28 de febrero de 2003

El milagro de la fresa y los contratos de trabajo
Una de las Medallas de Andalucía concedidas este año con motivo del día de la Comunidad ha ido a parar a Antonio Medina, el empresario pionero en el cultivo de la fresa en Huelva. Ejemplos como este deben ser incentivados en esta tierra y en cualquier otro lugar que no quiera quedarse descolgado de las nuevas oportunidades de comercio mundial, de las redes de la economía globalizada. El papel crucial del emprendedor que pone la semilla de la innovación se une al aprovechamiento tecnológico, de capacidades organizativas y de conocimientos para dar lugar a un sector puntal de la economía de la comarca, como es la fresa en esa zona de Andalucía. Situarse a la vanguardia significa también, abrirse a todos, romper fronteras: en los mercados europeos, la fresa de Huelva es líder, y sigue creciendo en volumen de exportaciones. La mano de obra que con su trabajo posibilita este cultivo tampoco conoce fronteras: junto a jornaleros andaluces y de otras comunidades españolas, hay trabajadores comunitarios; en los últimos años, además, el impacto de la inmigración extracomunitaria es creciente. Llegan a los pueblos freseros de Huelva, cada campaña de recogida, inmigrantes de Europa del Este y África.

Magrebí o subsahariano es el origen de una mayoría de trabajadores -muy pocos con papeles- que se mueve por el país en busca de alguna oportunidad en las zonas agrícolas en temporada. Es uno de los fracasos de la política de extranjería, en tanto no se da salida a la regularización o la documentación de muchos inmigrantes les limita geográficamente el permiso. Es inevitable que cada año acudan a estos pueblos. Esta vez también se han dado situaciones no deseables: muchos han tenido que acampar al no disponer de alojamiento, tampoco de comida. La Administración, como denunciaran organizaciones asistenciales, no responde ante el problema humano. Se ven abocados a esta vida precaria al no poder conseguir contratos estables: sólo trabajaran, ilegalmente, días sueltos de la campaña. Algunos empresarios, perjudicando la imagen del sector, recurren a esta vía: trabajo barato de gente desesperada para cuadrar las cuentas. El resto opta por una inmigración que se amolda a sus necesidades, olvidando a los que ya están aquí: es la contratación en origen, sobre todo en países del Este -que pronto estarán en la UE-, de mujeres que vuelven a su país tras la temporada. Unos y otros, con las dificultades legales que enmarañan el mercado de trabajo, son también artífices del milagro de la fresa.

23 de febrero de 2003

La infancia secuestrada
Es uno más de los desastres de la guerra: la imposición de una losa aprisionadora de su futuro a toda una generación. Cuenta el pensador Emilio Lledó que en su niñez, durante la guerra civil, se sintió en algún modo protagonista de la frontera imprecisa existente entre las aventuras que vivía en los tebeos, las lecturas infantiles de la época, y el enfrentamiento real en el cual estaba inmerso el país. Millones de niños han visto hurtada su infancia por las guerras: esa monstruosa realidad que saca a la batalla épica del estrecho marco de una viñeta y convierte en testigo directo de la injusticia a quien sufrirá no sólo la guerra, sino sobre todo la posguerra. Justificar un mal infringido a la vida de los futuros protagonistas de un país es lo que nos está llevando a los esforzados intentos actuales por lograr consensos internacionales imposibles. Intentos que se acercan a esa búsqueda de la unanimidad que sirva de coartada para el fatalismo bélico, con el objetivo de al menos salvar su buena conciencia, sobre la que reflexiona Rafael Sánchez Ferlosio en «Teodicea del universalismo». La teodicea es la rama de la filosofía que parte de la pretensión de reconciliar la idea de Dios o de la bondad incuestionable con el Mal.

Un mundo plagado de injusticias es la mejor prueba de que Dios no existe: es la conclusión obvia de una reflexión que se ha enfrentado con el tiempo al redentorismo que en múltiples formas ha esclavizado al individuo mediante alguna promesa sobre el futuro, legitimando así las mayores atrocidades. Esto es, justificando el sufrimiento humano en nombre de Dios, la Patria o la Historia. Conocemos el caso terrible de una niña nicaragüense de nueve años que quedó embarazada tras una violación en la finca donde trabajaba. La razón médica, el sentido común, apuntaba a un imprescindible aborto terapéutico para salvar su vida que, finalmente, se ha producido. En una sucesión de crímenes soportados por esta niña, una gestación imposible vino a plantear el llamado 'dilema del aborto'. Una ley defendida por impasibles autoridades iba a secuestrar la infancia de la menor. Un aborto la ha sacado de esta pesadilla. La Iglesia católica ha condenado el acto con su moral infalible -y criminal- sin ver que está atentando contra la vida de una persona que no puede ser madre. Tratan, como de costumbre, de justificar el mal con sus viejas argucias. Pero Dios no responde de las barbaries que se ejecuten en su nombre.

