. Es un éxito, sin duda, que ciertas revistas se mojen mostrando la información que los medios atados a la actualidad no pondrán nunca en titulares, aunque no se obtenga como resultado más que improductivas conversaciones de domingo. Pero cabe preguntarse también a qué precio se publicita la causa de los derechos humanos, y si no es demasiado caro colocarla al borde del sensacionalismo periodístico.

La denuncia de AI es, por lo demás, oportuna y conveniente. Un detalladísimo trabajo de esta organización nos ofrece datos muy significativos de la dimensión de esa gran atrocidad cometida diariamente, en pequeña dosis, por gobiernos de todo el mundo. La tortura es algo cotidiano en decenas de cárceles repartidas por más de 100 países, según una investigación realizada entre 1997 y 2000. Estando prohibida expresamente, la tortura pervive porque algunos gobiernos la toleran como una forma de mantener su poder. Ante otras circunstancias igualmente degradantes, como la detención arbitraria por cuestiones políticas, sexuales o religiosas, la ilegalidad de la tortura y los malos tratos a los presos no son obstáculo para que haya estados que vean reforzada su débil posición consintiendo violaciones fragrantes de la celebrada Declaración Universal de los Derechos Humanos, que ha cumplido 55 años y sigue siendo olvidada como el primer día en multitud de países. Uzbekistán, presos políticos en cárceles secretas; Israel, una prisión central en condiciones deplorables; Turquía, por el encarcelamiento de presos políticos; Marruecos, por tratos degradantes en las cárceles; son algunos de los países denunciados por AI, a los que se suman China y Cuba, donde ni siquiera se permite la ayuda humanitaria de la Cruz Roja y la información disponible es escasa.

Los recluidos en la base de Guantánamo son parte de uno de los episodios más vergonzantes de violación del derecho internacional. «Centenares de personas de casi 40 nacionalidades distintas siguen recluidas sin cargos ni juicio -asegura AI junto a todos los expertos que se han pronunciado- sin acceso a ningún tribunal, ni a abogados ni a visitas familiares». En diciembre, la corte federal de apelaciones de San Francisco dio un veredicto claro en el sentido de confirmar la ilegalidad de la situación a la que están sometidos los prisioneros de Guantánamo. El mismo gobierno estadounidense que dice luchar por la libertad y el estado de derecho con sus operaciones preventivas está manteniendo en el limbo legal más absoluto a más de seiscientas personas. Sin embargo, es evidente que la lista de la tortura no se detiene en un sólo país: está tan extendida como la tolerancia ante los excesos policiales por equivaler éstos a «dar a los criminales su merecido». Lo constata cotidianamente Amnistía: «En muchos países, la impunidad de que disfrutan los torturadores, el hecho de que no comparezcan ante la justicia, es un mal endémico. (...) La tortura es una de las violaciones de derechos humanos más encubiertas por el secreto. (...) La cruda realidad es que a la mayoría de las víctimas de tortura de todo el mundo se les niega sistemáticamente la justicia». Únicamente denunciando se consigue romper el silencio que oculta esta represión brutal en el seno de una sociedad.

18 de enero de 2004

Pobreza global y consumo insostenible

Estamos construyendo ciudades cuyo funcionamiento no será viable en un futuro globalizado. Y, sin embargo, hay un sustrato ideológico que viene actuando en varios frentes, dando sentido a la urbanización, el crecimiento y la conformación de grandes urbes y justificando la traslación del modelo del primer mundo a Asia, África y América Latina, y que nos vende el cuento de una 'aldea global' donde todos estaremos conectados en términos de igualdad. El mundo como gran metrópoli, con lo rural marginado a la función sentimental del turismo para el urbanita, es el sueño falaz de un globalismo mal entendido. Tenemos una red de ciudades formada por aquellas que se suben al carro del crecimiento y la prosperidad, es lo que se nos dice. Pero ¿quién se va a creer que los diferentes núcleos urbanos se constituyen en plataformas de competencia de la economía global en igualdad de oportunidades? ¿Tendrán alguna vez el mismo peso Nueva York y Kuala Lumpur? Las ciudades son centros de atracción de la población que, en sus respectivos países, no puede seguir viviendo en sus zonas de origen. Las grandes capitales del mundo, símbolos del modelo urbano, son espejos de la economía de cada país.

