21 de noviembre de 2004

Demasiado ruido

Los problemas medioambientales son clasificados atendiendo a diversos criterios. Uno de ellos vendría a jerarquizarlos a partir de la preocupación manifestada por la población cuando se le pregunta. De esta manera, la importancia de los problemas se mide a través del interés que expresamos por sus consecuencias. En ocasiones puede resultar chocante que cuestiones graves relacionadas con el daño ambiental aparezcan en las encuestas por debajo de otros problemas menos importantes pero que tocan más de cerca a la mayoría de la gente. Es un criterio egoísta aplicado a la ecología, se argumenta, pero hay que reconocer que, aun considerando el medio ambiente como un todo, es lógico priorizar lo que te afecta de manera directa frente a los problemas globales que no se materializan actualmente en perjuicios concretos. El bienestar es un poderoso instrumento que moviliza la conciencia ecologista de la ciudadanía: a mayor riqueza, más preocupación por el medio ambiente. La particularidad de ese interés por el patrimonio natural común que nace del egoísmo es que coloca en primer lugar la contaminación que más directamente nos afecta y rara vez emprende campañas románticas por la extinción de una especie animal en el otro lado del mundo.

En los últimos tiempos ha crecido la conciencia ciudadana ante un problema muy concreto del medio ambiente urbano. Se trata del ruido o la contaminación acústica. Hay quien relativiza la importancia de este efecto secundario del desarrollo, y hasta considera un derroche de energía intentar que los espacios que habitamos conozcan en algún momento el silencio. Sin embargo, el hecho de que emerja el ruido como prioridad en la opinión de muchos ciudadanos demuestra que todavía debemos cuidar con mayor interés el entorno más próximo a la vida cotidiana para valorar más el medio ambiente en general. Los efectos de la contaminación acústica son de la misma naturaleza que los de otros problemas ambientales; inciden en la salud pública, la calidad de vida individual y el desarrollo social. En el ámbito europeo, el tópico de los mediterráneos ruidosos es más que ajustado a la realidad. Las zonas más afectadas por la plaga del ruido se caracterizan no sólo por la concentración urbana de población: parece claro que influye también cierta cultura propia que nos hace aficionados al grito, el estruendo y la traca. Pero las ciudades del ruido no satisfacen a todos, y no hacen más que crecer los ciudadanos indignados con los decibelios de más que se registran a diario en las calles.

Demasiado ruido es la pesadilla de quienes no pueden dormir por el sonido que emite ese resto del mundo que no da importancia al sueño de los demás. El tráfico y la actividad diaria de la ciudad son el complemento perfecto de la ruidosa existencia que nos asegura esa cultura mediterránea del bullicio y la plaza pública. La legislación ha empezado a poner límites a la contaminación acústica y a valorar el preciado silencio. En esa particular batalla, una reciente sentencia judicial supone una importante conquista. El Tribunal Europeo de Derechos Humanos ha condenado a las autoridades españolas a pagar a una mujer residente en Valencia una determinada cantidad por daños producidos por el ruido: se permitió la apertura de locales nocturnos que perturbaron su descanso durante años. Dicen los magistrados que, teniendo en cuenta «la intensidad de los daños sonoros, fuera de los niveles autorizados y durante las horas nocturnas», las molestias continuadas durante tanto tiempo violan los derechos de respeto al domicilio y a la vida privada. La autoridad municipal vulneró sus propias normas sobre el ruido, que es lo que ocurre cuando se establecen leyes protectoras que no se está dispuesto a cumplir. La tendencia parece imparable: toca ocuparse de la invasión del ruido.