1 de febrero de 2004

El valor de la diversidad biológica

Es habitual dar por supuesto que los problemas medioambientales ya han calado lo suficiente en la conciencia social y se sitúan en la primera línea de la actuación gubernamental. Esta premisa, que reconocería la victoria de la militancia ecologista, no es del todo cierta. Si bien la preocupación por la conservación del entorno se ha trasladado en gran medida a las políticas ambientales, no todos los problemas presentan la misma demanda social. Y, de los que sí importan a la ciudadanía, a los políticos y a los expertos, no todos han alcanzado aún un nivel adecuado de consideración en la intervención pública. Está bastante lejos de la realidad esa impresión de que, en materia de medio ambiente, los gobiernos ya hacen bastante, e incluso sobrepasan los límites de su acción razonable al entrar en ámbitos donde el mercado debería regir plenamente. Asombra escuchar soluciones que involucran al mercado en el uso de determinados recursos naturales o ambientales, olvidando el carácter de bien público o bien común que habitualmente concedemos a la naturaleza. Pero está visto que la lógica de la mercantilización de cualquier objeto para su inserción en las convencionales curvas de oferta y demanda convence todavía a muchos.

Uno de los problemas ambientales para los que se demanda intervención pública es la pérdida de biodiversidad. Sin embargo, éste sería ejemplo también de problema que no ha traspasado favorablemente el filtro de la opinión pública, al contrario que otros cuya gravedad sí ha llegado a los ciudadanos. Tengo la impresión de que una buena parte de la opinión no valora los intentos de conservar la diversidad biológica del ecosistema: una especie que se extinga, un desequilibrio ecológico en alguna de las amenazadas reservas naturales, serían problemas menores frente a aquellos que afectan directamente a los humanos. Por ello son doblemente importantes los casos emblemáticos que significan un esfuerzo público en favor de la conservación, como es el lince ibérico en los dos núcleos poblacionales -aislados uno de otro- que le quedan en Andalucía: Doñana y la Sierra de Andújar. Recientemente, fruto de un acuerdo entre distintas administraciones, se pasó a la fase del plan de cría en cautividad que consiste en poner en contacto a un lince macho procedente de Andújar con varias hembras en un centro situado en Doñana. Supone una esperanza más para que los menos de 200 linces que existen actualmente no sean los últimos de su especie.

En Europa tenemos un problema en relación con la diversidad biológica: la UE da la cifra de 335 vertebrados y 800 especies de aves en peligro. La preservación de la diversidad se considera un objetivo global desde la llamada Cumbre de la Tierra que se celebró en Río en 1992. Pero la realidad de los casos suele ser local, luego el interés puesto en cada territorio a favor de la conservación de especies es el único que puede sumarse a otros semejantes para lograr mantener la biodiversidad del ecosistema Tierra. Si en países con posibilidades económicas para poner en marcha programas como el del lince no damos ejemplo, no servirá de nada pedirles a países pobres que conserven su riqueza natural. Los economistas que se dedican a analizar el medio ambiente toman habitualmente como instrumento la medición del valor de cada recurso natural. El valor de uso es más fácilmente estimable, pero ¿qué uso le damos a la no-extinción de una especie animal? Si no hay utilidad, el valor de la biodiversidad sería cero. Aunque hay valores de no uso, igualmente importantes a pesar de que no se reflejen monetariamente ni sea fácil su cálculo. La mera existencia es un valor: ésa es la clave de la conservación de la naturaleza.