28 de diciembre de 2003

Dos mil tres quejas y un ojú (y II)
No le veo otra lógica a estos doce meses que ahora terminan que la de un predominio de la queja y el lamento. Cuando se retira la tolerancia a los cuarteles de invierno, los excesos siempre generan agravios y se retroalimenta la intransigencia. Al negarse las posibilidades del diálogo, los despropósitos cotidianos están reavivando de igual manera el sufrimiento de las víctimas y el victimismo. En el momento en que la política se convierte en un ordeno y mando, volvemos, en fin, al más ramplón insulto a la inteligencia de los ciudadanos. Todo ello nos devuelve la necesidad de entonar quejas ante una autoridad que ni sabe ni contesta. El ritmo del 'Ojú' del trío Las Niñas ha sido, por tanto, fiel registrador del espíritu de este 2003. Hemos tenido demasiadas razones para protestar y, posiblemente sin querer, vamos a dejar este año con el recuerdo de una hilera de quejas por los más variados motivos. Algunas, incluso, sin fundamento real, como esa preocupación tan provinciana por la unidad de España, por no nombrar las falaces reafirmaciones nacionalistas. Afortunadamente, el mundo no se acaba en esas fronteras tan próximas que unos y otros reivindican y defienden: el 2003 ha sido, también, el primer año de la protesta global.

Crecieron durante estos últimos meses muchas cuestiones de atención preferente que antes apenas estaban haciéndose un hueco en la opinión pública. Fue la guerra quien se llevó el protagonismo al suscitar en su contra un grito unánime que resonó en las más alejadas ciudades del planeta. Pero creo no equivocarme al decir que durante este año se han consolidado muchas inquietudes. Y no sólo por el incierto futuro que nos depara el panorama internacional, sino también por las preocupaciones sociales y la micropolítica. La violencia ejercida contra las mujeres ha vuelto a ser, con contundente coraje, un motivo de denuncia urgente por parte de la sociedad. Otras batallas, a las que casi acabamos de empezar a prestarle atención, son la de la siniestralidad laboral y la de los accidentes de tráfico. Muertes absurdas en una sociedad desarrollada que evita la enfermedad -como la epidemia de sida que sufre África, un nuevo foco de catástrofe humana que pasa por delante de nuestras narices sin que nos demos ni cuenta-, pero que tiene una larga lista de agujeros en su bienestar social. Muertos por accidentes aquí y, paradójicamente, muertos en el Estrecho por intentar llegar hasta aquí en busca de un futuro mejor. Otro drama que no cesa: el desembarco mortal de las pateras.

Aunque sea débilmente, algo se ha despertado en 2003 para poder afirmar que los problemas que han de ser resueltos en el próximo futuro no constan únicamente como preocupación de los poderes públicos: hay una demanda social, esperemos que cada vez más fuerte, que empuja a la búsqueda de soluciones. Al terminar el año, la fatalidad nos devuelve, sin embargo, incluso un poco más de lo mismo de este 2003 empantanado por los desastres: el terremoto en Irán. Este tipo de catástrofe natural, impredecible y de consecuencias inversamente proporcionales al nivel de desarrollo del país, desanima cualquier esperanza de quienes precariamente viven en un mundo desigual en el que hasta un temblor de tierra es peor en un zona rural de Oriente que en un ciudad del Norte occidental. Decenas de miles de víctimas: esos sí que son efectos de la inseguridad. Este año nos ha salido mal, no hay por donde cogerlo; pero lo cierto es que tampoco lo podemos repetir. La queja universal debe servirnos, al menos, para impulsar salidas a tantas crisis irresolubles y a tantos desastres que amenazan con perpetuarse. Cuando sale un balance anual tan negativo, es preferible quedarse con el lema del optimista pragmático: por lo menos, peor no puede ser 2004.

21 de diciembre de 2003

Dos mil tres quejas y un ojú (I)
Al finalizar el año, a algunos nos gusta buscarle un signo distintivo que lo clasifique en el archivador del recuerdo con una lógica, en cierto modo sentimental, pero acorde con la realidad de lo ocurrido en el mundo. Así, el 2002 fue el 'año Aserejé' por algo más que el sonado éxito musical de Las Ketchup con esa canción que salió de Córdoba para recorrer medio mundo. El pasado año estaba, además, impregnado por el aserejé de la despreocupación y el carpe diem, que se impusieron como bálsamo que curara el miedo que a los habitantes de este planeta les había metido en el cuerpo un 11 de septiembre que no se iba a borrar fácilmente de la memoria. 2002 simbolizaba el respiro que nos habíamos dado para asimilar que algunas cosas iban a cambiar. Pero hace justo doce meses ya podíamos presentir que esa tranquilidad momentánea se esfumaría pronto: el 2003 ha sido, ante todo, un año 'serio'. El espacio público ha dejado de ser un lugar donde importe ser simpático para pasar a convertirse en escenario de las firmes convicciones, las inquebrantables creencias y los decididos empeños de los gobernantes en satisfacer los bajos instintos de una parte de la ciudadanía.

