26 de septiembre de 2004

Mar adentro

En las últimas semanas se ha afirmado reiteradamente que el estreno de una exitosa película reabre el debate sobre la eutanasia. Cabe preguntarse hasta qué punto es cierto que un asunto tan polémico sólo entra a formar parte de las preocupaciones de la gente cuando en los medios de comunicación aparecen casos que nos invitan a opinar. Más bien podría ocurrir que el debate esté siempre abierto, pues la eutanasia está en el día a día de muchas personas, y que únicamente resaltemos el ángulo social de la cuestión en los contados momentos en que los informativos o, en este caso, el cine permiten acercar la realidad tal como es a todos los que opinan, en uno u otro sentido, sobre la eutanasia. Nada extraño sería, por tanto, aprovechar que «Mar adentro» está llegando a un amplio público para establecer las bases de un debate legal más intenso que aborde la regulación de la eutanasia. Casos reales hay muchos, a pesar de que se pretenda esconder la cabeza ante ellos; el de Ramón Sampedro únicamente ha simbolizado el inútil empeño por demandar ante los tribunales el amparo para la muerte digna que buscaba. Es casi una obligación pararse al menos a debatir qué respuesta debe dar a esta situación el poder legislativo.

La crítica no ha ahorrado elogios a «Mar adentro» y a su director, Alejandro Amenábar: maravillosa historia, contada con el mayor de los aciertos, casi una obra maestra. Son merecidos. La película es además emocionante casi de principio a fin, lo que deja al público aún más admirado ante la calidad de la fotografía, las interpretaciones y el ajustado guión. La mayoría conoce la historia, aunque no en todo sus detalles, en el momento de ver la película. Quizá esta circunstancia sea la causa de que, al final, se resalte con mayor insistencia la parte de la narración más vitalista: justamente lo que sólo encaja de manera paradójica en una película que trata sobre la muerte es lo más valioso para entender la clave de toda la historia, que no es otra que el deseo de Ramón Sampedro de morir. Una de las últimas escenas no es sino una recreación del vídeo que recoge cómo el cianuro termina con su vida, aquella grabación que pudo verse parcialmente en televisión a los pocos meses de ocurrir. Hasta llegar ahí, la vida que muestra «Mar adentro» tiene luces y sombras, con el denominador común del drama que supone para Sampedro no vivir plenamente. Y una sola petición: tener la potestad de la libre determinación de qué hacer con su cuerpo.

Se ha dicho que la película no busca una defensa del derecho a la eutanasia. Y es cierto, en la medida en que contar el caso de un tetrapléjico que prefirió la muerte a una vida que consideraba indigna no supone tomar partido en el debate que antes comentaba. Pero la fidelidad del guión no sólo a los principales hechos que marcan los últimos años de Sampedro, sino también al pensamiento y a la personalidad de éste, hacen del film un documento excepcional de lo que significa la eutanasia para alguien en esas circunstancias. La película facilita comprender que no todo el mundo va a querer morir en esa situación ni la eutanasia es un bien que se deba generalizar: lo que realmente implica la muerte digna para Sampedro es la libertad de elegir. Por tanto, más que una apología de la eutanasia, «Mar adentro» aporta importantes dosis de respeto y de comprensión con la libertad de quien quiere tener la capacidad de decidir sobre su vida sin que una sociedad con prejuicios o un estado con leyes abusivas juzguen su acción. Tanto la vida como la muerte son tratadas en la película con un criterio muy humano: sólo el individuo que tiene libertad en la elección sabe qué forma de vivir y de morir con dignidad quiere para sí mismo.

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