28 de septiembre de 2003

Said y la música de la paz
Edward Said, reconocido y valorado ensayista palestino, ha fallecido esta semana. Las necrológicas han tenido tiempo de glosar otros tantos aspectos de su vida: nacionalizado estadounidense, era catedrático de la Universidad de Columbia y sus conocimientos abarcaban los campos de la literatura, la musicología y la política. Una leucemia ha puesto fin a su vida a los 67 años y ha inaugurado la época en que su legado intelectual se gestionará sin estar él presente. Muchos lo conocimos básicamente por sus artículos sobre el conflicto de Oriente Próximo, donde plasmaba una visión lúcida de la causa palestina que no olvidaba la dosis necesaria de compresión hacia los argumentos de la otra parte. No están desacertados los elogios como hombre que sostuvo una voz firme en favor de la paz, lo que hacía su figura imprescindible en momentos como el actual, de enconamiento en las posiciones extremas. Cualquiera que sea la opinión que se tenga sobre sus ideas, interesa resaltar frases escritas estos días sobre Said por quienes lo conocieron. Valga como ejemplo Juan Goytisolo, que afirmaba en El País: «Edward Said fue un intelectual libre, yo diría que el único intelectual totalmente libre del mundo árabe».

Lo cual demuestra lo fuerte que aún siguen siendo las ataduras de muchos pensadores musulmanes con cierto imaginario colectivo de la nación árabe y sus mitos correspondientes. Said destacó por su crítica a la imparcialidad proisraelí de Washington, que conocía como estadounidense, y también por su independencia como palestino, que le llevó a criticar en numerosas ocasiones las posiciones de la Autoridad palestina. Es cierto que ha sido, a pesar de todo, un punto de referencia en el mundo islámico. Sin embargo, sigue dando la sensación de que políticamente no será acogido su legado intelectual como un todo que sirva de arranque para un pensamiento islámico más abierto. Algunos se quedarán únicamente con su defensa del pueblo palestino; no es fácil abandonar las servidumbres de la identidad. Tras tres años de Intifada, ahora se hacen muy diversos análisis sobre el conflicto, pero pocos niegan que la violencia se ha venido desarrollando en un escenario de guerra abierta. Cada uno con sus armas, en un choque de dos integrismos que no lograrán nunca entenderse entre sí. O quizá ocurra justo lo contrario: los fundamentalistas comprenden perfectamente la lógica del contrario, puesto que es la misma que utilizan para aniquilarse mutuamente.

Sí, son sus respectivos pueblos los que, pudiendo luchar por la convivencia, estarían negando una oportunidad a la paz al dejar el protagonismo en manos de Sharón y las organizaciones terroristas palestinas. Pero la culpa no está en quien sufre el fuego cruzado mientras los gobernantes desperdician las posibles vías de diálogo. Al final, son las iniciativas que parten del sueño individual las que más aportan a la convivencia colectiva. Ahí tenemos el «West-Eastern Divan», el proyecto que ha puesto en marcha una orquesta con músicos israelíes y árabes guiada por el director de origen judío Daniel Barenboim. Fundado conjuntamente por éste y Edward Said, este taller musical ha fijado su sede recientemente en Sevilla, tras un acuerdo con la Junta de Andalucía. Barenboim ha escrito, en la despedida a su «compañero del alma», que admiraba de Said su habilidad para ver más allá de los acontecimientos concretos, para analizar los procesos históricos: «Edward Said criticaba la incapacidad de los líderes de Israel para hacer los necesarios gestos simbólicos que deben preceder a cualquier solución política. Los árabes, por su parte, han sido y todavía son incapaces de aceptar sensibilidad hacia la historia judía». Raíces de incomprensión mutua que pueden eliminarse trabajando por una identidad para la paz.

