27 de junio de 2004

Turismo y consecuencias

Las cosas nunca son tan simples como los esquemas mentales construidos para analizarlas nos suelen mostrar. Hace tiempo que descubrimos que el turismo es un gran invento, como contaba aquella película costumbrista española de los 60. Pero es posible que todavía no se haya generado una conciencia de la complejidad del desarrollo turístico, más allá de la consideración del sector como la punta de lanza de una prosperidad económica fabulosa de la que disfruta todo país que apuesta por competir en este mercado. La demanda de turismo es vista siempre como una oportunidad para atraer a un territorio la riqueza de quienes gastan aquí o allá la creciente porción de su renta dedicada al ocio. Los receptores de turismo orientan su economía hacia el objetivo de mostrar una imagen de excelencia para escalar así puestos en el ranking de visitantes. Países que dependen en alguna medida del turismo consideran a esta actividad su gallina de los huevos de oro. Pero una visión simplista de este sector puede hacer olvidar que el turismo no es sólo trasiego de personas e intercambio de servicios.

El turismo ha optado de manera mayoritaria por un modelo de masas. Y, por tanto, las actividades turísticas tienen consecuencias de un mayor calado. Ha quedado lejos el antecedente romántico de este fenómeno: los viajeros del siglo XIX que buscaban el lado exótico de las tierras que nunca antes habían pisado. Ahora el turismo tiene mucho de lo contrario: ofertas de ocio clonadas a lo largo del planeta, que permiten la elección al menor coste del mismo modelo de vacaciones consistente en sol y playa en un enclave masificado. Luego es evidente que el turismo tiene consecuencias, unas positivas y otras negativas. La costa es el recurso natural más demandado: la consecuencia principal de este desarrollo es la urbanización. El impacto sobre la conservación de las playas y la calidad de las aguas es importante. Del mismo modo, en cada país podemos diferenciar etapas en la colonización de la costa: zonas donde primó un turismo intensivo frente a otras en que se ha planificado un desarrollo lento. En este aspecto influyen las infraestructuras que el sector público construye de forma paralela al proceso urbanizador.

Otra consecuencia sobre la dotación de servicios: la concentración en el espacio y en el tiempo requiere servicios sanitarios y de orden público, entre otros. Una zona turística tiene que planificar, además, las necesidades de agua y energía. Colocar a un territorio en el circuito de los touroperadores significa atraer inversiones, con efectos en el empleo y la llegada de población. El principal sector afectado: la construcción, sobre todo cuando se opta por el turismo residencial. La dinámica del turismo convierte a actividades como la artesanía, los espectáculos y la gastronomía en el centro de la oferta con marcado carácter cultural que compite por medio de la diferenciación. Igualmente, el turismo es el gran difusor de pautas culturales a lo largo del mundo: la aldea global se hace más pequeña y más parecida conforme se extiende la revolución de los transportes. El medio ambiente, los recursos, la implicación del sector público, las actividades especializadas; casi nada es ajeno al complejo fenómeno turístico. Sus consecuencias deben ser consideradas para evitar la idealización del turismo como vía fácil de crecimiento económico.

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