26 de diciembre de 2004

Doce meses de dolor y de esperanza

Únicamente al terminar un año reparamos en la existencia de alguna especie de hilo invisible que hilvana los principales hechos acontecidos durante el mismo. No sabemos por qué, cuando ni siquiera es en sí mismo evidente ese común denominador, se tiene la necesidad de colocar en la misma balanza lo ocurrido en los doce meses que van de enero a diciembre. Siempre hay luces y sombras, según el tópico, pero finalmente no es posible cerrar un balance anual sin considerar que el saldo neto es positivo o es negativo. Ha de arrojar pérdidas o contemplar ganancias: una de dos, de manera irremediable. Aunque, en la obtención de ese resultado, cualquier ejercicio anual -el 2004 es un buen ejemplo- debe soportar arriesgadas transacciones que nadie sabe a priori hacia qué lado se decantarán. El mundo sigue girando y los graves conflictos que hacen que se desangre la confianza en un futuro mejor no cesan. Sin embargo, la muerte y el terror, las tensiones y los problemas enquistados, forman parte del contexto que impulsa a la ciudadanía a avanzar. Siempre es posible dar un paso hacia adelante aun cuando creamos que el fango impide todo movimiento. A lo largo de un año como el 2004, más de un acontecimiento de trascendencia colectiva ha evidenciado el coste que supone aprender de los errores y progresar, tropezar con un obstáculo y corregir el rumbo. Compartimos un planeta que parece ir a la deriva desde hace pocos años, tras el fin de los felices 90. Pero los tragos amargos no se pasan antes por tomar la opción fácil. Sólo pueden ser superados construyendo puentes: vías de comunicación que permitan alcanzar soluciones compartidas a los traumas que aquejan a la humanidad. Una alternativa costosa, ciertamente, aunque la única de verdad efectiva.

19 de diciembre de 2004

Elogio de la hipocresía

Nos gusta cultivar el mundo de la apariencia. No hay duda: se han sofisticado de tal forma los vínculos sociales que es obligado desarrollar el arte de parecer antes que el de ser. Una imagen vale más que una realidad tangible. Una foto tendrá siempre más alcance que un recuerdo. El logotipo dirá más de una empresa que su balance social. Y los valores proclamados públicamente gozarán de más importancia que los verdaderamente practicados en el ámbito interno, a pesar de que las evidencias se empeñen en demostrar la falsedad de los primeros. La hipocresía es casi un estado natural del ser humano que vive en sociedad. Se dice lo que mejor sienta a quienes tratamos de persuadir. Cuando la realidad es otra, nadie escapa de quedar atrapado en el papel de hipócrita. Pero siempre será preferible la interesada atención por las formas que la estruendosa opción de exhibir una sinceridad obscena. En el primer caso, al menos, se trata de guardar las apariencias. Cuando ni la propia imagen es considerada como algo valioso, a resguardar del implacable juicio público, quién sabe qué otros intereses ocultos se pueden estar enmascarando mediante una inhabitual impudicia. Las circunstancias fuerzan la necesidad de cuidar las apariencias: la inexistente armonía de cualquier entorno aconseja el uso de la hipocresía como medio para facilitar el contacto y la comunicación en todos los ámbitos de la sociedad. Aunque no se deba reconocer, la hipocresía es un bien social.

12 de diciembre de 2004

Berlusconi y la justicia a la medida

Es uno de los políticos con mayor carisma del panorama europeo: no ganamos nada negándolo. Berlusconi es también posiblemente el primer ministro que con más franqueza se ha mostrado a los ciudadanos. Es un corrupto, pero lo es a la vista de todos y no de manera vergonzosa como otros políticos. Esa franqueza también se llama cinismo. 'Il Cavaliere' es el gran líder de la política-espectáculo de Italia, país que ha sufrido en los últimos tiempos un escenario político con la inestabilidad como norma y que se apresuró a elegir al hombre más rico del país como presidente del gobierno. Apoyado por una variopinta alianza de partidos que van desde el centro hasta la extrema derecha, ha batido el record de permanencia en el cargo: cosa no muy difícil si tenemos en cuenta la fugacidad de sus antecesores. Silvio Berlusconi es el máximo exponente de la política como prolongación del aprovechamiento personal que ha presidido todas las acciones de su vida. Se dice que la ciudadanía italiana lleva tiempo sumida en la pérdida de confianza en las instituciones y acostumbrada a la corrupción de las administraciones públicas. La elección -democrática, por supuesto- de Berlusconi es a la vez causa y efecto de ese estado de ánimo colectivo.

No deja de ser una situación anormal que un país de la UE tenga a un personaje como este al frente de su gobierno. Se acaba de conocer la decisión de un tribunal que juzgaba una de las muchas causas que han llevado a Berlusconi a someterse a la justicia: ha dictaminado que el delito, el soborno a un juez en 1985, está prescrito. Fue probada la corrupción, como en otros casos relacionados con los múltiples negocios de Berlusconi, pero vericuetos judiciales, sentencias de tribunales de apelación o la misma prescripción han jugado a su favor. La justicia no sólo ha estado sometida a las presiones del gran magnate de los medios de comunicación que conquistó la mitad del poder que le faltaba cuando accedió al cargo de primer ministro, sino que ha visto cómo numerosas investigaciones sobre prácticas corruptas topaban con la justicia construida a la medida de 'Il Cavaliere'. Leyes especiales que conceden inmunidad a sus colaboradores y al propio Berlusconi son la demostración perfecta de cómo utilizar la mayoría parlamentaria para evitar que se aplique la igualdad ante la ley. La riqueza de origen desconocido que lo hacen el hombre más poderoso de Italia ha servido para abusar de manera flagrante de las instituciones democráticas.

Dice el escritor Antonio Tabucchi que con Berlusconi la información italiana no ha precisado la censura: ha bastado con comprarla. El dueño del ochenta por ciento de los medios de comunicación del país es una sola persona, que controla desde lo privado y desde lo público el principal mecanismo de poder en la política actual. La actuación de Berlusconi se hace ante una opinión pública que convive con el uso de la propaganda al servicio del amo de todas las televisiones. La crítica hacia un gobernante indigno de su cargo queda relegada en el laberinto mediático. Afirmaba contundente Tabucchi al recoger recientemente un premio de periodismo en España: «El problema de la limitación y del control de la información libre, devorada y sustituida por una información propagandística feroz y servil, no puede ser confinado en los muros de un país, al que mirar acaso con distracción o con conmiseración benévola. Atañe a toda Europa, porque esa información de propaganda que está devorando la información libre no es inocua, sino un cauce, definitivamente a cielo abierto, de las oscuras ideologías que marcaron Italia durante dos décadas de dominio fascista y que constituye la negación de los principios sobre los que nuestra Europa se funda».

5 de diciembre de 2004

Moral selectiva

La apelación a la moral es casi tan frecuente en el mundo de la comunicación como lo es en la política. Los contenidos difundidos por los medios de masas no escapan al juicio realizado en función de criterios morales. Y cuando entra en escena la protección de los menores, las razones por las que se recurre a lo moral de los actos, las palabras o las imágenes se hacen más que evidentes. Sin embargo, los valores compartidos a los que se trata de preservar en la defensa frente a actos inmorales corren el riesgo de ser atacados por la mojigatería y el exceso de celo en la observancia de las reglas de la moralidad. Demasiados escrúpulos ante lo accesorio pueden conllevar indiferencia ante lo verdaderamente grave. Es la extensión preocupante de la moralina. Definía estos términos con claridad Fernando Savater en un reciente artículo de prensa: «La moral, como esfuerzo por dar un sentido racionalmente motivado a la acción humana, es una cosa no sólo respetable sino absolutamente imprescindible. En cambio la moralina, es decir, la veneración de convenciones supersticiosas que a menudo distraen de afrontar los verdaderos abusos antihumanos, es algo deleznable».

Cuenta Savater que un caso paradigmático de vergonzosa moralina ha acompañado la difusión de un vídeo clave del conflicto en Irak. Se trata de la filmación en Faluya, tras días de asedio, de un 'marine' disparando a un herido indefenso. El vídeo muestra una casa semidestruida y un grupo de 'marines' que deambula en busca de algún rastro de vida. Un hombre tirado en el suelo está herido, llama la atención de éstos y un soldado lo remata de un disparo. El sonido que recoge el vídeo incluye una frase pronunciada antes del disparo: "¡Ése no está jodidamente muerto!". Las imágenes han podido verse en todo el mundo. Pero la banda sonora de una de las versiones emitidas del vídeo incluía una alteración introducida por alguien. Un pitido que ocultaba una de las palabras: 'jodidamente'. La moralina del lenguaje llevada al ridículo. Y, sobre todo, el infame efecto del escándalo ante una palabra pecaminosa y no ante todo lo demás, que Savater describe como «un encubrimiento del verdadero problema moral por la superstición del prejuicio gazmoño». La doblez de los censores de las crudas imágenes que al tiempo buscan mil y una justificaciones para los horrores de la guerra.

Resulta cuanto menos incomprensible que se haya alzado la defensa de los valores morales como un factor determinante en las recientes elecciones estadounidenses. ¿Qué moral? Al parecer, una que prioriza el bien de los ataques preventivos sobre el mal de las palabras malsonantes. Las atrocidades cometidas por todos los bandos en Irak han tenido, en muchos casos, una cámara como testigo privilegiado. Sin embargo, los propagandísticos secuestros y posteriores asesinatos por parte de las bandas armadas generan imágenes que no son emitidas íntegramente por los medios occidentales. A cambio, las torturas de Abu Ghraib y las acciones del ejército ocupante sí han sido mostradas para vergüenza de sus responsables. Opera una moral selectiva que resta importancia al mal propio y que además permite la exhibición de la violencia únicamente cuando la víctima no es occidental. Los escrúpulos pesan demasiado si el crimen es perpetrado por los otros. Pero mostrar los desastres de la guerra supone robarle espacio a la moralina que actúa sobre lo superfluo: implica tratar las imágenes como el verdadero problema moral que ha de ser afrontado.

28 de noviembre de 2004

El reino de la estupidez

Hay una constante histórica, en tanto que se ha manifestado en todas las sociedades humanas, que despierta siempre enorme interés por su peculiar funcionamiento. Se trata de la estupidez. En cualquier momento, en cualquier lugar, es posible encontrarse con personas estúpidas. Las consecuencias de dejar a alguien estúpido actuar como le plazca son suficientemente importantes como para propiciar el estudio serio y riguroso de este comportamiento humano. Entre los muchos estudiosos de la estupidez, destaca el conocido economista italiano Carlo M. Cipolla, que escribió un pequeño tratado sobre esta materia en su obra «Allegro ma non troppo» (1988). Para centrar su análisis de la estupidez humana, describió el problema tal que así: «La humanidad está continuamente sometida a una catástrofe imprevisible. Un grupo de personas se afanan en devastar cuanto conocemos. No están de acuerdo, no se conocen, no actúan bajo ninguna planificación. Pero están ahí. Son las personas estúpidas». Ocurre que la capacidad para hacer daño de los estúpidos es tan grande como inesperada. Si bien las personas que actúan en función de otros arquetipos son conscientes de su naturaleza, los estúpidos lo son sin saberlo y sin pensar en las consecuencias de ello para el resto del mundo.

