28 de diciembre de 2003

Dos mil tres quejas y un ojú (y II)
No le veo otra lógica a estos doce meses que ahora terminan que la de un predominio de la queja y el lamento. Cuando se retira la tolerancia a los cuarteles de invierno, los excesos siempre generan agravios y se retroalimenta la intransigencia. Al negarse las posibilidades del diálogo, los despropósitos cotidianos están reavivando de igual manera el sufrimiento de las víctimas y el victimismo. En el momento en que la política se convierte en un ordeno y mando, volvemos, en fin, al más ramplón insulto a la inteligencia de los ciudadanos. Todo ello nos devuelve la necesidad de entonar quejas ante una autoridad que ni sabe ni contesta. El ritmo del 'Ojú' del trío Las Niñas ha sido, por tanto, fiel registrador del espíritu de este 2003. Hemos tenido demasiadas razones para protestar y, posiblemente sin querer, vamos a dejar este año con el recuerdo de una hilera de quejas por los más variados motivos. Algunas, incluso, sin fundamento real, como esa preocupación tan provinciana por la unidad de España, por no nombrar las falaces reafirmaciones nacionalistas. Afortunadamente, el mundo no se acaba en esas fronteras tan próximas que unos y otros reivindican y defienden: el 2003 ha sido, también, el primer año de la protesta global.

Crecieron durante estos últimos meses muchas cuestiones de atención preferente que antes apenas estaban haciéndose un hueco en la opinión pública. Fue la guerra quien se llevó el protagonismo al suscitar en su contra un grito unánime que resonó en las más alejadas ciudades del planeta. Pero creo no equivocarme al decir que durante este año se han consolidado muchas inquietudes. Y no sólo por el incierto futuro que nos depara el panorama internacional, sino también por las preocupaciones sociales y la micropolítica. La violencia ejercida contra las mujeres ha vuelto a ser, con contundente coraje, un motivo de denuncia urgente por parte de la sociedad. Otras batallas, a las que casi acabamos de empezar a prestarle atención, son la de la siniestralidad laboral y la de los accidentes de tráfico. Muertes absurdas en una sociedad desarrollada que evita la enfermedad -como la epidemia de sida que sufre África, un nuevo foco de catástrofe humana que pasa por delante de nuestras narices sin que nos demos ni cuenta-, pero que tiene una larga lista de agujeros en su bienestar social. Muertos por accidentes aquí y, paradójicamente, muertos en el Estrecho por intentar llegar hasta aquí en busca de un futuro mejor. Otro drama que no cesa: el desembarco mortal de las pateras.

Aunque sea débilmente, algo se ha despertado en 2003 para poder afirmar que los problemas que han de ser resueltos en el próximo futuro no constan únicamente como preocupación de los poderes públicos: hay una demanda social, esperemos que cada vez más fuerte, que empuja a la búsqueda de soluciones. Al terminar el año, la fatalidad nos devuelve, sin embargo, incluso un poco más de lo mismo de este 2003 empantanado por los desastres: el terremoto en Irán. Este tipo de catástrofe natural, impredecible y de consecuencias inversamente proporcionales al nivel de desarrollo del país, desanima cualquier esperanza de quienes precariamente viven en un mundo desigual en el que hasta un temblor de tierra es peor en un zona rural de Oriente que en un ciudad del Norte occidental. Decenas de miles de víctimas: esos sí que son efectos de la inseguridad. Este año nos ha salido mal, no hay por donde cogerlo; pero lo cierto es que tampoco lo podemos repetir. La queja universal debe servirnos, al menos, para impulsar salidas a tantas crisis irresolubles y a tantos desastres que amenazan con perpetuarse. Cuando sale un balance anual tan negativo, es preferible quedarse con el lema del optimista pragmático: por lo menos, peor no puede ser 2004.

21 de diciembre de 2003

Dos mil tres quejas y un ojú (I)
Al finalizar el año, a algunos nos gusta buscarle un signo distintivo que lo clasifique en el archivador del recuerdo con una lógica, en cierto modo sentimental, pero acorde con la realidad de lo ocurrido en el mundo. Así, el 2002 fue el 'año Aserejé' por algo más que el sonado éxito musical de Las Ketchup con esa canción que salió de Córdoba para recorrer medio mundo. El pasado año estaba, además, impregnado por el aserejé de la despreocupación y el carpe diem, que se impusieron como bálsamo que curara el miedo que a los habitantes de este planeta les había metido en el cuerpo un 11 de septiembre que no se iba a borrar fácilmente de la memoria. 2002 simbolizaba el respiro que nos habíamos dado para asimilar que algunas cosas iban a cambiar. Pero hace justo doce meses ya podíamos presentir que esa tranquilidad momentánea se esfumaría pronto: el 2003 ha sido, ante todo, un año 'serio'. El espacio público ha dejado de ser un lugar donde importe ser simpático para pasar a convertirse en escenario de las firmes convicciones, las inquebrantables creencias y los decididos empeños de los gobernantes en satisfacer los bajos instintos de una parte de la ciudadanía.

La seriedad de la política de 2003 se demuestra con la relevancia adquirida por los acontecimientos ocurridos este año y que vertebran la gran preocupación de esta época: el futuro incierto. El desafío del terrorismo, en pretendida conexión con el belicismo desatado en Irak, alimenta el apuntalamiento de un orden en supuesta amenaza constante, y para ello actúa la generalizada inseguridad como argumento polivalente que justifique la actual deriva hacia el caos. Nada más lejos del 'orden' que la defensa de éste generando incertidumbres y nuevos problemas. La guerra a la que la opinión pública se ha tenido que enfrentar ha traído caos y destrozos en más de un plano de análisis, además de en el propio Irak. Por un lado, las relaciones internacionales están empantanadas, justamente ahora, cuando la globalización demandaba nuevas formas de gobernación globales. Y por otro, los ímpetus belicistas demostrados desde el poder han alejado a los ciudadanos de la toma de decisiones y enfrentado las opiniones en un ambiente crispado y manipulado por los instintos a los que me refería: pasiones patrióticas y esencialismos excluyentes.

Debido a la arrogancia del poder, la discrepancia política ha tenido que recurrir a la queja y a la protesta, instrumentos que nunca son tenidos en consideración por quienes se sitúan como gobernantes en un plano superior de discernimiento. Los ciudadanos han necesitado expresar su disconformidad para dejar claro ante quienes escriben la historia que rumbos equivocados con consecuencias tan graves, como los que van tomando los estrategas de la guerra, no se eligieron ante la unanimidad silenciosa de la mayoría de la sociedad. Es por ello que lo que nos ha traído el 2003 pueda ser perfectamente explicado con lo representado por la conocida canción del grupo Las Niñas. El rap flamenco de 'Ojú' simboliza que nos hemos vuelto serios para declarar que la gente está harta de demasiadas cosas. Porque 'la guerra es mu perra', y a Bush y sus acólitos no se les puede olvidar que el momento de lanzar el primer ataque supuso también la última gota que colmó el vaso de la serenidad ciudadana. El año que termina fue el del resurgir de un espíritu crítico que se manifestó tomando como bandera el civismo necesario en momentos tan agresivos como el presente.

14 de diciembre de 2003

Los europeos y el envejecimiento
Entre los cambios demográficos más significativos que comporta la modernización de las sociedades europeas está la caída de la tasa de mortalidad paralela a la de natalidad. Si tras el 'baby boom' el número de nacimientos es menor cada año, hemos de reconocer que un cambio inexorable nos conduce al envejecimiento progresivo de la población. Esto quiere decir que avances indudablemente positivos -ampliación de la esperanza de vida, control de la natalidad- llevan aparejados un resultado paradójico del desarrollo: a mayor desarrollo, población más vieja; situación que dista de ser 'deseable' para el avance social. Por un lado, se considera la juventud factor imprescindible para el progreso sostenido de la sociedad y, por otro, una vez alcanzado un determinado status, el envejecimiento se convierte en una amenaza para la conservación del desarrollo. Es tan inquietante el tener que administrar la vejez como efecto de las sociedades avanzadas que, al menos públicamente, retrasamos la toma de conciencia y el cambio de mentalidad necesarios. La inmigración como factor que reequilibra la situación demográfica -ingreso de población joven, mayor natalidad- da un respiro a las viejas sociedades europeas. Pero seguimos practicando el culto a la juventud, que se vuelve un bien escaso, por la inseguridad de un futuro con una pirámide poblacional de difícil manejo.