A pesar del tamaño adquirido por las grandes ciudades del hemisferio sur, las relaciones de subordinación económica persisten. Porque ese crecimiento espectacular es puramente demográfico, lo cual quizá nos sirva para que despertemos del sueño de la vida urbana llena de comodidades al ver la inversión de los términos que se da en los países en desarrollo: ciudades cuya principal característica es el hacinamiento y la pésima calidad de vida consiguiente. Ingobernables urbes con quince o veinte millones de habitantes son buena muestra de cuáles son las particularidades del modo de vida occidental que no son trasladables al resto del mundo. El consumo que sustenta los estándares de vida de los países desarrollados es envidiado hasta por el último poblador del planeta y, sin embargo, ni la economía ni el aprovechamiento técnico de los recursos naturales nos permite en la actualidad llevar este 'bienestar' a todo los países. ¿Generalizar el uso del transporte, el derroche de energía, el consumismo que tenemos en nuestras sociedades a todas las ciudades por igual? Se trata de ciencia-ficción, en estos momentos. El nivel alcanzado en el área rica de la 'aldea global' no se puede reproducir en los países pobres.

Lo ha dicho de manera muy gráfica un informe del Worldwatch Institute: necesitaríamos tres planetas como la Tierra para colmar la demanda consumista si nuestro modo de vida se replicara en todas las regiones del mundo. El uso insostenible que se hace de los recursos no puede dar otro resultado que no sea el deterioro de las condiciones medioambientales y, en consecuencia, el empeoramiento de las circunstancias que permitieran la reducción de la pobreza. Satisfacer las necesidades básicas sigue siendo una prioridad desatendida en el caso de millones de personas. Mientras tanto, hay sociedades que sufren la plaga del consumo excesivo. Los propios problemas de obesidad, estrés e infelicidad que produce una vida marcada por el ansia por saciar todos los deseos en un instante, son tratados con productos y servicios que vienen a darle otra vuelta más a la rueda del consumo. Pero cuando la brecha existente entre estos dos mundos separados por el nivel de gasto aparece en los periódicos, todos nos inquietamos como si no fuéramos conscientes de lo que pasa ahí fuera. Nos escandalizamos como si no supiéramos que el gasto occidental en alimento para animales se aproxima al nivel de recursos empleados en la lucha contra el hambre. Llamativa comparación, sí, que se corresponde con una preocupante realidad.

11 de enero de 2004

La ciudad y el vertedero

El modelo económico que en la actualidad tomamos como referencia en los países desarrollados está íntimamente ligado a un proceso de urbanización. Dicho más ampliamente, sería difícil afirmar con rotundidad que todo el proyecto de civilización industrial no está vinculado al desarrollo de las ciudades. Lo cual quiere decir que el crecimiento de las ciudades viene siendo paralelo al proceso de modernización desde que abandonamos el feudalismo. Pero, en la actualidad, existe una intensificación de ese proceso que nos lleva a afirmar que este modelo económico y social que seguimos está especialmente sustentado por una explosión del fenómeno urbano. La economía global y la ciudad son las dos partes de un binomio que se desenvuelve en las etapas de expansión financiera a través de una creciente reurbanización y metropolización del territorio. Las grandes ciudades del primer mundo no hacen más que expandirse mediante lo que se ha dado en llamar manchas de aceite: casas adosadas, urbanizaciones dispersas, conexión de los núcleos cercanos a través de un continuo urbano. El viejo modelo de ciudad está enterrado. La gran concentración de población y actividad productiva hace de las metrópolis actuales los puntales de la economía de la globalización.

Y si en el mundo desarrollado la ciudad es elemento de competencia, con el objetivo de conseguir un mayor atractivo para los capitales financieros y crecer más, la urbanización de los países subdesarrollados está siendo todo lo catastrófica que cabía esperar de la traslación de determinados modelos de una zona a otra. Las grandes urbes occidentales albergan el llamado cuarto mundo, expresión clara de la exclusión social generada por el modelo de crecimiento. Sin embargo, en los países pobres no ha lugar a que en las ciudades exista una parte excluida del bienestar general: es una mayoría la que vive en la precariedad urbana de los suburbios, sin condiciones mínimas de habitabilidad. La dualidad existente en la ciudad es, en estos casos, diáfana: una minoría acomodada en zonas exclusivas del núcleo urbano y una gran masa de habitantes de la ciudad que malviven en la periferia a la que llegaron atraídos por los beneficios de la metrópoli. El éxodo campo-ciudad sigue existiendo por la clara preponderancia de las zonas urbanas en la producción y en la distribución de la renta. Sin embargo, lo que ha cambiado es la capacidad de las ciudades para integrar el explosivo cambio poblacional.

Las ciudades se han ido convirtiendo en el centro de la globalización conforme los poderes públicos han abandonado ciertas parcelas que les permitieran controlar o planificar el proceso. Si inabarcable es el conjunto de necesidades desatendidas en las áreas urbanas marginales y excluidas de la atención del público, más preocupante si cabe sería la dimensión de los problemas medioambientales que el modelo económico no ayuda a corregir y que, en el proceso de urbanización, se acrecientan por la cada vez mayor concentración de personas en un mismo espacio. La vida rural no tiene per sé un carácter sostenible e idílico en lo que se refiere a relaciones con el entorno. Pero es innegable que es la vida urbana la que, por sus características, hace insostenible el mantenimiento de los actuales condiciones en el largo plazo. La ciudad genera cada vez más residuos, de todo tipo, y al mismo tiempo requiere un aporte creciente de energía, agua y recursos naturales para conservar la actual calidad de vida. La producción urbana necesita un gran vertedero para sobrevivir, del mismo modo que han de ponerse a su disposición los recursos de la naturaleza para crecer día a día. La relación de la ciudad con el medio ambiente siempre será problemática: la clave del momento presente es hasta dónde podrá crecer la gran urbe enfrentándose a los límites de la naturaleza.