El estudio de Cipolla establece las famosas «Leyes fundamentales de la estupidez humana», fruto de un análisis económico, demográfico e histórico del fenómeno. Para empezar, la primera ley nos avisa de que «siempre e inevitablemente cada uno de nosotros subestima el número de individuos estúpidos que circulan por el mundo». Panorama inquietante al que el autor se aproxima con la segunda ley: «La probabilidad de que una persona determinada sea estúpida es independiente de cualquier otra característica de la misma persona». En realidad, los comportamientos estúpidos son naturales a cualquier persona. Cuando son regla general en alguien, decimos que es estúpido, y la aplicación de esta ley viene a decirnos que esto no dependerá de su formación, estatus, nacionalidad o profesión. Es la tercera ley fundamental (o de oro) la que nos define el objeto de estudio: «Una persona estúpida es una persona que causa un daño a otra persona o grupo de personas sin obtener, al mismo tiempo, un provecho para sí, o incluso obteniendo un perjuicio». De ahí se obtiene que habrá otras personas que son las que generan daño a las demás a cambio del propio beneficio (malvadas), beneficio a las demás a costa del propio perjuicio (incautas o desgraciadas) o beneficios a las demás y a sí misma (inteligentes). Pero sólo los estúpidos son estúpidos.

El aspecto más inquietante de la estupidez es que incurre de manera sistemática en comportamientos irracionales, pues ni siquiera queda amparada por la búsqueda del bien o del mal (propio o ajeno) de los demás tipos de personas. Y a esto se añade su carácter errático, que hacen al estúpido tan dañino y devastador, en palabras de Cipolla, porque es absolutamente imprevisible. El gran error ante lo estupidez lo explica la cuarta ley: «Las personas no estúpidas subestiman siempre el potencial nocivo de las personas estúpidas. Los no estúpidos, en especial, olvidan constantemente que en cualquier momento y lugar, y en cualquier circunstancia, tratar y/o asociarse con individuos estúpidos se manifiesta infaliblemente como un costosísimo error». Las bondades de la cooperación se esfuman cuando entra en acción el estúpido. La lección nunca aprendida es la conclusión recogida por la quinta y última ley, que asegura que «la persona estúpida es el tipo de persona más peligrosa que existe». Y su corolario: «El estúpido es más peligroso que el malvado». Existe la posibilidad de defensa ante quien busca aprovecharse y actúa racionalmente. Pero no ante una persona estúpida, que arrastra a todos al desastre. Las leyes de Cipolla son aplicables a la vida personal, a las organizaciones y también a la política, donde en ocasiones reina la estupidez tanto o más que en los demás ámbitos de la vida.

21 de noviembre de 2004

Demasiado ruido

Los problemas medioambientales son clasificados atendiendo a diversos criterios. Uno de ellos vendría a jerarquizarlos a partir de la preocupación manifestada por la población cuando se le pregunta. De esta manera, la importancia de los problemas se mide a través del interés que expresamos por sus consecuencias. En ocasiones puede resultar chocante que cuestiones graves relacionadas con el daño ambiental aparezcan en las encuestas por debajo de otros problemas menos importantes pero que tocan más de cerca a la mayoría de la gente. Es un criterio egoísta aplicado a la ecología, se argumenta, pero hay que reconocer que, aun considerando el medio ambiente como un todo, es lógico priorizar lo que te afecta de manera directa frente a los problemas globales que no se materializan actualmente en perjuicios concretos. El bienestar es un poderoso instrumento que moviliza la conciencia ecologista de la ciudadanía: a mayor riqueza, más preocupación por el medio ambiente. La particularidad de ese interés por el patrimonio natural común que nace del egoísmo es que coloca en primer lugar la contaminación que más directamente nos afecta y rara vez emprende campañas románticas por la extinción de una especie animal en el otro lado del mundo.

En los últimos tiempos ha crecido la conciencia ciudadana ante un problema muy concreto del medio ambiente urbano. Se trata del ruido o la contaminación acústica. Hay quien relativiza la importancia de este efecto secundario del desarrollo, y hasta considera un derroche de energía intentar que los espacios que habitamos conozcan en algún momento el silencio. Sin embargo, el hecho de que emerja el ruido como prioridad en la opinión de muchos ciudadanos demuestra que todavía debemos cuidar con mayor interés el entorno más próximo a la vida cotidiana para valorar más el medio ambiente en general. Los efectos de la contaminación acústica son de la misma naturaleza que los de otros problemas ambientales; inciden en la salud pública, la calidad de vida individual y el desarrollo social. En el ámbito europeo, el tópico de los mediterráneos ruidosos es más que ajustado a la realidad. Las zonas más afectadas por la plaga del ruido se caracterizan no sólo por la concentración urbana de población: parece claro que influye también cierta cultura propia que nos hace aficionados al grito, el estruendo y la traca. Pero las ciudades del ruido no satisfacen a todos, y no hacen más que crecer los ciudadanos indignados con los decibelios de más que se registran a diario en las calles.

Demasiado ruido es la pesadilla de quienes no pueden dormir por el sonido que emite ese resto del mundo que no da importancia al sueño de los demás. El tráfico y la actividad diaria de la ciudad son el complemento perfecto de la ruidosa existencia que nos asegura esa cultura mediterránea del bullicio y la plaza pública. La legislación ha empezado a poner límites a la contaminación acústica y a valorar el preciado silencio. En esa particular batalla, una reciente sentencia judicial supone una importante conquista. El Tribunal Europeo de Derechos Humanos ha condenado a las autoridades españolas a pagar a una mujer residente en Valencia una determinada cantidad por daños producidos por el ruido: se permitió la apertura de locales nocturnos que perturbaron su descanso durante años. Dicen los magistrados que, teniendo en cuenta «la intensidad de los daños sonoros, fuera de los niveles autorizados y durante las horas nocturnas», las molestias continuadas durante tanto tiempo violan los derechos de respeto al domicilio y a la vida privada. La autoridad municipal vulneró sus propias normas sobre el ruido, que es lo que ocurre cuando se establecen leyes protectoras que no se está dispuesto a cumplir. La tendencia parece imparable: toca ocuparse de la invasión del ruido.

14 de noviembre de 2004

El líder que fue Arafat

Ha muerto Yasser Arafat. Y el análisis de los escenarios posibles del conflicto en el que desempeñó un papel determinante se confunde con el balance de su vida que realizan los medios de comunicación. De las luces y sombras de Arafat se pasa a la verificación de los puntos fuertes y los puntos débiles de su labor como 'padre' de Palestina, que no por casualidad coinciden con los momentos en que tuvo que dar la talla como estadista de un pueblo sin estado y cosechó importantes éxitos o sonoros fracasos. En la búsqueda denodada del horizonte de la creación de un Estado palestino independiente, otros objetivos interfirieron en el pilotaje de Arafat hacia la meta final. En ciertas ocasiones, las condiciones que el pueblo que lo apoyaba creía indispensables para alcanzar la paz imposibilitaron el éxito de las negociaciones con Israel. Arafat no tenía en su mano el poder de aglutinar a todos los palestinos en torno a su liderazgo incluso en circunstancias adversas en las que ceder habría supuesto una ruptura de su estrategia. Se vio al final del año 2000, cuando en Camp David el 'rais' creyó que aceptar el acuerdo con Israel que estaba sobre la mesa conllevaría la división de los palestinos. Fue su gran error histórico como negociador político que sintió vértigo ante el fin del conflicto. Antepuso otro objetivo que consideraba vital: la unidad de su pueblo.

Sin embargo, no fue únicamente la complejidad de las demandas políticas que Arafat tenía que satisfacer como líder lo que lastró su larga etapa de poder. Interfirieron objetivos nada confesables con el noble fin de la causa que defendió hasta su muerte. Mantenerse en el poder, al frente de las instituciones palestinas, es un fin en sí mismo cuando comporta enriquecimiento personal y prestigio entre quienes le seguían. Las acusaciones de corrupción son las que más pudieron dañar el liderazgo de Arafat en la ANP, pues desmontan los valores sobre los que se construye la defensa de su causa en el exterior: un conjunto de personas que se entrega a la lucha por los derechos de su gente, pero que tras crear un incipiente aparato estatal cae en prácticas corruptas generalizadas. La obra de Arafat en favor de Palestina supone los mayores logros para un pueblo que confió en él como en ningún otro líder. Aunque también evidencia los defectos de alguien que pasa a ser uno de los grandes mitos del siglo XX pero que no alcanzó la perfección. Las deficiencias de su liderazgo tienen consecuencias dramáticas, y sólo serían perdonables con el recuerdo de la gran proeza de Arafat que constituye al tiempo su pecado original: pasar de terrorista a presidente de los palestinos, manteniendo una vinculación peligrosa, siempre al filo de la navaja, entre la política y la violencia.

El conflicto palestino-israelí ha estado con frecuencia condicionado por el carácter de sus actores principales. El ascenso de Arafat como líder carismático del lado árabe marca una etapa de negociaciones que llega a la cima en la Conferencia de Madrid. Pero, como se suele decir, el carisma no lo es todo. La de Arafat es también una historia de gestos para mantener controlada a las facciones más extremistas, que crecieron en influencia durante su 'reinado'. El liderazgo carismático contribuyó con rasgos positivos -orientar la acción hacia el cambio, implicar a las personas en las metas colectivas- a la consolidación de un modo de gobernar los territorios palestinos. Y los esfuerzos democráticos no son, en este sentido, desdeñables. Pero en Arafat coinciden también los puntos débiles del líder que se deja llevar por el caudillismo. La represión de los opositores, la tentación autocrática y el inmovilismo no son invenciones de sus enemigos. Arafat no llegó a tener la capacidad de un líder que transformara las expectativas de su pueblo para conseguir tierra y paz. No dio espacio a posibles sucesores: las consecuencias son visibles en la dificultad de encontrar a alguien que ocupe su lugar. El hiperliderazgo que desarrolló no traerá beneficios a largo plazo para Palestina. Tendrá que emerger un líder que ejerza su función de otra manera, con más valentía y también con la suficiente madurez.

7 de noviembre de 2004

La nación de Bush y la América cosmopolita

La reelección de George W. Bush en la presidencia de los EEUU ha desconcertado a buena parte de la ciudadanía europea que, al margen del hecho de que prefiriera mayoritariamente al candidato Kerry, esperaba un resultado más ajustado en la elección presidencial. La victoria de los republicanos ha evidenciado que, en el viejo continente, no controlábamos todas las claves de la realidad norteamericana. El conocimiento superficial, sobre todo a través de los medios de comunicación, hizo creer que la base electoral de Bush no tenía margen de crecimiento. Pero lo único cierto tras el dos de noviembre es que se ha convertido en el presidente respaldado por un mayor número de votos en las urnas. Cómo será el segundo mandato de Bush, es todavía una incógnita; aunque el apoyo abrumador a la gestión pasada hace temer, justamente, cuatro años de más de lo mismo. Según las encuestas posteriores, el verdadero motor del voto republicano ha sido la defensa de los valores tradicionales. El factor económico y los deseos de cambio no fueron suficientes para Kerry, a pesar de obtener el apoyo claro de los sectores afines a los demócratas, frente a la marea cristiano-conservadora que ve en Bush la mejor opción por motivos de fe y de seguridad en la defensa de la nación, la familia y la libertad individual.

