30 de noviembre de 2003

Libre comercio e hipocresía
Una de las mayores muestras de hipocresía en lo que respecta a las políticas económicas es aquella recomendación que han venido realizando algunos adalides del neoliberalismo: "haz lo que te digo, no lo que hago". A los países subdesarrollados se les ha vendido la economía del libre mercado al mismo tiempo que se les proponían unas políticas que los propios países ricos no aplicaban para sí mismos. Las exigencias que impone la libertad económica son dogmas a respetar por los gobiernos periféricos y no por los gobiernos de las potencias industriales. En momentos de crisis, ahí tenemos las recetas keynesianas que está aplicando el Gobierno de Washington, sin ir más lejos: despreocupación por el déficit público que no se podía esperar de egregios defensores del Estado mínimo. La austeridad en el gasto, sobre todo cuando éste es militar, queda para otros: no para EEUU. La Unión Europea también incurre en las contradicciones propias de ese ambiente triunfante de las políticas liberalizadoras frente a realidades que nos demuestran que la práctica siempre es otra cosa: cualquiera de esas bonitas teorías que realzan las bondades de más mercado evidencia su escasa validez práctica cuando es arrinconada por gobiernos que se dicen liberales. Los templos del libre comercio -y en este caso EEUU se puede erigir en primera posición- son, en la experiencia de aplicación de medidas que resguarden sus intereses, los primeros que abogan por el proteccionismo.

La actual Administración estadounidense está caracterizándose por el poco apego a la doctrina oficial de derribo de barreras arancelarias en lo relacionado con su propia política comercial. Ha establecido aranceles a algunos productos agrícolas y al acero, convirtiéndose esta última medida en motivo de una guerra comercial en la OMC, donde la denuncia de la UE ha terminado con un veredicto contrario a EEUU por esta práctica perjudicial para los intereses del comercio internacional. Pero ha sido Greenspan, el presidente de la Reserva Federal, quien más ha levantado la voz para señalar el peligro de esta vuelta al proteccionismo. Considera, con buen tino, que estas restricciones podrían afectar a los procesos de globalización, y de ésta depende la salida al grave problema del déficit comercial de EEUU. De tal forma que si no se mantiene el volumen de comercio, el déficit tendría que ser salvado con una mayor depreciación del dólar, que poco beneficia a la posición preponderante de esta moneda en el mundo. Para colmo, los aranceles a la importación de acero que Bush ha impuesto pueden generarle, al quebrantar normas de la OMC, millonarias sanciones por parte de la UE que se materializan en elevados aranceles para productos estadounidenses -como ropa, frutas y motocicletas- que se fabrican en regiones cruciales para la reelección de Bush el año próximo. El interés por proteger a los sectores más mimados de su industria le puede salir a Bush bastante caro por el descontento de los perjudicados por las sanciones europeas.

Otro de los episodios proteccionistas se ha vivido por el paternal apoyo que EEUU quería prestar a sus productores al restringir mediante cuotas las importaciones de textiles de China. Con esta medida, que levantó fuertes protestas, se pretendía detener la pérdida de empleos en las llanuras industriales estadounidenses. Sin embargo, no son sólo los aranceles las barreras al comercio que los países pueden utilizar para contentar a los empresarios locales. El incremento de los controles -sanitarios y similares- o la exigencia de registros sirven para desincentivar importaciones: un ejemplo de estas prácticas es lo que parece que puede ocurrir con una ley sobre bioterrorismo en EEUU, la cual obligará a fábricas en otros países a someterse a un control de los procesos de producción y a registrarse en un censo para poder vender bienes agroalimentarios en aquel territorio. Está además el hecho de que hay países pobres que ambicionan un acuerdo que liberalice sus exportaciones de bienes primarios a los principales áreas comerciales, donde la agricultura propia se beneficia de subvenciones. Estos intentos han fracasado en la cumbre de Cancún, que pretendía profundizar en lo acordado por la OMC en Doha. Por un lado queda la batalla comercial entre las grandes zonas económicas, y por otro las consecuencias de esa hipócrita postura de los defensores del libre comercio que practican proteccionismo. Como ha escrito Stiglitz, a los países en desarrollo se les debería dar otra recomendación, bien distinta a la habitual: haced lo que hicimos, no lo que decimos.

