12 de septiembre de 2004

Deslocalización y empleo (I)

Uno de los aspectos esenciales del fenómeno de globalización de la economía es la tendencia de algunas empresas a externalizar actividades en otros países o a localizar sus producciones de bienes y servicios en el exterior. En el primer caso, nos encontramos con cada vez más compañías que optan por dejar de producir algunos servicios dentro de su estructura organizativa, los cuales deciden externalizar o subcontratar en muchos de los casos en países que ofrecen a la empresa la oportunidad de reducir sus costes. La segunda posibilidad que se abre ante un escenario de creciente competencia internacional es la de localizar la producción en el exterior, esto es, deslocalizar las plantas o los procesos productivos que se ubican en economías desarrolladas y aprovechar las oportunidades de mayor beneficio que proporciona la consiguiente relocalización en los llamados países emergentes. La internacionalización no es propiamente un fenómeno de la dos últimas décadas de más acelerada globalización: se ha desarrollado siempre que la apertura económica lo hizo posible. Sin embargo, la fragmentación de la producción y la intensidad con que se deslocalizan plantas y empresas están siendo una característica de los últimos tiempos.

Las multinacionales han afinado mucho la capacidad de búsqueda de las mejores condiciones para su producción. Entran en juego factores como el coste de la mano de obra y los beneficios fiscales, pero también pesan un menor coste del suelo industrial y una legislación sociolaboral menos exigente en cuanto a la protección social o la influencia sindical. Países como España, que durante años pudieron sacar provecho de unas ventajas comparativas salariales para atraer inversión extranjera, están viviendo de manera contradictoria la ola de deslocalizaciones de los últimos años. En el pasado, se implantaron fábricas y procesos industriales en los territorios más al sur de Europa como consecuencia del cierre en los países con mayor coste laboral. Ahora el proceso continúa, pero el papel de la economía española ha cambiado: algunas multinacionales deciden desinvertir lo previamente invertido con el objetivo de trasladar su producción a países de la Europa del Este, el Magreb y Asia. La competencia global siempre beneficiará a los territorios que cuenten con mano de obra abundante y barata. Los lugares afortunados se relevan unos a otros por el movimiento del capital entre ellos, como si una ley natural rigiese el progreso económico.

La complejidad de las relaciones que se establecen entre los centros de actividad industrial y las fábricas repartidas por los países más competitivos en coste dificulta la búsqueda de soluciones a la aparentemente inevitable deslocalización. La huida de empresas escapa a las posibilidades de una política industrial que ha ido a menos en los últimos años. La aparición de nuevos competidores coloca en difícil situación a los territorios que una parte de la industria -textil, componentes electrónicos o automóviles- considera imprescindible abandonar para alcanzar sus objetivos. Territorios que quedan en tierra de nadie entre las zonas más avanzadas tecnológicamente -desde donde se dirige y se diseña la producción- y las que ponen la mano de obra -a bajo coste y, en ocasiones, con notable cualificación. La deslocalización deja como rastro incontables empleos perdidos en unos mercados laborales ya de por sí damnificados por reconversiones y ceses de actividad en anteriores crisis industriales. Los intentos por amortiguar el golpe no siempre dan resultados. Aunque hay margen de maniobra político, una mayoría de traslados son efectivamente muy difíciles de evitar sin entrar en una imposible competencia de salarios bajos.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Interesante tema. Llama la atención la frase: "Los lugares afortunados se relevan unos a otros por el movimiento del capital entre ellos, como si una ley natural rigiese el progreso económico", o una ley divina, la búsqueda de beneficio como parte de la naturaleza, lo que la hace indiscutible y da al artículo un tono de resignación.
Se me ocurren tres cuestiones relacionadas:
- Una clásica del movimiento antiglobalización que prefiere definirse como alterglobalización, ya que propone que deben globalizarse no solo la producción y el consumo, sino también los derechos. Ya que como señalas el problema no es solo de salarios, sino de derechos laborales y sindicales. Mientras no se globalicen, la dinámica que planteas es imparable.
- Los costes externos: la descolocalización tiene unos costes asociados en transporte (y en la contaminación que genera) ya que el consumo se realiza precisamente donde antes se producía, de forma que se incrementa el tráfico de mercancías habitualmente a unos costes económicos asumibles para las empresas, pero con frecuencia con costes medioambientales importantes (es el caso de las cenizas españolas hundidas en Turquía), costes que "asume la sociedad", pero no las empresas.
- La mayor relevancia que tiene el consumo sobre la producción: se han planteado campañas de presión llamando a no comprar los productos de las empresas que se han deslocalizado, pero salvo casos muy concretos, han sido un fracaso. Y es que parece que nos interesa más consumir que las condiciones en que se produce.

Disculpe ud la charla.

lipe

David dijo...

Las dos últimas cuestiones que citas son muy relevantes a pesar de que quedan justamente fuera del modelo convencional que intenta explicar estos fenómenos. Lo contrario ocurre con los distintos ritmos de "globalización" (de la producción, por un lado; de los derechos sindicales, por otro), que son la clave de la deslocalización y que otorgan a estos movimientos económicos un aura de ley divina -como bien dices- que no es tal. La política económica podría modificar las asimetrías en la globalización; lo que resulta más difícil es cambiar sustancialmente los costes medioambientales externos o la influencia del consumo sobre las condiciones de producción.

Saludos.