Hay una cuestión que lleva rondando el debate sobre el envejecimiento desde hace años: se trata de la viabilidad de los sistemas de pensiones. Si en Europa creemos de verdad en el Estado del Bienestar, habremos de encontrar en el marco de las políticas públicas los cimientos de unas prestaciones seguras para todos los jubilados cualesquiera que sean las circunstancias. Porque es posible y porque el incremento de población de la 'tercera edad' implica nuevas necesidades que las políticas de bienestar no pueden obviar. A pesar de la ola dominante en materia de desmantelamiento del Estado de Bienestar, hay que incidir en que lo público no debe quedar al margen de la actual trasformación demográfica, de la misma manera que no puede desentenderse de las políticas sobre la familia. Países como España tienen aún un camino por recorrer para alcanzar niveles de servicios sociales comparables a los de otros estados de la UE. El envejecimiento demanda, por ejemplo, una atención domiciliaria a los ancianos que lo necesiten para resolver la dependencia que tienen de unas familias en las que todos sus miembros están activos. Desde otro ángulo, es indudable que ahora mismo el trabajo de muchos abuelos en el cuidado de sus nietos es imprescindible para que ambos, en una pareja con niños, trabajen fuera de casa. Los 'mayores', como se les llama, siguen siendo tan útiles como cuando fueron jóvenes.

Aprovechar la valiosa aportación de los viejos a la sociedad, y recompensar su esfuerzo con la cobertura de las necesidades básicas, debe ser el principio rector de las políticas públicas en esta sociedad envejecida. La jubilación tiene que adaptarse a las diferentes situaciones que se dan cuando de relevar a la gente de más experiencia se trata. Hay trabajos en los que una jubilación temprana facilita las cosas tanto a quien pone fin a su vida laboral como a quienes se incorporan a ese sector. En cambio, el caudal de capital humano atesorado por otros tantos trabajadores en edad de jubilación no debiera ser desperdiciado retirando de la circulación a personas que tienen cada vez una mayor expectativa de larga vida. La jubilación ya no significa que se esté cercano a la muerte, al contrario de lo que decía el viejo de «La hoja roja», la novela de Miguel Delibes: los 65 años no son la edad en la que aparece la hoja roja, que indica el fin, en el librillo de papel de fumar. Esa señal de decadencia vital llega ahora, gracias a los avances en materia de salud, a una edad cada vez más avanzada. El envejecimiento de la sociedad europea comporta cambios que pueden ser afrontados racionalmente. Del buen arreglo que se encuentre a lo que actualmente vemos con temor depende que vaya evolucionando el concepto que tenemos de la juventud y la vejez. Esa aceptación de que somos cada vez más viejos puede traernos cosas buenas, ¿quizás un poco más de sabiduría y templanza al estilo 'vieja Europa'?

7 de diciembre de 2003

La UE y las dos orillas del Mediterráneo
La Unión Europea considera un objetivo prioritario establecer lazos con las áreas geográficas adyacentes. Las sucesivas ampliaciones de la Unión tienen un límite evidente que, en el caso de la frontera sur, está claramente marcado por el mar Mediterráneo. Si positivo para los países europeos es pensar en una futura integración o, en su defecto, relación estrecha con los países balcánicos, el Cáucaso y Rusia y las demás repúblicas ex soviéticas, mirar hacia la otra orilla mediterránea implica no sólo consolidar una nueva área de influencia, sino también ayudar a que los países del Magreb encuentren una vía de desarrollo económico y social. La cooperación Euromediterránea se empezó a concretar en la cumbre de Barcelona en 1995 y supone un pilar más en el que las relaciones exteriores de la UE se impulsan conjuntamente, aunque las dificultades empiezan al existir diversidad de intereses en la otra parte: los países del Magreb árabe, por ejemplo, no suelen unir sus fuerzas por las diferencias que los separan. Por un lado, tenemos el problema del Sáhara y el pulso que mantiene Marruecos con sus vecinos; en otro orden, no hay que olvidar el conflicto de Oriente Próximo, que imposibilita un acuerdo global sobre seguridad y estabilidad en el Mediterráneo. La estabilidad se considera, además, requisito para que den resultado la cooperación económica y financiera y el fomento de las interrelaciones sociales entre estos países y con la UE.

Con el fin último de una mayor cohesión regional a través de la cooperación en todas las áreas, el proceso euromediterráneo se marca tres objetivos que han sido resumidos de la siguiente forma: lograr un área de paz y estabilidad en el Mediterráneo, promover el conocimiento y entendimiento entre los pueblos y fomentar la sociedad civil y crear una zona de libre cambio. No hay duda de que se ha puesto complicado avanzar en los dos primeros objetivos con el panorama internacional desatado tras el 11-S; y la consecución de un área de libre comercio entre las dos orillas no puede sino ser considerado, lógicamente, un logro parcial e insatisfactorio. Si no se obtiene una mayor relación entre las poblaciones de los países europeos y norteafricanos, el mero crecimiento económico y comercial no aportará mucho al desarrollo paralelo de las sociedades mediterráneas. Los acuerdos en materia de libre cambio, incluso, han perjudicado la cohesión al proporcionar un beneficio desigual: la UE ha visto ampliados los mercados para sus productos, al mismo tiempo que los productos agrícolas del Magreb no eran incluidos en las condiciones acordadas entre ambas zonas comerciales. La cooperación a través del comercio se debe dar con justicia y favoreciendo la equidad: que exista más interdependencia que subordinación y que se fomente la reducción de la desigualdad económica interna.

La región euromediterránea concentra el interés comunitario de enmarcar la convergencia interna de la UE en un panorama de disminución de las desigualdades con los países vecinos. El abismo que separa la prosperidad europea con el carácter de países emergentes -según la jerga política- de las sociedades del Magreb tiene que ser abordado para no dejar la emigración como única válvula de escape para la miseria de la otra orilla del Mediterráneo. La cooperación, las inversiones, se unen al flujo de población que se integra en Europa y que enriquece a la vuelta sus países por la apertura que conlleva toda interrelación. Las cumbres que se celebran, sin embargo, no están dando más resultado que declaraciones de buenas intenciones que no se llegan a cumplir. Un resultado deseable de la cooperación euromediterránea es el avance en materia de derechos humanos, que se deja en ocasiones fuera de la agenda para no molestar a los gobiernos del sur. Uno de los programas más interesantes que se deberían llevar a la práctica es el del cuidado medioambiental de las aguas que compartimos, las del 'mare nostrum'; pero a la hora de financiar los acuerdos a los que se llegan son los gobiernos del norte quienes miran para otro lado. El acercamiento es indudablemente positivo. Lo único malo de esta cooperación entre las dos orillas del Mediterráneo es que pasen los años con la frustración de unos avances inexistentes y unos compromisos incumplidos.

30 de noviembre de 2003

Libre comercio e hipocresía
Una de las mayores muestras de hipocresía en lo que respecta a las políticas económicas es aquella recomendación que han venido realizando algunos adalides del neoliberalismo: "haz lo que te digo, no lo que hago". A los países subdesarrollados se les ha vendido la economía del libre mercado al mismo tiempo que se les proponían unas políticas que los propios países ricos no aplicaban para sí mismos. Las exigencias que impone la libertad económica son dogmas a respetar por los gobiernos periféricos y no por los gobiernos de las potencias industriales. En momentos de crisis, ahí tenemos las recetas keynesianas que está aplicando el Gobierno de Washington, sin ir más lejos: despreocupación por el déficit público que no se podía esperar de egregios defensores del Estado mínimo. La austeridad en el gasto, sobre todo cuando éste es militar, queda para otros: no para EEUU. La Unión Europea también incurre en las contradicciones propias de ese ambiente triunfante de las políticas liberalizadoras frente a realidades que nos demuestran que la práctica siempre es otra cosa: cualquiera de esas bonitas teorías que realzan las bondades de más mercado evidencia su escasa validez práctica cuando es arrinconada por gobiernos que se dicen liberales. Los templos del libre comercio -y en este caso EEUU se puede erigir en primera posición- son, en la experiencia de aplicación de medidas que resguarden sus intereses, los primeros que abogan por el proteccionismo.