La fractura de la sociedad estadounidense ha sido resaltada por la mayoría como un signo evidente de confrontación al máximo nivel de dos Américas, dos formas de entender la democracia en EEUU. Territorialmente, el país está dividido entre la costa este, el norte industrial y los estados del Pacífico, por un lado, y la que ha sido llamada la 'América profunda', por otro. En la primera zona -más cosmopolita- domina el voto demócrata; en la segunda, el republicano. Cualquier generalización que se haga en función de las características de unos y otros estados pasa por alto al electorado del partido que queda segundo, pero permite trazar un perfil en absoluto desdeñable del votante de cada candidato. Que Bush gane gracias a los ciudadanos de la 'América profunda' no quiere decir que todos sus apoyos provengan del prototipo de granjero conservador y cristiano 'renacido', pero sí que las preferencias políticas dependen en buena parte del modo de vida y el entorno social. El partido demócrata tiene un mayor respaldo en las estados más poblados, las grandes ciudades y las zonas con mayor peso industrial. Los republicanos ganan en las áreas rurales, semirrurales y en las ciudades medias, sobre todo del sur y el oeste. La movilización por el cambio que consiguieron activar los demócratas sólo fue realmente efectiva allá donde ya tenían asegurado el voto, con especial incidencia en la clase media urbana.

La división no se corresponde exactamente con la dialéctica campo-ciudad, pero refleja sentimientos arraigados en unos votantes que actúan en respuesta al comportamiento de la mitad del país que no es como ellos. En la América metropolitana, el voto demócrata implica la afirmación de unos determinados valores, asociados con la modernidad, frente al tradicionalismo de la 'América profunda'. En el interior rural, votar a los republicanos es defender un modo de entender la vida que se contrapone a las ideas de los 'liberales' de la costa este. El recelo hacia la ciudad tiene una larga trayectoria en el partido republicano. No existe algo equivalente en una Europa más unida a sus ciudades. En el fondo del conservadurismo estadounidense late el apego a la comunidad local como fuente de pureza: valores morales tradicionales, seguridad frente al exterior y castigo a la diferencia. En cambio la ciudad permite justamente lo contrario, como máxima realización de la sociedad abierta. Escribía hace poco Daniel Innerarity sobre el miedo a la ciudad: «Las posibilidades liberadoras de la vida urbana tienen que ver con esa cultura de liberalidad, complejidad, hibridación, diversidad, emancipación, comunicación, hospitalidad. La ciudad ha constituido siempre un lugar de sorpresas y polifonía frente al espacio homogéneo y controlable que algunos imaginan encontrar todavía en una idealizada vida rural».

31 de octubre de 2004

Accidente en Tanzania

Sus vidas no se saldrían de lo común si no fuera por un detalle. Estudiaron como muchos de los integrantes de su generación; coincidieron en Sevilla a pesar de nacer en tres localidades andaluzas relativamente alejadas entre sí. Su formación en la Universidad dejó una huella que iba más allá de la adquisición de un título y de unos conocimientos que les servirían para encontrar un buen empleo. Tuvieron la oportunidad de colaborar con una organización que, con sede en la Escuela de Ingenieros, busca derribar fronteras que ningún otro departamento universitario podrá enfrentar jamás. Entender la cooperación con quien más lo necesita como algo que supera la mera transferencia de excedentes financieros no es difícil; hacerla realidad, con el esfuerzo personal, es lo verdaderamente complicado. Las personas que conforman la avanzadilla ética de la sociedad, que se lanzan a la aventura de ser cooperantes en algún lugar del planeta, han de ser tratados por ello, ante todo, como unos auténticos héroes. Son días, semanas, meses o años de sus vidas los que dedican a tender puentes con quien lo está pasando mal a miles de kilómetros de distancia. Y en ocasiones, trágicamente, la contrapartida es encontrar la muerte donde menos lo esperan.

Formaban un grupo de seis jóvenes que decidieron pasar las vacaciones en el corazón de África. El motivo del viaje no era participar en un safari, sino visitar a un compañero de su asociación, Ingeniería Sin Fronteras, que trabaja en un proyecto de abastecimiento de agua en Tanzania. Tomaron un autobús de línea, con capacidad para treinta y cinco personas y en el estado que podemos imaginar, para trasladarse desde Nairobi (capital de la vecina Kenia) a la ciudad de Arusha (al norte de Tanzania). El compañero les esperaba al mediodía. Un camión se cruzó en el camino. El autobús sufrió un accidente al chocar con un camión cargado de sacos de cebolla que iba con exceso de velocidad. La fatalidad llegó de la mano de un camión cuyos ocupantes huían tras haber robado la carga poco antes y después de arrollar a tres burros que transitaban por la carretera. Diez personas murieron. Entre ellos Óscar, Javier y María José; los otros tres españoles resultaron heridos. Un accidente de tráfico, causa de muerte mucho más habitual en este mundo desarrollado, fue lo que acabó con el viaje a Tanzania. Su condición de cooperantes suma su desaparición a la de tantos que dejaron su vida en el trabajo realizado altruistamente lejos de casa.

Frente a la solidaridad de cartón piedra, siempre existe la generosidad de quien se remanga para ayudar donde hace falta. Al compromiso voluntarista se le opone la labor realizada por personas comprometidas de tú a tú con quienes necesitan que les echen una mano. Pero sucede que, a pesar de los intentos de pedagogía, la cooperación corre el peligro de no entenderse frente a tantos sucedáneos publicitariamente explotados. Que no eran sólo turistas, sino también miembros de una oenegé, quedó como un simple dato que sumaron los medios de comunicación a la noticia del accidente en Tanzania. Un detalle que, sin embargo, cambia todo. En ocasiones es más fácil admirar las grandes palabras que a las personas que llevan a la práctica su significado. Son muchos los que siguen en la trinchera de la cooperación, sin importarles demasiado el riesgo que se evidenció en aquella carretera perdida de África. Mientras tanto, aquí nos olvidamos pronto de la muerte de Óscar, Javier y María José. Pocas palabras recordarán cómo fueron sus vidas antes del viaje a Tanzania y cuántas cosas quedaron interrumpidas: familia, estudios, carreras profesionales. Todo por la fatalidad de un accidente absurdo y porque su compromiso iba más allá de las palabras.

24 de octubre de 2004

Francia y el velo islámico

Algún día habrá que buscarle una explicación al hecho de que, en un momento como el actual, resurja una visión de la política no demasiado alejada de la religión. Se ha vuelto a la confusión entre los límites que señalan los principios democráticos y los guiados por las creencias religiosas. Hay quien parece no resignarse a la separación entre la Iglesia y el Estado, y se empeña en enfrentar las doctrinas confesionales con las opiniones expresadas por la mayoría de una sociedad secularizada. Mientras el Vaticano ve el fantasma del laicismo recorrer Europa, la ciudadanía tiene que afrontar nuevas interpretaciones de lo laico adaptadas a una estructura social con diversidad religiosa creciente. La defensa de la laicidad se ha convertido en trinchera ante el protagonismo de las religiones, de manera que se debe estar muy atento al encaje práctico de lo que establecen las constituciones democráticas para evitar una posible pérdida de legitimidad de las posiciones laicistas. Unas exigencias en nombre del Estado laico que se evidencien equivocadas no harán sino contribuir a la puesta en cuestión de los principios que lo inspiran, que continuamente es alentada por miembros de todas las confesiones y en especial de la mayoritaria.

Un país que ha hecho del laicismo una de sus banderas, como es Francia, vive desde hace demasiados años una polémica que muestra a las claras la posición de debilidad desde la que se trata de defender su Estado laico. Esta conquista histórica, alcanzada con la ayuda de los valores republicanos, sigue respaldada por una mayoría de la sociedad francesa. Pero la aparición en escena de una minoría religiosa que ha crecido conforme lo hacía la inmigración ha afectado gravemente a una conciencia republicana acostumbrada a lidiar con los representantes del catolicismo mayoritario. Ante un elemento identitario como es el mal llamado 'velo' islámico, que es más bien el tradicional pañuelo con que muchas musulmanas se cubren la cabeza, se reacciona desde el laicismo con la prohibición de su uso en las escuelas públicas. Grave error que ha colocado sobre el tapete la difícil travesía del Estado laico en momentos en que recibe envites desde todos los flancos. Con esta puesta en práctica del laicismo en los espacios públicos se traslada la idea de que, en efecto, los principios que lo inspiran están en cuestión, como aseguran los confesionales. ¿Cómo entender si no la restricción de la libertad en nombre de la escuela laica?

El uso minoritario del pañuelo responde a muy diversos factores, entre ellos el peso de la tradición y la presión de los padres. Sin embargo, nada contribuirá más negativamente al cambio en las costumbres que la prohibición discriminatoria en la escuela. El laicismo muestra debilidad cuando se pone al frente de esta cruzada contra el pañuelo que ha llegado a promulgar una ley a tal efecto en la republicana Francia. Se prohíbe a las musulmanas cubrirse la cabeza, pero colateralmente también a la minoría sij el uso de turbante. Una escuela laica defendida por la fuerza que revela justo lo contrario: la débil confianza en el poder de convicción del laicismo. No hay más que echar una mirada a lo que ocurre en otros países europeos para concluir que unas mayores dosis de pragmatismo son beneficiosas para la convivencia. Recientemente se ha tenido noticia de la expulsión de un colegio de dos niñas que no querían quitarse el pañuelo, con padres no partidarios de esta prenda; son efectos perversos de la ley francesa que inciden en las propias afectadas. La libre expresión de su identidad no supone una afrenta al Estado laico, que debería preocuparse antes de otros peligros más evidentes que de la vestimenta de sus ciudadanos.

17 de octubre de 2004

Cazadores en la frontera

La actividad del consumidor compulsivo de información tiene sus complicaciones. Estar al tanto de los últimos acontecimientos de actualidad, en los tiempos que corren, implica aceptar una ligera capa de insensibilidad en la piel que se pone de manifiesto en el trato cotidiano dispensado a los hechos más lacerantes que aparecen todos los días en los noticiarios. Uno se acostumbra a ver, a escuchar y a leer sobre muertes atroces y sobre la violencia infame que no es un elemento extraño a la vida en muchos lugares del planeta. La mayoría de las situaciones difíciles por las que pasa el ser humano nacen de la conculcación de sus derechos elementales. De modo que el reflejo de la crueldad diaria que nos muestran los medios de comunicación incluye guerras, torturas, secuestros y todo tipo de acciones que promueven el terror. Las fronteras existentes dentro de este mundo, las visibles y las invisibles, son lugares propicios para la desesperación ante las injusticias que se intentan dejar atrás pasando de un lado a otro de la línea que separa el infierno del paraíso. Sabía que cualquier cosa podría ocurrir en una frontera, pero no me pude nunca imaginar lo que escuché contar en un informativo de Antena 3 con todo detalle.

El corresponsal de la cadena en EEUU se propuso relatar unos hechos que no podían sino dejar atónito a cualquier espectador que en ese momento estuviera frente al televisor. La sorprendente noticia, que a buen seguro ha inquietado a toda persona sensata, se sitúa en la frontera entre México y uno de los estados fronterizos de EEUU. Una zona que sirve a los 'espaldas mojadas' para dar el salto hacia una sociedad que demanda su fuerza de trabajo: son miles las personas que migran cada año y encuentran una forma de vivir en EEUU aun sin papeles. La frontera es muy larga, y cientos de personas han muerto en camino hacia el país de las oportunidades. Resulta que justamente ahí un grupo de ciudadanos americanos ha decidido hacer lo que consideran una gran contribución a su nación: detener la llegada ilegal de inmigrantes con sus propios medios. Aficionados como son al uso de armas de fuego, se organizan en patrullas con sus rifles cargados y merodean por los lugares más transitados de la frontera. Se trata de gente dispuesta a acabar con sus preocupaciones antes de que el gobierno les diga que ésa es tarea suya. Es por ello que no se sentirán extraños al convertirse en verdaderos cazadores de hombres.

