7 de mayo de 2003

La caricatura de Ánsar
Los autores de sátira política de este país gobernado por el líder galáctico más inconmensurable de todos los tiempos están desolados. La propia realidad les chafa cualquier idea ingeniosa, y en cada declaración del inquilino de la Moncloa se nos ofrece una caricatura del guiñol del plus, a través del discurso encendido fruto del delirio de algún asesor haciendo méritos. Que le aparten esas pastillas al escribidor de consignas 'peperas', por favor. Nuestro presidente ha vivido una metamorfosis imperial desde que le canta al oído al perturbado de la Casa Blanca. Ese acento tejano, esa mirada de arrogancia preventiva, le delatan. Ahora es Ánsar, el campeón de las Azores, y quiere ser protagonista, a modo de plebiscito, del 25M. Pero ya nadie lo reconoce como aquel al que votamos todos con la 'regeneración democrática' bajo el brazo. Sus lecturas joseantonianas de joven rebelde se le han cortocircuitado, en el año del glorioso centenario, con los ímpetus 'neocons' de los halcones y el tonillo, entre curil y de maestro que riñe a sus alumnos, de los adalides de la 'santa intransigencia' opusiana. Todo ello viene a ser como la versión celtibérica de la 'marea retro' occidental, de ahí que, llegando la campaña, se sacan los discursos del miedo. Son recursos electorales para animar a sus votantes a ir a las urnas, tocando la fibra sensible, y ahí Ánsar es un experto: el gran crispador. Así que, preparaos que hemos ganado la guerra y, si perdemos las elecciones, ya veréis lo que os espera, el desastre: la España roja y rota. Cuidadito con los socialcomunistas que ya sabemos lo que pasó en el 36. Tal artillería verbal se le antoja a cualquiera un exceso. Correlato lógico: en el PP creen que somos todos idiotas, o en su defecto oyentes de la COPE que asisten a misa diaria para comulgar con los dogmas de Losantos & cía. El ciudadano medio desconfía de estas argucias propias de trileros que juegan con el escurridizo miedo. Ánsar despotrica que da gusto contra la oposición, pero sin percatarse de lo que se le escapa por el centro. Aunque lo mismo le da: a Él sólo lo juzgará la Historia.