La actual Administración estadounidense está caracterizándose por el poco apego a la doctrina oficial de derribo de barreras arancelarias en lo relacionado con su propia política comercial. Ha establecido aranceles a algunos productos agrícolas y al acero, convirtiéndose esta última medida en motivo de una guerra comercial en la OMC, donde la denuncia de la UE ha terminado con un veredicto contrario a EEUU por esta práctica perjudicial para los intereses del comercio internacional. Pero ha sido Greenspan, el presidente de la Reserva Federal, quien más ha levantado la voz para señalar el peligro de esta vuelta al proteccionismo. Considera, con buen tino, que estas restricciones podrían afectar a los procesos de globalización, y de ésta depende la salida al grave problema del déficit comercial de EEUU. De tal forma que si no se mantiene el volumen de comercio, el déficit tendría que ser salvado con una mayor depreciación del dólar, que poco beneficia a la posición preponderante de esta moneda en el mundo. Para colmo, los aranceles a la importación de acero que Bush ha impuesto pueden generarle, al quebrantar normas de la OMC, millonarias sanciones por parte de la UE que se materializan en elevados aranceles para productos estadounidenses -como ropa, frutas y motocicletas- que se fabrican en regiones cruciales para la reelección de Bush el año próximo. El interés por proteger a los sectores más mimados de su industria le puede salir a Bush bastante caro por el descontento de los perjudicados por las sanciones europeas.

Otro de los episodios proteccionistas se ha vivido por el paternal apoyo que EEUU quería prestar a sus productores al restringir mediante cuotas las importaciones de textiles de China. Con esta medida, que levantó fuertes protestas, se pretendía detener la pérdida de empleos en las llanuras industriales estadounidenses. Sin embargo, no son sólo los aranceles las barreras al comercio que los países pueden utilizar para contentar a los empresarios locales. El incremento de los controles -sanitarios y similares- o la exigencia de registros sirven para desincentivar importaciones: un ejemplo de estas prácticas es lo que parece que puede ocurrir con una ley sobre bioterrorismo en EEUU, la cual obligará a fábricas en otros países a someterse a un control de los procesos de producción y a registrarse en un censo para poder vender bienes agroalimentarios en aquel territorio. Está además el hecho de que hay países pobres que ambicionan un acuerdo que liberalice sus exportaciones de bienes primarios a los principales áreas comerciales, donde la agricultura propia se beneficia de subvenciones. Estos intentos han fracasado en la cumbre de Cancún, que pretendía profundizar en lo acordado por la OMC en Doha. Por un lado queda la batalla comercial entre las grandes zonas económicas, y por otro las consecuencias de esa hipócrita postura de los defensores del libre comercio que practican proteccionismo. Como ha escrito Stiglitz, a los países en desarrollo se les debería dar otra recomendación, bien distinta a la habitual: haced lo que hicimos, no lo que decimos.

23 de noviembre de 2003

El antisemitismo y los beligerantes
Los judíos tienen, como pueblo, una historia plagada de persecuciones y rechazo. No por ello están vacunados contra la xenofobia y la exclusión de otras culturas, sin embargo. El Estado de Israel encarna un dilema, desde el mismo momento en que Europa obliga a los judíos a refugiarse en un lugar donde vivir libres de las garras del antisemitismo. Se trata de la contradicción entre un pueblo que buscó su sitio en la diáspora y que, cuando le toca reivindicar un Estado hebreo, se termina apoyando en la separación y la discriminación hacia otros pobladores de una tierra donde todas las religiones del Libro poseen lugares santos. El antisemitismo es la enfermedad de una sociedad europea que, con la sofisticación del siglo XX, pudo cometer el mayor crimen imaginable contra un pueblo. Los judíos tienen aún, sesenta años después, que acarrear con las consecuencias del Holocausto y la locura nazi. Una de ellas es la pervivencia de la semilla racista antijudía en el mundo. Otra, la eternización del conflicto entre árabes e israelíes en Oriente Medio. No obstante, la conexión entre estas dos realidades, a principios del siglo XXI, nos plantea una cuestión delicada para la paz en la zona: ¿son los críticos de Israel los nuevos antisemitas? La judeofobia es creciente, pero no es una plaga ideológica. El adoctrinamiento integrista en Palestina es un obstáculo evidente para la convivencia. Pero veamos los resultados de una encuesta realizada entre los europeos: el 59 por ciento considera al Estado de Israel un peligro para la paz, al igual que similares porcentajes de encuestados citan a EEUU, Corea del Norte e Irán.

La opinión pública europea es compleja. Pero a pesar de la contundencia de la respuesta de los ciudadanos entrevistados, no se pueden sacar conclusiones apresuradas. La postura negativa respecto de los gobiernos más activos en el combate contra el terrorismo por medios poco ortodoxos -EEUU, Israel- no refleja que estén tan extendidos los odios hacia los pueblos que Bush y Sharon representan como gobernantes. Nadie cree seriamente que el antisemitismo abarque a una mayoría de la población de esta vieja Europa. El apoyo a Israel puede generar en ciertos apologetas de la beligerancia el síndrome paranoico de ver contrarios a sus ideas por todos lados. El sionismo tiene numerosos adversarios que toman los puntos inaceptables de la doctrina extrema de los fundamentalistas judíos como punta de lanza para el análisis de la crisis. Pero la crítica no ha cegado a los sectores que asisten al conflicto palestino-israelí sin enarbolar banderas partidarias: no se niega, en general, la legitimidad de Israel para existir y asegurarse una estabilidad en la convivencia con el pueblo palestino. No procede identificar a todos los judíos con el Estado de Israel, de la misma manera que este Estado, que ha contado con tantos enemigos a lo largo de su corta historia, no es posible asimilarlo a la política errada y agresiva de su gobierno, metido en la espiral de las represalias, la ocupación y el distanciamiento del objetivo de la paz. Sharon es actualmente el principal lastre para la defensa de Israel.

Los judíos tienen que soportar en todo el mundo la mala imagen exterior de Israel, con independencia de la opinión que tengan sobre la política de Sharon. Esto da lugar a que se intente acallar la crítica al gobierno israelí con el reproche de 'antijudío', pero también es evidente que el conflicto en Oriente Medio es la excusa perfecta para la revitalización del antisemitismo. Entre los árabes y musulmanes, el apoyo a la causa palestina sólo con mucha dificultad puede darse separado del uso corriente de los tópicos contra los judíos. La raíz cristiana del antisemitismo, verdadero origen de éste, parecería menos activa, si no fuera por el disfraz que el recelo hacia los judíos está utilizando en occidente para canalizar el efecto Sharon y jugar con la justificación del terrorismo suicida, que no es otro que el de un antisionismo radical que en no pocas ocasiones oculta una judeofobia como la extendida por Europa en tantos pasajes de su historia. Si en España, Alemania o Rusia tuvieron lugar persecuciones intensas a los judíos, aún hoy el alma colectiva de estas sociedades puede estar tentada de resucitar el fantasma del judío como enemigo público del bien común. No hay que olvidar que ese "socialismo de los imbéciles" que es el antisemitismo se agarra tanto a sectores de la izquierda anticapitalista como a los de la derecha que, aunque minoritarios, tratan de impulsar estados de ánimo que faciliten la indiferencia ante el avance del racismo. El antisemitismo vuelve a hacerse notar, y los beligerantes del conflicto palestino-israelí, de uno y otro bando, no hacen sino favorecerlo directa o indirectamente.

16 de noviembre de 2003

El legado joseantoniano
El 20 de noviembre de hace veintiocho años murió un tal Francisco Franco, según leo en el ABC del día 21 de ese mismo mes de 1975 que tengo en mis manos. Es una fecha importante, sin duda, para la reciente historia de España: sin el dictador muerto y enterrado, no habría sido posible una evolución democrática de las instituciones que diera lugar a la instauración del régimen constitucional de 1978. Sin embargo, el peso en la memoria colectiva tiende a ser cada vez menor por la influencia de quienes no vivimos aquellos hechos y los contemplamos con la distancia de las crónicas de la Historia. Es lo normal: todo hito histórico, incluso el que encauza el destino de un país hacia la democracia, acaba siendo un episodio más del pasado que no hace falta recordar continuamente. Ese mismo día, por puro azar seguramente, se conmemoraba el aniversario de la muerte de otro personaje clave del siglo pasado: José Antonio Primo de Rivera, fundador de Falange Española, ejecutado en la cárcel de Alicante el 20 de noviembre de 1936. La dictadura que durante cuarenta años acaudilló Franco le debe mucho a la inspiración intelectual de este “luchador por España” que no tendría culpa alguna por lo que hicieran otros en su nombre bajo el franquismo, según afirman sus más encendidos hagiógrafos. Cabría entonces, al parecer, una revisión de la figura joseantoniana.

