19 de octubre de 2003

Defensa europea y reticencias nacionalistas
Los proyectos europeístas de mayor calado que han terminado cuajando en la estructura actual de la UE fueron, en su momento, una combinación de idealismo cosmopolita y posibilismo tecnocrático. Los obstáculos que se presentaban al proceso de integración siempre se debían más a los aparatos de poder estatales que a las posibilidades de imaginación política y adhesión de la ciudadanía al proyecto ilustrado. Aunque no han sido pocas las crisis por euroescepticismo ciudadano, no es menos cierto que nunca ha dejado de existir un importante apoyo popular a la causa común europea; apoyo más que lógico, por otra parte, si tenemos en cuenta que esta unión es la única vía que garantiza un liderazgo y una fortaleza en el mundo que ningún país por separado puede lograr. El idealismo siempre se ha alimentado con nuevas metas cada vez; el posibilismo es la corriente a la que se ha sumado toda familia política que quiera seguir siendo algo en Europa, de forma que incluso los más nacionalistas llegan a aceptar el proceso de unificación monetaria, comercial o fiscal al convertirse lo contrario, la involución, en un verdadero programa revolucionario que sólo está en boca de líderes populistas con escasas expectativas de éxito.

Como decía, por tanto, cualquier nueva frontera que se quiera derribar en la UE va a estar apuntalada más por las reticencias nacionalistas en las estructuras estatales que por una opinión contraria de los ciudadanos europeos, contagiados afortunadamente por un gen europeísta que se desarrolla más con cada nueva generación. Cada paso adelante se suele dar, eso sí, cuando ya la idea ha madurado mucho en la opinión pública y los posibilistas aceptan que será irremediable cambiar el chip. El euro podía parecer una locura, hasta que se implantó y a nadie se le ocurre cargárselo de un día para otro. Los europeos tendremos algún día un DNI común o un presidente votado por sufragio universal, y un segundo después de abordados esos cambios nos estaremos preguntando cómo es que no se hicieron antes. Si queremos que siga existiendo la Europa que conocemos, tendremos que acabar dando los pasos necesarios para acercarnos a la Europa que deseamos. Los beneficios de la Unión se mantienen continuando con más integración, hacia objetivos como la política exterior y de defensa única. Europa debe ser autónoma, lo que significa que toda la independencia que nos hayamos ganado respecto del aliado trasatlántico habremos de conservarla uniendo fuerzas y objetivos en una política en pos de la existencia autónoma de la UE.

La fuerza militar europea está dejando de ser una idea abstracta para convertirse en una necesidad. Porque algunos de los actuales líderes no están dispuestos a demorar la consolidación de los demás logros comunitarios a través de la dotación de una existencia real al poder de la UE, lo cual conlleva jugar en las relaciones entre aliados un papel distinto al de satélites. ¿Quién va a decidir en el futuro nuestro vínculo con la política de EEUU? El unilateralismo actual de Washington podría terminar con la salida de Bush de la Casa Blanca; en el futuro podría haber una actitud estadounidense menos agresiva con la idea de Europa que los europeos podemos aprovechar para continuar con nuestra integración sin levantar recelos. Pero al margen de estructuras o cambios futuros en las instituciones mundiales, la política exterior -apuntalada por la defensa- de Europa tendrá que reflejar una voluntad común de la ciudadanía que no dependa de los tira y afloja de los líderes de cada país. La 'desunión' europea entre el eje franco-alemán y los aliados de Bush de la 'nueva' Europa es más virtual que duradera en el tiempo si se ponen las bases de un proyecto serio de defensa que encauce el rechazo al hegemonismo estadounidense y el inconformismo ante un eventual estancamiento de la UE. Salvados los escollos de la tentación de protagonismo nacionalista, la defensa europea es sólo cuestión de aunar voluntades.