30 de abril de 2003

Brasil y las reformas sociales de Lula
Tras los primeros meses de Luiz Inácio Lula da Silva y su Partido de los Trabajadores en el gobierno de Brasil, el debate en torno a la moderación y la renuncia al radicalismo sigue en marcha. El amplio respaldo de la izquierda recibido por Lula se sumó al pacto con las fuerzas centristas que lo han aupado al poder; la pregunta obvia era qué ocurriría con los movimientos de base que forman esa izquierda social si el PT se adapta a ser fundamentalmente izquierda institucional, que normalmente implica alejarse de las promesas y la coherencia en la crítica de los tiempos de oposición. Parece inevitable que ese viraje decepcione a muchos, y que quienes son denominados 'radicales' recuerden oportunamente cuáles son los compromisos. Las críticas desde el ámbito del propio PT afinan a la hora de exigir que el cambio de gobierno sea realmente efectivo. A pesar de las dificultades, no tendría sentido que la mayor parte de las reformas de Lula se queden en el cajón en favor de una política que no va más allá del continuismo y la necesaria colaboración con las instituciones financieras. Es cierto, y esto pesa a favor de quienes preferirían un presidente que buscara más audazmente resultados a corto plazo, que la política económica es la misma a la llevada a cabo por Fernando Henrique Cardoso, como éste último ha declarado.

La tasa de interés se ha mantenido alta y los ajustes graduales van en la misma dirección de buscar el crecimiento. Pero tampoco es sensato decir que esta senda sea una renuncia a las exigencias sociales que Lula se ha marcado, puesto que sin una economía productiva en expansión y la estabilización externa e interna, cualquier otra política verá recortada sus bondades potenciales. Una de las primeras medidas que más expectación causó fue el reconocimiento de los derechos de propiedad de las favelas de las grandes ciudades del país. Así, muchos habitantes de viviendas precarias, instalados en la marginalidad, se convierten en propietarios de capital al expedírseles los preceptivos títulos formales. La exclusión sufrida por tantas familias que no alcanzan a satisfacer sus necesidades básicas se ve aliviada en parte con esta oportunidad: podrán acceder al crédito, formalizar sus trabajos, vender al alcanzar mayor prosperidad. Todos los obstáculos que las reformas que Lula querría implantar se encuentren por el camino deben ser afrontados con imaginación y firmeza en los objetivos, porque además de las reticencias de algunos sectores sociales, el peor augurio que pesa sobre el gobierno de Brasil es que pase a la historia como el de las oportunidades perdidas. Por falta de convicción de algunos ministros, como se comenta.

El mayor activo de Lula es el caudal de esperanza que tiene que administrar. Las ilusiones que tantos brasileños ponen en su gobierno trascienden a la mera evaluación de resultados dentro de un par de años: el proyecto reformista que encarna se ha convertido en un paradigma para América Latina. Al poner en marcha planes como el de Hambre Cero, se busca un cambio radical en la sociedad a partir de la dignidad recuperada del país que da de comer a todos sus habitantes. Ese camino de la transformación social es el que con perseverancia Lula puede legar como patente a la izquierda latinoamericana, consciente de que desde ese puesto de poder es posible tratar de igual a igual con el otro poder real, el de las oligarquías económicas. Y consciente también de que más que una revolución política, los brasileños quieren tener un futuro, el estómago lleno y una sociedad con menos desigualdades. Brasil, con 180 millones de habitantes y con el potencial de ser motor económico del continente, puede consagrar un verdadero modelo republicano si es capaz de unir la educación y la cohesión social a la exigencia de una nueva ciudadanía: la democracia participativa, con ejemplos como el de Porto Alegre, sirve para la creación de redes cívicas y la acumulación de capital social. Es todo un reto para conjurar la desestructuración de la sociedad.

Como todo el mundo comprende, la sensatez obliga a cualquier gobierno a esforzarse por cambiar el estado de las cosas sin traumas: se evita una política que dispare la inflación, se mantiene un equilibrio fiscal adecuado y, por supuesto, se respeta el compromiso con las inversiones productivas internas y las que llegan de fuera. Pero es evidente que el programa con el que vence Lula comprende un ímpetu en las reformas a aplicar que debería ser consecuente con las oportunidades que los instrumentos de gobierno le ofrece. Es de esperar que en el medio plazo la crítica hacia una actitud continuista no persista, al emprender Brasil los compromisos sociales que se ha marcado consigo mismo. También es significativo el interés por ahondar en la integración regional del Mercosur. Que en Sudamérica se priorice la puesta en común de logros políticos, culturales, sociales para marchar hacia un mayor intercambio económico, comercial e institucional es importante. Servirá para manejar con mayor autonomía las relaciones con EEUU, cuyo proyecto de Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA) sólo tendría sentido si sirviera para que las economías latinoamericanas crezcan comercialmente con la supresión de la protección del mercado de EEUU. Brasil con Lula busca precisamente crecer fuera, con un objetivo: fortalecer lo que sería un nuevo reformismo en América Latina. Ojalá satisfaga a todos.