Este año se cumple el centenario del nacimiento de José Antonio, y se ha llegado a decir que existe un especial interés en silenciar esta conmemoración, tanto por parte de la derecha -acomplejada por una implícita reivindicación de los valores joseantonianos- como por parte de una izquierda que estaría todavía en el empeño tergiversador de la figura de Primo de Rivera. Quienes esto aseguran olvidan que, en la actualidad, no es el ninguneo el mejor arma contra el fantasma del padre del falangismo, sino la exposición pública e imparcial de su vida y obra. Es ingenuo pensar que a este personaje se le va a juzgar por su poesía o su hondura intelectual, cuando es clara y evidente su contribución política, que es mucho más relevante. Situarlo en su contexto sólo sirve para constatar la tendencia natural de la época hacia los fanatismos ideológicos. Pero no quita mérito alguno a su impresionante labor: trasladar las ideas reaccionarias que circulaban por Europa a la doctrina de un fascismo hispánico. El partido que fundó Primo de Rivera, fusionado con las Juntas nacionalsindicalistas, y posteriormente con los tradicionalistas, se convirtió en el embrión político del frente que ganó la guerra civil. El fascismo desde el poder de la FET y de las JONS -después llamado Movimiento Nacional- es la culminación de la actitud 'rebelde' de los falangistas que durante la República no cosecharon más allá de 45.000 votos.

La principal particularidad de José Antonio, con todo, es que puso las bases del que se consideró pensamiento genuinamente español. El nacionalismo extremo es el motor de este infumable engendro intelectual que predica la excepcionalidad del marco español para edificar un proyecto de nación a golpe de patriotismo, valores eternos y unidad de destino en lo político. Superar la división de izquierdas y derechas para evitar el enfrentamiento entre partidos y clases es el sentido que tiene la amalgama de planteamientos -justicia social, tradicionalismo católico, reivindicación nacional- que la Falange enarbola para oponerse al liberalismo, a la 'amenaza' marxista y al pluralismo ideológico. El legado joseantoniano que algunos sectores quieren recuperar vendría a negar que todas las acciones del régimen de Franco estén inspiradas en la doctrina del falangismo, lo cual significa también obviar el componente violento de los discursos de José Antonio. Aun así, el Centenario que celebran sus seguidores pretende revisar la manipulación a la que ha podido ser sometido este personaje: casi setenta años después, quizás los españoles descubramos en él a un gran intelectual que supo captar las contradicciones de su tiempo. Un referente ideológico que no debemos olvidar. Pero ese empeño no puede sobreponerse al contacto con la realidad, y ésta es que José Antonio fue una figura menor y un pensador irrelevante, cuya ideología fascista únicamente sirve para el contraste con las demás fantasías fracasadas de la Historia.

9 de noviembre de 2003

Prestige, un año después
Las catástrofes medioambientales originadas por los accidentes de petroleros ocurridos cerca de las costas son, a ojos de cualquier observador, una fuente de agravios patrimoniales sin igual en el entorno social en que se generan. Constituyen, en lenguaje científico, una externalidad negativa que produce la actividad del transporte marítimo de mercancías peligrosas y que soporta toda una serie de sectores económicos cuya viabilidad depende del estado de conservación del mar: la pesca, la captura del marisco, el turismo, la restauración, etc. El coste social de este tráfico -tan poco regulado- por nuestros mares sólo se hace palpable tras sucesos como el del Prestige, lo cual lleva a que únicamente el desastre nos devuelva la conciencia de cuánto nos estamos jugando en la preservación del medio ambiente en los lugares donde la misma vida de la gente está volcada a la naturaleza. Sin embargo, en Galicia y otras comunidades afectadas, se ha dado después de un año el 'milagro' de una vuelta a la normalidad que el triunfalismo gubernamental ya se ha encargado de trasladar a quienes no vivimos esa realidad de cerca. Miles de toneladas de fuel llenaron 3.000 kilómetros de costa de chapapote, pero el esfuerzo ingente de la sociedad civil y la inversión pública parece haber devuelto al entorno afectado una existencia alejada del drama de la lenta recuperación: incluso una catástrofe como el Prestige, por lo visto, puede subsanarse en doce meses.

El Prestige no fue el primero, y quizás no sea el último, de los petroleros accidentados en el Atlántico. Se corre el riesgo, aún, de que las actividades poco supervisadas del transporte de fuel nos mantengan en un constante peligro de nuevos daños al patrimonio común. La conservación de las aguas, la biodiversidad costera y el estado de las playas penden de un hilo si no se toma en serio la regulación que finalmente se ha aprobado sobre los buques monocasco, el control de las certificaciones y de los puertos y las medidas de seguridad en caso de siniestro. Los accidentes son excepcionalmente graves cuando se producen, y tampoco parece razonable que una relativa eficacia en las tareas de recuperación nos lleven a descuidar la prevención. Devolver el entorno al estado previo a la contaminación por las mareas negras podría ser un gran logro para unas autoridades preocupadas por el medio ambiente pero que han fallado en el desarrollo de una política de protección de los mares que, sin ir más lejos, en EEUU, ha tenido más recorrido que en Europa por los daños sufridos en tiempos pasados. El actual Gobierno llevó a límites insospechados de incompetencia su gestión de la catástrofe en los primeros meses, lo cual no ha sido obstáculo para la autoconcesión de medallas más esperpéntica protagonizada por el aznarismo. La falta de reflejos del Gobierno se sumó al crimen ecológico cometido por los responsables directos del Prestige. El resultado: la limpieza de las costas ya realizada ha costado 2,6 veces más (2.100 milones) que lo proyectado por la Administración.

La magnitud de los daños sobre los ecosistemas no puede ser obviada tras la vuelta a la actividad marítima de los sectores económicos en Galicia. Al margen de la correcta supervisión de los productos del mar para que vuelvan a ser consumidos, lo cierto es que la contaminación puede tener efectos prolongados en el desarrollo de algunas especies y en la modificación de ciertos hábitats. Más incierto que cuál va a ser la repercusión final en los sectores productivos afectados por el Prestige es cuál será, en último término, el cambio ecológico provocado en las costas dañadas por las mareas negras. Evaluar el riesgo del transporte de sustancias peligrosas podría servirnos para incorporar los costes medioambientales a la contabilidad de esta actividad potencialmente dañina, pero ocurre que en sí mismo, como no podía ser de otra manera, el valor estrictamente económico es más fácil de estimar que el valor total -incluyendo el del patrimonio ecológico-, que es incalculable. Las consecuencias del Prestige necesitarán más estudio del que se puede hacer en un año. En un reciente informe de WWF/Adena, se destaca entre otras cosas que los hábitats costeros, incluidos los terrestres, han sido los más dañados por las operaciones de limpieza. También es de lamentar que con los trabajos de recuperación sigamos perjudicando el orden natural, al igual que el fuel -viscoso e insoluble- continúa su lenta degradación en los fondos marinos. Por desgracia, un año después, el Prestige no ha dado aún sus últimos coletazos.

2 de noviembre de 2003

Revolución en el espacio
China es una potencia mundial de la que se pone en duda más su poder actual que futuro: todavía no ha desarrollado todo su potencial, se dice, pero gracias a la apertura económica realizada se va a convertir pronto en una de las pocas naciones que compitan por el liderazgo global. Posiblemente uno de los pasos que tenían que dar es el 'gran salto hacia el cielo', como llaman al ambicioso programa espacial que China se propone llevar a la práctica en las próximas décadas. Comoquiera que ese enorme país debía mostrar ante el mundo que el camino emprendido va en serio, la primera misión ampliamente publicitada ha sido, a su vez, la primera misión espacial tripulada de China. El despegue de su programa espacial se inició el 15 de octubre, con el lanzamiento del cohete 'Larga Marcha 2F' desde la base de Jiuquan en el desierto de Gobi. Ahí iba el astronauta -o taikonauta, como quieren que se llame a quienes viajan al taikong, al espacio- Yang Liwei, que dió 14 vueltas a la Tierra en 21 horas y 23 minutos y se ha convertido en 'héroe nacional' a llevar de gira por toda la geografía china para rentabilizar la siembra de sentimientos patrióticos entre la población.