Cualquiera podría hacerse cargo, desde la lejanía, de las dificultades que conlleva la inmigración de los hispanos en EEUU. Muchos están integrados en esa sociedad que, en apariencia, cada vez cuenta más con ellos; otros tantos mantienen una vida con serias dificultades económicas y sin la valiosa 'green card', con el sufrimiento añadido del rechazo nacionalista hacia el que viene de fuera, que existe hacia los hispanos como antes existió hacia otros grupos de inmigrantes. Lo que en principio no encaja en una sociedad civilizada es que ese rechazo se transforme brutalmente en una iniciativa cuasi-terrorista de intimidación a los que cruzan la frontera por parte de unos 'patriotas' que defienden su país de la 'invasión' de los extranjeros. Ni Bush ni Kerry en el gobierno de Washington convencen a esta minoría de lunáticos peligrosos -y no es excusa que sean sólo reflejo de un sector minoritario de los estadounidenses- de que la defensa de la nación no pasa por la caza del inmigrante. Gente que en su tiempo libre se dedica a vigilar la frontera con sus armas reglamentarias preparadas para disparar no puede ser consecuencia sino de una falla moral que sale a la luz en forma de un racismo bestial e indisimulado.

10 de octubre de 2004

Neorruralismo y vida rural

No deja de ser curioso que de procesos históricos prolongados en el tiempo se deriven modas que impactan en momentos muy determinados con inusitada fuerza. El desplazamiento del campo a la ciudad ha afectado durante siglos a millones de personas en los países más urbanizados. Se trata de un fenómeno revolucionario que transformó las condiciones de vida y la estructura socioeconómica de los países al mismo tiempo que se desarrollaban. La industrialización, la mecanización de la agricultura y la extensión del modo de vida de la clase media urbana fueron determinantes en esta transformación que ha afectado a la forma en que la mayoría de la población se relaciona con el medio natural. El desarrollo convierte a la ciudad en el centro de la actividad. El triunfo de lo urbano da como resultado que el campo se limite al cumplimiento de unas funciones esenciales que, no de forma casual, se encuadran en las actividades denominadas primarias. En el momento presente se aprecia, incluso con más nitidez que cuando se estaba produciendo el éxodo rural, la jerarquía exitente entre el campo y la ciudad. Y es ahora cuando de este proceso nace un fenómeno que en apariencia le da la vuelta a la tendencia histórica: el ruralismo.

El abandono del campo para no quedar fuera del crecimiento urbano ha producido con el paso del tiempo una nostalgia por lo perdido. Sin embargo, no suele ser la generación que vivió en primera persona la crisis agraria y fue en busca de oportunidades al centro industrial la única que desarrolla ese sentimiento. El ruralismo viene a ser esa querencia por recuperar formas de vida más sencillas y en contacto directo con la naturaleza que experimenta el urbanita cuando intenta ver las ventajas de vivir como lo hicieron sus padres o sus abuelos. Hay toda una serie de valores vinculados con lo rural a los que comúnmente se les da como sacrificados por el bien de la vida moderna. De ahí viene la moda -que podrá perdurar o no en el tiempo, pero que de manera indudable está asociada a una estética determinada- de lo rural y la vuelta a las cosas naturales. Es también, por así decirlo, un trasunto de oferta alternativa al endiosamiento de lo moderno que se materializó en aquella otra moda del 'yuppie' como ideal de vida en la ciudad. Por ello, no es posible obviar la importancia del ruralismo en lo 'hippie' y en otros movimientos posteriores, así como en precedentes tan particulares como las comunidades de los kibbutz en Israel.

El neorruralismo se podría definir como aquello que aparece una vez las circunstancias frustran los deseos de encontrar mundos idílicos en un medio rural que hace tiempo que dejó de ser un lugar habitable para el urbanita exigente. Nace de una nueva adoración hacia lo rural, que a través de cauces más complejos se transforma en productos fácilmente consumibles por cualquiera. Las bondades del campo se materializan ahora, por ejemplo, en el turismo rural, los productos naturales o el modelo de vivienda a medio camino entre la ciudad y el campo. El auge de lo rural se deja notar en la publicidad y en la mayor demanda de bienes medioambientales que se empieza a detectar en los mercados. El fenómeno podría ser explicado también como una creciente preocupación ecológica que da más importancia a la naturaleza conforme se consolida su deterioro. Porque, efectivamente, lo perdido -el modo de vida rural- o lo que se está perdiendo -el esplendor natural- siempre es más valorado que lo que se tiene. El desarrollismo imperante durante décadas dio como resultado estos intentos por encajar la realidad rural en la conciencia urbana. Aunque a veces no vayan más allá de algunos productos específicos y de un vago ruralismo romántico.

3 de octubre de 2004

El futuro de Kioto

El Protocolo de Kioto es el principal logro de las cumbres organizadas por la ONU sobre el cambio climático y también el más cuestionado. Ha estado en el aire su viabilidad futura desde que se aprobó en 1997. Para que entrara en vigor debían ratificarlo 155 Estados, y de ellos un número suficiente de países industrializados como para que los mismos superaran el 55% de las emisiones de gases contaminantes que se producían en 1990. El acuerdo alcanzado en Kioto supone una reducción leve de estas emisiones, lo que implica un compromiso de notable calado con los demás países. La iniciativa individual de potencias industriales como la UE y Japón era importante, pero debía conseguirse la entrada en vigor para que el Protocolo entrara en una fase posterior aún vivo y con visos de continuidad. La negativa de EEUU y las dudas expresadas por Rusia colocaron a Kioto en peligro. La reciente decisión rusa de ratificar el acuerdo que ya firmó en 1999 se ha convertido en la llave del futuro de esta estrategia contra el calentamiento global, pues su 17% del total mundial de emisiones de dióxido de carbono contribuye finalmente a alcanzar el 55% requerido y supone un espaldarazo político para los demás países signatarios de Kioto.

Tras la Cumbre de Río de 1992, se intenta que los acuerdos internacionales en materia de medio ambiente dejen de ser tan generales y propicios al incumplimiento: se buscarán, por tanto, avances en temas específicos. El cambio climático es uno de ellos; de hecho constituye un grave problema desde que se evidenciaron los efectos que un calentamiento del planeta, que se concreta en aumentos de temperatura más notorios en determinadas zonas, produce sobre las masas polares o la erosión del suelo. A pesar de los enfoques que ponen en duda los resultados científicos, se ha constatado sobradamente el impacto que la actividad humana tiene sobre este fenómeno, siendo además la principal responsable del cambio en el clima. Kioto es la consecuencia de las cumbres celebradas desde entonces: su objetivo es reducir un 5,2% las emisiones de gases de efecto invernadero sobre los niveles de 1990 para el periodo 2008-2012. El protocolo es el único mecanismo que se ha acordado para tratar de hacer frente a los efectos indeseados del calentamiento climático. Sin embargo, no deja de ser un tímido intento por minimizar el riesgo futuro, cuya principal virtud es plantear por primera vez una visión global de las políticas medioambientales.

Con sus ventajas e inconvenientes, el mercado de emisiones puesto en marcha con Kioto puede tener consecuencias muy positivas para la modernización de la industria de los países involucrados. No sólo por ser la primera medida internacional seria y con carácter vinculante que se pone en marcha para afrontar la contaminación, sino porque hay condiciones para el desarrollo de un mercado de tecnologías 'verdes' más competitivo. La compraventa de emisiones se puede concretar también en transferencias tecnológicas hacia los países que no necesitan ahora sus cuotas de contaminación pero que se están planteando de qué manera se adaptarán en el futuro a Kioto. Son las áreas subdesarrolladas las que más van a necesitar mejoras en la eficiencia para que el compromiso medioambiental no haga del mercado de emisiones una barrera infranqueable para su industrialización. Si se consigue estabilizar la producción de dióxido de carbono, el logro será en cualquier caso significativo. La anunciada ratificación rusa de Kioto es un paso importante para alcanzar ese objetivo, con independencia de que otras razones políticas -mejorar su imagen en la UE- hayan pesado más en la decisión del gobierno de Moscú.

26 de septiembre de 2004

Mar adentro

En las últimas semanas se ha afirmado reiteradamente que el estreno de una exitosa película reabre el debate sobre la eutanasia. Cabe preguntarse hasta qué punto es cierto que un asunto tan polémico sólo entra a formar parte de las preocupaciones de la gente cuando en los medios de comunicación aparecen casos que nos invitan a opinar. Más bien podría ocurrir que el debate esté siempre abierto, pues la eutanasia está en el día a día de muchas personas, y que únicamente resaltemos el ángulo social de la cuestión en los contados momentos en que los informativos o, en este caso, el cine permiten acercar la realidad tal como es a todos los que opinan, en uno u otro sentido, sobre la eutanasia. Nada extraño sería, por tanto, aprovechar que «Mar adentro» está llegando a un amplio público para establecer las bases de un debate legal más intenso que aborde la regulación de la eutanasia. Casos reales hay muchos, a pesar de que se pretenda esconder la cabeza ante ellos; el de Ramón Sampedro únicamente ha simbolizado el inútil empeño por demandar ante los tribunales el amparo para la muerte digna que buscaba. Es casi una obligación pararse al menos a debatir qué respuesta debe dar a esta situación el poder legislativo.

La crítica no ha ahorrado elogios a «Mar adentro» y a su director, Alejandro Amenábar: maravillosa historia, contada con el mayor de los aciertos, casi una obra maestra. Son merecidos. La película es además emocionante casi de principio a fin, lo que deja al público aún más admirado ante la calidad de la fotografía, las interpretaciones y el ajustado guión. La mayoría conoce la historia, aunque no en todo sus detalles, en el momento de ver la película. Quizá esta circunstancia sea la causa de que, al final, se resalte con mayor insistencia la parte de la narración más vitalista: justamente lo que sólo encaja de manera paradójica en una película que trata sobre la muerte es lo más valioso para entender la clave de toda la historia, que no es otra que el deseo de Ramón Sampedro de morir. Una de las últimas escenas no es sino una recreación del vídeo que recoge cómo el cianuro termina con su vida, aquella grabación que pudo verse parcialmente en televisión a los pocos meses de ocurrir. Hasta llegar ahí, la vida que muestra «Mar adentro» tiene luces y sombras, con el denominador común del drama que supone para Sampedro no vivir plenamente. Y una sola petición: tener la potestad de la libre determinación de qué hacer con su cuerpo.

Se ha dicho que la película no busca una defensa del derecho a la eutanasia. Y es cierto, en la medida en que contar el caso de un tetrapléjico que prefirió la muerte a una vida que consideraba indigna no supone tomar partido en el debate que antes comentaba. Pero la fidelidad del guión no sólo a los principales hechos que marcan los últimos años de Sampedro, sino también al pensamiento y a la personalidad de éste, hacen del film un documento excepcional de lo que significa la eutanasia para alguien en esas circunstancias. La película facilita comprender que no todo el mundo va a querer morir en esa situación ni la eutanasia es un bien que se deba generalizar: lo que realmente implica la muerte digna para Sampedro es la libertad de elegir. Por tanto, más que una apología de la eutanasia, «Mar adentro» aporta importantes dosis de respeto y de comprensión con la libertad de quien quiere tener la capacidad de decidir sobre su vida sin que una sociedad con prejuicios o un estado con leyes abusivas juzguen su acción. Tanto la vida como la muerte son tratadas en la película con un criterio muy humano: sólo el individuo que tiene libertad en la elección sabe qué forma de vivir y de morir con dignidad quiere para sí mismo.

