5 de octubre de 2003

Wojtyla y la vida después de la muerte
Juan Pablo II es uno de los Papas que durante más años ha gobernado la Iglesia Católica. El polaco Karol Wojtyla tomó relativamente joven las riendas del Vaticano, y ha podido ejercer su autoridad con la tranquilidad y el vigor necesarios para adaptar la institución más antigua de Occidente a los nuevos tiempos. Cumple en estas fechas veinticinco años de papado, cuando de nuevo se intensifica el ambiente de expectación ante una muerte inminente del anciano de 83 años que, cada vez con más evidentes dificultades, intenta cumplir con su agenda de actos desde Roma. Ha sido un Papa muy activo que ha batido todos los récords en viajes por todos los países, pero ahora ofrece una imagen que quedará como la del Papa incapaz que, por reivindicar la valía de la ancianidad, está dejando que la enfermedad convierta su cargo en títere en manos de los grupos de influencia que gobiernan el Vaticano. La desaparición de Wojtyla es una noticia esperada, en los dos sentidos: a nadie cogerá por sorpresa su muerte y muchos preferirán un pronto fallecimiento que ponga un fin definitivo a este largo papado, por distintas razones. Por caridad cristiana, ya que el empeño en no dejar sus responsabilidades pueden llevar al Papa a soportar demasiado sufrimiento físico en el quehacer vaticano. Por abrir pronto el periodo de sucesión, que a buen seguro está provocando excesivas pugnas internas en la Iglesia. O por satisfacer la gran incógnita de los vaticanistas, que en estos momentos ya apuntan las claves de la designación de nuevo Papa.

Sin embargo, en el entorno de Wojtyla hay algunos que han querido ironizar con los rumores que desde la Iglesia insinúan un desenlace muy cercano: «Muchos periodistas que en el pasado han escrito sobre la salud del Papa ya están en el cielo». Los obituarios ya elaborados están envejeciendo en las redacciones de los periódicos, tanto que a la CNN se le escapó la publicación en su web de uno de Juan Pablo II hace poco... y estaba escrito por un periodista que había muerto hacía dos años. No sabemos qué pasará si aún al Papa le quedan muchos meses de vida. En cualquiera de los casos, el fin de su papado será natural, lo cual remarca el periodo abierto en 1978 como principal en la transformación de la Iglesia Católica. Wojtyla ha sido un Papa carismático, y su gobierno atraviesa temporalmente dos épocas clave de la reciente historia europea, con el derrumbe de los regímenes del Este como ecuador de su intenso trabajo diplomático. Lo mismo ha destacado como anticomunista que como el Papa que viajó a Cuba. Es un Sumo Pontífice sumamente conservador que ha echado el freno a cualquier avance en materia doctrinal o en la moral sexual, a la vez que ha buscado una recuperación de los valores en la 'sociedad de consumo'. «Juan Pablo II y el legado del Concilio Vaticano II», un buen título para los análisis que tendrán que hacerse sobre la evolución de la Iglesia con la perspectiva de los años, cuando ya hay quien pide un tercer Concilio.

Este sacerdote polaco, no obstante, ha mantenido como seña de identidad en su diplomacia la contundencia en la demanda de paz cada vez que ha existido un conflicto. En relación con Irak, el «no a la guerra» desde la Plaza de San Pedro ha sonado en este último año con gran apariencia simbólica: la de un líder de masas, ya viejo, que pedía cordura a los gobernantes del mundo. Pero ahora ya no quedarán todas estas impresiones más que para el balance de pros y contras que cada sector de la Iglesia haga post-mortem. El legado primordial de Wojtyla está claro, al margen de la orientación del nuevo Papa: es preferible la continuidad. Con el nombramiento de nuevos cardenales se vislumbra lo que será el próximo Cónclave, en el que se elegirá previsiblemente a un papable que sea aceptado por una mayoría de fieles, ni muy conservador ni muy liberal. El mensaje cristiano es universal y, tal como lo entienden muchos, especialmente dirigido a la inclusión, contra la pobreza. Visto así quizá no parezca extraño abrirse a millones de católicos americanos con el nombramiento de un Papa hispano, de fuera de la opulenta Europa. La Iglesia Católica va a verse ante la oportunidad de caminar unos pasos adelante hacia la modernidad, aunque sabemos que los lobbies más reaccionarios trabajarán en sentido contrario a este posible talante del nuevo Papa. Pero lo cierto es que aunque no llegue con ánimo revolucionario, una constante demanda de cambios se arremolinará alrededor del nuevo pontificado. Wojtyla dejará un legado de estabilidad, pero no una férrea atadura a la tradición que impida a la Iglesia cambiar por influencia de un Papa mantenido en vida después de su muerte.