23 de noviembre de 2003

El antisemitismo y los beligerantes
Los judíos tienen, como pueblo, una historia plagada de persecuciones y rechazo. No por ello están vacunados contra la xenofobia y la exclusión de otras culturas, sin embargo. El Estado de Israel encarna un dilema, desde el mismo momento en que Europa obliga a los judíos a refugiarse en un lugar donde vivir libres de las garras del antisemitismo. Se trata de la contradicción entre un pueblo que buscó su sitio en la diáspora y que, cuando le toca reivindicar un Estado hebreo, se termina apoyando en la separación y la discriminación hacia otros pobladores de una tierra donde todas las religiones del Libro poseen lugares santos. El antisemitismo es la enfermedad de una sociedad europea que, con la sofisticación del siglo XX, pudo cometer el mayor crimen imaginable contra un pueblo. Los judíos tienen aún, sesenta años después, que acarrear con las consecuencias del Holocausto y la locura nazi. Una de ellas es la pervivencia de la semilla racista antijudía en el mundo. Otra, la eternización del conflicto entre árabes e israelíes en Oriente Medio. No obstante, la conexión entre estas dos realidades, a principios del siglo XXI, nos plantea una cuestión delicada para la paz en la zona: ¿son los críticos de Israel los nuevos antisemitas? La judeofobia es creciente, pero no es una plaga ideológica. El adoctrinamiento integrista en Palestina es un obstáculo evidente para la convivencia. Pero veamos los resultados de una encuesta realizada entre los europeos: el 59 por ciento considera al Estado de Israel un peligro para la paz, al igual que similares porcentajes de encuestados citan a EEUU, Corea del Norte e Irán.

La opinión pública europea es compleja. Pero a pesar de la contundencia de la respuesta de los ciudadanos entrevistados, no se pueden sacar conclusiones apresuradas. La postura negativa respecto de los gobiernos más activos en el combate contra el terrorismo por medios poco ortodoxos -EEUU, Israel- no refleja que estén tan extendidos los odios hacia los pueblos que Bush y Sharon representan como gobernantes. Nadie cree seriamente que el antisemitismo abarque a una mayoría de la población de esta vieja Europa. El apoyo a Israel puede generar en ciertos apologetas de la beligerancia el síndrome paranoico de ver contrarios a sus ideas por todos lados. El sionismo tiene numerosos adversarios que toman los puntos inaceptables de la doctrina extrema de los fundamentalistas judíos como punta de lanza para el análisis de la crisis. Pero la crítica no ha cegado a los sectores que asisten al conflicto palestino-israelí sin enarbolar banderas partidarias: no se niega, en general, la legitimidad de Israel para existir y asegurarse una estabilidad en la convivencia con el pueblo palestino. No procede identificar a todos los judíos con el Estado de Israel, de la misma manera que este Estado, que ha contado con tantos enemigos a lo largo de su corta historia, no es posible asimilarlo a la política errada y agresiva de su gobierno, metido en la espiral de las represalias, la ocupación y el distanciamiento del objetivo de la paz. Sharon es actualmente el principal lastre para la defensa de Israel.

Los judíos tienen que soportar en todo el mundo la mala imagen exterior de Israel, con independencia de la opinión que tengan sobre la política de Sharon. Esto da lugar a que se intente acallar la crítica al gobierno israelí con el reproche de 'antijudío', pero también es evidente que el conflicto en Oriente Medio es la excusa perfecta para la revitalización del antisemitismo. Entre los árabes y musulmanes, el apoyo a la causa palestina sólo con mucha dificultad puede darse separado del uso corriente de los tópicos contra los judíos. La raíz cristiana del antisemitismo, verdadero origen de éste, parecería menos activa, si no fuera por el disfraz que el recelo hacia los judíos está utilizando en occidente para canalizar el efecto Sharon y jugar con la justificación del terrorismo suicida, que no es otro que el de un antisionismo radical que en no pocas ocasiones oculta una judeofobia como la extendida por Europa en tantos pasajes de su historia. Si en España, Alemania o Rusia tuvieron lugar persecuciones intensas a los judíos, aún hoy el alma colectiva de estas sociedades puede estar tentada de resucitar el fantasma del judío como enemigo público del bien común. No hay que olvidar que ese "socialismo de los imbéciles" que es el antisemitismo se agarra tanto a sectores de la izquierda anticapitalista como a los de la derecha que, aunque minoritarios, tratan de impulsar estados de ánimo que faciliten la indiferencia ante el avance del racismo. El antisemitismo vuelve a hacerse notar, y los beligerantes del conflicto palestino-israelí, de uno y otro bando, no hacen sino favorecerlo directa o indirectamente.