19 de septiembre de 2004

Deslocalización y empleo (y II)

El principal motivo de frustración que se pone de manifiesto cuando una compañía decide deslocalizar su producción es el fiasco de la política de subvenciones que se practicó para atraer la inversión. No son pocos los casos de empresas que reciben dinero público y olvidan cualquier compromiso con el territorio y con el empleo creado en cuanto ven la oportunidad de trasladarse a países de salarios bajos. Esto obliga a reconsiderar la utilidad en el largo plazo de según qué políticas de fomento y a estudiar mecanismos que vinculen la nueva inversión al territorio. Sin embargo, con el ventajismo de las empresas que aceptan la subvención y después se van o sin él, lo cierto es que todo cierre ahonda en la idea de la inevitabilidad de este proceso. Las políticas que los poderes públicos se plantean adoptar reflejan resignación ante cambios traumáticos que llevan consigo pérdida de actividad y de empleo. El retroceso consiguiente en la industria podrá ser afrontado a largo plazo únicamente con una estrategia de mayor gasto en investigación y en desarrollo tecnológico. Para evitar estados de melancolía ante lo que se va y nunca volverá, hay que tener presente que la verdadera solución es crear un tejido productivo inmune a la deslocalización.

No todas las plantas industriales producirán a menor coste en los países emergentes: un factor determinante, sin ir más lejos, será el transporte hasta los principales mercados y la eficiencia de las redes de distribución. Es sabido también que los sectores con mayor sofisticación tecnológica tienden a agruparse en áreas que no se caracterizan por la mano de obra barata, sino más bien por el trabajo cualificado y la inversión en capital humano. En consecuencia, la productividad se convierte en la clave de la reorganización territorial de la industria. El gasto en formación habrá de ser en las próximas décadas una solución eficaz a posteriori a las rigideces de los mercados laborales. El drama se presenta en una franja de edad muy determinada, en la que la 'reconversión' -usando la jerga habitual- del trabajador es complicada. Los cierres y los expedientes de empleo generan automáticamente parados de larga duración. La negociación podría abrir la puerta, cuando sea posible, a soluciones intermedias que no suelen practicarse. Por ejemplo, la reducción de la jornada laboral paralela al salario -reparto del trabajo entre los empleados- para minimizar la pérdida de empleos en una fábrica que atraviese una crisis.

Resulta más aceptable la flexibilización de la plantilla en empresas con riesgo de deslocalización que las consecuencias de una apresurada huida que se decide a muchos kilómetros de distancia. Que empresas con beneficios jueguen con la ubicación de sus plantas en el tablero del máximo rendimiento quizás sea tan inevitable como irresponsable con su entorno social. Pero no se trata sólo de pérdida de empleo: la presión más importante de la competencia exterior se manifiesta en demandas de moderación salarial que, si son satisfechas de manera generalizada, terminarán afectando al nivel de vida de los trabajadores. Buscar la 'comodidad' de las empresas en el territorio debería hacerse de manera coordinada con los poderes públicos a través de los factores ya comentados -productividad, I+D, formación- y no mediante soluciones coyunturales que rebajen las condiciones laborales. No se justifica el pesimismo frente a la deslocalización, en la medida en que la economía puede transformar sectores en declive en actividades con futuro vinculadas a nuestro lugar en la globalización. Pero tampoco es razonable la indiferencia ante estos cambios: la mayoría de los elementos de la estrategia a seguir pueden y deben ser orientados a través de la política económica.

12 de septiembre de 2004

Deslocalización y empleo (I)

Uno de los aspectos esenciales del fenómeno de globalización de la economía es la tendencia de algunas empresas a externalizar actividades en otros países o a localizar sus producciones de bienes y servicios en el exterior. En el primer caso, nos encontramos con cada vez más compañías que optan por dejar de producir algunos servicios dentro de su estructura organizativa, los cuales deciden externalizar o subcontratar en muchos de los casos en países que ofrecen a la empresa la oportunidad de reducir sus costes. La segunda posibilidad que se abre ante un escenario de creciente competencia internacional es la de localizar la producción en el exterior, esto es, deslocalizar las plantas o los procesos productivos que se ubican en economías desarrolladas y aprovechar las oportunidades de mayor beneficio que proporciona la consiguiente relocalización en los llamados países emergentes. La internacionalización no es propiamente un fenómeno de la dos últimas décadas de más acelerada globalización: se ha desarrollado siempre que la apertura económica lo hizo posible. Sin embargo, la fragmentación de la producción y la intensidad con que se deslocalizan plantas y empresas están siendo una característica de los últimos tiempos.

Las multinacionales han afinado mucho la capacidad de búsqueda de las mejores condiciones para su producción. Entran en juego factores como el coste de la mano de obra y los beneficios fiscales, pero también pesan un menor coste del suelo industrial y una legislación sociolaboral menos exigente en cuanto a la protección social o la influencia sindical. Países como España, que durante años pudieron sacar provecho de unas ventajas comparativas salariales para atraer inversión extranjera, están viviendo de manera contradictoria la ola de deslocalizaciones de los últimos años. En el pasado, se implantaron fábricas y procesos industriales en los territorios más al sur de Europa como consecuencia del cierre en los países con mayor coste laboral. Ahora el proceso continúa, pero el papel de la economía española ha cambiado: algunas multinacionales deciden desinvertir lo previamente invertido con el objetivo de trasladar su producción a países de la Europa del Este, el Magreb y Asia. La competencia global siempre beneficiará a los territorios que cuenten con mano de obra abundante y barata. Los lugares afortunados se relevan unos a otros por el movimiento del capital entre ellos, como si una ley natural rigiese el progreso económico.

La complejidad de las relaciones que se establecen entre los centros de actividad industrial y las fábricas repartidas por los países más competitivos en coste dificulta la búsqueda de soluciones a la aparentemente inevitable deslocalización. La huida de empresas escapa a las posibilidades de una política industrial que ha ido a menos en los últimos años. La aparición de nuevos competidores coloca en difícil situación a los territorios que una parte de la industria -textil, componentes electrónicos o automóviles- considera imprescindible abandonar para alcanzar sus objetivos. Territorios que quedan en tierra de nadie entre las zonas más avanzadas tecnológicamente -desde donde se dirige y se diseña la producción- y las que ponen la mano de obra -a bajo coste y, en ocasiones, con notable cualificación. La deslocalización deja como rastro incontables empleos perdidos en unos mercados laborales ya de por sí damnificados por reconversiones y ceses de actividad en anteriores crisis industriales. Los intentos por amortiguar el golpe no siempre dan resultados. Aunque hay margen de maniobra político, una mayoría de traslados son efectivamente muy difíciles de evitar sin entrar en una imposible competencia de salarios bajos.

5 de septiembre de 2004

Masacre en Beslán

Cuando el horror llega a nuestras casas por medio de un secuestro televisado, la capacidad para comprender por qué en el Cáucaso una escuela no es un lugar seguro se ve muy limitada. La repugnante determinación de un grupo de terroristas ha llevado a que el mundo contemple una nueva masacre en Osetia del Norte, lugar que habría continuado perdido en el mapa de las regiones del sur de Rusia si no fuera por su cercanía a Chechenia. Asimilar un número superior a trescientos de muertos y varios centenares de heridos es aún más difícil si se recuerda que son niños la mayoría de las víctimas de la barbarie: más inocentes aún que otras víctimas, y representantes de la generación que habrá de convivir en aquella zona del planeta durante muchos años intentando superar el actual conflicto. El horror que despiden las imágenes de esta semana en Beslán puede confundirse con la sangre que empapa demasiados de los relatos de actualidad de estos tiempos. El terrorismo provoca el mismo dolor en cualquier parte del mundo. Las particularidades, sin embargo, no pueden ser obviadas. Chechenia es un conflicto con historia. Sin ánimo de querer utilizar la matanza para repartir las culpas, hay que recordar también en este momento qué política se ha llevado a cabo para terminar con la violencia, cuán equivocada ha sido la estrategia del gobierno de Moscú y dónde se sitúan los límites de una lucha antiterrorista aceptable por la comunidad internacional.

En la prensa se ha reflexionado tras la tragedia desafiando la tentación de simplificar el atentado. Estos dos últimos párrafos se completan con fragmentos de lo publicado al día siguiente que son ejemplos de ello. Será conveniente insistir en esa línea frente al plano ideario antiterrorista del 'fin justifica los medios' que se impone en otros lugares. «El conflicto checheno, enquistado, se caracteriza por la permanente presión de una maquinaria de terror, el Ejército ruso, que opera con absoluta impunidad, por una farsa de gestación de nuevas instituciones que -se diga lo que se diga- disfruta de un apoyo popular menor y por un dramático acogimiento de las potencias externas al doble rasero, al todo vale, de nuevo, y a la defensa de los intereses más obscenos.» «Cuando llegó al poder en 1999, Putin aseguró que acabaría con los secesionistas chechenos por las malas más que por las buenas. Tal política ha sido un fracaso rotundo. La situación es ahora mucho peor que antes y la actual escisión del movimiento separatista checheno no facilita una pronta solución.» «La posible participación de terroristas extranjeros ratificaría viejas acusaciones de Putin, sí, pero, al mismo tiempo, debilitaría la postura del presidente ruso, que describe el problema como de orden interno y se niega a admitir la intervención de la comunidad internacional a través de la ONU.» «La tragedia ofrece un perfil pedagógico: esto no es la resistencia chechena, aunque pretenda servir sus intereses políticos. Es un chantaje inmundo con niños de por medio, un récord de villanía y de inmoralidad.»

«La rigidez de Moscú, la miopía de Shevardnadze cuando era presidente de Georgia, la imprevisión y la falta de conocimiento profundo y de visión estratégica están convirtiendo a ese rincón de Europa en un polvorín del que los medios no se preocupan lo suficiente.» «Moscú ha defendido una política de tierra quemada, de tal suerte que en los últimos diez años ningún recinto del planeta ha experimentado un grado de destrucción, y una cifra porcentual de muertos, equiparable.» «La resistencia chechena, que defiende una causa respetable en sí misma y que antes se limitaba a contragolpear a todos los regímenes rusos (zaristas, comunistas o el actual, formalmente democrático) ante las agresiones a su reivindicación nacional, ahora actúa sumergida en un fanatismo radical musulmán. La influencia y el carisma de los combatientes chechenos que regresaron de Afganistán hicieron posible esta derivación indeseable.» «Los atentados terroristas chechenos son condenables y sus autores deben ser perseguidos, pero no podemos caer en la confusión de problemas que son distintos. La amenaza del terrorismo islamista debe ser vencida, pero la incardinación de Chechenia en Rusia requiere de diálogo.» «Los abusos que cometió la desaparecida Unión Soviética en los que entonces eran conocidos como sus «países satélites» le obligaron a la larga a tener que abandonarlos, dejando tras de sí un estigma que tardará varias generaciones en desaparecer. Si ahora la nueva Rusia no quiere repetir el mismo proceso, tendrá que seguir otras pautas completamente distintas.»

2 de agosto de 2004

Opinión, columnas y blogs

Los formatos utilizados para construir artículos de opinión han ido cambiando a lo largo del tiempo. Aunque, en el fondo, nada esencial varió en los últimos siglos en la tarea de expresar unas ideas en un texto dirigido a un público concreto. Pero es evidente que las formas de la opinión no han hecho sino cambiar, hasta llegar a la columna, que quizás sea el formato con mayor capacidad de adaptación. Caracterizadas por la brevedad, las columnas dan cabida a opiniones expresadas por medio de muy diferentes estilos. Sin embargo, la heterogeneidad de la columna no impide que todos los artículos de este tipo queden bajo la lógica del periodismo. En periódicos y revistas, la opinión es parte imprescindible del producto, de modo que las firmas actúan de acompañantes del lector en las publicaciones que éste elige en el punto de venta. En internet, un nuevo formato ha sido llamado a revolucionar la publicación de opiniones: el blog. Las particularidades del blog frente a la columna son más que conocidas: no existe soporte mediático, el lector no acude al punto de venta, dispone de todas las firmas a la vez, las publicaciones -que limitan el espacio para la expresión- han desaparecido. No son pocos los cambios que han traído consigo los blogs.