La seriedad de la política de 2003 se demuestra con la relevancia adquirida por los acontecimientos ocurridos este año y que vertebran la gran preocupación de esta época: el futuro incierto. El desafío del terrorismo, en pretendida conexión con el belicismo desatado en Irak, alimenta el apuntalamiento de un orden en supuesta amenaza constante, y para ello actúa la generalizada inseguridad como argumento polivalente que justifique la actual deriva hacia el caos. Nada más lejos del 'orden' que la defensa de éste generando incertidumbres y nuevos problemas. La guerra a la que la opinión pública se ha tenido que enfrentar ha traído caos y destrozos en más de un plano de análisis, además de en el propio Irak. Por un lado, las relaciones internacionales están empantanadas, justamente ahora, cuando la globalización demandaba nuevas formas de gobernación globales. Y por otro, los ímpetus belicistas demostrados desde el poder han alejado a los ciudadanos de la toma de decisiones y enfrentado las opiniones en un ambiente crispado y manipulado por los instintos a los que me refería: pasiones patrióticas y esencialismos excluyentes.

Debido a la arrogancia del poder, la discrepancia política ha tenido que recurrir a la queja y a la protesta, instrumentos que nunca son tenidos en consideración por quienes se sitúan como gobernantes en un plano superior de discernimiento. Los ciudadanos han necesitado expresar su disconformidad para dejar claro ante quienes escriben la historia que rumbos equivocados con consecuencias tan graves, como los que van tomando los estrategas de la guerra, no se eligieron ante la unanimidad silenciosa de la mayoría de la sociedad. Es por ello que lo que nos ha traído el 2003 pueda ser perfectamente explicado con lo representado por la conocida canción del grupo Las Niñas. El rap flamenco de 'Ojú' simboliza que nos hemos vuelto serios para declarar que la gente está harta de demasiadas cosas. Porque 'la guerra es mu perra', y a Bush y sus acólitos no se les puede olvidar que el momento de lanzar el primer ataque supuso también la última gota que colmó el vaso de la serenidad ciudadana. El año que termina fue el del resurgir de un espíritu crítico que se manifestó tomando como bandera el civismo necesario en momentos tan agresivos como el presente.

14 de diciembre de 2003

Los europeos y el envejecimiento
Entre los cambios demográficos más significativos que comporta la modernización de las sociedades europeas está la caída de la tasa de mortalidad paralela a la de natalidad. Si tras el 'baby boom' el número de nacimientos es menor cada año, hemos de reconocer que un cambio inexorable nos conduce al envejecimiento progresivo de la población. Esto quiere decir que avances indudablemente positivos -ampliación de la esperanza de vida, control de la natalidad- llevan aparejados un resultado paradójico del desarrollo: a mayor desarrollo, población más vieja; situación que dista de ser 'deseable' para el avance social. Por un lado, se considera la juventud factor imprescindible para el progreso sostenido de la sociedad y, por otro, una vez alcanzado un determinado status, el envejecimiento se convierte en una amenaza para la conservación del desarrollo. Es tan inquietante el tener que administrar la vejez como efecto de las sociedades avanzadas que, al menos públicamente, retrasamos la toma de conciencia y el cambio de mentalidad necesarios. La inmigración como factor que reequilibra la situación demográfica -ingreso de población joven, mayor natalidad- da un respiro a las viejas sociedades europeas. Pero seguimos practicando el culto a la juventud, que se vuelve un bien escaso, por la inseguridad de un futuro con una pirámide poblacional de difícil manejo.

Hay una cuestión que lleva rondando el debate sobre el envejecimiento desde hace años: se trata de la viabilidad de los sistemas de pensiones. Si en Europa creemos de verdad en el Estado del Bienestar, habremos de encontrar en el marco de las políticas públicas los cimientos de unas prestaciones seguras para todos los jubilados cualesquiera que sean las circunstancias. Porque es posible y porque el incremento de población de la 'tercera edad' implica nuevas necesidades que las políticas de bienestar no pueden obviar. A pesar de la ola dominante en materia de desmantelamiento del Estado de Bienestar, hay que incidir en que lo público no debe quedar al margen de la actual trasformación demográfica, de la misma manera que no puede desentenderse de las políticas sobre la familia. Países como España tienen aún un camino por recorrer para alcanzar niveles de servicios sociales comparables a los de otros estados de la UE. El envejecimiento demanda, por ejemplo, una atención domiciliaria a los ancianos que lo necesiten para resolver la dependencia que tienen de unas familias en las que todos sus miembros están activos. Desde otro ángulo, es indudable que ahora mismo el trabajo de muchos abuelos en el cuidado de sus nietos es imprescindible para que ambos, en una pareja con niños, trabajen fuera de casa. Los 'mayores', como se les llama, siguen siendo tan útiles como cuando fueron jóvenes.

