31 de enero de 2003

La guerra ha comenzado ya en Europa
El pulso entre la Administración Bush y el régimen tiránico de Saddam Hussein dura ya unos meses a la espera del siempre inminente desenlace definitivo que terminará con el control del país por parte de EEUU. Tras la actuación de los inspectores de armas aceptada al fin por Bagdad en el entremés que posiblemente herirá de muerte a la ONU por su ineficacia ejecutiva, la guerra se ha iniciado en el escenario que suponíamos crucial: la opinión pública occidental. El primer 'daño colateral' de la contienda será el que previsiblemente menos lamente, por su carácter sin duda intencionado, el Gobierno estadounidense: el haber desbaratado cualquier intento de confección de una política exterior única europea. La UE estaba condenada a escenificar ese drama clásico de la desunión con el amigo americano al naufragar todo proyecto ('agenda común') o comunidad de intereses, imposible por la falta de sintonía, que ya auguramos, entre las dos orillas del Atlántico.

La inexistente armonía euro-estadounidense toma tintes de tragicomedia cuando, al estar en realidad los intereses globales en términos de influencia en el mundo sobre la mesa, la defensa de los principios democráticos que une a ambas potencias se plantea como una elección entre la paloma de la Paz y el misil Tomahawk. La apuesta de George Bush consiste en convertirse en adalid de la democracia con el descabezamiento de la dictadura iraquí. La recompensa se mide en barriles de petróleo y con el control geoestratégico de esa zona de Oriente Medio. Sin embargo, la debilidad europea se trasluce en el chantaje que unos Estados miembro impotentes no quieren reconocer pero están admitiendo con su servilismo. Europa puede defender los valores de Occidente con una política sensata que supere la tentación belicista, pero se pierde en la idea de cómo ponerla en marcha con los halcones de medio mundo alimentándose con la nutritiva 'doctrina Bush'.

En la UE la mayoría de los ciudadanos tiene claro qué piensa de la locura de la guerra preventiva, y tristemente se ha quedado sin más referente que el eje franco-alemán para defenderlo. Mientras, otros jefes de gobierno con el dúo Aznar-Blair a la cabeza prefieren las cartitas en prensa para animar a los corifeos propagandísticos que se masajean el ego en franca minoría arremetiendo contra un antiamericanismo, por lo visto, omnipresente. ¿Qué unión entre los europeos querrán estos que menosprecian la posición de esa 'vieja Europa' de Francia y Alemania para sumarse como soldado de tropa al ejército de Bush? No hay en realidad 'nueva' Europa y no la habrá nunca contra el deseo de los europeos. El presidente de EEUU es el actor principal que con discurso de grandes palabras quiere ejercer de héroe que libra al mundo y al propio Irak de la amenaza de Saddam. Pero no convence con esas artes a unos 'yurpeans' que no quieren ver, como cómplices, el espectáculo sangriento de la guerra en TV. Seguiremos informando.

25 de enero de 2003

Por un final digno
Últimamente recurro mucho a Al, como si necesitara alimentar la imaginación con su literatura en prensa para neutralizar un extraño ánimo que aflora de vez en vez en algunas de estas posdatas, entre cansino y pretencioso, y que ahora con el frío de enero me incita a hablar de la muerte. Nos cuenta Alvite que en el Savoy se puede encontrar a «esa clase de hombre para quien la muerte no es más que una mala postura con la que matar el rato». ¡Dios santo! Por qué será que no estamos todos hechos de la misma madera: asumir como especie un único sentido de la vida, nos proporcionaría esa visión lúcida de la muerte como un día malo que nos viene para rematar lo que fue un bonito trayecto. Porque la vida está para vivirla, que para dormirla hay siglos como decía Esperanza la del Maera, esa trianera pura. Los humanos funcionamos con motores de optimismo vital que utilizan de combustible el imprescindible pesimismo.

