5 de febrero de 2003

El ardor guerrero de los lacayos
¿Qué mecanismo habría que inventarse, si no existiera ya, para expresar el sentir de los viejos habitantes de este senil continente? El Parlamento Europeo: que ya aprobó por mayoría hace una semana una declaración en contra de la guerra de Bush. Aunque Bush quizá no sepa ni siquiera que exista: el mapa de Europa es demasiado complicado como para aprendérselo («¿dónde dices que está Estrasburgo?») y por lo visto le basta desde hace tiempo con trazar un par de ejes para dividirnos entre lacayos y respondones maleducados. Aznar, que recibe el privilegio de ser el más telefoneado por el amo de la Casa Blanca, todavía se permite la desfachatez de hablar de «aislacionismo» en las posiciones de quienes no deciden qué decir un minuto después de que hable el portavoz de Washington. Como hace él mismo, para labrarse un futuro -incierto- con los pies sobre la misma mesa que Bush, pero sin percatarse demasiado de que este presidente de EEUU es muy poco fotogénico para los ciudadanos de aquí: obtendría más prestigio con otra boda hortera en El Escorial y un par de petroleros hundidos en el Mediterráneo.

Debe ser la influencia de esos civilizados periodistas que ponen todo su entusiasmo en defender cualquier cosa que decida EEUU porque ellos defienden siempre la libertad y la democracia. ¿Y por qué defienden el ataque preventivo de EEUU? Porque si es de EEUU, eso es defender la libertad. Y de ahí no salen, de ese simplismo mental que sintoniza con Aznar y con la política del seguidismo vergonzante. Y como lo bélico enciende todas las alarmas, caña a cualquier tipo de oposición a la guerra, con Zapatero a la cabeza: por suicidas, irresponsables... y antiamericanos, por supuesto. La convicción que late en el corazón de Europa debe mantenerse en el rechazo hacia este uso infame del poder que Bush quiere poner en marcha, sin presentar pruebas que lo justifiquen, porque una adecuada manipulación de los deseos y las necesidades del pueblo es la mejor arma del peor gobernante. Y es que, aunque algunos no se enteren, nuestros intereses están, ahora más que nunca, en la batalla por defender unos valores de la indignidad de una determinada política: esa que tanto gusta a los belicistas de salón.