16 de febrero de 2003

No War: Not In Our Name
El vector de respuesta de la sociedad a la política de Bush y sus aliados 'halcones' ha trazado una dirección nítida e inequívoca con las manifestaciones del 15 de febrero de 2003, día histórico que probablemente sea recordado como el primer paso firme de una ciudadanía global capaz de movilizarse simultáneamente en todo el mundo por una misma causa. Se globaliza la protesta, y se apunta un tanto al aprovechar internet y los nuevos sistemas de información para difundir las adhesiones al 'no a la guerra' y contrarrestar el tradicional uso propagandístico que el poder hace de la tecnología para dirigir a la opinión pública. Los habitantes del planeta hemos alzado una pancarta en este momento crucial con la convicción de que la paz se construye también mediante una reorganización de la sociedad civil global comprometida con un orden mundial más justo y libre. Ha sido, principalmente, la gran manifestación de quienes no se resignan a ser meros espectadores de CNN Internacional y quieren ejercer de ciudadanos.

Desde fosilizadas mentes posmodernas se intentará descalificar el simbolismo de los millones de personas en la calle con la idea de que esas 'viejas formas de lucha' son arcaicas en la era de la comunicación. No comprenden que el progreso nos lleva a jugar en los dos campos: en los espacios virtuales de los medios y las redes, y en el contacto real con el mismo aire que respiran los políticos para poder decirles a la cara «no en nuestro nombre». La ineptitud de los voceros más obtusos a la hora de despreciar la que ellos llaman 'oposición de pancarta' ha convertido el cabreo de la gente con este gobierno seguidista en un auténtico clamor, como subraya inequívocamente toda la prensa. «Hay que escuchar a los ciudadanos» es la conclusión obvia que saca hasta el menos avisado de los analistas, pero un núcleo duro de aficionados al soliloquio belicista, desde Aznar hasta más de una tertulia radiofónica, se resistirá a reconocer la rotundidad del rechazo a esta guerra inmoral y a sus indecentes legitimadores.

La prepotencia del gobierno de Bush ha impulsado la respuesta sincera de unos ciudadanos, también en su propio país, que necesitaban hacer de la «mayor protesta masiva de la historia» un alegato por la paz en un momento culmen de ensimismamiento de los dirigentes del mundo. El 'no a la guerra' es una llamada de atención para que no cometan disparates en nombre de la 'responsabilidad' y el 'interés general'. Y es una denuncia del abuso perpetrado contra la capacidad de decisión del pueblo al que representan. Como ha asegurado Lluís Foix antes de la movilización mundial: «No será la izquierda o la derecha la que salga a la calle, sino una conciencia colectiva que simplemente quiere expresar su protesta ante lo que considera un monopolio de la verdad por parte de quienes sólo disponen de la fuerza». El ejercicio arrogante del poder por parte de los gobiernos democráticos no puede dejar a la gente indiferente. Debe reaccionar para, al menos, protegerse de la concepción maniquea de la realidad y de los discursos vacuos de los líderes mesiánicos.

9 de febrero de 2003

Varios frentes abiertos: democracia, paz e incierto futuro
En estos momentos de crisis, tres vectores de la realidad atraviesan el debate en torno al ataque del Gobierno de Bush a Irak. Los gobiernos tienen que decidir sobre una acción de la llamada 'alta política', y las cuestiones que cabe plantearse deben responder a: la fidelidad de la actuación de los estados respecto de los deseos de los ciudadanos y el interés general, las bases de la estrategia de oposición de la sociedad civil a los proyectos belicistas de los gobernantes, y el lugar que ocupa la necesidad de extensión de la democracia en el mundo en los planes de las naciones libres.

Representación del pueblo. Los gobiernos occidentales están enfrentándose a una demanda imperativa de una mayoría de ciudadanos de 'paz': ésta significa, básicamente, no comprometer un futuro, en el que los convulsiones mundiales pueden ser superadas, con aventuras bélicas que no atiendan al común sentido de la justicia en esta sociedad occidental -por no añadir también la percepción de los habitantes de los países árabes. A pesar de la ofensiva, de enormes proporciones, contra la opinión pública para decantar el apoyo a favor mediante el fantasma de la inseguridad y la amenaza, una gran parte de quienes se posicionan frente a sus gobiernos son firmes en sostener su opinión sobre esta guerra y en recordar que el poder político es de los ciudadanos. La gravedad de esta fisura entre gobernantes y gente de a pie está contenida en las palabras de Baltasar Garzón, compartidas por muchos: «No me siento representado ni por los postulados que inspiran esta atrocidad, ni por las instancias políticas que la autoricen, ni por mi Gobierno, ni por ninguna otra institución que la apoye. Por ello apostato de quienes dirigen un Estado que no es capaz de contener una locura como la que estamos viviendo».

