25 de abril de 2004

Henry George y la riqueza de la tierra

Hay épocas que viven bajo la influencia de pensadores que, apenas unas décadas después, caen en el olvido y casi desaparecen de los manuales sobre política. El primer tercio del siglo XX es buen ejemplo de ello. Uno de los más influyentes economistas de los movimientos intelectuales de esa etapa fue el estadounidense Henry George, que había ejercido un papel determinante en la formación en el siglo XIX de un moderno socialismo británico distante de las tesis políticas de Marx, y cuyo mensaje llegó no sólo a los trabajadores americanos, sino también a quienes orientaron su inquietud hacia la cuestión agraria en países como España. Es sabido que en EEUU la doctrina marxista no arraigó: fue mucho más decisiva la influencia de determinados reformadores sociales. Como Henry George, que no pretendía la lucha de clases sino la acción política parlamentaria en favor de los cambios necesarios en la sociedad. En Inglaterra el socialismo representado por los sindicatos obreros dio grandes muestras de pragmatismo y fue receptivo hacia las ideas de George. La publicación en 1879 de su libro «Progreso y pobreza» despertó la conciencia social en América, el mundo anglosajón y también en Europa, por cuanto señalaba que el desarrollo de un país podía llevar consigo la acumulación de pobreza. De la posición de dominio de unos pocos se derivaba una situación de prosperidad que no beneficiaba a la mayoría, lo cual contradecía la idea de justicia social como denunció reiteradamente.

La doctrina de George no constituyó una nueva teoría económica. Era más bien un conjunto de reformas sociales y económicas que se basaron en un análisis elemental sobre la renta de la tierra. El fundamento teórico del georgismo demostró tener fallos que, precisamente, impedían que sus propuestas actuaran como soluciones definitivas a los problemas sociales que trataba de atajar. Sin embargo, convenientemente sacado del baúl de economistas olvidados, se reconoce que Henry George realizó aportaciones nada desdeñables a la economía. Por su experiencia pudo ver que los propietarios de la tierra eran los únicos beneficiarios del progreso de la agricultura: quienes trabajaban la tierra lo hacían en beneficio de quienes ostentaban la propiedad de suelo. La plusvalía estaba en continuo aumento, lo cual favorecía la especulación y propiciaba el empobrecimiento de quienes no podían acceder a la propiedad. La estructura de la tierra era el origen de la injusta situación. Así, los georgistas consideraban que los graves problemas económicos de los países no eran de producción sino de distribución, a causa principalmente de una progresiva 'monopolización' de la tierra. Los grandes terratenientes fueron el centro de las críticas del movimiento que defendía en las primeras décadas del siglo XX la realización de una reforma agraria. El agudo análisis de la realidad que hizo George contribuyó sin duda a su difusión.

Entre las diversas propuestas de Henry George, constaba en lugar destacado la implantación de un «impuesto único» que gravaría la tierra como fuente original de riqueza que desequilibraba el reparto de la prosperidad. El impuesto confiscaría la renta pura de la tierra y vendría a sustituir a los demás tributos. La reforma impositiva e incluso la nacionalización de toda la tierra estaban justificadas, entre otras cuestiones, por una razón filosófica que parece elemental: los recursos naturales limitados -como la tierra- constituyen una herencia de generaciones anteriores de la que debe disponer toda la especie, todas las personas por igual. La mayoría de los regímenes de propiedad agraria que han existido históricamente son, en cambio, exponentes de lo contrario. Con el predominio de los latifundios, el georgismo español tuvo particular influencia en la demanda de una reforma agraria en las primeras décadas del siglo XX. El propósito era actuar sobre una estructura de la propiedad injusta. Henry George hizo hincapié en la pobreza evidente que generaba una agricultura de trabajadores sin tierra: fue considerado un colectivista agrario por algunos; un socialista liberal por quienes destacaron su defensa del libre comercio. Aunque economista de difícil definición, su aportación sobre el problema de la tierra sigue sobrevolando los análisis sobre los recursos y el reparto de la propiedad en países que no han pasado por una fase de reforma agraria.