7 de septiembre de 2003

Imperio (I): La hegemonía paradójica
Tras el derrumbe de la Unión Soviética, el papel que adoptaría EEUU en el mundo como potencia que salía vencedora y triunfante del enfrentamiento entre bloques era, a ojos de muchos, el de un renacido imperio. Diferente a la estrategia que ligaba la política de EEUU a las actuaciones de los soviéticos, el plan que en los 90 construiría un imperio distinto al del tradicional imperialismo tenía, al menos, dos factores a favor: una época de expansión económica que estableció el dominio estadounidense de la economía mundial y la victoria en todo el planeta de la cultura 'americana' como cultura 'global'. Ese punto de partida tantas veces descrito por los analistas políticos, la creación de un Nuevo Orden Mundial tras la desaparición del mundo bipolar, fue adquiriendo diferentes realizaciones y, sobre todo, contrapuestas interpretaciones entre los ideólogos: unos decían que habría que basarse en el poder 'blando' y el multilateralismo; otros siempre defendieron que la política estadounidense podría ser unilateral y, por supuesto, intervencionista cada vez que existiera una amenaza para su hegemonía. La era Clinton aportó elementos para ambas visiones del futuro. Las actuaciones en el exterior daban a EEUU el papel de garante de un orden en el que estaba en juego su dominio. Pero al mismo tiempo la conexión occidental orientaba la política exterior al ejercicio de una especie de liderazgo amable de las democracias de occidente sobre el resto del mundo.

Este modelo de imperio, revestido como ejercicio responsable del poder por parte de EEUU, giró decididamente tras los atentados del 11-S hacia una política beligerante, tantas veces agresiva, que garantizaría la hegemonía estadounidense frente a cualquier elemento de inestabilidad en todo el mundo. Otras potencias como China no están en disposición de hacer la competencia a esta estrategia, de tal modo que no hay habitante en el globo que no reconozca la superioridad clara y absoluta de la hiperpotencia unilateral frente al resto de estados soberanos. Sin embargo, las dificultades no son pocas. En un reciente artículo, el historiador Paul Kennedy analizaba la complejidad que suponía para EEUU mantener varias operaciones militares en marcha al mismo tiempo en diferentes puntos del planeta. El ejército hace que el imperio sea tal, puesto que junto a la hegemonía económica y cultural es imprescindible conservar a cualquier precio una incontestable superioridad militar. Y concluía Kennedy: «¿Es ése el futuro de la democracia estadounidense: mantener sus tropas durante tiempo indefinido en la frontera noroccidental o en un puerto plagado de enfermedades de África occidental? Nosotros negamos frenéticamente que tengamos ambiciones imperialistas, y creo que esas negaciones son sinceras. Pero, si cada vez nos parecemos más a un imperio y caminamos como un imperio y graznamos como un imperio, quizá nos estemos convirtiendo precisamente en uno».

El considerable esfuerzo que implica la actual política de intervención en el exterior lleva al ejército de EEUU a buscar colaboradores entre los principales países del mundo; sin embargo, se da la circunstancia de que ese aliado militar de entidad -exceptuando el Reino Unido- tendría que estar entre los países que se han opuesto a la aventura iraquí. No hay otros que quieran ser los fieles incondicionales aliados que se necesitan. Incluso el país que asume un papel hegemónico ha de buscarse colaboradores, y lo cierto es que tras el empecinamiento belicista de Bush se le ha puesto más difícil a EEUU encontrar adhesiones que no sean las de países de muy relativo peso internacional. Analizaba este obstáculo Paul Kennedy y cualquier lector de su artículo podía llegar a la conclusión de que, aunque los ciudadanos estadounidenses no quieran verse como un imperio, toda política que implique una asociación de otros países con EEUU con la actual correlación de fuerzas significa ir por la senda de un comportamiento imperial, al modo en que otros imperios en la historia se ganaban el favor de otras potencias para mantener su hegemonía. Sería comprensible esa justificación ingenua del papel preponderante de su país que pueden realizar muchos estadounidenses: somos un país libre y próspero al que 'lógicamente' le toca liderar el mundo. Pero si creyéramos en la sinceridad de ese punto de vista nos sorprenderíamos un instante después constatando que en la última década EEUU se haya constituido en una hegemonía mundial paradójica que, al parecer, nadie dentro de sus fronteras desea.