Sería trágico que anduviéramos despreciando el valor que cada segundo de vida tiene para al final lamentar que la película de nuestra vida no tiene un 'happy end'. Como si no tuviera mérito tejer una ópera prima con tan buenas escenas, con la improvisación como filosofía de rodaje, y con ese desenlace tan previsible en el momento más inoportuno. O más oportuno, según los casos, cuando la vida deja de llamarse vida. Acabamos de leer noticias de un hombre que acudió a Suiza para tomar las riendas de su enfermedad, como hace unos meses conocimos el caso de la parapléjica británica Diane Pretty, que falleció sin conseguir que su existencia en silla de ruedas, alimentándose a través de un tubo y padeciendo tremendos dolores se terminara según sus deseos con la ayuda de su marido. Leyes que condenarían a la cárcel a éste, y moralistas fanáticos que lo enviarían al infierno, se lo impidieron. Aún una sociedad avanzada como esta sigue sin entender que una muerte digna pasa por elegir cómo y dónde morir.

[Como con cada historia parecida, la noticia ha ocupado su hueco en los medios. Genera debate, con una mayoría favorable en la opinión pública, aunque quizá poco decidida: hay dudas. La eutanasia es un tema comprometido para los legisladores. En España tuvo amplia repercusión el caso de Ramón Sampedro en 1998. Diane Pretty batalló en los tribunales europeos por su derecho a morir sin éxito. «Reginald Crew, un tetrapléjico de 74 años que llevaba cuatro en una silla de ruedas con una enfermedad incurable falleció ayer en Suiza gracias a un suicidio asistido practicado por un médico de ese país». «El suicidio asistido continúa siendo ilegal en el Reino Unido (...) El Código Penal suizo es ambiguo, pero la práctica de ayudar a morir a un enfermo terminal está generalmente considerada como un “acto humano” e irreprochable». «Bélgica es el único Estado de Europa donde la eutanasia se considera legal» (La Vanguardia, 21/1/2003)]

19 de enero de 2003

La muerte de Pascual Duarte
Pasado el primer aniversario de la muerte de Camilo José Cela, es pertinente señalar que el personaje sigue siendo tan polémico y contradictorio como siempre. Después de muertos, muchos escritores o artistas se convierten en figuras intocables a fuerza de hablar bien del que ha pasado a mejor vida: con Cela, en cambio, permanece la controversia basada en el reconocimiento, por un lado, de la indudable calidad literaria de su obra y la discusión, por otro, sobre su vida pública, sus líos familiares o su carácter personal. Poco me importan, sinceramente, las acusaciones no probadas en relación con plagios o 'negros' de Cela, o sus opiniones sobre lo divino y lo humano. En su biografía están tanto su trabajo de censor como los libros que le fueron censurados. Deberían interesar más las narraciones de CJC que ese personaje en el cual se ceban sus más acérrimos detractores y del que se maquillan sus perfiles más oscuros por parte de los suyos.

Una imagen truculenta del escritor es la que se desveló con la polémica reciente sobre el garrote vil que se utilizó para matar al anarquista Puig Antich, condenado a muerte por la dictadura franquista, en 1974. Este instrumento sirvió para la última ejecución de este tipo en España y fue cedido, tras petición personal al CGPJ, a la Fundación Cela, donde se exhibía en una sala dedicada a «La familia de Pascual Duarte». Aunque ya convenientemente retirado, que el garrote estuviera como muestra de la «crueldad de la pena de muerte», como adujeron los responsables del legado del de Iria Flavia, no era motivo suficiente para tal exposición. De la espléndida novela sobre la vida de Pascual Duarte, se extrae un panorama dramático de injusticia, remarcado por el «tremendismo» literario, que empuja hacia la maldad a un hombre que sería otro si la sociedad lo hubiera tratado mejor.

