21 de septiembre de 2003

Imperio (y III): La alternativa imprescindible
No es razonable empezar negando que la posición hegemónica estadounidense es una importante fuente de beneficios para la estructura productiva del país. Tan es así que el liderazgo económico mundial se asienta en la continuidad de una política exterior con voluntad de hegemonía, a pesar de la paradoja ya conocida de la indiferencia ciudadana hacia su propio papel en el mundo. La globalización tiene una parte de 'americanización' del planeta; así, cualquier vacío generado por la desaparición del mundo bipolar está ocupado desde hace una década por el proyecto de creación de un gran mercado mundial: noción de imperio reformulada por EEUU a partir de su apertura a las demás naciones. Hay que reconocer, por otra parte, que un retroceso en la progresiva integración económica y comercial internacional se ha vuelto ya inviable: tampoco se debería dudar de que, cualesquiera que sean las circunstancias futuras, la política exterior estadounidense no podrá despegarse de la necesidad de influir en y la capacidad de manejar privilegiadamente los principales resortes de la estructura política mundial. El obstáculo o, visto desde otra perspectiva, el 'factor diferencial' será el multilateralismo. Es decir, el grado de importancia que se conceda en la política impulsada desde Washington al respeto hacia las organizaciones multilaterales y la toma de decisiones conjunta en el ámbito del derecho internacional. Ello actúa como elemento diferenciador entre la visión unilateralista de los 'neocons' y los planteamientos más 'liberales' respecto a las instituciones globales.

Junto al modo de actuar ante el mundo, la política que los neocons han diseñado para la Administración Bush está impulsando la búsqueda desesperada de una alternativa al fondo que subyace de los discursos redentoristas del actual presidente de EEUU. Aunque la estrategia exterior no pueda sustraerse en ningún momento de su condición de superpotencia que no quiere dejar de serlo, cada vez más se auspicia la aparición de una alternativa imprescindible al belicismo de la fuerza frente a la razón, un proyecto alternativo en las formas y en los contenidos. El maniqueísmo más vergonzante ha sido uno de los condimentos de la visión mesiánica que han imprimido los neocons al cargo de presidente: hacia ese resurgir del fanatismo religioso y nacionalista de la extrema derecha de EEUU debe dirigir el contrincante de Bush en las elecciones del próximo año una crítica primordial. No es difícil dibujar cómo se debería enfocar un combate electoral con Bush: éste tiene ante sí la espada de Damocles de los déficit de la economía estadounidense que podrían reeditar el destino de su padre. Recordemos la derrota ante Clinton tras haber ganado la Guerra del Golfo y aquel consejo que llegó tarde: "¡Es la economía, estúpidos!". El Partido Demócrata, además, no puede ignorar el aporte de confianza entre el electorado que le proporcionaría un despegue 'responsable' de las posiciones republicanas: no se les demanda tanto un giro radical a la izquierda como una recuperación del tradicional internacionalismo liberal. Esa óptica sería, para muchos, la única adecuada para vacunar a la opinión pública contra el neopatriotismo 'bushiano'.

No es extraño encontrarnos con encuestas que reflejan que los estadounidenses prefieren una política con más colaboración internacional, es decir, que apuestan tras el 11-S por la diplomacia y por un mayor multilateralismo para luchar contra el terrorismo, lo cual contrasta con la elección del gobierno de emprender, una tras otra, operaciones militares por todo el mundo. En el ambiente de crecientes críticas a Bush por la posguerra iraquí, destaca especialmente la opinión de uno de los aspirantes a candidato demócrata, el ex gobernador de Vermont Howard Dean. Y destaca por su coherencia, puesto que se opuso a la intervención en Irak desde el principio y ha cosechado desde entonces importantes apoyos en los sectores más izquierdistas de su partido. De ser prácticamente un desconocido, en cuestión de meses Dean ha visto subir su notoriedad en la audiencia de todo el país y se ha convertido en el candidato en las primarias demócratas que más apoyo financiero recibe, gracias sobre todo a la red de organizaciones que bases del partido han construido, con la ayuda de internet y de ciberactivistas, para apoyar a este médico de 54 años que quiere seguir los pasos de Carter y Clinton en su camino a la Casa Blanca. En España se ha constituido, incluso, un comité de apoyo a Howard Dean en la web progresistasfordean.org, donde se puede encontrar amplia información sobre el precandidato y se afirma que «por nuestra seguridad y por la del mundo necesitamos que Bush no gane las próximas elecciones». ¿Será Dean la alternativa imprescindible?