4 de enero de 2004

La carrera del euro

Cuando alcanzamos el segundo aniversario de la llegada física del euro a los bolsillos de los europeos, la moneda única se encuentra en una más que discutida posición. Un movimiento natural del mercado de divisas, o bien la convergencia de intereses de ciertos financieros con algunos estrategas de la política cambiaria, coloca al euro en máximos históricos respecto al dólar, con un cambio en torno a 1'25. En un relativamente corto periodo de tiempo, hemos asimilado bastante bien el fenómeno del cambio de moneda y sus circunstancias. Si bien es cierto que de manera desigual, en lo relacionado con aspectos que superan lo estrictamente económico. Por una parte, la sociología del euro tiene aún un largo recorrido por delante: pasarán un par de generaciones hasta que la peseta sea olvidada casi por completo, aunque no es desdeñable la rapidez con que hemos incorporado el euro y su valor a la vida cotidiana. Destaca, por cierto, en lo referido a las denominaciones populares del euro, la investigación llevada a cabo por José Antonio Millán y que plasma en el artículo «Euro: el aerolito lingüístico» (formato pdf, en la revista Marges linguistiques). Y, por otra parte, está un campo en el que no podemos dejar de jugar quienes presumimos de europeístas: el político, donde el cambio del euro se asumió más rápidamente y cualquier hecho, variación en el mercado de divisas o decisión del BCE, viene a modificar las expectativas sobre el futuro de este pilar monetario de la construcción europea.

Para que la UE no sea únicamente una 'unión de mercaderes', el euro tiende a ser contemplado por quienes no podemos dejar de creer en el proyecto utópico del europeísmo como una primera piedra que permita la integración política en otros ámbitos -con la promulgación de la Constitución Europea como etapa de avituallamiento y posterior acelerón en la carrera de la UE- y, también, como elemento de clarificación de las relaciones internacionales del mundo multipolar que la diplomacia europea anda diseñando en sueños desde la caída del muro de Berlín. En ese sentido, la escalada del euro en su tipo de cambio con el dólar está confirmando que la moneda de la UE desempeña desde este pasado año un papel de competidor por el liderazgo mundial. El terreno que en el intercambio de divisas y la expansión comercial se le arrebate al dólar estadounidense va a simbolizar la magnitud de la apuesta que los europeos hacen por enfrentar la hegemonía unilateral de EEUU en un futuro en el que la estabilidad vendrá dada por el equilibrio de fuerzas entre distintas áreas regionales, con Europa en un papel protagonista. Ahora, sin embargo, hay un riesgo coyuntural por la discutida posición de la que hablaba al principio: puede llegar un momento en que una revalorización excesiva del euro perjudique las exportaciones europeas, y en consecuencia la pujanza económica de la UE. La recuperación de la eurozona, dependiente de la locomotora alemana para competir con EEUU, no se puede hacer castigando monetariamente al sector exterior.

La integración comercial en Europa tiene como objetivo también la búsqueda de un liderazgo económico en los mercados globales: esto significa que un euro que ayude a una depreciación 'interesada' del dólar no está favoreciendo a la economía de la eurozona a largo plazo aunque en el corto implique preferencia por nuestra moneda. Porque, mientras tanto, es la balanza comercial de EEUU la beneficiada. Debidamente reformado, las instituciones de la UE deberán resucitar un Pacto de Estabilidad y Crecimiento dinamizador del compromiso de los Estados con la integración europea. Es éste el punto de encuentro necesario para revitalizar la confianza. Al margen del comportamiento del euro en los mercados, la fortaleza de la Unión se conseguirá cuando los acuerdos no sean vulnerados en función de a quién afecten ni haya ocasión para actuar a la defensiva con los intereses nacionales como prioridad. Igual de contradictorio con el interés común europeo puede ser un núcleo duro franco-alemán, interpretando los pactos a su favor, que unos gobiernos actuando por su cuenta en sus relaciones con EEUU y encastillados en posiciones nacionales, como se ha visto el pasado diciembre en la fracasada negociación sobre el reparto de poder en la Constitución. Puede llegar a ser engañoso el vigor que presenta estas semanas el euro en su batalla con el dólar, puesto que lo verdaderamente decisivo para la UE es continuar la construcción del edificio común de la UE, sin dobles velocidades ni 'caballos de troya' antieuropeos.