23 de abril de 2003

El virus global
La enfermedad es el paradigma de la lucha del ser humano contra la madre naturaleza, que siempre ha pretendido controlar para ser autónomo de ella. Por eso mismo se han interpretado ancestralmente las epidemias como castigos divinos, o como reacción ante la agresiva existencia de los depredadores máximos en que nos hemos convertido. Pero en la neumonía atípica que tanto preocupa estos días hay algo mucho más sencillo: el azar abofetea cualquier seguridad que pudiéramos tener en nuestra previsión sanitaria. Mal que bien, teníamos confianza en la ciencia para que nos librara de estos males, de tal modo que socialmente se desplazaba el problema al terreno económico: pobres y ricos en términos de salud pública dibujan un mapa muy parecido al ya asumido de la geografía del subdesarrollo. Pero ahora hemos descubierto fatalmente el primer 'virus global' que, además de desconocido, está llamado a extender una enfermedad respiratoria sin entender de fronteras: nace en una región de China y aterriza en un país tan desarrollado como Canadá provocando el miedo. A la incertidumbre lógica que provoca el misterioso bichito de la familia de los coronavirus, se le suma la inseguridad de la proximidad: ¡que nos puede llegar a nosotros!

La globalización de este riesgo que atemoriza a medio mundo es fruto de los avances en el transporte y la intercomunicación global: en cuestión de horas, a través de un par de viajes en avión, se expande la epidemia del Síndrome Respiratorio Agudo Severo (SRAS). La respuesta ha sido positiva en cualquier caso: la colaboración entre especialistas de varios países, la investigación y la información proporcionada por la OMS. En cambio, los errores imperdonables de las autoridades chinas denotan esa falta de transparencia que está llamada a ser obstáculo para el desarrollo en la era global. Sin embargo, ni las más pesimistas expectativas en torno a esta plaga que se extiende por el planeta son comparables con la incidencia de otras enfermedades infecciosas en la actualidad. No creo que en África preocupe más el SRAS que las gravísimas secuelas que el sida está dejando en generaciones enteras. Por no hablar del peligro que sufre gran parte de la población ante la extensión de la malaria o la tuberculosis. Ahora descubrimos que la interdependencia mundial nos acerca a los focos de nuevas enfermedades al convertirnos a todos sin excepción en habitantes de la misma aldea, pero no estaría de más recordar que el resto de males también nos incumben, en tanto los padecen personas que respiran este mismo aire que nos rodea.

16 de abril de 2003

Fidel Castro y la izquierda
Asistimos a un nuevo episodio de la infamia perpetrada en nombre de la ideología. Que una idea, una utopía, el socialismo, lo que sea, sirva de excusa para la muerte es sencillamente repugnante. No es la primera vez, claro. Pero de vez en cuando hay que reorientar la brújula para no perder el rumbo, ese que tantos políticos democráticos han extraviado al entregarse al mesianismo de unos locos de Washington. Ahora estamos hablando de algo parecido: un personaje siniestro que, emborrachado de poder, no sabe hacer otra cosa más que mantener su guerra particular. Lo grave: su lucha es definitivamente contra su propio pueblo. Sus instrumentos: el fusilamiento 'preventivo'; cualquiera que ansíe la libertad en un lugar como Cuba no puede ser considerado más que 'terrorista'. ¿Y dónde está la excusa? En el exterior, desplazando la responsabilidad como en tantas otras ocasiones. El enemigo es el imperialismo yanqui: lo mismo cuando se denuncia la injusticia -cierta- del embargo estadounidense, que cuando se maquinan en un delirio indecente todo tipo de justificaciones de la atrocidad de la pena de muerte. Puesto que combatir a ese 'neofascismo' imaginario que, dicen, reside en todo crítico con el castrismo es una tarea demasiado elevada como para procurar al mismo tiempo respeto por los más elementales derechos humanos.