Pacifismo. El 'no a la guerra' es una consigna, poderosa arma de la comunicación para concentrar en una frase una necesaria protesta airada frente a la imposición de la ira colectiva de las conflagraciones entre países. Pero es un simplismo que nos lleva a la abdicación intelectual del análisis concreto: no todas las guerras deben ser respondidas con un 'no', y tampoco tiene sentido el rechazo 'evidente' de lo que es en sí un desastre -la guerra- cuando las complejidades de cada situación nos podrían llevar al uso de la guerra para causas justas. El pacifismo tiene en la negación categórica de la 'necesidad' o inevitabilidad de las guerras una importante debilidad. La historia ha demostrado la existencia de situaciones límite en que la única defensa posible pasa por empuñar las armas. Los conflictos bélicos deben someterse a unos requisitos racionales que juzguen si son éticamente admisibles, como el patrón de 'guerra justa' de Walzer. A la legítima defensa ante un ataque cierto, no cabe aplicar principios pacifistas. Sin embargo, el ataque preventivo es un artificio que los Estados pueden construir para 'justificar' una guerra que, para el juicio ético mayoritario, es injusta, ilegítima e ilegal.

Futuro del pueblo iraquí. La iniciativa del Gobierno de EEUU puede ser enmarcada en una defensa, con discurso mesiánico adosado, de la democratización de los países árabes. Las asimetrías que emergen al comparar el papel de Washington en la historia de otros países, la normalización de relaciones con otras dictaduras y la muy dudosa legitimidad de este nuevo belicismo justiciero a la hora de derrocar a tiranos, son elementos que lastran cualquier visión arcangélica de la Administración estadounidense como democratizador global. Las intenciones confesadas ni siquiera apuntan hacia la urgencia de quitar a Saddam Hussein del poder interno -¿por qué ahora y no durante los pasados doce años?- sino a la amenaza exterior que éste supone. De la guerra podríamos obtener un Irak libre, pero también una fuente de divisiones territoriales y nuevos sometimientos. Sobre todo, cuando los planes benefactores hacia una población que sufrirá los 'daños colaterales' humanos del fin del dictador -que todos los iraquíes firmarían, como dicen quienes han escapado del régimen-, relegan a ésta a un rol secundario. Se pregunta el experto Fawaz A. Gerges: «¿Cómo es posible que Estados Unidos democratice Irak sin que los responsables del proceso democratizador sean los propios iraquíes?».

5 de febrero de 2003

El ardor guerrero de los lacayos
¿Qué mecanismo habría que inventarse, si no existiera ya, para expresar el sentir de los viejos habitantes de este senil continente? El Parlamento Europeo: que ya aprobó por mayoría hace una semana una declaración en contra de la guerra de Bush. Aunque Bush quizá no sepa ni siquiera que exista: el mapa de Europa es demasiado complicado como para aprendérselo («¿dónde dices que está Estrasburgo?») y por lo visto le basta desde hace tiempo con trazar un par de ejes para dividirnos entre lacayos y respondones maleducados. Aznar, que recibe el privilegio de ser el más telefoneado por el amo de la Casa Blanca, todavía se permite la desfachatez de hablar de «aislacionismo» en las posiciones de quienes no deciden qué decir un minuto después de que hable el portavoz de Washington. Como hace él mismo, para labrarse un futuro -incierto- con los pies sobre la misma mesa que Bush, pero sin percatarse demasiado de que este presidente de EEUU es muy poco fotogénico para los ciudadanos de aquí: obtendría más prestigio con otra boda hortera en El Escorial y un par de petroleros hundidos en el Mediterráneo.

Debe ser la influencia de esos civilizados periodistas que ponen todo su entusiasmo en defender cualquier cosa que decida EEUU porque ellos defienden siempre la libertad y la democracia. ¿Y por qué defienden el ataque preventivo de EEUU? Porque si es de EEUU, eso es defender la libertad. Y de ahí no salen, de ese simplismo mental que sintoniza con Aznar y con la política del seguidismo vergonzante. Y como lo bélico enciende todas las alarmas, caña a cualquier tipo de oposición a la guerra, con Zapatero a la cabeza: por suicidas, irresponsables... y antiamericanos, por supuesto. La convicción que late en el corazón de Europa debe mantenerse en el rechazo hacia este uso infame del poder que Bush quiere poner en marcha, sin presentar pruebas que lo justifiquen, porque una adecuada manipulación de los deseos y las necesidades del pueblo es la mejor arma del peor gobernante. Y es que, aunque algunos no se enteren, nuestros intereses están, ahora más que nunca, en la batalla por defender unos valores de la indignidad de una determinada política: esa que tanto gusta a los belicistas de salón.