18 de mayo de 2003

Crónica de campaña
Queda una semana para que las urnas estén cerradas y todo el pescado vendido. Tengo sobredosis de mítines, eslóganes y reclamos electorales: cualquier intento que hago por analizar el devenir de la campaña se me termina pareciendo más a la crítica literaria del folleto de ofertas del super de la esquina o a la autopsia del libro 'Cómo arengar a las masas sin hacer uso de la inteligencia', que a un artículo sobre las elecciones. Cuando logre recomponer los pensamientos que se me amontonan en el cerebro sobre la nunca bien ponderada labor de los estrategas electorales de los partidos, escribiré algunas líneas más. Seguiremos informando.

20 de mayo: Es martes y faltan cinco días. La retórica no es un arte que brille especialmente en campaña. Cualquiera con un poco de tiempo libre podría ponerse a clasificar la infinidad de frases huecas que se escuchan estos días, lo mismo para prometernos el paraíso terrenal que para descalificar burdamente al adversario. En ambos casos se opta por no hacer trabajar las neuronas del electorado. Al fin y al cabo, una gran parte del voto ya está decidido: este espectáculo de exaltación partidista sólo sirve para fijar a los convencidos o para decantar a un pequeño sector de los indecisos. Las encuestas, como de costumbre, han alumbrado bastante poco. Aunque coinciden en un virtual 'empate' técnico y en que aún hay muchos indecisos. Lo del empate nos recuerda que los datos relevantes, los del 25 por la noche, serán sometidos a las más variadas interpretaciones: no habrá empate, eso seguro, pero el que pierda nos hará creer que, de 'algún modo', ha ganado él también. En cuanto a los indecisos, estoy convencido de que la mayoría de quienes no eligen la papeleta hasta el día de introducirla en la urna son refractarios a toda esta movida de las campañas. Para decidirse, ya tienen elementos de juicio suficientes en lo ocurrido en la última legislatura. Y es que en ocasiones, una campaña de vencedores 'sin complejos', como la que está haciendo el PP, puede ser contraproducente para sus intereses. El ejemplo: ese indeciso que cada vez que el líder carismático irrumpe en su televisor, durante esos minutos mitineros que la televisión privada que controla le regala descaradamente, se convence de que debe ir a votar, porque no soporta que un tal Ánsar irrumpa con sus cabreos en el salón de su casa. Si el domingo, piensa, se lleva un cabreo monumental con los resultados, lo mismo este país duerme más tranquilo. Cuanta menos abstención haya, mejor.

22 de mayo: Queda poco para el cierre de campaña: los políticos quizá disfruten con el tour de mítines, o los candidatos con el reparto de propaganda por la calle y por los mercados, pero el pueblo soberano se cansa, se desespera, está harto de dos largas semanas de consignas, zapea. A pesar de las insólitas escenas de los políticos acercándose a la gente corriente con actitud humilde para suplicar el voto. Ya las campañas no son para exponer programas: reconozcámoslo. Y si en estas municipales se habla tanto de política general, no es sólo porque los grandes líderes las quieran convertir en primarias: sabemos que votamos a alcaldes -y bien que los juzgaremos en las urnas-, pero el voto lleva implícita una toma de posición sobre el mundo ineludible. La política local es especialmente peculiar en una democracia, está más cerca que ninguna a la gente, quienes se presentan son gente conocida en función del tamaño de la localidad, y también nos invita a dar el visto bueno o el castigo al panorama general. Convivencia es la del barrio y la del planeta; seguridad es la de los mares y la del casco urbano; la política participativa o la vivienda dependen de una misma filosofía de gobernar y relacionarse con el poder económico -para favorecer la especulación o para primar el interés público. ¿A quién extraña que el voto del domingo tenga, en parte, una vertiente de veredicto al gobierno? No hay que negarlo, ahora que se está acabando el tenderete electoral: nuestro querido Ánsar juzgará el resultado, si se da el caso, como una medalla que colgarse en la solapa tras la foto de las Azores. Votar a la contra, voto útil, en conciencia, el menos malo... todo es válido, pero lo asombroso es no ser consecuente cuando toca definirse. Así que quien no quiera lamentar después esta 'farsa democrática' en la que a pesar de la que ha caído nada se mueve y blablabla, ya sabe lo que tiene que hacer el domingo.

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