Sin embargo, es evidente que la descripción no lleva a la denuncia: todo lo más, queda ésta implícita, pero no se traza una realidad para condenar los planteamientos éticos que la sustentan. Hace poco, incluso el escritor Javier Cercas se remitió a este primer libro publicado de Cela, en 1942, para desmontar lo que él supone una interpretación generalizada y errónea sobre la obra: no es disidente respecto a la España de la época, sino que básicamente se amolda a una coyuntura en la que la guerra y la victoria de los 'nacionales' se percibían como unos hechos necesarios para salir del 'caos' anterior. «La familia de Pascual Duarte» no cuestiona la bondad del nuevo régimen: su historia puede incluso leerse como una realidad previa a éste que ha cesado con la llegada de la España de Franco. Pero ¿sería Pascual Duarte al menos, como dicen, un alegato contra la pena capital?

No dudo que esa fuera la idea de CJC, aunque ciertamente no es la novela una reflexión genuina sobre la pena de muerte: tras la presentación de la historia no hay una toma de postura. Después de conocer cómo ha sido su vida, el juicio sobre la perversidad de la ejecución de Pascual Duarte es posible en la mente del lector. Pero no está en el texto. En él encuentras, eso sí, el verdadero horror de la pena de muerte cuando, al final, en la carta del guardia civil, describe: «...terminó sus días escupiendo y pataleando, (...) de la manera más ruin y más baja que un hombre puede terminar; demostrando a todos su miedo a la muerte». La indignidad mayor es quitar la vida a quien cae en la misma debilidad que nos iguala a todos: el miedo. En EEUU, el gobernador de Illinois acaba de conmutar 156 condenas a muerte: es una gran noticia a pesar de que la motivación sea dudosa -necesitaba lavar su imagen. Sin embargo, aún se pone por delante el argumento de la falta de garantías -como en este caso- y se deja intacto el fondo del problema. Hay quien no salvaría del garrote -o de la silla eléctrica- ni a Pascual Duarte.

12 de enero de 2003

Venezuela: midiendo las fuerzas
Estoy convencido de que todo conflicto tiene solución. Pero, desgraciadamente, no cualquier situación de crisis ofrece una vía de salida razonable cuando las partes llevan la tensión hasta el límite y se consolida día tras día un clima férreamente polarizado. En Venezuela, la descomposición social está imposibilitando que el pulso mantenido por chavistas y antichavistas dé lugar a una negociación justa en la que se resuelvan las mínimas exigencias para la convivencia entre los dos bandos formados en lo que algunos presagiaban se convertiría en una guerra civil. Desde el exterior resulta desconcertante que las fórmulas de diálogo no encuentren el impulso necesario para que el pacto pacífico de, llamémoslo así, 'reconciliación nacional' se produzca en el corto plazo. En cambio, ante la pugna que se vive en el seno de la sociedad venezolana, algunos ven muy fácil adherirse a uno de los bandos sin atender a las razones de unos y otros.

Hugo Chávez despierta insólita alegría como líder mesiánico de una parte de la izquierda que ve en él un futuro 'bolivariano' en el que la revolución pasa por el populismo que entierra la partitocracia anterior para mayor gloria del proyecto cuasi totalitario de ex golpistas reconvertidos en patriarcas de los excluidos. La izquierda latinoamericana debe mirar más hacia Lula como mejor ejemplo de integración de su política en el poder, aunque alguno habrá que seguirá sin ver las diferencias existentes entre sus amados líderes revolucionarios, Castro entre ellos. Y, de la misma manera, son legión los sobrevenidos adalides de la democracia que se han concienciado del valor de esta batalla contra el 'dictador' (?) Chavez, donde sólo un inocente y oportuno golpe de Estado a favor de su causa (y de esa clase dirigente 'amiga') pondría las cosas en su sitio. La quiebra del Estado de Derecho sería para estos entusiastas de las libertades un coste asumible con el objetivo de establecer de nuevo el 'justo' (!) orden de las cosas.

