14 de septiembre de 2003

Imperio (II): El dominio de los 'neocons'
A pesar de la declaración de intenciones del votante medio estadounidense, en el sentido de minimizar cualquier ambición imperial de su país, y de la tendencia ombliguista a replegarse sobre sí misma que tiene toda gran nación como EEUU, es indudable que la 'hegemonía USA' es el punto de partida de cualquier análisis político que se precie. La estrategia exterior del gobierno de Washington detenta, en consecuencia, el poder de determinar el pilotaje de toda la política internacional, aunque de puertas adentro casi ningún presidente sea juzgado primordialmente por los asuntos exteriores. Como la gran masa de electores que se siente cercana, según los casos, a los políticos más conservadores o a los más progresistas no es determinante para conducir la nave estadounidense en sus relaciones con el resto del mundo, son otros centros de poder los que adquieren un mayor protagonismo. La visión realista más asentada convierte la política exterior en un proyecto a largo plazo en el que no se discute el objetivo final -conservar la condición de única superpotencia- y sólo pueden modificarse los instrumentos que se manejarán, en función de las circunstancias, para satisfacer los objetivos intermedios. El resquicio que posibilita la diferencia entre gobiernos de distinto signo, sin embargo, es importante: en él se afanan las diversas élites ideológicas que tratan de erigirse en faros de la política exterior de su gobierno, ejerciendo también cuando sea necesaria una importante influencia sobre la opinión pública.

Ante los propios cambios de la realidad, se hace inexcusable la renovación de los planteamientos políticos. Esta es la premisa que ha impulsado la modificación de enfoques y propuestas a izquierda y derecha, tras acontecimientos como la caída del muro de Berlín. De entre todos estos cambios, ahora constatamos que quizás el más relevante sea la sustitución, iniciada en EEUU, del conservadurismo de corte más tradicional por una 'nueva derecha' con perfiles más definidos y menos anclada en el pragmatismo de la clásica 'realpolitik'. Los llamados neoconservadores (o 'neocons') son los abanderados del ideario que ha logrado calar entre una cierta conciencia patriótica estadounidense y que, asociado a un radicalismo religioso de firmes convicciones, dirige el rumbo de la Administración Bush en su pretensión de imponer una determinada visión del panorama internacional. Los 'neocons' han inspirado la actual política de intervención exterior con su idea de la seguridad nacional: el imperio estadounidense está presente en todo el globo, de tal forma que hemos de tratar de compatibilizar un desentendimiento respecto de los acuerdos internacionales y del multilateralismo de la ONU con una creciente voluntad de mantener la estabilidad en cuantas regiones del planeta estén presenten los intereses nacionales. Con los 'neocons' desaparece la idea de conservar ante todo el status quo y de resolver las crisis con la disuasión: los posibles riesgos no son un freno para el uso de la fuerza y los cambios siempre son bienvenidos cuando contribuyen a quitar obstáculos del camino.

Cambiar el mundo ha dejado de ser exclusivamente un deseo izquierdista gracias al ímpetu renacido de esta nueva derecha por adaptar la realidad a su propio ideal. En esa línea trabajan diversos 'think tanks' como el PNAC, que propugna un nuevo Siglo Americano a través de la erradicación de cualquier contingencia que pudiera cuestionar la hegemonía estadounidense. Los ataques preventivos, como el perpetrado en Irak, son buen ejemplo de esta doctrina. A esta revolución de las ideas conservadoras contribuyen ideólogos como Robert Kagan, y la presencia en el gobierno de destacados neocons -Cheney, Rumsfeld, Wolfowitz- es signo inequívoco del predominio de este movimiento intelectual entre los pensadores de la derecha. El pasado trotskista de algunos de estos estrategas no debe extrañar si consideramos la traslación que realizan los 'neocons' del concepto de 'revolución permanente' a la creencia en la bondad de esa especie de 'cambio constante' en pos de la defensa de la hegemonía estadounidense. El americanismo radicalmente extremista que enarbolan no puede sino encuadrarse en la idea de que sólo una élite en el gobierno de EEUU tiene la capacidad de liderar el mundo y librar a la humanidad de todos los males. Pero, al margen de otras influencias, es el filósofo muerto hace 30 años Leo Strauss el inspirador intelectual de los 'neocons': en su formulación de la existencia de una verdad esencialista acerca del Bien y del Mal se remarca la necesidad de una 'claridad moral' en los hombres destinados a dirigir la política. Es en esa firme determinación de acabar con los enemigos de la sociedad donde adquieren los 'neocons' su verdadera razón de ser.