11 de enero de 2004

La ciudad y el vertedero

El modelo económico que en la actualidad tomamos como referencia en los países desarrollados está íntimamente ligado a un proceso de urbanización. Dicho más ampliamente, sería difícil afirmar con rotundidad que todo el proyecto de civilización industrial no está vinculado al desarrollo de las ciudades. Lo cual quiere decir que el crecimiento de las ciudades viene siendo paralelo al proceso de modernización desde que abandonamos el feudalismo. Pero, en la actualidad, existe una intensificación de ese proceso que nos lleva a afirmar que este modelo económico y social que seguimos está especialmente sustentado por una explosión del fenómeno urbano. La economía global y la ciudad son las dos partes de un binomio que se desenvuelve en las etapas de expansión financiera a través de una creciente reurbanización y metropolización del territorio. Las grandes ciudades del primer mundo no hacen más que expandirse mediante lo que se ha dado en llamar manchas de aceite: casas adosadas, urbanizaciones dispersas, conexión de los núcleos cercanos a través de un continuo urbano. El viejo modelo de ciudad está enterrado. La gran concentración de población y actividad productiva hace de las metrópolis actuales los puntales de la economía de la globalización.

Y si en el mundo desarrollado la ciudad es elemento de competencia, con el objetivo de conseguir un mayor atractivo para los capitales financieros y crecer más, la urbanización de los países subdesarrollados está siendo todo lo catastrófica que cabía esperar de la traslación de determinados modelos de una zona a otra. Las grandes urbes occidentales albergan el llamado cuarto mundo, expresión clara de la exclusión social generada por el modelo de crecimiento. Sin embargo, en los países pobres no ha lugar a que en las ciudades exista una parte excluida del bienestar general: es una mayoría la que vive en la precariedad urbana de los suburbios, sin condiciones mínimas de habitabilidad. La dualidad existente en la ciudad es, en estos casos, diáfana: una minoría acomodada en zonas exclusivas del núcleo urbano y una gran masa de habitantes de la ciudad que malviven en la periferia a la que llegaron atraídos por los beneficios de la metrópoli. El éxodo campo-ciudad sigue existiendo por la clara preponderancia de las zonas urbanas en la producción y en la distribución de la renta. Sin embargo, lo que ha cambiado es la capacidad de las ciudades para integrar el explosivo cambio poblacional.

Las ciudades se han ido convirtiendo en el centro de la globalización conforme los poderes públicos han abandonado ciertas parcelas que les permitieran controlar o planificar el proceso. Si inabarcable es el conjunto de necesidades desatendidas en las áreas urbanas marginales y excluidas de la atención del público, más preocupante si cabe sería la dimensión de los problemas medioambientales que el modelo económico no ayuda a corregir y que, en el proceso de urbanización, se acrecientan por la cada vez mayor concentración de personas en un mismo espacio. La vida rural no tiene per sé un carácter sostenible e idílico en lo que se refiere a relaciones con el entorno. Pero es innegable que es la vida urbana la que, por sus características, hace insostenible el mantenimiento de los actuales condiciones en el largo plazo. La ciudad genera cada vez más residuos, de todo tipo, y al mismo tiempo requiere un aporte creciente de energía, agua y recursos naturales para conservar la actual calidad de vida. La producción urbana necesita un gran vertedero para sobrevivir, del mismo modo que han de ponerse a su disposición los recursos de la naturaleza para crecer día a día. La relación de la ciudad con el medio ambiente siempre será problemática: la clave del momento presente es hasta dónde podrá crecer la gran urbe enfrentándose a los límites de la naturaleza.