Pero no todo se ha transformado con la misma velocidad con que se multiplica el número de autores de blogs. A pesar del cambio de formato, la opinión digital no tiene por qué diferir tanto de la que recala en los diarios. El debate, a partir de este punto, se ha dirigido hacia la gran 'amenaza'. ¿Se está acercando el fin de la era de los opinadores protegidos por el prestigio mediático? La virtud de los blogs reside, como es sabido, en proporcionarle una tribuna a quien no se gana la vida escribiendo en periódicos. Esto es al mismo tiempo su principal defecto, por la disparidad de calidades. Si en los blogs se escribe tanto y con tanto atractivo como en la prensa, es cuestión de tiempo comprobar la fuerte competencia que se podrá establecer entre las distintas fuentes de opinión. En alguna medida ya es efectiva la diferenciación que sitúa casi en el mismo nivel de importancia el conocer, por un lado, qué se opina en los periódicos y, por otro, qué se opina en la red. Los blogs pueden terminar siendo un reflejo mucho más fiel de lo que conocemos por opinión pública: una alternativa a la tosca identificación que en ocasiones se hace de lo que piensan los ciudadanos con la 'opinión publicada' que se manifiesta a través de la prensa.

En el punto intermedio de la hipotética competencia entre blogs y columnas de prensa, se empieza a notar el interés de autores que estampan su firma en papel y que han descubierto el universo de la escritura en línea. Posiblemente, en cuanto al número de potenciales lectores, los blogs deberán bastante de su popularidad futura -que se presiente mayor a la actual popularidad revestida de 'moda'- a los periodistas que apuestan por este formato para embarcarse en el proceloso universo digital. Se necesita más movilidad. Si se opta por creer que la muerte del papel diario conlleva la liberalización de los formatos de opinión, habrá que apostar en el futuro por la definitiva ruptura de la barrera que separa la tribuna del columnista de la del anónimo autor de un blog. En la red, ambos espacios convergen: más que oportuno sería, por tanto, poder ver a los columnistas de prensa convertidos en 'bloggers' y a los tildados de amateurs cambiando el blog por la columna. La libertad de elección que permite la tecnología, colocando a un click de distancia a todo el que desee expresar una opinión, niega la exclusividad de las firmas que venden los periódicos. El próximo articulista de referencia puede estar a punto de abrir su blog en la red.

4 de julio de 2004

Noticias, papel y bits

Cuando se hacen predicciones sobre el desarrollo tecnológico, deben tenerse en cuenta los factores psicológicos. Un avance en la tecnología aplicada a determinado producto no siempre funciona a la primera y en poco tiempo. Los consumidores no sólo evalúan la eficiencia o las prestaciones del chisme o 'gadget' de que se trate: también la comodidad de su uso y el coste de tener que cambiar el 'chip' mental para la nueva tecnología. Todo esto, evidentemente, entra dentro de las previsiones que se hacen cuando surge una innovación. Aunque es habitual, sin embargo, que se dé un curioso fenómeno de escepticismo tecnológico -una especie de depresión postparto- cada vez que no se cumplen los más optimistas vaticinios sobre la implantación del nuevo invento. Los móviles y el uso de internet arrastran ese síndrome a pesar de su éxito: la revolución que traen consigo es cierta, pero su impacto en la sociedad se manifiesta de forma lenta. No es tan corto el periodo de cambio en las costumbres por la innovación. Y, además, no siempre se produce una sustitución de tecnologías. Esto último es evidente en lo que concierne a los medios de comunicación tradicionales e internet.

La prensa, la radio y la televisión no han muerto por la generalización de la red. Con el tiempo, lo que sí se producirá es una adaptación a los nuevos soportes técnicos. Internet ha abierto la puerta a la publicación digital, que compite con la de papel gracias a la inexistencia de la barrera física casi insalvable que convierte al mercado de prensa diaria en un oligopolio. Mucho se ha escrito sobre la apertura del periodismo al nuevo mundo de la prensa digital. Sin embargo, más que una sólida transición hacia las noticias electrónicas como prioridad de la audiencia, lo que se ha puesto de manifiesto en los últimos años es la crisis del modelo de prensa de pago. Es decir, no es definitiva la consolidación de las publicaciones diarias en internet: los distintos formatos que ahora compiten habrán de dar muchas vueltas todavía. Pero donde no hay duda es en el diagnóstico del estancamiento de los periódicos de papel. Las empresas periodísticas que cobran por su producto diario se están encontrado, para colmo de males, con un creciente fenómeno de competencia en el papel: los periódicos gratuitos que llegan a manos del lector cada mañana en las ciudades. Hasta las editoras tradicionales están entrando en el negocio.

Los usos que los consumidores hacen de la prensa están determinados por la comodidad. Para enterarse de cuáles son las principales noticias del día, por cero euros tienes en algunos de los periódicos gratuitos el soporte perfecto para leer en el trayecto del metro o el autobús. Por un euro, la prensa de papel deberá ofrecer cada vez más información muy valiosa para convencer al lector de que compensa el gasto. El camino podrá ser el ya apuntado por más de un experto: primar el análisis y la interpretación de los hechos. Esto también está gratis en internet, así que el periódico de pago tendrá que recurrir al truco de las firmas exclusivas. Las publicaciones digitales harán más daño a la cuenta de resultados de los periódicos cuando su audiencia sea verdaderamente masiva. Quizás sólo sea cuestión de tiempo que las nuevas generaciones de lectores valoren más la comodidad de la pantalla frente al papel. Se necesitará, eso sí, mejorar aún más los soportes. ¿Será realidad por fin el papel electrónico? La revolución anunciada va lenta, pero las repetidas predicciones sobre el futuro de los periódicos y el acceso a las noticias terminarán cumpliéndose. De ahí a la progresiva pérdida de relevancia de los medios debería haber sólo un paso.

27 de junio de 2004

Turismo y consecuencias

Las cosas nunca son tan simples como los esquemas mentales construidos para analizarlas nos suelen mostrar. Hace tiempo que descubrimos que el turismo es un gran invento, como contaba aquella película costumbrista española de los 60. Pero es posible que todavía no se haya generado una conciencia de la complejidad del desarrollo turístico, más allá de la consideración del sector como la punta de lanza de una prosperidad económica fabulosa de la que disfruta todo país que apuesta por competir en este mercado. La demanda de turismo es vista siempre como una oportunidad para atraer a un territorio la riqueza de quienes gastan aquí o allá la creciente porción de su renta dedicada al ocio. Los receptores de turismo orientan su economía hacia el objetivo de mostrar una imagen de excelencia para escalar así puestos en el ranking de visitantes. Países que dependen en alguna medida del turismo consideran a esta actividad su gallina de los huevos de oro. Pero una visión simplista de este sector puede hacer olvidar que el turismo no es sólo trasiego de personas e intercambio de servicios.

El turismo ha optado de manera mayoritaria por un modelo de masas. Y, por tanto, las actividades turísticas tienen consecuencias de un mayor calado. Ha quedado lejos el antecedente romántico de este fenómeno: los viajeros del siglo XIX que buscaban el lado exótico de las tierras que nunca antes habían pisado. Ahora el turismo tiene mucho de lo contrario: ofertas de ocio clonadas a lo largo del planeta, que permiten la elección al menor coste del mismo modelo de vacaciones consistente en sol y playa en un enclave masificado. Luego es evidente que el turismo tiene consecuencias, unas positivas y otras negativas. La costa es el recurso natural más demandado: la consecuencia principal de este desarrollo es la urbanización. El impacto sobre la conservación de las playas y la calidad de las aguas es importante. Del mismo modo, en cada país podemos diferenciar etapas en la colonización de la costa: zonas donde primó un turismo intensivo frente a otras en que se ha planificado un desarrollo lento. En este aspecto influyen las infraestructuras que el sector público construye de forma paralela al proceso urbanizador.

Otra consecuencia sobre la dotación de servicios: la concentración en el espacio y en el tiempo requiere servicios sanitarios y de orden público, entre otros. Una zona turística tiene que planificar, además, las necesidades de agua y energía. Colocar a un territorio en el circuito de los touroperadores significa atraer inversiones, con efectos en el empleo y la llegada de población. El principal sector afectado: la construcción, sobre todo cuando se opta por el turismo residencial. La dinámica del turismo convierte a actividades como la artesanía, los espectáculos y la gastronomía en el centro de la oferta con marcado carácter cultural que compite por medio de la diferenciación. Igualmente, el turismo es el gran difusor de pautas culturales a lo largo del mundo: la aldea global se hace más pequeña y más parecida conforme se extiende la revolución de los transportes. El medio ambiente, los recursos, la implicación del sector público, las actividades especializadas; casi nada es ajeno al complejo fenómeno turístico. Sus consecuencias deben ser consideradas para evitar la idealización del turismo como vía fácil de crecimiento económico.

20 de junio de 2004

Agua pura y negocio redondo

Hace pocos meses nos llegaron noticias desde el Reino Unido sobre una singular polémica provocada por la comercialización de agua, en concreto por la que se vendía bajo la marca 'Dasani'. Se ponía en cuestión la actividad de una filial de Coca Cola que había conquistado buena parte del mercado de agua embotellada gracias a la citada marca, que se anunciaba como 'agua pura'. Habitualmente se diferencian dos clases de este bien imprescindible: el agua mineral, que proviene de manantiales naturales conocidos, y el agua pura, que satisface la demanda de un producto 'ideal'. La purificación -llevada a cabo mediante varios procesos- a la que es sometida el agua que se vende bajo esta segunda tipología garantiza la imagen idealizada del líquido que adquieren los consumidores. La venta de agua embotellada está emparentada con la idea de la salud perfecta; en ese sentido, la pureza es un activo para entrar a competir en el mercado, ya sea por medio de un agua natural o de ese agua artificialmente convertida en pura. El lucrativo negocio del agua no deja de llamar la atención, sobre todo por el crecimiento experimentado en sociedades maduras donde la preocupación por un bien esencial como este lleva a la gente a lanzarse a comprarlo en botellas. Crecen las ventas un 15% de un año para otro y todo indica que no se confía demasiado en la calidad del agua de los servicios públicos.

El escándalo que suscitó el agua 'Dasani' no fue, en sí mismo, por su elevado precio o el beneficio obtenido. Saltó la sorpresa al descubrirse y hacerse pública la procedencia de la materia prima: el agua pura era, con toda lógica, por otra parte, agua del grifo 'purificada'. No se sabe bien si los consumidores se sorprendieron realmente ante el reconocimiento de esta circunstancia por parte de la empresa. Resultaba evidente que la fábrica de agua de Coca Cola, situada en las afueras de Londres, debía tomar el agua de algún sitio. Y éste era el suministro de la compañía londinense de distribución 'Thames Water'. Se vendía agua del Támesis en botella. Pero la reacción más airada no fue de los consumidores, aunque finalmente la empresa haya decidido dejar de comercializar el agua por los perjuicios que sufrió su imagen. La principal queja vino de la distribuidora local: el agua del grifo en Londres es, ante todo, de gran calidad, y era todo insulto para quienes presumían de este logro que un productor privado la calificara de impura y la tratara para venderla como 'pura'. Y ciertamente lo era. A excepción del tratamiento, es un despropósito ofrecer al público un agua cuyo principal reclamo lo constituye la original botella azul claro de diseño que protagoniza la publicidad del producto.