Deng Xiaoping situaba el futuro de China como potencia en el marco de un país que se decidiera a ejecutar un programa nuclear y un programa espacial. No necesitaba más impulso político la actual generación de dirigentes del PCCh para dar el salto al infinito, pero es evidente que esta entrada en la revolución del espacio se enmarca en un momento crucial de China en el cual necesita tanto ganar prestigio internacional como «rejuvenecer el espíritu nacional e incrementar la fuerza de cohesión nacional», según declara un responsable del programa espacial. China es, tras Rusia y EEUU, el tercer país que lanza a un hombre a girar en órbita alrededor de la Tierra. Sin embargo, este creciente interés por el espacio no es exclusivo del gobierno chino: en Europa, la Agencia Espacial tiene grandes proyectos para materializar el potencial tecnológico conjunto en programas comunes; Brasil también se ha lanzado a desarrollar un programa espacial propio, aunque sucesos recientes reflejan algún que otro contratiempo; y, a falta de reeditar una carrera espacial como la de la Guerra Fría, EEUU y Rusia son junto a Japón potencias espaciales que participan en la Estación Espacial Internacional.

El Diario del Pueblo recogía, como principal órgano de propaganda, la justificación oficial que podríamos ajustar a cualquiera de los programas espaciales en marcha: «Un programa espacial tripulado puede beneficiar al desarrollo de la tecnología (...) Es un símbolo de fortaleza nacional y es un gran impulso para el prestigio del país». Lo cual es cierto, pero no lo es menos que todos los gastos que supone adaptarse a la era espacial pueden ser más rentables para los intereses del país aplicados en otras investigaciones o en partidas vinculadas más directamente con las necesidades de la población. Los gobiernos que deciden emprender estos programas siempre se encontrarán con el obstáculo simbolizado en la pregunta “tanto dinero ¿para qué?”. Normalmente se asocia el salto al espacio al proceso de modernización de un país, pero los ciudadanos que se convierten en financiadores de la aventura pueden no ver tan claro el valor de este lujo que les brinda el desarrollo. A pesar de todo, China sí obtendrá réditos de esta exhibición brillante de los logros de su tecnología: crece su atractivo económico para el capital global y asciende en la clasificación de potencias tecnológicas. Lo cual no es poco para un país que debe demostrar más cosas aparte de su espectacular crecimiento económico.

26 de octubre de 2003

Bolivia y la identidad de los pueblos
Ocurre que no tenemos conciencia, fuera de América Latina, de la conjunción de factores que en esos países hace posible, todavía, una solución revolucionaria para la brecha que separa a unas masas depauperadas de la élite de poder que gobierna sus estados. Creo que, por fortuna, muchas de estas sociedades -con Brasil como caso paradigmático- han logrado abrir un resquicio de reformismo social en la política tradicionalmente volcada al mantenimiento de las condiciones de acumulación de riqueza de la oligarquía, lo cual permite que todos los esfuerzos de lucha contra la desigualdad se canalicen a través de las instituciones democráticas que garantizan la convivencia. En un entorno global que evidentemente les es hostil, las naciones que buscan un desarrollo autónomo en América Latina pueden mirarse en el espejo de los modelos democráticos que, conseguida la independencia del Estado de las presiones externas y de los deseos particulares de la élite gobernante, son capaces de realizar reformas sociales y de lucha contra la pobreza sin necesidad de amenazar al mundo con el espectro de la revolución pendiente. Algunos países, como Bolivia, aún albergan todas las condiciones para pensar que la vía de la revolución es la única que devolverá el gobierno al pueblo. Esta circunstancia no cabe en la cabeza de un europeo, a no ser que cultive la afición al revolucionarismo de salón, puesto que -a pesar de los golpes y contragolpes- en la actualidad los regímenes democráticos estaban en vías de consolidación. Aunque cada vez sorprenden menos las crisis políticas con tintes subversivos -en Venezuela o Ecuador- que llevan el cambio a los gobiernos.

Bolivia, en apariencia, también ha proporcionado otro caso de transición de un gobierno contundentemente contestado por el pueblo a una situación en la que el poder tendrá que someterse a la palabra expresada por unos ciudadanos al límite de la desesperación. La revuelta popular que ha terminado con la salida de la presidencia de Sánchez de Lozada, y que tuvo como consecuencia un reguero de muertos por actuaciones salvajes del ejército, no fue el inicio de una revolución, pero poco le faltó. El motivo aducido era la venta del gas para la exportación a través de un puerto chileno, que se pretendía realizar mediante un acuerdo de la empresa energética nacional con transnacionales -como Repsol YPF- y que a ojos de muchos era injusto y perjudicial para los intereses de los bolivianos. No creo que Bolivia deba cerrarse a la exportación del gas; lo más razonable es que se renegocie la explotación de este recurso, del que se deberá beneficiar todo el país. Condiciones abusivas en las operaciones de exportación de materias primas no significan sólo un expolio de la riqueza del país, sino una deslegitimación del gobierno que no atiende a la voluntad de los ciudadanos. La protesta iniciada por pequeños comerciantes, a los que se sumaron los sindicalistas, los estudiantes, el colectivo indígena y el de campesinos cocaleros, no es desde esta perspectiva el inicio de un proceso revolucionario, sino la reivindicación de la propia soberanía nacional, en conflicto desde el mismo momento en que los gobernantes dejan de representar al pueblo. Un pueblo que, en esta ocasión, sufre el ser el más pobre de Sudamérica, con desigualdades sociales que ningún gobierno ha intentado atajar.

La conservación de las democracias en América Latina pasa por el, cada vez más evidente, giro hacia la reducción de la pobreza como prioridad de los gobiernos apoyados mayoritariamente por el pueblo. Cuando una clase política desprestigiada se permite el lujo de faltar a sus promesas de justicia social, los ciudadanos están en el derecho de pedir la revocación del mandato dado a un gobierno en las elecciones. Es la democracia sometida a prueba, como argumenta Sergio Ramírez: «El mecanismo se dispara a la brava en las calles porque el sistema democrático no ha sido capaz de resolver su mayor imperfección, que es la imposibilidad de crear un modelo de convivencia equitativa, más allá del simple pero fundamental derecho de elegir». Y la mayor virtud en el caso de Bolivia es que la contestación haya dado lugar a una solución por la vía institucional, con la investidura del sucesor legal del presidente huido de su cargo -su vicepresidente, Carlos Mesa- para encabezar un nuevo gobierno que se ha comprometido a consultar en referéndum la cuestión del gas boliviano y a propiciar un consenso constituyente que incluya a todos los sectores sociales. Es imprescindible recomponer la identidad de la nación y su vínculo con el Estado. Porque es la cuestión esencial, según apunta Manuel Castells: un pueblo como el boliviano, con una diversidad de identidades, busca su lugar en el mundo a través del control de sus propias decisiones. Construir el sentido de quién se es mediante la identidad del pueblo como colectividad nacional que logra su sitio en la globalización. Lo cual lleva a navegar entre la disgregación -por el fundamentalismo comunitario derivado de culturalismos indígenas diferenciadores- y la supeditación a los mercados internacionales. Con un objetivo: crear una identidad que dé existencia a la nación, a la colectividad que engloba a todos en igualdad y sin exclusión.

19 de octubre de 2003

Defensa europea y reticencias nacionalistas
Los proyectos europeístas de mayor calado que han terminado cuajando en la estructura actual de la UE fueron, en su momento, una combinación de idealismo cosmopolita y posibilismo tecnocrático. Los obstáculos que se presentaban al proceso de integración siempre se debían más a los aparatos de poder estatales que a las posibilidades de imaginación política y adhesión de la ciudadanía al proyecto ilustrado. Aunque no han sido pocas las crisis por euroescepticismo ciudadano, no es menos cierto que nunca ha dejado de existir un importante apoyo popular a la causa común europea; apoyo más que lógico, por otra parte, si tenemos en cuenta que esta unión es la única vía que garantiza un liderazgo y una fortaleza en el mundo que ningún país por separado puede lograr. El idealismo siempre se ha alimentado con nuevas metas cada vez; el posibilismo es la corriente a la que se ha sumado toda familia política que quiera seguir siendo algo en Europa, de forma que incluso los más nacionalistas llegan a aceptar el proceso de unificación monetaria, comercial o fiscal al convertirse lo contrario, la involución, en un verdadero programa revolucionario que sólo está en boca de líderes populistas con escasas expectativas de éxito.