Aprovechar la valiosa aportación de los viejos a la sociedad, y recompensar su esfuerzo con la cobertura de las necesidades básicas, debe ser el principio rector de las políticas públicas en esta sociedad envejecida. La jubilación tiene que adaptarse a las diferentes situaciones que se dan cuando de relevar a la gente de más experiencia se trata. Hay trabajos en los que una jubilación temprana facilita las cosas tanto a quien pone fin a su vida laboral como a quienes se incorporan a ese sector. En cambio, el caudal de capital humano atesorado por otros tantos trabajadores en edad de jubilación no debiera ser desperdiciado retirando de la circulación a personas que tienen cada vez una mayor expectativa de larga vida. La jubilación ya no significa que se esté cercano a la muerte, al contrario de lo que decía el viejo de «La hoja roja», la novela de Miguel Delibes: los 65 años no son la edad en la que aparece la hoja roja, que indica el fin, en el librillo de papel de fumar. Esa señal de decadencia vital llega ahora, gracias a los avances en materia de salud, a una edad cada vez más avanzada. El envejecimiento de la sociedad europea comporta cambios que pueden ser afrontados racionalmente. Del buen arreglo que se encuentre a lo que actualmente vemos con temor depende que vaya evolucionando el concepto que tenemos de la juventud y la vejez. Esa aceptación de que somos cada vez más viejos puede traernos cosas buenas, ¿quizás un poco más de sabiduría y templanza al estilo 'vieja Europa'?

7 de diciembre de 2003

La UE y las dos orillas del Mediterráneo
La Unión Europea considera un objetivo prioritario establecer lazos con las áreas geográficas adyacentes. Las sucesivas ampliaciones de la Unión tienen un límite evidente que, en el caso de la frontera sur, está claramente marcado por el mar Mediterráneo. Si positivo para los países europeos es pensar en una futura integración o, en su defecto, relación estrecha con los países balcánicos, el Cáucaso y Rusia y las demás repúblicas ex soviéticas, mirar hacia la otra orilla mediterránea implica no sólo consolidar una nueva área de influencia, sino también ayudar a que los países del Magreb encuentren una vía de desarrollo económico y social. La cooperación Euromediterránea se empezó a concretar en la cumbre de Barcelona en 1995 y supone un pilar más en el que las relaciones exteriores de la UE se impulsan conjuntamente, aunque las dificultades empiezan al existir diversidad de intereses en la otra parte: los países del Magreb árabe, por ejemplo, no suelen unir sus fuerzas por las diferencias que los separan. Por un lado, tenemos el problema del Sáhara y el pulso que mantiene Marruecos con sus vecinos; en otro orden, no hay que olvidar el conflicto de Oriente Próximo, que imposibilita un acuerdo global sobre seguridad y estabilidad en el Mediterráneo. La estabilidad se considera, además, requisito para que den resultado la cooperación económica y financiera y el fomento de las interrelaciones sociales entre estos países y con la UE.

Con el fin último de una mayor cohesión regional a través de la cooperación en todas las áreas, el proceso euromediterráneo se marca tres objetivos que han sido resumidos de la siguiente forma: lograr un área de paz y estabilidad en el Mediterráneo, promover el conocimiento y entendimiento entre los pueblos y fomentar la sociedad civil y crear una zona de libre cambio. No hay duda de que se ha puesto complicado avanzar en los dos primeros objetivos con el panorama internacional desatado tras el 11-S; y la consecución de un área de libre comercio entre las dos orillas no puede sino ser considerado, lógicamente, un logro parcial e insatisfactorio. Si no se obtiene una mayor relación entre las poblaciones de los países europeos y norteafricanos, el mero crecimiento económico y comercial no aportará mucho al desarrollo paralelo de las sociedades mediterráneas. Los acuerdos en materia de libre cambio, incluso, han perjudicado la cohesión al proporcionar un beneficio desigual: la UE ha visto ampliados los mercados para sus productos, al mismo tiempo que los productos agrícolas del Magreb no eran incluidos en las condiciones acordadas entre ambas zonas comerciales. La cooperación a través del comercio se debe dar con justicia y favoreciendo la equidad: que exista más interdependencia que subordinación y que se fomente la reducción de la desigualdad económica interna.

La región euromediterránea concentra el interés comunitario de enmarcar la convergencia interna de la UE en un panorama de disminución de las desigualdades con los países vecinos. El abismo que separa la prosperidad europea con el carácter de países emergentes -según la jerga política- de las sociedades del Magreb tiene que ser abordado para no dejar la emigración como única válvula de escape para la miseria de la otra orilla del Mediterráneo. La cooperación, las inversiones, se unen al flujo de población que se integra en Europa y que enriquece a la vuelta sus países por la apertura que conlleva toda interrelación. Las cumbres que se celebran, sin embargo, no están dando más resultado que declaraciones de buenas intenciones que no se llegan a cumplir. Un resultado deseable de la cooperación euromediterránea es el avance en materia de derechos humanos, que se deja en ocasiones fuera de la agenda para no molestar a los gobiernos del sur. Uno de los programas más interesantes que se deberían llevar a la práctica es el del cuidado medioambiental de las aguas que compartimos, las del 'mare nostrum'; pero a la hora de financiar los acuerdos a los que se llegan son los gobiernos del norte quienes miran para otro lado. El acercamiento es indudablemente positivo. Lo único malo de esta cooperación entre las dos orillas del Mediterráneo es que pasen los años con la frustración de unos avances inexistentes y unos compromisos incumplidos.