Recordemos el único objeto de esta tragedia: el régimen del 'camarada' Fidel ha ejecutado a tres cubanos, en un contexto de represión masiva, junto al arresto de 75 disidentes juzgados y condenados por actividades que muchos de los que justifican estas acciones contra la oposición interna y la libre expresión política realizan en sus países con absoluta libertad. Siempre me ha parecido la condena verbal de cualquier hecho condenable de una manera tan evidente un ejercicio retórico innecesario. Vemos ahora cómo algunos, sobre todo políticos o cruzados de todo pelaje aficionados a cargar contra la izquierda, achacan a ésta el 'amparar' las dictaduras que le son afines por no condenar, con firmeza, el totalitarismo de regímenes nacidos de revoluciones e ideales con los que siempre ha simpatizado. No estoy conforme con esa generalización; es detestable que se instrumentalice la represión en Cuba para señalar con el dedo a una izquierda pretendidamente entregada por completo al castrismo con el único objetivo de emponzoñar el debate político. Sin embargo, no hay que negar que la doblez moral está instalada en cierta parte de la izquierda a la hora de valorar las situaciones de los países en función del signo del régimen de turno. Ya digo: adornar el discurso con explicaciones sobre el 'contexto' es la vía para la justificación indigna de estos hechos.

En la izquierda no debería haber más resquicios, como ha escrito el diputado de IU Luis Carlos Rejón, para practicar ese doble juego, intentado suavizar lo que no tiene justificación alguna y que provoca tanto estupor a la ciudadanía en general. Y sobre todo a los izquierdistas que siempre podrán ver manchada su ética, sus principios, su renuncia a creer que haya víctimas de segunda, por las declaraciones de algún botarate que aún busque la impunidad de los disparates de Castro mediante el silencio de la izquierda. Porque la idea de ésta que los más dogmáticos tienen en la cabeza coincide con ese fantasma que tanto airean sus detractores. Pero esta vez, me da la impresión, la respuesta ha sido contundente. Pocos se explican a estas alturas qué tiene que ver el socialismo con un estado policial, con un entramado represor de cualquier signo de disidencia, con una camarilla dictatorial que desde hace décadas gobierna un país con millón y medio de sus ciudadanos viviendo en el exterior. Este sector ideológico tan plural al que, por una simpatía en su momento hacia la revolución cubana, se le tacha de castrista; eso que llamamos la 'izquierda', en definitiva, ha albergado en sus filas a lo largo del tiempo de todo: desde los cómplices de las mayores atrocidades cometidas en su nombre, hasta quienes con más energía han denunciado los usos perversos de las ideologías.

Como uno tiene la convicción de que, en la izquierda, o hay autocrítica o se está pervirtiendo su razón de ser, no acepto la simpleza argumental que trata de desacreditar a toda ella con el espantajo, en este caso, de Castro. Porque no me cabe en la cabeza que las reflexiones basadas en los principios más indiscutibles -la democracia, la libertad para disentir- en torno a todo cuanto acontece en el mundo, sean síntomas, o bien de 'traición' -de estar vendido a la derecha-, o bien de 'capitulación' en la defensa de cualquier otra causa progresista. Imagino que habrá zoquetes que aún no entiendan este extremo: se puede seguir siendo de izquierdas y criticar a la vez la impresentable dictadura cubana. El rechazo a la brutal represión de este último mes ha sido casi unánime en Europa. Quizá haya un elemento implacable en este proceso que ojalá termine dejando solo al gobierno de Castro, sin apoyo exterior, ni siquiera la anuencia de destacados intelectuales que ahora se apartan del mito: el elemento generacional. Conforme pasa el tiempo, la defensa de ese fundamentalismo en el poder que resiste ante al enemigo yanqui se hace más insostenible para quienes no vivieron los 60. Antes que hundirse en la vergüenza que estos reductos dictatoriales producen a cualquier demócrata, la izquierda que mira hacia el futuro los rechaza con decisión. Porque, a estas alturas, no hay necesidad de confundirse con esa otra izquierda, la de Fidel Castro y sus amigos.

