31 de octubre de 2004

Accidente en Tanzania

Sus vidas no se saldrían de lo común si no fuera por un detalle. Estudiaron como muchos de los integrantes de su generación; coincidieron en Sevilla a pesar de nacer en tres localidades andaluzas relativamente alejadas entre sí. Su formación en la Universidad dejó una huella que iba más allá de la adquisición de un título y de unos conocimientos que les servirían para encontrar un buen empleo. Tuvieron la oportunidad de colaborar con una organización que, con sede en la Escuela de Ingenieros, busca derribar fronteras que ningún otro departamento universitario podrá enfrentar jamás. Entender la cooperación con quien más lo necesita como algo que supera la mera transferencia de excedentes financieros no es difícil; hacerla realidad, con el esfuerzo personal, es lo verdaderamente complicado. Las personas que conforman la avanzadilla ética de la sociedad, que se lanzan a la aventura de ser cooperantes en algún lugar del planeta, han de ser tratados por ello, ante todo, como unos auténticos héroes. Son días, semanas, meses o años de sus vidas los que dedican a tender puentes con quien lo está pasando mal a miles de kilómetros de distancia. Y en ocasiones, trágicamente, la contrapartida es encontrar la muerte donde menos lo esperan.

Formaban un grupo de seis jóvenes que decidieron pasar las vacaciones en el corazón de África. El motivo del viaje no era participar en un safari, sino visitar a un compañero de su asociación, Ingeniería Sin Fronteras, que trabaja en un proyecto de abastecimiento de agua en Tanzania. Tomaron un autobús de línea, con capacidad para treinta y cinco personas y en el estado que podemos imaginar, para trasladarse desde Nairobi (capital de la vecina Kenia) a la ciudad de Arusha (al norte de Tanzania). El compañero les esperaba al mediodía. Un camión se cruzó en el camino. El autobús sufrió un accidente al chocar con un camión cargado de sacos de cebolla que iba con exceso de velocidad. La fatalidad llegó de la mano de un camión cuyos ocupantes huían tras haber robado la carga poco antes y después de arrollar a tres burros que transitaban por la carretera. Diez personas murieron. Entre ellos Óscar, Javier y María José; los otros tres españoles resultaron heridos. Un accidente de tráfico, causa de muerte mucho más habitual en este mundo desarrollado, fue lo que acabó con el viaje a Tanzania. Su condición de cooperantes suma su desaparición a la de tantos que dejaron su vida en el trabajo realizado altruistamente lejos de casa.

Frente a la solidaridad de cartón piedra, siempre existe la generosidad de quien se remanga para ayudar donde hace falta. Al compromiso voluntarista se le opone la labor realizada por personas comprometidas de tú a tú con quienes necesitan que les echen una mano. Pero sucede que, a pesar de los intentos de pedagogía, la cooperación corre el peligro de no entenderse frente a tantos sucedáneos publicitariamente explotados. Que no eran sólo turistas, sino también miembros de una oenegé, quedó como un simple dato que sumaron los medios de comunicación a la noticia del accidente en Tanzania. Un detalle que, sin embargo, cambia todo. En ocasiones es más fácil admirar las grandes palabras que a las personas que llevan a la práctica su significado. Son muchos los que siguen en la trinchera de la cooperación, sin importarles demasiado el riesgo que se evidenció en aquella carretera perdida de África. Mientras tanto, aquí nos olvidamos pronto de la muerte de Óscar, Javier y María José. Pocas palabras recordarán cómo fueron sus vidas antes del viaje a Tanzania y cuántas cosas quedaron interrumpidas: familia, estudios, carreras profesionales. Todo por la fatalidad de un accidente absurdo y porque su compromiso iba más allá de las palabras.

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