Como decía, por tanto, cualquier nueva frontera que se quiera derribar en la UE va a estar apuntalada más por las reticencias nacionalistas en las estructuras estatales que por una opinión contraria de los ciudadanos europeos, contagiados afortunadamente por un gen europeísta que se desarrolla más con cada nueva generación. Cada paso adelante se suele dar, eso sí, cuando ya la idea ha madurado mucho en la opinión pública y los posibilistas aceptan que será irremediable cambiar el chip. El euro podía parecer una locura, hasta que se implantó y a nadie se le ocurre cargárselo de un día para otro. Los europeos tendremos algún día un DNI común o un presidente votado por sufragio universal, y un segundo después de abordados esos cambios nos estaremos preguntando cómo es que no se hicieron antes. Si queremos que siga existiendo la Europa que conocemos, tendremos que acabar dando los pasos necesarios para acercarnos a la Europa que deseamos. Los beneficios de la Unión se mantienen continuando con más integración, hacia objetivos como la política exterior y de defensa única. Europa debe ser autónoma, lo que significa que toda la independencia que nos hayamos ganado respecto del aliado trasatlántico habremos de conservarla uniendo fuerzas y objetivos en una política en pos de la existencia autónoma de la UE.

La fuerza militar europea está dejando de ser una idea abstracta para convertirse en una necesidad. Porque algunos de los actuales líderes no están dispuestos a demorar la consolidación de los demás logros comunitarios a través de la dotación de una existencia real al poder de la UE, lo cual conlleva jugar en las relaciones entre aliados un papel distinto al de satélites. ¿Quién va a decidir en el futuro nuestro vínculo con la política de EEUU? El unilateralismo actual de Washington podría terminar con la salida de Bush de la Casa Blanca; en el futuro podría haber una actitud estadounidense menos agresiva con la idea de Europa que los europeos podemos aprovechar para continuar con nuestra integración sin levantar recelos. Pero al margen de estructuras o cambios futuros en las instituciones mundiales, la política exterior -apuntalada por la defensa- de Europa tendrá que reflejar una voluntad común de la ciudadanía que no dependa de los tira y afloja de los líderes de cada país. La 'desunión' europea entre el eje franco-alemán y los aliados de Bush de la 'nueva' Europa es más virtual que duradera en el tiempo si se ponen las bases de un proyecto serio de defensa que encauce el rechazo al hegemonismo estadounidense y el inconformismo ante un eventual estancamiento de la UE. Salvados los escollos de la tentación de protagonismo nacionalista, la defensa europea es sólo cuestión de aunar voluntades.

12 de octubre de 2003

Armas bajo control
A nadie se le escapa que, si hemos de destacar un mal entre los existentes en este mundo tantas veces injusto, ése debería ser la violencia que cada año amputa la vida a una parte de la humanidad. En ocasiones somos tan cínicos que relativizamos el valor de la vida, el único patrimonio real de este mundo a falta de otras promesas metafísicas, con la comprensión de la muerte como una salvación en tantos lugares del planeta en los cuales la mera existencia se ha convertido ya en un infierno. ¿Es la pérdida de una vida, bien imprescindible, menos grave cuando una guerra le ha usurpado todo valor a ésta, cuando el individuo queda reducido a simple estadística de los efectos de un conflicto? No lo debemos de entender así, si tenemos en cuenta que la erradicación de esta violencia atroz es una eterna causa a la que se suman muchos esfuerzos. Hace pocos días Oxfam, Amnistía Internacional y la Red de Acción Internacional contra las Armas Ligeras (IANSA) lanzaban la campaña «Armas bajo control» por la seguridad de las personas ante la amenaza de la violencia armada. El objetivo es impulsar una regulación eficaz, un control estricto, del comercio de armas. Como bien explican, el problema es evidente: «Cada año, las armas matan como promedio a más de medio millón de hombres, mujeres y niños en todo el mundo. Miles de personas más quedan mutiladas, son torturadas y se ven forzadas a huir de sus hogares. La proliferación incontrolada de armas intensifica los conflictos, agrava la pobreza e incentiva las violaciones de los derechos humanos. La comunidad internacional debe actuar de manera inmediata».

Son los países más desarrollados, y que más peso internacional ostentan, los que más participan en el negocio de la exportación de armas. Este comercio global no tendría nada de escandaloso si no se combinaran dos factores fatales: los controles sobre estas operaciones son mínimos y una mayoría de este tráfico es susceptible de caer en zonas de conflicto en las que el armamento sirve para cometer violaciones de los derechos humanos. El uso, tremendamente fácil, de armas ligeras las hace más mortíferas que las armas pesadas. Lo demuestran situaciones como las que se sufren al término oficial de muchos conflictos, cuando grupos rebeldes armados o fuerzas represivas del Estado se apoderan de armas que lastrarán indefectiblemente el desarrollo de esa sociedad. Las transferencias irresponsables de armas, que propician que éstas caigan en las manos equivocadas, han sido letales en numerosos casos que explica el informe «Vidas destrozadas», elaborado para esta campaña. Los ejemplos son múltiples y variados: Congo, Afganistán, Colombia... Y las cifras que describen el coste humano, tristemente elocuentes: una persona muere cada minuto por un disparo, 300.000 niños soldados participan en conflictos armados, miles de mujeres y niñas fueron violadas a punta de pistola en guerras como la de Ruanda o los Balcanes; desgracias a las que hay que sumar el número de refugiados o de secuestros por bandas armadas y el coste en subdesarrollo y privación de servicios esenciales. El descontrol en el comercio de armas sirve para engrasar la maquinaria del círculo vicioso 'pobreza-conflicto armado-pobreza'.

Oxfam y AI no se quedan en la denuncia de una realidad que conocen por su actividad diaria, puesto que demandan con esta campaña una voluntad política mayor que impulse la actuación inmediata de los gobiernos responsables de estas reglas del juego. Reglas que están proporcionando cada vez más argumentos a las peticiones de un Tratado de Comercio de Armas a firmar por todos los países y que prohíba las trasferencias de armas que puedan dar lugar a violaciones de los derechos humanos. En conflictos de muy distinta naturaleza, vemos cómo al final el saldo de víctimas es cada vez más elevado entre la población civil. Tras el 11-S se podría haber pensado que la lucha contra el terrorismo significaría un mayor control del tráfico de armas, pero ha ocurrido justo lo contrario, en un contexto de falta de regulación de los movimientos en este mercado mundial del que se nutren grupos armados de todo el mundo cuyas acciones recaen principalmente en civiles. Si el deber del Estado es proteger a la ciudadanía, el marco institucional global deberá reflejar este mandato que los diferentes gobiernos han de llevar a cabo a través de una total fiscalización del creciente comercio de armas y del mal uso de acuerdo con el derecho internacional. «Es como si fregáramos el suelo con los grifos abiertos. Una lluvia de balas dura cinco minutos, pero para salvar a una persona se requieren tres horas y gran cantidad de recursos». La impotencia que reflejan estas palabras de un médico ugandés que cita el informe no debe trasladarse al ámbito de la política, donde el empuje de la opinión pública y la iniciativa de un grupo importante de Estados podría impulsar actuaciones adecuadas, y urgentes, que pongan al comercio de armas, de una vez por todas, bajo control.

5 de octubre de 2003

Wojtyla y la vida después de la muerte
Juan Pablo II es uno de los Papas que durante más años ha gobernado la Iglesia Católica. El polaco Karol Wojtyla tomó relativamente joven las riendas del Vaticano, y ha podido ejercer su autoridad con la tranquilidad y el vigor necesarios para adaptar la institución más antigua de Occidente a los nuevos tiempos. Cumple en estas fechas veinticinco años de papado, cuando de nuevo se intensifica el ambiente de expectación ante una muerte inminente del anciano de 83 años que, cada vez con más evidentes dificultades, intenta cumplir con su agenda de actos desde Roma. Ha sido un Papa muy activo que ha batido todos los récords en viajes por todos los países, pero ahora ofrece una imagen que quedará como la del Papa incapaz que, por reivindicar la valía de la ancianidad, está dejando que la enfermedad convierta su cargo en títere en manos de los grupos de influencia que gobiernan el Vaticano. La desaparición de Wojtyla es una noticia esperada, en los dos sentidos: a nadie cogerá por sorpresa su muerte y muchos preferirán un pronto fallecimiento que ponga un fin definitivo a este largo papado, por distintas razones. Por caridad cristiana, ya que el empeño en no dejar sus responsabilidades pueden llevar al Papa a soportar demasiado sufrimiento físico en el quehacer vaticano. Por abrir pronto el periodo de sucesión, que a buen seguro está provocando excesivas pugnas internas en la Iglesia. O por satisfacer la gran incógnita de los vaticanistas, que en estos momentos ya apuntan las claves de la designación de nuevo Papa.