21 de septiembre de 2003

Imperio (y III): La alternativa imprescindible
No es razonable empezar negando que la posición hegemónica estadounidense es una importante fuente de beneficios para la estructura productiva del país. Tan es así que el liderazgo económico mundial se asienta en la continuidad de una política exterior con voluntad de hegemonía, a pesar de la paradoja ya conocida de la indiferencia ciudadana hacia su propio papel en el mundo. La globalización tiene una parte de 'americanización' del planeta; así, cualquier vacío generado por la desaparición del mundo bipolar está ocupado desde hace una década por el proyecto de creación de un gran mercado mundial: noción de imperio reformulada por EEUU a partir de su apertura a las demás naciones. Hay que reconocer, por otra parte, que un retroceso en la progresiva integración económica y comercial internacional se ha vuelto ya inviable: tampoco se debería dudar de que, cualesquiera que sean las circunstancias futuras, la política exterior estadounidense no podrá despegarse de la necesidad de influir en y la capacidad de manejar privilegiadamente los principales resortes de la estructura política mundial. El obstáculo o, visto desde otra perspectiva, el 'factor diferencial' será el multilateralismo. Es decir, el grado de importancia que se conceda en la política impulsada desde Washington al respeto hacia las organizaciones multilaterales y la toma de decisiones conjunta en el ámbito del derecho internacional. Ello actúa como elemento diferenciador entre la visión unilateralista de los 'neocons' y los planteamientos más 'liberales' respecto a las instituciones globales.

Junto al modo de actuar ante el mundo, la política que los neocons han diseñado para la Administración Bush está impulsando la búsqueda desesperada de una alternativa al fondo que subyace de los discursos redentoristas del actual presidente de EEUU. Aunque la estrategia exterior no pueda sustraerse en ningún momento de su condición de superpotencia que no quiere dejar de serlo, cada vez más se auspicia la aparición de una alternativa imprescindible al belicismo de la fuerza frente a la razón, un proyecto alternativo en las formas y en los contenidos. El maniqueísmo más vergonzante ha sido uno de los condimentos de la visión mesiánica que han imprimido los neocons al cargo de presidente: hacia ese resurgir del fanatismo religioso y nacionalista de la extrema derecha de EEUU debe dirigir el contrincante de Bush en las elecciones del próximo año una crítica primordial. No es difícil dibujar cómo se debería enfocar un combate electoral con Bush: éste tiene ante sí la espada de Damocles de los déficit de la economía estadounidense que podrían reeditar el destino de su padre. Recordemos la derrota ante Clinton tras haber ganado la Guerra del Golfo y aquel consejo que llegó tarde: "¡Es la economía, estúpidos!". El Partido Demócrata, además, no puede ignorar el aporte de confianza entre el electorado que le proporcionaría un despegue 'responsable' de las posiciones republicanas: no se les demanda tanto un giro radical a la izquierda como una recuperación del tradicional internacionalismo liberal. Esa óptica sería, para muchos, la única adecuada para vacunar a la opinión pública contra el neopatriotismo 'bushiano'.

No es extraño encontrarnos con encuestas que reflejan que los estadounidenses prefieren una política con más colaboración internacional, es decir, que apuestan tras el 11-S por la diplomacia y por un mayor multilateralismo para luchar contra el terrorismo, lo cual contrasta con la elección del gobierno de emprender, una tras otra, operaciones militares por todo el mundo. En el ambiente de crecientes críticas a Bush por la posguerra iraquí, destaca especialmente la opinión de uno de los aspirantes a candidato demócrata, el ex gobernador de Vermont Howard Dean. Y destaca por su coherencia, puesto que se opuso a la intervención en Irak desde el principio y ha cosechado desde entonces importantes apoyos en los sectores más izquierdistas de su partido. De ser prácticamente un desconocido, en cuestión de meses Dean ha visto subir su notoriedad en la audiencia de todo el país y se ha convertido en el candidato en las primarias demócratas que más apoyo financiero recibe, gracias sobre todo a la red de organizaciones que bases del partido han construido, con la ayuda de internet y de ciberactivistas, para apoyar a este médico de 54 años que quiere seguir los pasos de Carter y Clinton en su camino a la Casa Blanca. En España se ha constituido, incluso, un comité de apoyo a Howard Dean en la web progresistasfordean.org, donde se puede encontrar amplia información sobre el precandidato y se afirma que «por nuestra seguridad y por la del mundo necesitamos que Bush no gane las próximas elecciones». ¿Será Dean la alternativa imprescindible?

