11 de abril de 2003

Cae Saddam y llega el caos
El titular de este comentario es rigurosamente cierto, aunque pareciera fruto del entusiasmo de algún fanático del saddamismo. Nadie ha dejado de sentir alegría ante la descomposición final del régimen dictatorial del partido Baaz. Ahora que el país está bajo control del ejército angloestadounidense, se abre por fin una nueva fase de la invasión que, esperemos, dé lugar a un estado con mayor libertad para los iraquíes. Sin embargo, no deja de ser real el caos que vive Bagdad, como paradigma del derrumbe de un aparato estatal que mantenía un orden determinado y que tras su desaparición sólo deja imágenes de saqueos y pillajes. Debe ser síntoma de la democracia traída por los libertadores el que todo aquel que aún conserve dos brazos y dos piernas pueda robar un sillón de una embajada. No sabemos si esta sociedad, que como ya dijimos tardará mucho en reedificarse moralmente, terminará prefiriendo esta anarquía momentánea al nuevo régimen diseñado por los neocolonialistas. Será difícil implantar un gobierno mínimamente satisfactorio en ese país, en términos de legitimidad y eficacia. Porque lo fácil era derribar una estatua de Hussein en un acto de simbolismo mediático casi incomparable. Ahora la lupa estará sobre EEUU y sus preferencias por unos gobernantes títeres en Irak, que deberán lidiar entre otras cosas con la cuestión kurda. Acontecimientos que ya no podrán contar Julio A. Parrado y José Couso: la lucha por la verdad siempre se lleva por delante vidas, con su derrota. «Malditas las guerras y los canallas que las apoyan», acierta Anguita. La victoria no es real cuando no se justifican tantas muertes. «Nadie va a creer que hemos matado a iraquíes para liberarlos...».