6 de enero de 2003

La aritmética del redondeo
«Esto de los euros es un cachondeo». Que levante la mano quien no haya escuchado esta frase o similar en boca de un indignado ciudadano. Durante este año recién completado de circulación de la moneda europea casi se ha podido palpar en el ambiente el cabreo colectivo generado por el cambio obligado, de un día para otro, a la nueva unidad de cuenta. Fue para algunos una imposición de los burócratas comunitarios, pero al margen de escepticismos estériles la unificación monetaria ha dado sus frutos con indudables consecuencias positivas. Es, sin embargo, una intervención estatal sobre uno de los usos más comunes de los ciudadanos. El cambio supuso, junto a las minucias logísticas (sustitución de millones de monedas y billetes) a cargo de lo público, una intromisión en lo privado de las costumbres de toda la población que se ve abocada a cambiar el chip mental.

La moneda es una tarea que corresponde al Estado, no hay que darle más vueltas, porque si cada particular montara un chiringuito con la emisión privada de billetes bancarios, las transacciones serían imposibles en una economía con tantos medios de cambio distintos. Aunque, eso sí, a los políticos se les puede exigir al menos que los quebraderos de cabeza que un cambio de moneda comporta no se produzcan cada pocos años. Porque lo vivido en el primer año del euro ha sido antológico: un continente entero pagando las compras como si estuviera en el extranjero, con la conversión a cuestas. Hemos estado a punto de una rebelión popular, créanme. Por menos se originó el «motín de Esquilache». Con resignación habrá que llevar esa cruz que las encuestas -¿eran necesarias?- evidencian: todavía pensamos en pesetas.

Ya auguraba estas dificultades Josep M. Colomer hace un año en El País: «La adaptación al nuevo horario suele llevar como máximo un día. Pero la adaptación al euro, como a los pesos y medidas, puede llevar como mínimo una generación». Y a esto añadimos los aumentos de precios: una inflación no prevista, en una coyuntura que iba a ser sin remedio alcista, y que no ha sido sólo causa directa del euro por más que haya ayudado el dichoso redondeo. Los precios crecientes junto al dinero menguante en los bolsillos de los europeos han encrespado los ánimos sobremanera. Al aumento del coste de la vida han contribuido los aprovechados de turno (sobre todo del sector servicios) que ante la falta de competencia han hincado el diente al euro como nadie. En España, además, el diferencial de inflación con la media europea debería preocupar al gobierno. Aunque ahora esté más preocupado por la aritmética de la reinserción, donde el redondeo de los años de cárcel nos acerca más al cuadro que nos pinta Alvite que a otra cosa.