14 de septiembre de 2003

Imperio (II): El dominio de los 'neocons'
A pesar de la declaración de intenciones del votante medio estadounidense, en el sentido de minimizar cualquier ambición imperial de su país, y de la tendencia ombliguista a replegarse sobre sí misma que tiene toda gran nación como EEUU, es indudable que la 'hegemonía USA' es el punto de partida de cualquier análisis político que se precie. La estrategia exterior del gobierno de Washington detenta, en consecuencia, el poder de determinar el pilotaje de toda la política internacional, aunque de puertas adentro casi ningún presidente sea juzgado primordialmente por los asuntos exteriores. Como la gran masa de electores que se siente cercana, según los casos, a los políticos más conservadores o a los más progresistas no es determinante para conducir la nave estadounidense en sus relaciones con el resto del mundo, son otros centros de poder los que adquieren un mayor protagonismo. La visión realista más asentada convierte la política exterior en un proyecto a largo plazo en el que no se discute el objetivo final -conservar la condición de única superpotencia- y sólo pueden modificarse los instrumentos que se manejarán, en función de las circunstancias, para satisfacer los objetivos intermedios. El resquicio que posibilita la diferencia entre gobiernos de distinto signo, sin embargo, es importante: en él se afanan las diversas élites ideológicas que tratan de erigirse en faros de la política exterior de su gobierno, ejerciendo también cuando sea necesaria una importante influencia sobre la opinión pública.

Ante los propios cambios de la realidad, se hace inexcusable la renovación de los planteamientos políticos. Esta es la premisa que ha impulsado la modificación de enfoques y propuestas a izquierda y derecha, tras acontecimientos como la caída del muro de Berlín. De entre todos estos cambios, ahora constatamos que quizás el más relevante sea la sustitución, iniciada en EEUU, del conservadurismo de corte más tradicional por una 'nueva derecha' con perfiles más definidos y menos anclada en el pragmatismo de la clásica 'realpolitik'. Los llamados neoconservadores (o 'neocons') son los abanderados del ideario que ha logrado calar entre una cierta conciencia patriótica estadounidense y que, asociado a un radicalismo religioso de firmes convicciones, dirige el rumbo de la Administración Bush en su pretensión de imponer una determinada visión del panorama internacional. Los 'neocons' han inspirado la actual política de intervención exterior con su idea de la seguridad nacional: el imperio estadounidense está presente en todo el globo, de tal forma que hemos de tratar de compatibilizar un desentendimiento respecto de los acuerdos internacionales y del multilateralismo de la ONU con una creciente voluntad de mantener la estabilidad en cuantas regiones del planeta estén presenten los intereses nacionales. Con los 'neocons' desaparece la idea de conservar ante todo el status quo y de resolver las crisis con la disuasión: los posibles riesgos no son un freno para el uso de la fuerza y los cambios siempre son bienvenidos cuando contribuyen a quitar obstáculos del camino.

Cambiar el mundo ha dejado de ser exclusivamente un deseo izquierdista gracias al ímpetu renacido de esta nueva derecha por adaptar la realidad a su propio ideal. En esa línea trabajan diversos 'think tanks' como el PNAC, que propugna un nuevo Siglo Americano a través de la erradicación de cualquier contingencia que pudiera cuestionar la hegemonía estadounidense. Los ataques preventivos, como el perpetrado en Irak, son buen ejemplo de esta doctrina. A esta revolución de las ideas conservadoras contribuyen ideólogos como Robert Kagan, y la presencia en el gobierno de destacados neocons -Cheney, Rumsfeld, Wolfowitz- es signo inequívoco del predominio de este movimiento intelectual entre los pensadores de la derecha. El pasado trotskista de algunos de estos estrategas no debe extrañar si consideramos la traslación que realizan los 'neocons' del concepto de 'revolución permanente' a la creencia en la bondad de esa especie de 'cambio constante' en pos de la defensa de la hegemonía estadounidense. El americanismo radicalmente extremista que enarbolan no puede sino encuadrarse en la idea de que sólo una élite en el gobierno de EEUU tiene la capacidad de liderar el mundo y librar a la humanidad de todos los males. Pero, al margen de otras influencias, es el filósofo muerto hace 30 años Leo Strauss el inspirador intelectual de los 'neocons': en su formulación de la existencia de una verdad esencialista acerca del Bien y del Mal se remarca la necesidad de una 'claridad moral' en los hombres destinados a dirigir la política. Es en esa firme determinación de acabar con los enemigos de la sociedad donde adquieren los 'neocons' su verdadera razón de ser.