La desestabilización política tiene su origen, como en otros países, en el reparto del poder a favor de los partidos que legitiman un corrupto sistema político, a la vez que las desigualdades acuciantes destrozan cualquier expectativa entre amplias capas de población -muchos emigrados del campo a la ciudad- y eternizan la pobreza en un país con riquezas naturales pero sin justa redistribución. La llegada de un personaje como Chávez pone en guardia al poder económico al mismo tiempo que sus modos autoritarios impiden la consecución de un consenso social favorable. La oposición ha puesto en marcha todos los lógicos mecanismos de protesta; sin embargo, la huelga que trata de paralizar Venezuela desde hace más de un mes es una ofensiva brutal que daña los intereses generales del país. Las autoridades, con el ejército de su lado, mantienen sus posiciones apelando a las reglas del juego y sin sacar los pies del tiesto de lo estrictamente conveniente.

La fractura, en cambio, parece tan honda como para dar al traste con los esfuerzos del mediador de la OEA. Los antichavistas tienen razones de resistencia democrática que son defendidas por esa extraña unión de patronal y sindicatos con un paisaje de fondo poco alentador: la batalla por el control de los intereses petrolíferos, que tanto preocupan a EEUU. Hugo Chávez, por contra, quiere mantener el poder acallando las críticas con la acusación -fundada, de algún modo, por el recuerdo del 11 de abril pasado- de golpista dirigida a todo opositor. El presidente venezolano tiene el respaldo legal y democrático de unas elecciones, y sólo una alternativa política en el marco constitucional sería viable. La negociación entre ambas partes podría dar lugar a la salida digna del referéndum, tan sólo si los talantes de unos y otros no se obcecan en destruir al contrario a costa del propio futuro de Venezuela. Todos los sectores de la sociedad deberían coincidir en que por la vía del enfrentamiento no van a ganar nada.

6 de enero de 2003

La aritmética del redondeo
«Esto de los euros es un cachondeo». Que levante la mano quien no haya escuchado esta frase o similar en boca de un indignado ciudadano. Durante este año recién completado de circulación de la moneda europea casi se ha podido palpar en el ambiente el cabreo colectivo generado por el cambio obligado, de un día para otro, a la nueva unidad de cuenta. Fue para algunos una imposición de los burócratas comunitarios, pero al margen de escepticismos estériles la unificación monetaria ha dado sus frutos con indudables consecuencias positivas. Es, sin embargo, una intervención estatal sobre uno de los usos más comunes de los ciudadanos. El cambio supuso, junto a las minucias logísticas (sustitución de millones de monedas y billetes) a cargo de lo público, una intromisión en lo privado de las costumbres de toda la población que se ve abocada a cambiar el chip mental.

La moneda es una tarea que corresponde al Estado, no hay que darle más vueltas, porque si cada particular montara un chiringuito con la emisión privada de billetes bancarios, las transacciones serían imposibles en una economía con tantos medios de cambio distintos. Aunque, eso sí, a los políticos se les puede exigir al menos que los quebraderos de cabeza que un cambio de moneda comporta no se produzcan cada pocos años. Porque lo vivido en el primer año del euro ha sido antológico: un continente entero pagando las compras como si estuviera en el extranjero, con la conversión a cuestas. Hemos estado a punto de una rebelión popular, créanme. Por menos se originó el «motín de Esquilache». Con resignación habrá que llevar esa cruz que las encuestas -¿eran necesarias?- evidencian: todavía pensamos en pesetas.

Ya auguraba estas dificultades Josep M. Colomer hace un año en El País: «La adaptación al nuevo horario suele llevar como máximo un día. Pero la adaptación al euro, como a los pesos y medidas, puede llevar como mínimo una generación». Y a esto añadimos los aumentos de precios: una inflación no prevista, en una coyuntura que iba a ser sin remedio alcista, y que no ha sido sólo causa directa del euro por más que haya ayudado el dichoso redondeo. Los precios crecientes junto al dinero menguante en los bolsillos de los europeos han encrespado los ánimos sobremanera. Al aumento del coste de la vida han contribuido los aprovechados de turno (sobre todo del sector servicios) que ante la falta de competencia han hincado el diente al euro como nadie. En España, además, el diferencial de inflación con la media europea debería preocupar al gobierno. Aunque ahora esté más preocupado por la aritmética de la reinserción, donde el redondeo de los años de cárcel nos acerca más al cuadro que nos pinta Alvite que a otra cosa.