16 de noviembre de 2003

El legado joseantoniano
El 20 de noviembre de hace veintiocho años murió un tal Francisco Franco, según leo en el ABC del día 21 de ese mismo mes de 1975 que tengo en mis manos. Es una fecha importante, sin duda, para la reciente historia de España: sin el dictador muerto y enterrado, no habría sido posible una evolución democrática de las instituciones que diera lugar a la instauración del régimen constitucional de 1978. Sin embargo, el peso en la memoria colectiva tiende a ser cada vez menor por la influencia de quienes no vivimos aquellos hechos y los contemplamos con la distancia de las crónicas de la Historia. Es lo normal: todo hito histórico, incluso el que encauza el destino de un país hacia la democracia, acaba siendo un episodio más del pasado que no hace falta recordar continuamente. Ese mismo día, por puro azar seguramente, se conmemoraba el aniversario de la muerte de otro personaje clave del siglo pasado: José Antonio Primo de Rivera, fundador de Falange Española, ejecutado en la cárcel de Alicante el 20 de noviembre de 1936. La dictadura que durante cuarenta años acaudilló Franco le debe mucho a la inspiración intelectual de este “luchador por España” que no tendría culpa alguna por lo que hicieran otros en su nombre bajo el franquismo, según afirman sus más encendidos hagiógrafos. Cabría entonces, al parecer, una revisión de la figura joseantoniana.

Este año se cumple el centenario del nacimiento de José Antonio, y se ha llegado a decir que existe un especial interés en silenciar esta conmemoración, tanto por parte de la derecha -acomplejada por una implícita reivindicación de los valores joseantonianos- como por parte de una izquierda que estaría todavía en el empeño tergiversador de la figura de Primo de Rivera. Quienes esto aseguran olvidan que, en la actualidad, no es el ninguneo el mejor arma contra el fantasma del padre del falangismo, sino la exposición pública e imparcial de su vida y obra. Es ingenuo pensar que a este personaje se le va a juzgar por su poesía o su hondura intelectual, cuando es clara y evidente su contribución política, que es mucho más relevante. Situarlo en su contexto sólo sirve para constatar la tendencia natural de la época hacia los fanatismos ideológicos. Pero no quita mérito alguno a su impresionante labor: trasladar las ideas reaccionarias que circulaban por Europa a la doctrina de un fascismo hispánico. El partido que fundó Primo de Rivera, fusionado con las Juntas nacionalsindicalistas, y posteriormente con los tradicionalistas, se convirtió en el embrión político del frente que ganó la guerra civil. El fascismo desde el poder de la FET y de las JONS -después llamado Movimiento Nacional- es la culminación de la actitud 'rebelde' de los falangistas que durante la República no cosecharon más allá de 45.000 votos.

La principal particularidad de José Antonio, con todo, es que puso las bases del que se consideró pensamiento genuinamente español. El nacionalismo extremo es el motor de este infumable engendro intelectual que predica la excepcionalidad del marco español para edificar un proyecto de nación a golpe de patriotismo, valores eternos y unidad de destino en lo político. Superar la división de izquierdas y derechas para evitar el enfrentamiento entre partidos y clases es el sentido que tiene la amalgama de planteamientos -justicia social, tradicionalismo católico, reivindicación nacional- que la Falange enarbola para oponerse al liberalismo, a la 'amenaza' marxista y al pluralismo ideológico. El legado joseantoniano que algunos sectores quieren recuperar vendría a negar que todas las acciones del régimen de Franco estén inspiradas en la doctrina del falangismo, lo cual significa también obviar el componente violento de los discursos de José Antonio. Aun así, el Centenario que celebran sus seguidores pretende revisar la manipulación a la que ha podido ser sometido este personaje: casi setenta años después, quizás los españoles descubramos en él a un gran intelectual que supo captar las contradicciones de su tiempo. Un referente ideológico que no debemos olvidar. Pero ese empeño no puede sobreponerse al contacto con la realidad, y ésta es que José Antonio fue una figura menor y un pensador irrelevante, cuya ideología fascista únicamente sirve para el contraste con las demás fantasías fracasadas de la Historia.