7 de septiembre de 2003

Imperio (I): La hegemonía paradójica
Tras el derrumbe de la Unión Soviética, el papel que adoptaría EEUU en el mundo como potencia que salía vencedora y triunfante del enfrentamiento entre bloques era, a ojos de muchos, el de un renacido imperio. Diferente a la estrategia que ligaba la política de EEUU a las actuaciones de los soviéticos, el plan que en los 90 construiría un imperio distinto al del tradicional imperialismo tenía, al menos, dos factores a favor: una época de expansión económica que estableció el dominio estadounidense de la economía mundial y la victoria en todo el planeta de la cultura 'americana' como cultura 'global'. Ese punto de partida tantas veces descrito por los analistas políticos, la creación de un Nuevo Orden Mundial tras la desaparición del mundo bipolar, fue adquiriendo diferentes realizaciones y, sobre todo, contrapuestas interpretaciones entre los ideólogos: unos decían que habría que basarse en el poder 'blando' y el multilateralismo; otros siempre defendieron que la política estadounidense podría ser unilateral y, por supuesto, intervencionista cada vez que existiera una amenaza para su hegemonía. La era Clinton aportó elementos para ambas visiones del futuro. Las actuaciones en el exterior daban a EEUU el papel de garante de un orden en el que estaba en juego su dominio. Pero al mismo tiempo la conexión occidental orientaba la política exterior al ejercicio de una especie de liderazgo amable de las democracias de occidente sobre el resto del mundo.

Este modelo de imperio, revestido como ejercicio responsable del poder por parte de EEUU, giró decididamente tras los atentados del 11-S hacia una política beligerante, tantas veces agresiva, que garantizaría la hegemonía estadounidense frente a cualquier elemento de inestabilidad en todo el mundo. Otras potencias como China no están en disposición de hacer la competencia a esta estrategia, de tal modo que no hay habitante en el globo que no reconozca la superioridad clara y absoluta de la hiperpotencia unilateral frente al resto de estados soberanos. Sin embargo, las dificultades no son pocas. En un reciente artículo, el historiador Paul Kennedy analizaba la complejidad que suponía para EEUU mantener varias operaciones militares en marcha al mismo tiempo en diferentes puntos del planeta. El ejército hace que el imperio sea tal, puesto que junto a la hegemonía económica y cultural es imprescindible conservar a cualquier precio una incontestable superioridad militar. Y concluía Kennedy: «¿Es ése el futuro de la democracia estadounidense: mantener sus tropas durante tiempo indefinido en la frontera noroccidental o en un puerto plagado de enfermedades de África occidental? Nosotros negamos frenéticamente que tengamos ambiciones imperialistas, y creo que esas negaciones son sinceras. Pero, si cada vez nos parecemos más a un imperio y caminamos como un imperio y graznamos como un imperio, quizá nos estemos convirtiendo precisamente en uno».

El considerable esfuerzo que implica la actual política de intervención en el exterior lleva al ejército de EEUU a buscar colaboradores entre los principales países del mundo; sin embargo, se da la circunstancia de que ese aliado militar de entidad -exceptuando el Reino Unido- tendría que estar entre los países que se han opuesto a la aventura iraquí. No hay otros que quieran ser los fieles incondicionales aliados que se necesitan. Incluso el país que asume un papel hegemónico ha de buscarse colaboradores, y lo cierto es que tras el empecinamiento belicista de Bush se le ha puesto más difícil a EEUU encontrar adhesiones que no sean las de países de muy relativo peso internacional. Analizaba este obstáculo Paul Kennedy y cualquier lector de su artículo podía llegar a la conclusión de que, aunque los ciudadanos estadounidenses no quieran verse como un imperio, toda política que implique una asociación de otros países con EEUU con la actual correlación de fuerzas significa ir por la senda de un comportamiento imperial, al modo en que otros imperios en la historia se ganaban el favor de otras potencias para mantener su hegemonía. Sería comprensible esa justificación ingenua del papel preponderante de su país que pueden realizar muchos estadounidenses: somos un país libre y próspero al que 'lógicamente' le toca liderar el mundo. Pero si creyéramos en la sinceridad de ese punto de vista nos sorprenderíamos un instante después constatando que en la última década EEUU se haya constituido en una hegemonía mundial paradójica que, al parecer, nadie dentro de sus fronteras desea.