El fraude que vio denunciado en todos los medios de masas la todopoderosa multinacional de refrescos Coca Cola consta, además, de una sencilla traducción en cifras que cualquiera ha entendido a la primera, pues se asemeja demasiado a la tradicional picaresca. Se trata de esta regla de oro del beneficio hídrico: los 500 mililitros de agua corriente de la empresa suministradora se pagan a 0,03 peniques, precio habitual del agua en Londres, y se venden con botella, 'purificación' y marketing incluido, a 95 peniques. Con todo, lo más curioso es ese proceso por el que se convierte el agua en pura. Se anunció que el tratamiento comprendía tres filtros sucesivos, además de una etapa de 'ósmosis inversa', que eliminaba del preciado líquido todas las bacterias, sales minerales y demás impurezas. Pomposamente se decía que era una técnica perfeccionada por la Nasa para tener agua en sus naves espaciales. Es cierto, pero el furor publicitario llevó a vender de forma engañosa el invento del 'agua pura' como la mejor opción para los desprevenidos consumidores que desconfían del líquido que sale del grifo. La realidad es que la optimizada técnica de la 'ósmosis inversa' está al alcance de cualquiera que se instale un filtro doméstico de ese tipo en su casa. Una vez más, la capacidad de crear nuevos negocios gana terreno a la racionalidad del consumo ajustado a las necesidades reales.

13 de junio de 2004

EEUU ante un error histórico

En este mismo mes han coincidido la celebración del sexagésimo aniversario del desembarco de Normandía -aquel seis de junio de 1944 con importantísima significación democrática, a pesar de la versión mítica no del todo ajustada con la realidad que se nos presenta del final de la Segunda Guerra Mundial- y la muerte de Ronald Reagan. Tanto el primer acontecimiento como la desaparición física del presidente americano que simboliza la década que acabó con la Guerra Fría, da buena muestra de las etapas históricas que más brillo han dado a los EEUU y que a los propios estadounidenses les gusta recordar. Normandía y la derrota del nazismo costaron muchas vidas: nunca podrá ser olvidado ese pasado. El momento presente se mueve también bajo la guía de una fecha marcada para la historia, el 11-S. No se podrá explicar la guerra de Irak a quienes no hayan vivido lo ocurrido desde aquel día trágico sin tomar en consideración el impacto del terrorismo sobre los estadounidenses y la presidencia de Bush y su camarilla de neoconservadores. Pasado un año desde el primer ataque a Irak, empieza a no haber muchas dudas a la hora de juzgar las circunstancias en que la acción ilegítima de la Administración Bush encendió la mecha de un conflicto que genera tanta injusticia como descontrol sobre la situación experimentan las tropas ocupantes.

La intervención en Irak, cuyas justificaciones han quedado enterradas bajo toneladas de mentiras, buscaba entre otros objetivos extender la democracia. Pero el pecado original de tan nobles intenciones no podrá ser borrado: se pretendió hacer contra el derecho internacional, despreciando las normas consensuadas que buscan mantener la paz entre las naciones. La agresión del gobierno de Bush, no sólo era incapaz de convencer a los iraquíes de la bondad del camino trazado por el ejército de ocupación, sino que ha debido pasar varias veces por Naciones Unidas para que, sin legitimar la acción unilateral, se pueda ordenar el proceso de posguerra que EEUU no había en absoluto planificado previamente. Para acabar con el régimen de Sadam Husein, el ejército invasor desmanteló el aparato estatal. Las dificultades de la reconstrucción se agravaron conforme se tuvo que reconocer que el terrorismo residual era en realidad parte de un fenómeno más amplio de resistencia. La revuelta de los chiíes complica aún más el panorama, después de un largo año, a un presidente Bush que empieza a actuar con la vista puesta en las elecciones de noviembre. La última resolución en NNUU trata de restablecer un mínimo acuerdo multilateral sobre el futuro de Irak, con el previsto traspaso de soberanía como única vía de futuro.

La estabilización de Irak pasará también por unas elecciones libres. Para entonces, el fracaso de la operación iraquí de Bush será patente: ha enrarecido las relaciones entre EEUU y Europa, la imagen del país en el exterior está por los suelos y ha demostrado ser la peor estrategia en la llamada 'guerra' contra el terrorismo. Esta guerra significa, sin lugar a dudas, errar el tiro en una lucha por cercar a los terroristas, que en el escenario iraquí han encontrado una fenomenal plataforma para proyectar sus acciones a todo el mundo. En estas circunstancias, el mayor crimen que se podía sumar a la criminal política dirigida por Bush apareció también en escena: las torturas. No deberían sorprender los atroces atentados a los derechos humanos en las cárceles iraquíes cuando es evidente el rechazo al derecho que impregna las actuaciones del gobierno de Washington. La tortura llevada a término por el ejército pero planeada desde los cuarteles políticos de la actual Administración no ha tenido mayores consecuencias sobre los responsables, con Rumsfeld a la cabeza. Es por ello que no faltan elementos para que el pueblo estadounidense tenga ante sí el deber de juzgar la política de Bush, ya imposible de enmendar. En las urnas puede saldar cuentas con los gobernantes que, en palabras del ex vicepresidente Al Gore, han llevado a EEUU a la mayor catástrofe estratégica de su historia.

6 de junio de 2004

La regulación antitabaco

Alrededor del consumo de tabaco se ha generado un apasionado debate sobre sus efectos y sus razones. En la discusión no faltan, como es lógico, las consideraciones éticas. Es evidente que el tabaco no es un producto inocuo: sus consecuencias afectan a demasiados aspectos de la salud pública y la calidad ambiental, y en consecuencia se justifica plenamente una atención especial. Se puede decir que la batalla principal la vienen librando las autoridades gubernamentales y los fumadores más predispuestos a defender sus hábitos frente a la intervención estatal. Los objetivos de los gobiernos se resumen en la protección de los ciudadanos del uso de un producto objetivamente dañino. El cerco legal y fiscal al que se somete es coherente con los objetivos. El tabaco, sin embargo, no es prohibido como sí ocurre con otras drogas. El error está en el prohibicionismo aplicado a esos otros productos. Porque si se prohibiera también el tabaco, no se estaría sino estimulando su consumo.

Es viejo el mecanismo de la seducción de lo prohibido. Hay autores, como el español Jovellanos, que ya establecieron que se contribuye a aumentar el capricho de estimar lo preciado de un producto con la prohibición del mismo. Pero entre la prohibición y la libertad irrestricta hay un margen de legítima regulación en el que las autoridades se mueven para conseguir un marco óptimo del consumo de tabaco. Ocurre además que el consumo es adicción en la mayor parte de los casos: la sanidad pública tiene que ocuparse de los efectos sobre la salud de los fumadores sin olvidarse de las difíciles tareas de prevención. No hay nada más conflictivo que un esfuerzo continuado por advertir de los riesgos de cierta actividad a un sector de población que en gran medida hace oídos sordos. El Estado puede terminar pareciendo que impone una moralidad cuando intenta dirigir los hábitos de los ciudadanos en función de criterios estrictamente sanitarios. Es el peligro de intervenir en aspectos tan delicados.

A pesar de todo, en los últimos tiempos hay un cierto consenso en la estrategia antitabaco. Los perjuicios de fumar en lugares públicos no repercuten únicamente en quien decide cargarse sus pulmones: está el mal indirecto producido a los fumadores pasivos. La controversia mayor se establece en la definición de los límites. ¿Dónde termina la libertad del fumador y empieza el derecho a la salud de quienes padecen sus costumbres? La regulación antitabaco es necesaria, aunque los empecinados defensores de una pretendida tolerancia que se les debe a los fumadores piensen lo contrario y denuncien la supuesta 'cruzada' contra ellos. El problema vendrá siempre de la determinación de a qué lugares públicos se extiende la prohibición de fumar. Porque, lógicamente, nunca se prohibirá fumar, pero «no aquí»: esa es la lección que algunos fumadores quizás no han aprendido. Los espacios libres de humos deben ir en aumento, pues no se entiende que con el tiempo no vaya a menos una adicción tan molesta como el tabaco.

30 de mayo de 2004

El Ejido y los pastores de la xenofobia

Con la llegada de un gran número de inmigrantes, esta sociedad se embarca en una de las transformaciones más profundas de las últimas décadas. Se dice que España vive este cambio de forma acelerada, en contraste con otros países europeos más acostumbrados a acoger emigración de áreas menos desarrolladas. Surge de repente, también, el 'problema' cultural: da la impresión de que todo conflicto que se genere tendrá como barrera insalvable la cultura de quien se afinca en tierra europea. No es cierto. Los inmigrantes no están en el centro de un choque de culturas, sino con bastante frecuencia en el centro de un conflicto económico en el que son la parte débil: el trabajo barato, en el filo de la legalidad, que tanto sirve a nuestra economía para exhibir orgullosa cifras de crecimiento del PIB. Sin embargo, tampoco hay que negar que la convivencia, en el plano más social de lo cotidiano, suele no ser fácil. Decimos con bastante insistencia que el esfuerzo ha de ser compartido, para que exista un clima de respeto mutuo entre los de aquí y los que vienen de fuera. La integración de los inmigrantes como ciudadanos de pleno derecho nos conviene a todos. Y es por ello que quien pone piedras en el camino debe ser amonestado por la sociedad. La convivencia es, por definición, algo difícil y conflictivo. Pero no es un concepto vaporoso al que recurramos cuando toque: la convivencia se da todos los días en las ciudades y en los pueblos.

Es en el escenario urbano, en el que forzosamente conviven personas muy diferentes entre sí, por diversas circunstancias, donde empezamos a encontrar dificultades. El Ejido es la localidad del poniente almeriense que más ha prosperado por la implantación de una agricultura intensiva. En el importante aumento de población experimentado, los inmigrantes representan un papel crucial. No es una circunstancia menor que el modelo social desarrollado haya colocado en la marginalidad a un buen número de los trabajadores extranjeros que se buscan la vida en el sector sumergido de la economía ejidense. En este contexto, los lamentables sucesos de hace cuatro años, que reeditaron la «caza del moro», han instalado en el inconsciente colectivo la sombra del racismo. Un conflicto no resuelto parece enturbiar la convivencia en El Ejido. La normalidad cotidiana se ve alterada cada vez que salta a los medios una situación insostenible o unos acontecimientos incomprensibles para el resto de la sociedad. Este es el caso del alboroto que se ha formado por el espectáculo que protagonizan los políticos locales. Recientemente, ha sido confirmada la sentencia que condena a dos agricultores a quince años de prisión por haber apaleado y secuestrado a tres personas en El Ejido. Los hechos, acaecidos en 1997, fueron una muestra de agresión brutal a inmigrantes de origen magrebí.