9 de noviembre de 2003

Prestige, un año después
Las catástrofes medioambientales originadas por los accidentes de petroleros ocurridos cerca de las costas son, a ojos de cualquier observador, una fuente de agravios patrimoniales sin igual en el entorno social en que se generan. Constituyen, en lenguaje científico, una externalidad negativa que produce la actividad del transporte marítimo de mercancías peligrosas y que soporta toda una serie de sectores económicos cuya viabilidad depende del estado de conservación del mar: la pesca, la captura del marisco, el turismo, la restauración, etc. El coste social de este tráfico -tan poco regulado- por nuestros mares sólo se hace palpable tras sucesos como el del Prestige, lo cual lleva a que únicamente el desastre nos devuelva la conciencia de cuánto nos estamos jugando en la preservación del medio ambiente en los lugares donde la misma vida de la gente está volcada a la naturaleza. Sin embargo, en Galicia y otras comunidades afectadas, se ha dado después de un año el 'milagro' de una vuelta a la normalidad que el triunfalismo gubernamental ya se ha encargado de trasladar a quienes no vivimos esa realidad de cerca. Miles de toneladas de fuel llenaron 3.000 kilómetros de costa de chapapote, pero el esfuerzo ingente de la sociedad civil y la inversión pública parece haber devuelto al entorno afectado una existencia alejada del drama de la lenta recuperación: incluso una catástrofe como el Prestige, por lo visto, puede subsanarse en doce meses.

El Prestige no fue el primero, y quizás no sea el último, de los petroleros accidentados en el Atlántico. Se corre el riesgo, aún, de que las actividades poco supervisadas del transporte de fuel nos mantengan en un constante peligro de nuevos daños al patrimonio común. La conservación de las aguas, la biodiversidad costera y el estado de las playas penden de un hilo si no se toma en serio la regulación que finalmente se ha aprobado sobre los buques monocasco, el control de las certificaciones y de los puertos y las medidas de seguridad en caso de siniestro. Los accidentes son excepcionalmente graves cuando se producen, y tampoco parece razonable que una relativa eficacia en las tareas de recuperación nos lleven a descuidar la prevención. Devolver el entorno al estado previo a la contaminación por las mareas negras podría ser un gran logro para unas autoridades preocupadas por el medio ambiente pero que han fallado en el desarrollo de una política de protección de los mares que, sin ir más lejos, en EEUU, ha tenido más recorrido que en Europa por los daños sufridos en tiempos pasados. El actual Gobierno llevó a límites insospechados de incompetencia su gestión de la catástrofe en los primeros meses, lo cual no ha sido obstáculo para la autoconcesión de medallas más esperpéntica protagonizada por el aznarismo. La falta de reflejos del Gobierno se sumó al crimen ecológico cometido por los responsables directos del Prestige. El resultado: la limpieza de las costas ya realizada ha costado 2,6 veces más (2.100 milones) que lo proyectado por la Administración.

La magnitud de los daños sobre los ecosistemas no puede ser obviada tras la vuelta a la actividad marítima de los sectores económicos en Galicia. Al margen de la correcta supervisión de los productos del mar para que vuelvan a ser consumidos, lo cierto es que la contaminación puede tener efectos prolongados en el desarrollo de algunas especies y en la modificación de ciertos hábitats. Más incierto que cuál va a ser la repercusión final en los sectores productivos afectados por el Prestige es cuál será, en último término, el cambio ecológico provocado en las costas dañadas por las mareas negras. Evaluar el riesgo del transporte de sustancias peligrosas podría servirnos para incorporar los costes medioambientales a la contabilidad de esta actividad potencialmente dañina, pero ocurre que en sí mismo, como no podía ser de otra manera, el valor estrictamente económico es más fácil de estimar que el valor total -incluyendo el del patrimonio ecológico-, que es incalculable. Las consecuencias del Prestige necesitarán más estudio del que se puede hacer en un año. En un reciente informe de WWF/Adena, se destaca entre otras cosas que los hábitats costeros, incluidos los terrestres, han sido los más dañados por las operaciones de limpieza. También es de lamentar que con los trabajos de recuperación sigamos perjudicando el orden natural, al igual que el fuel -viscoso e insoluble- continúa su lenta degradación en los fondos marinos. Por desgracia, un año después, el Prestige no ha dado aún sus últimos coletazos.