11 de abril de 2003

Cae Saddam y llega el caos
El titular de este comentario es rigurosamente cierto, aunque pareciera fruto del entusiasmo de algún fanático del saddamismo. Nadie ha dejado de sentir alegría ante la descomposición final del régimen dictatorial del partido Baaz. Ahora que el país está bajo control del ejército angloestadounidense, se abre por fin una nueva fase de la invasión que, esperemos, dé lugar a un estado con mayor libertad para los iraquíes. Sin embargo, no deja de ser real el caos que vive Bagdad, como paradigma del derrumbe de un aparato estatal que mantenía un orden determinado y que tras su desaparición sólo deja imágenes de saqueos y pillajes. Debe ser síntoma de la democracia traída por los libertadores el que todo aquel que aún conserve dos brazos y dos piernas pueda robar un sillón de una embajada. No sabemos si esta sociedad, que como ya dijimos tardará mucho en reedificarse moralmente, terminará prefiriendo esta anarquía momentánea al nuevo régimen diseñado por los neocolonialistas. Será difícil implantar un gobierno mínimamente satisfactorio en ese país, en términos de legitimidad y eficacia. Porque lo fácil era derribar una estatua de Hussein en un acto de simbolismo mediático casi incomparable. Ahora la lupa estará sobre EEUU y sus preferencias por unos gobernantes títeres en Irak, que deberán lidiar entre otras cosas con la cuestión kurda. Acontecimientos que ya no podrán contar Julio A. Parrado y José Couso: la lucha por la verdad siempre se lleva por delante vidas, con su derrota. «Malditas las guerras y los canallas que las apoyan», acierta Anguita. La victoria no es real cuando no se justifican tantas muertes. «Nadie va a creer que hemos matado a iraquíes para liberarlos...».

6 de abril de 2003

Washington lanza una OPA (hostil) sobre Bagdad
Aún vivimos la confusión propia del frente de batalla, lo cual nos hace difícil pronosticar los plazos de las próximas fases de la guerra y el 'cese de hostilidades' definitivo tras la ocupación de Irak. El riesgo de la guerrilla urbana, o posteriormente el de los atentados suicidas, no se medirá sólo en vidas, sino que complicará hasta extremos impensables la policial labor de estabilización de posguerra. A pesar de ello, debemos ocuparnos ya también de la tramposa pugna diplomática que, con ocasión de la «reconstrucción», aún tiene que mover muchos hilos del escenario post Saddan en este conflicto. Aunque, como era de esperar, las oportunidades más concretas para recomponer la justicia violada con esta agresión militar no van a salir adelante: como en otras ocasiones, no se hace nada ante el uso de bombas 'de racimo', cuyos efectos son tan repugnantes como la actitud de los gobiernos que no se suman a la prohibición de este tipo de armas; la ilegalidad de está intervención auto-proclamada en su nombre por los tres de las Azores, no encontrará respuesta de una comunidad internacional fracturada y acomodada en lo 'políticamente conveniente' de las relaciones diplomáticas; la sucesión de muertes civiles desembocada por esta invasión ilegítima del territorio iraquí pasará al inventario de horrores del 'imperio' más odiado en el mundo, pero nunca como los crímenes de guerra que son. El remate de esta desvergüenza vendrá cuando asistamos al desenmascaramiento ilícito, políticamente irrelevante y casi con toda seguridad manipulado de las armas ocultadas por Saddam Hussein. ¡Qué perverso, si aún será verdad que escondía armas! Todo ello para legitimar inútilmente esta barbarie.

Estamos en los momentos previos, de asedio a las ciudades, que van a dar lugar a la toma de éstas y al asalto definitivo a la capital. En Irak se está llevando a la práctica la OPA lanzada sobre Bagdad: desde el gobierno de Bush se ha planeado con tanto detalle la ocupación del país como su administración posterior. Será un nuevo mercado ganado para la economía occidental. Pero, ojo, las cosas no se pueden hacer de cualquier manera, puesto que los 258.000 millones de dólares de coste estimado de esta guerra no se pueden despilfarrar. Nada menos que el 4% de la última partida aprobada en el Congreso de EEUU iba para ayuda humanitaria. Generosidad sin límites de unos políticos de Washington que, tras dar la espalda a la ONU, le preparan un futuro papel en Irak como ONG humanitaria. Porque de la reconstrucción ya se encargan ellos. El dinero invertido debe servir para lo que estaba destinado: redistribuir los fondos desde el déficit que pagará el ciudadano medio hacia la industria militar y los empresas beneficiadas por trabajos en Irak. Y por supuesto: los países cobardes que no se han sumado a los 'liberadores' del pueblo iraquí como Francia, Alemania y Rusia no podrán participar en los contratos. Esa difícil tarea de reconstrucción, y el pago mediante el petróleo rescatado de las garras de Saddam, serán responsabilidades del nuevo gobierno de Bagdad. Que para consumar la OPA lanzada a golpe de dentellada propia de tiburón bursátil, deberá ser liderado por EEUU. No hay que complicarse la vida con discusiones -incluso entre «aliados»- sobre la posibilidad de una administración de la ONU. Su papel será, en todo caso, bendecir lo ya decidido por el Gobierno Bush.