Alrededor del caso, de quiénes eran los tres agredidos y de las 'razones' que llevaron a los dos vecinos de El Ejido a actuar de manera violenta, seguramente sobrevuela una versión indecente de los hechos que encaja demasiado bien con los prejuicios y con el recelo que bastantes ciudadanos mantienen sobre los inmigrantes. Lo cierto es que una petición de indulto para los condenados ha sido firmada por 50.000 habitantes de la comarca. Una iniciativa de recogida de firmas, con dudoso origen, que ha convencido a miles de ciudadanos y que ha adquirido relevancia tras ser llevada al pleno del Ayuntamiento de la localidad. Allí fue aprobada por la unanimidad de los concejales, aunque los de la oposición socialista se arrepintieran a posteriori. Todos los partidos se escandalizaron por el apoyo, cuanto menos indirecto, a la agresión racista. Pero el Partido Popular se mostró dispuesto a 'comprender' la actitud de sus concejales en El Ejido, donde gobierna con mayoría absoluta. Error mayúsculo: un partido que se dice de centroderecha consintiendo la irresponsable actitud de unos dirigentes locales que intentan emular el 'lepenismo'. Los populistas juegan en el mismo campo que los grupúsculos de la agitprop xenófoba y anti-inmigración que tanto daño hacen a la convivencia. El apoyo institucional del alcalde de El Ejido a la xenofobia de ocasión lo convierte en un verdadero pastor de la intolerancia.

23 de mayo de 2004

El europeísmo y los fantasmas inexistentes

Europa era un continente a reconstruir hace poco más de cincuenta años. El esfuerzo y la ilusión de un buen puñado de europeos nos llevó un poco más allá: Europa debía ser el proyecto de un mundo a construir. La segunda mitad del siglo XX vivió ese fascinante proceso en el que los países olvidarían sus diferencias para edificar una patria común, una Europa basada en la proyección hacia el futuro una vez las naciones han saldado sus cuentas con su tantas veces oscuro pasado. Es por ello que la integración en el seno de una Unión de Estados consiste en una continua e imparable construcción de un nuevo espacio; al principio, primándose los avances en la integración económica, y después en los aspectos puramente políticos. Un espacio público distinto en el que terminarían diluidas las viejas referencias, lo que implica una voluntad explícita en favor de un cambio casi revolucionario: abrir las estructuras de unas sociedades con un importante grado de nacionalismo a la adhesión al proyecto europeo de vocación más amplia. En sucesivas ampliaciones ha quedado demostrado que el impulso a la actual UE llegó también con la entrada de nuevos miembros.

El europeísmo ha sido más que una ilusión que ha contagiado a ciudadanos de países muy distintos. Los beneficios de una Unión completa son defendidos al tiempo que se impulsa con responsabilidad el proceso constituyente que hace del territorio integrado en la UE un gran espacio en el que priman los valores universales compartidos y bajo el cual se desarrolla un modelo de convivencia incluyente. El europeísmo es un pensamiento trasversal a todas las ideologías; es por ello que no ha podido ser desactivado por quienes quieren echarle el freno a una Europa que devora viejos mitos. El entendimiento entre diferentes ha generado a partir de este proyecto aquella utopía que, dicen, es la última que queda en pie: la utopía llamada Europa, basada en un ciudadano cosmopolita y en una identidad abierta a la diversidad. El tradicional enemigo de esta energía que ha impulsado cíclicamente la integración en la UE es el euroescepticismo. Abandonar lo antiguo para edificar algo nuevo para las próximas generaciones es siempre difícil, y en no pocos países ha imperado la actitud escéptica hacia lo que un continente unido podía aportar. Pero no es éste el principal enemigo.

Una vez se ha visto en la práctica que junto a la integración se ha ido abriendo paso un cierto modelo europeo de sociedad, con sus ventajas y sus defectos, muchos han lanzado una cruzada para desprestigiar el europeísmo con una defensa apasionada del modelo en ciertos aspectos antagonista: la sociedad USA. Se ha generalizado un antieuropeísmo primario que querría dirigir la UE hacia una pervivencia de Estados nación asociados bajo el manto de una autoridad que imite o, en su caso, se atenga a la visión del mundo que nace en Washington. Esto se ve en España con la propagación de fantasmas inexistentes que atentan contra nuestros intereses. Hay quien se ha creído el cuento de que el europeísmo español era una insensata ingenuidad propia de recién llegados al club; dentro de ese esquema teórico, se ha arremetido contra la idea de Europa para despertar a los 'ingenuos' de la pesadilla de una UE controlada por el eje francoalemán. Los intereses particulares existen, cierto. Pero la pretendida tiranía que Francia y Alemania imponen a los demás europeos es sin duda el principal y casi único argumento -falaz- de quienes reavivan al patriotismo local frente a Europa.

16 de mayo de 2004

El alzheimer y la justicia social

El avance en la consolidación de unas adecuadas políticas de bienestar -conformes a la demanda de la sociedad- suele generar, según dicen algunos estudiosos de la ciencia política, un estado de permanente reivindicación por parte de diferentes grupos sociales. Los más ortodoxos defensores de la doctrina liberal siempre han visto con recelo el gasto social unánimemente aceptado por los ciudadanos. La razón: ese nivel incuestionable de gasto será el primer paso de posteriores aumentos incontrolados del gasto público con el objeto de cubrir muy distintas necesidades. La intervención estatal puede ser sustituida por servicios cuya provisión es decidida por la propia sociedad, se argumenta. Pero lo que no llega a comprender este razonamiento es la idea de justicia social que moviliza la exigencia ciudadana en torno a cuestiones básicas como la sanidad, las pensiones y la educación. Se demanda al Estado una actuación efectiva en determinados aspectos del bienestar social por considerar que el acceso a tales servicios representa la conquista de un nuevo derecho. De modo que una ampliación del radio de acción de las políticas sociales constituye, antes que un motivo de preocupación para los piadosos detractores del gasto público, un logro en términos de igualdad por la garantía de un nivel mínimo de bienestar para todos los ciudadanos.

En países como España, un campo en el que el Estado del Bienestar tiene camino para avanzar es el del cuidado de las personas dependientes. Representan la parte más débil de una sociedad que actualmente descarga el mayor peso de su cuidado en la familia. Del conjunto de personas dependientes que precisan una especial atención, uno de los sectores más numerosos es el de enfermos de alzheimer. El impacto que este mal tiene sobre la vida de las familias es considerable. La mayoría de los enfermos son cuidados en su propia casa o viven con alguno de sus hijos, y es conocido que la ayuda pública es escasa. El alzheimer no tiene todavía cura y su diagnóstico es difícil; en una sociedad cada vez más envejecida será vital avanzar en la prevención de esta enfermedad, que en bastantes casos no espera a lo que conocemos por 'tercera edad' y empieza a manifestarse antes de los 65 años. Lo que genéricamente era llamado en el pasado demencia senil es hoy, en una mayoría de afectados, el mal que definiera el neuropsiquiatra alemán Alzheimer a principios del siglo XX. En todos los enfermos se presentan, en cualquier caso, los mismos síntomas: pérdida de facultades mentales, trastornos de la conducta y de la personalidad, incapacidad progresiva para manejarse por sí mismo. A más edad, mayor número de personas que caen en las garras del alzheimer.

La degeneración neuronal es como una plaga que ha caído sobre la sociedad que históricamente está alcanzando una mayor esperanza de vida. Se dice que el alzheimer mata dos veces: primero la mente y después el cuerpo. Y lleva a muchas familias a vivir insoportables momentos de crisis por el trastorno que supone un padre o una madre que vive sus últimos años bajo este mal. El coste emocional, afectivo, temporal y también económico es inasumible en demasiados casos. Los parientes a los que toca hacerse cargo del enfermo comprueban los efectos indirectos del alzheimer en sus propios hogares. La asistencia del Estado queda reducida a unas muy escasas plazas en residencias y a limitados servicios. Las consecuencias sociales de la enfermedad requieren una mayor atención; el Estado del Bienestar habrá de adaptarse a las nuevas necesidades derivadas del envejecimiento. La dimensión sociosanitaria del alzheimer demanda que se le opongan recursos suficientes destinados al tratamiento especializado en la sanidad pública y el aumento del número de casos va a significar que la atención domiciliaria sea un pilar fundamental de las políticas sociales en las próximas décadas. El cuidado de los mayores debe estar en la 'agenda' de las preocupaciones sociales como lo está en la vida de las familias que tratan a diario con el alzheimer.

9 de mayo de 2004

Muhammad Yunus y los microcréditos

La pobreza no es únicamente falta de recursos económicos para cubrir las necesidades básicas. Implica también una falta de autonomía que lleva a quien la padece a vivir en un círculo vicioso en el que su trabajo se desarrolla bajo el dominio de otros. Una de las carencias de los pobres, en el contexto de una economía de mercado, es el acceso al crédito personal. La libertad económica consiste también en que todos por igual gocen del derecho de tener una oportunidad para salir de una situación de miseria. Así lo entendió Muhammad Yunus: un doctor en Economía que dejó de lado las elegantes teorías macroeconómicas que enseñaba en la Universidad para buscar soluciones prácticas, mucho más útiles que los planteamientos teóricos alejados de la realidad que explicaba en las clases, a la pobreza de su país, Bangladesh. Inventó el microcrédito, instrumento que sirve a los pobres sin más recurso que su trabajo obtener el dinero necesario para salir de la dependencia. El crédito personal estaba vedado a cualquiera que lo solicitase sin aval. Atajar tal injusticia fue el objetivo que se marcó Yunus al dar en 1976 los primeros pasos hacia la fundación del Banco Grameen, convirtiéndose de este modo en el "banquero de los pobres" y creador de un modelo de ayuda a los necesitados que ha sido implantado en más de 60 países desde entonces.

Los bancos comerciales se olvidan de los pobres. Grameen no dejó de utilizar el mismo modo de funcionar de éstos para ponerse en marcha. Pero su clientela es distinta: los más pobres entre los pobres. No tienen propiedades, la única garantía es su vida y el éxito de la iniciativa que echará a andar gracias al microcrédito. El vínculo que une al cliente y el banco es la confianza. La cantidad de dinero que reciben es pequeña y el mecanismo de devolución -mediante pagos semanales- hace que sea menos costoso el proceso para el beneficiario. Los préstamos del Grameen son reembolsados junto a sus intereses en la mayoría de los casos: la tasa de devolución, por encima del 90%, es superior a la de los otros bancos. Y, contra el pronóstico de quienes en Bangladesh creían que Yunus era un loco profesor que no sabía nada de bancos, el invento funciona. La historia empezó cuando se decidió a prestarle a una mujer que fabricaba taburetes de bambú en su casa el dinero necesario para comprar los materiales. Así consiguió librarla de la dependencia respecto del intermediario. A partir del momento en que la idea se generalizó, los miles de sucursales del banco repartidas por las aldeas rurales del país proporcionaron a quienes no tenían nada los recursos necesarios para emprender una actividad independiente.

De los más de tres millones de clientes del Grameen, un 95% son mujeres. La experiencia ha demostrado que las mujeres administran los ingresos en favor del bienestar familiar mejor que los hombres. Los préstamos que reciben son aprobados tras formarse grupos de cinco personas, lo cual proporciona a los clientes la posibilidad de una ayuda mutua e incentiva la devolución por solidaridad con el grupo. Aunque el microcrédito ha funcionado también en países desarrollados, su efecto casi milagroso aparece en casos de subdesarrollo. Yunus desconfía de los programas de ayuda a gran escala, en los que la burocracia de los gobiernos se queda con la mayor parte del dinero. Actuar en el ámbito individual se ha mostrado más productivo. El efecto que se consigue es que tras mejorar la situación de una familia, las demás siguen el mismo camino; el desarrollo individual impulsa el desarrollo económico de la comunidad. La mejora en el bienestar termina produciendo un cambio social, gracias al dinamismo que se genera, que pocos habrían esperado. Los éxitos del Grameen tratan de ser emulados: no faltan situaciones de subdesarrollo sobre las que trabajar. Yunus confía en que el microcrédito siga funcionando allá donde se aplique, porque siempre es posible despertar la iniciativa de los más desfavorecidos para que puedan salir del pozo de la pobreza.