Sin embargo, en el entorno de Wojtyla hay algunos que han querido ironizar con los rumores que desde la Iglesia insinúan un desenlace muy cercano: «Muchos periodistas que en el pasado han escrito sobre la salud del Papa ya están en el cielo». Los obituarios ya elaborados están envejeciendo en las redacciones de los periódicos, tanto que a la CNN se le escapó la publicación en su web de uno de Juan Pablo II hace poco... y estaba escrito por un periodista que había muerto hacía dos años. No sabemos qué pasará si aún al Papa le quedan muchos meses de vida. En cualquiera de los casos, el fin de su papado será natural, lo cual remarca el periodo abierto en 1978 como principal en la transformación de la Iglesia Católica. Wojtyla ha sido un Papa carismático, y su gobierno atraviesa temporalmente dos épocas clave de la reciente historia europea, con el derrumbe de los regímenes del Este como ecuador de su intenso trabajo diplomático. Lo mismo ha destacado como anticomunista que como el Papa que viajó a Cuba. Es un Sumo Pontífice sumamente conservador que ha echado el freno a cualquier avance en materia doctrinal o en la moral sexual, a la vez que ha buscado una recuperación de los valores en la 'sociedad de consumo'. «Juan Pablo II y el legado del Concilio Vaticano II», un buen título para los análisis que tendrán que hacerse sobre la evolución de la Iglesia con la perspectiva de los años, cuando ya hay quien pide un tercer Concilio.

Este sacerdote polaco, no obstante, ha mantenido como seña de identidad en su diplomacia la contundencia en la demanda de paz cada vez que ha existido un conflicto. En relación con Irak, el «no a la guerra» desde la Plaza de San Pedro ha sonado en este último año con gran apariencia simbólica: la de un líder de masas, ya viejo, que pedía cordura a los gobernantes del mundo. Pero ahora ya no quedarán todas estas impresiones más que para el balance de pros y contras que cada sector de la Iglesia haga post-mortem. El legado primordial de Wojtyla está claro, al margen de la orientación del nuevo Papa: es preferible la continuidad. Con el nombramiento de nuevos cardenales se vislumbra lo que será el próximo Cónclave, en el que se elegirá previsiblemente a un papable que sea aceptado por una mayoría de fieles, ni muy conservador ni muy liberal. El mensaje cristiano es universal y, tal como lo entienden muchos, especialmente dirigido a la inclusión, contra la pobreza. Visto así quizá no parezca extraño abrirse a millones de católicos americanos con el nombramiento de un Papa hispano, de fuera de la opulenta Europa. La Iglesia Católica va a verse ante la oportunidad de caminar unos pasos adelante hacia la modernidad, aunque sabemos que los lobbies más reaccionarios trabajarán en sentido contrario a este posible talante del nuevo Papa. Pero lo cierto es que aunque no llegue con ánimo revolucionario, una constante demanda de cambios se arremolinará alrededor del nuevo pontificado. Wojtyla dejará un legado de estabilidad, pero no una férrea atadura a la tradición que impida a la Iglesia cambiar por influencia de un Papa mantenido en vida después de su muerte.

28 de septiembre de 2003

Said y la música de la paz
Edward Said, reconocido y valorado ensayista palestino, ha fallecido esta semana. Las necrológicas han tenido tiempo de glosar otros tantos aspectos de su vida: nacionalizado estadounidense, era catedrático de la Universidad de Columbia y sus conocimientos abarcaban los campos de la literatura, la musicología y la política. Una leucemia ha puesto fin a su vida a los 67 años y ha inaugurado la época en que su legado intelectual se gestionará sin estar él presente. Muchos lo conocimos básicamente por sus artículos sobre el conflicto de Oriente Próximo, donde plasmaba una visión lúcida de la causa palestina que no olvidaba la dosis necesaria de compresión hacia los argumentos de la otra parte. No están desacertados los elogios como hombre que sostuvo una voz firme en favor de la paz, lo que hacía su figura imprescindible en momentos como el actual, de enconamiento en las posiciones extremas. Cualquiera que sea la opinión que se tenga sobre sus ideas, interesa resaltar frases escritas estos días sobre Said por quienes lo conocieron. Valga como ejemplo Juan Goytisolo, que afirmaba en El País: «Edward Said fue un intelectual libre, yo diría que el único intelectual totalmente libre del mundo árabe».

Lo cual demuestra lo fuerte que aún siguen siendo las ataduras de muchos pensadores musulmanes con cierto imaginario colectivo de la nación árabe y sus mitos correspondientes. Said destacó por su crítica a la imparcialidad proisraelí de Washington, que conocía como estadounidense, y también por su independencia como palestino, que le llevó a criticar en numerosas ocasiones las posiciones de la Autoridad palestina. Es cierto que ha sido, a pesar de todo, un punto de referencia en el mundo islámico. Sin embargo, sigue dando la sensación de que políticamente no será acogido su legado intelectual como un todo que sirva de arranque para un pensamiento islámico más abierto. Algunos se quedarán únicamente con su defensa del pueblo palestino; no es fácil abandonar las servidumbres de la identidad. Tras tres años de Intifada, ahora se hacen muy diversos análisis sobre el conflicto, pero pocos niegan que la violencia se ha venido desarrollando en un escenario de guerra abierta. Cada uno con sus armas, en un choque de dos integrismos que no lograrán nunca entenderse entre sí. O quizá ocurra justo lo contrario: los fundamentalistas comprenden perfectamente la lógica del contrario, puesto que es la misma que utilizan para aniquilarse mutuamente.

Sí, son sus respectivos pueblos los que, pudiendo luchar por la convivencia, estarían negando una oportunidad a la paz al dejar el protagonismo en manos de Sharón y las organizaciones terroristas palestinas. Pero la culpa no está en quien sufre el fuego cruzado mientras los gobernantes desperdician las posibles vías de diálogo. Al final, son las iniciativas que parten del sueño individual las que más aportan a la convivencia colectiva. Ahí tenemos el «West-Eastern Divan», el proyecto que ha puesto en marcha una orquesta con músicos israelíes y árabes guiada por el director de origen judío Daniel Barenboim. Fundado conjuntamente por éste y Edward Said, este taller musical ha fijado su sede recientemente en Sevilla, tras un acuerdo con la Junta de Andalucía. Barenboim ha escrito, en la despedida a su «compañero del alma», que admiraba de Said su habilidad para ver más allá de los acontecimientos concretos, para analizar los procesos históricos: «Edward Said criticaba la incapacidad de los líderes de Israel para hacer los necesarios gestos simbólicos que deben preceder a cualquier solución política. Los árabes, por su parte, han sido y todavía son incapaces de aceptar sensibilidad hacia la historia judía». Raíces de incomprensión mutua que pueden eliminarse trabajando por una identidad para la paz.

21 de septiembre de 2003

Imperio (y III): La alternativa imprescindible
No es razonable empezar negando que la posición hegemónica estadounidense es una importante fuente de beneficios para la estructura productiva del país. Tan es así que el liderazgo económico mundial se asienta en la continuidad de una política exterior con voluntad de hegemonía, a pesar de la paradoja ya conocida de la indiferencia ciudadana hacia su propio papel en el mundo. La globalización tiene una parte de 'americanización' del planeta; así, cualquier vacío generado por la desaparición del mundo bipolar está ocupado desde hace una década por el proyecto de creación de un gran mercado mundial: noción de imperio reformulada por EEUU a partir de su apertura a las demás naciones. Hay que reconocer, por otra parte, que un retroceso en la progresiva integración económica y comercial internacional se ha vuelto ya inviable: tampoco se debería dudar de que, cualesquiera que sean las circunstancias futuras, la política exterior estadounidense no podrá despegarse de la necesidad de influir en y la capacidad de manejar privilegiadamente los principales resortes de la estructura política mundial. El obstáculo o, visto desde otra perspectiva, el 'factor diferencial' será el multilateralismo. Es decir, el grado de importancia que se conceda en la política impulsada desde Washington al respeto hacia las organizaciones multilaterales y la toma de decisiones conjunta en el ámbito del derecho internacional. Ello actúa como elemento diferenciador entre la visión unilateralista de los 'neocons' y los planteamientos más 'liberales' respecto a las instituciones globales.

