12 de agosto de 2003

Liberia y los señores de la guerra
En África las guerras con componentes tribales son el pan de cada día desde hace demasiado tiempo. En países como Liberia, la carnicería que ha costado la vida a más de 2.000 personas desde junio es buen ejemplo de la catástrofe humana y política que se vive en todos los conflictos armados en los que se alían los intereses económicos de unos pocos con los señores de la guerra para convertir esa parte del mundo en un infierno. El papel de la comunidad internacional es imprescindible para frenar cada crisis puntual antes de que se convierta en un foco de desestabilización como el que propició Charles Taylor desde la presidencia de Liberia. Tras su reciente renuncia al poder, gracias a la presión de EEUU, se abre una esperanza de paz en un país que ha sufrido la violencia 14 largos años. Las fuerzas opositoras que controlan el territorio liberiano y cercan la capital Monrovia ponían como condición para el cese de hostilidades la salida del dictador, que ahora se va a un exilio dorado en Nigeria. Taylor es un sanguinario guerrillero que accedió a la presidencia tras acabar con el anterior presidente Samuel Doe -que a su vez tomó el poder tras un golpe de estado en 1980 en el que también participaba el ahora depuesto dictador- y que en su discurso de despedida se presenta como salvador de la paz que se 'sacrifica' por su pueblo, cuando realmente su régimen estaba acabado por el asedio de la guerrilla opositora.

Los enfrentamientos en Monrovia entre estas dos facciones -leales a Taylor y oposición armada- han hecho sufrir a la población civil hasta obtener este acuerdo precario que deja muchos cabos sin atar. Taylor deja en el gobierno a su vicepresidente, Moses Blah, al menos durante los dos próximos meses. Y los opositores, de dudoso bagaje democrático, pueden retomar su acoso sanguinario al poder si no se opta por la negociación de un nuevo gobierno interino. Las fuerzas internacionales de paz deberán jugar un importante papel de desmilitarización que garantice la implantación de un sistema político mínimamente democrático a largo plazo, si se quiere conjurar el peligro de una vuelta de Taylor -como él mismo ha prometido- que dé al traste con los esfuerzos de los mediadores africanos. EEUU fue el país que creó Liberia en esa parcela de África en el siglo XIX para los negros que habían sido liberados de su esclavitud. Desde entonces, y siendo uno de los primeros estados independientes del continente, su seguridad fue garantizada por EEUU. Ahora Washington y el resto de la comunidad internacional deberán tomarse en serio la pacificación de Liberia si no quieren consagrar en este país un caso paradigmático de drama político y social tan característico de África: un Estado casi inexistente, un país sin ley, derrumbado económicamente, y corrupción e inseguridad generalizadas.

Taylor es sin duda el prototipo de criminal que viene apoderándose del futuro de parte de la población africana mediante el control de su riqueza y una mano de hierro. Este 'señor de la guerra' siempre supo canalizar oportunamente la producción de oro y diamantes para perpetuar el estado de enfrentamiento entre facciones rivales. En Costa de Marfil, en Guinea, conocen los efectos de la desestabilización política, en parte responsabilidad de Taylor y su implicación en el comercio de diamantes y el tráfico de armas. El genocida, ahora en su exilio nigeriano, posiblemente logre escapar de la justicia que le reclama en Sierra Leona. La Corte especial de Naciones Unidas para ese país le acusa de crímenes de guerra y otros delitos contra la humanidad por los que no pagará gracias a la comprensión de otro régimen africano. El papel que ejerció en la guerra civil de su país vecino, donde de nuevo obtuvo el señor de la guerra su recompensa en diamantes, pasará -primero por su condición de jefe de Estado y ahora por la protección extranjera- a un estado de total impunidad. La fuerza que ejercen los negocios que no puede controlar la comunidad internacional, que esquilman las riquezas naturales de estos países y que sirven para enriquecer a unos pocos señores de la guerra, es el principal factor deslegitimador del poder democrático en África. El futuro del continente pasa por afrontar, definitivamente, los problemas desde su raíz.

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