2 de noviembre de 2003

Revolución en el espacio
China es una potencia mundial de la que se pone en duda más su poder actual que futuro: todavía no ha desarrollado todo su potencial, se dice, pero gracias a la apertura económica realizada se va a convertir pronto en una de las pocas naciones que compitan por el liderazgo global. Posiblemente uno de los pasos que tenían que dar es el 'gran salto hacia el cielo', como llaman al ambicioso programa espacial que China se propone llevar a la práctica en las próximas décadas. Comoquiera que ese enorme país debía mostrar ante el mundo que el camino emprendido va en serio, la primera misión ampliamente publicitada ha sido, a su vez, la primera misión espacial tripulada de China. El despegue de su programa espacial se inició el 15 de octubre, con el lanzamiento del cohete 'Larga Marcha 2F' desde la base de Jiuquan en el desierto de Gobi. Ahí iba el astronauta -o taikonauta, como quieren que se llame a quienes viajan al taikong, al espacio- Yang Liwei, que dió 14 vueltas a la Tierra en 21 horas y 23 minutos y se ha convertido en 'héroe nacional' a llevar de gira por toda la geografía china para rentabilizar la siembra de sentimientos patrióticos entre la población.

Deng Xiaoping situaba el futuro de China como potencia en el marco de un país que se decidiera a ejecutar un programa nuclear y un programa espacial. No necesitaba más impulso político la actual generación de dirigentes del PCCh para dar el salto al infinito, pero es evidente que esta entrada en la revolución del espacio se enmarca en un momento crucial de China en el cual necesita tanto ganar prestigio internacional como «rejuvenecer el espíritu nacional e incrementar la fuerza de cohesión nacional», según declara un responsable del programa espacial. China es, tras Rusia y EEUU, el tercer país que lanza a un hombre a girar en órbita alrededor de la Tierra. Sin embargo, este creciente interés por el espacio no es exclusivo del gobierno chino: en Europa, la Agencia Espacial tiene grandes proyectos para materializar el potencial tecnológico conjunto en programas comunes; Brasil también se ha lanzado a desarrollar un programa espacial propio, aunque sucesos recientes reflejan algún que otro contratiempo; y, a falta de reeditar una carrera espacial como la de la Guerra Fría, EEUU y Rusia son junto a Japón potencias espaciales que participan en la Estación Espacial Internacional.

El Diario del Pueblo recogía, como principal órgano de propaganda, la justificación oficial que podríamos ajustar a cualquiera de los programas espaciales en marcha: «Un programa espacial tripulado puede beneficiar al desarrollo de la tecnología (...) Es un símbolo de fortaleza nacional y es un gran impulso para el prestigio del país». Lo cual es cierto, pero no lo es menos que todos los gastos que supone adaptarse a la era espacial pueden ser más rentables para los intereses del país aplicados en otras investigaciones o en partidas vinculadas más directamente con las necesidades de la población. Los gobiernos que deciden emprender estos programas siempre se encontrarán con el obstáculo simbolizado en la pregunta “tanto dinero ¿para qué?”. Normalmente se asocia el salto al espacio al proceso de modernización de un país, pero los ciudadanos que se convierten en financiadores de la aventura pueden no ver tan claro el valor de este lujo que les brinda el desarrollo. A pesar de todo, China sí obtendrá réditos de esta exhibición brillante de los logros de su tecnología: crece su atractivo económico para el capital global y asciende en la clasificación de potencias tecnológicas. Lo cual no es poco para un país que debe demostrar más cosas aparte de su espectacular crecimiento económico.