Junto al modo de actuar ante el mundo, la política que los neocons han diseñado para la Administración Bush está impulsando la búsqueda desesperada de una alternativa al fondo que subyace de los discursos redentoristas del actual presidente de EEUU. Aunque la estrategia exterior no pueda sustraerse en ningún momento de su condición de superpotencia que no quiere dejar de serlo, cada vez más se auspicia la aparición de una alternativa imprescindible al belicismo de la fuerza frente a la razón, un proyecto alternativo en las formas y en los contenidos. El maniqueísmo más vergonzante ha sido uno de los condimentos de la visión mesiánica que han imprimido los neocons al cargo de presidente: hacia ese resurgir del fanatismo religioso y nacionalista de la extrema derecha de EEUU debe dirigir el contrincante de Bush en las elecciones del próximo año una crítica primordial. No es difícil dibujar cómo se debería enfocar un combate electoral con Bush: éste tiene ante sí la espada de Damocles de los déficit de la economía estadounidense que podrían reeditar el destino de su padre. Recordemos la derrota ante Clinton tras haber ganado la Guerra del Golfo y aquel consejo que llegó tarde: "¡Es la economía, estúpidos!". El Partido Demócrata, además, no puede ignorar el aporte de confianza entre el electorado que le proporcionaría un despegue 'responsable' de las posiciones republicanas: no se les demanda tanto un giro radical a la izquierda como una recuperación del tradicional internacionalismo liberal. Esa óptica sería, para muchos, la única adecuada para vacunar a la opinión pública contra el neopatriotismo 'bushiano'.

No es extraño encontrarnos con encuestas que reflejan que los estadounidenses prefieren una política con más colaboración internacional, es decir, que apuestan tras el 11-S por la diplomacia y por un mayor multilateralismo para luchar contra el terrorismo, lo cual contrasta con la elección del gobierno de emprender, una tras otra, operaciones militares por todo el mundo. En el ambiente de crecientes críticas a Bush por la posguerra iraquí, destaca especialmente la opinión de uno de los aspirantes a candidato demócrata, el ex gobernador de Vermont Howard Dean. Y destaca por su coherencia, puesto que se opuso a la intervención en Irak desde el principio y ha cosechado desde entonces importantes apoyos en los sectores más izquierdistas de su partido. De ser prácticamente un desconocido, en cuestión de meses Dean ha visto subir su notoriedad en la audiencia de todo el país y se ha convertido en el candidato en las primarias demócratas que más apoyo financiero recibe, gracias sobre todo a la red de organizaciones que bases del partido han construido, con la ayuda de internet y de ciberactivistas, para apoyar a este médico de 54 años que quiere seguir los pasos de Carter y Clinton en su camino a la Casa Blanca. En España se ha constituido, incluso, un comité de apoyo a Howard Dean en la web progresistasfordean.org, donde se puede encontrar amplia información sobre el precandidato y se afirma que «por nuestra seguridad y por la del mundo necesitamos que Bush no gane las próximas elecciones». ¿Será Dean la alternativa imprescindible?

14 de septiembre de 2003

Imperio (II): El dominio de los 'neocons'
A pesar de la declaración de intenciones del votante medio estadounidense, en el sentido de minimizar cualquier ambición imperial de su país, y de la tendencia ombliguista a replegarse sobre sí misma que tiene toda gran nación como EEUU, es indudable que la 'hegemonía USA' es el punto de partida de cualquier análisis político que se precie. La estrategia exterior del gobierno de Washington detenta, en consecuencia, el poder de determinar el pilotaje de toda la política internacional, aunque de puertas adentro casi ningún presidente sea juzgado primordialmente por los asuntos exteriores. Como la gran masa de electores que se siente cercana, según los casos, a los políticos más conservadores o a los más progresistas no es determinante para conducir la nave estadounidense en sus relaciones con el resto del mundo, son otros centros de poder los que adquieren un mayor protagonismo. La visión realista más asentada convierte la política exterior en un proyecto a largo plazo en el que no se discute el objetivo final -conservar la condición de única superpotencia- y sólo pueden modificarse los instrumentos que se manejarán, en función de las circunstancias, para satisfacer los objetivos intermedios. El resquicio que posibilita la diferencia entre gobiernos de distinto signo, sin embargo, es importante: en él se afanan las diversas élites ideológicas que tratan de erigirse en faros de la política exterior de su gobierno, ejerciendo también cuando sea necesaria una importante influencia sobre la opinión pública.

Ante los propios cambios de la realidad, se hace inexcusable la renovación de los planteamientos políticos. Esta es la premisa que ha impulsado la modificación de enfoques y propuestas a izquierda y derecha, tras acontecimientos como la caída del muro de Berlín. De entre todos estos cambios, ahora constatamos que quizás el más relevante sea la sustitución, iniciada en EEUU, del conservadurismo de corte más tradicional por una 'nueva derecha' con perfiles más definidos y menos anclada en el pragmatismo de la clásica 'realpolitik'. Los llamados neoconservadores (o 'neocons') son los abanderados del ideario que ha logrado calar entre una cierta conciencia patriótica estadounidense y que, asociado a un radicalismo religioso de firmes convicciones, dirige el rumbo de la Administración Bush en su pretensión de imponer una determinada visión del panorama internacional. Los 'neocons' han inspirado la actual política de intervención exterior con su idea de la seguridad nacional: el imperio estadounidense está presente en todo el globo, de tal forma que hemos de tratar de compatibilizar un desentendimiento respecto de los acuerdos internacionales y del multilateralismo de la ONU con una creciente voluntad de mantener la estabilidad en cuantas regiones del planeta estén presenten los intereses nacionales. Con los 'neocons' desaparece la idea de conservar ante todo el status quo y de resolver las crisis con la disuasión: los posibles riesgos no son un freno para el uso de la fuerza y los cambios siempre son bienvenidos cuando contribuyen a quitar obstáculos del camino.

Cambiar el mundo ha dejado de ser exclusivamente un deseo izquierdista gracias al ímpetu renacido de esta nueva derecha por adaptar la realidad a su propio ideal. En esa línea trabajan diversos 'think tanks' como el PNAC, que propugna un nuevo Siglo Americano a través de la erradicación de cualquier contingencia que pudiera cuestionar la hegemonía estadounidense. Los ataques preventivos, como el perpetrado en Irak, son buen ejemplo de esta doctrina. A esta revolución de las ideas conservadoras contribuyen ideólogos como Robert Kagan, y la presencia en el gobierno de destacados neocons -Cheney, Rumsfeld, Wolfowitz- es signo inequívoco del predominio de este movimiento intelectual entre los pensadores de la derecha. El pasado trotskista de algunos de estos estrategas no debe extrañar si consideramos la traslación que realizan los 'neocons' del concepto de 'revolución permanente' a la creencia en la bondad de esa especie de 'cambio constante' en pos de la defensa de la hegemonía estadounidense. El americanismo radicalmente extremista que enarbolan no puede sino encuadrarse en la idea de que sólo una élite en el gobierno de EEUU tiene la capacidad de liderar el mundo y librar a la humanidad de todos los males. Pero, al margen de otras influencias, es el filósofo muerto hace 30 años Leo Strauss el inspirador intelectual de los 'neocons': en su formulación de la existencia de una verdad esencialista acerca del Bien y del Mal se remarca la necesidad de una 'claridad moral' en los hombres destinados a dirigir la política. Es en esa firme determinación de acabar con los enemigos de la sociedad donde adquieren los 'neocons' su verdadera razón de ser.

7 de septiembre de 2003

Imperio (I): La hegemonía paradójica
Tras el derrumbe de la Unión Soviética, el papel que adoptaría EEUU en el mundo como potencia que salía vencedora y triunfante del enfrentamiento entre bloques era, a ojos de muchos, el de un renacido imperio. Diferente a la estrategia que ligaba la política de EEUU a las actuaciones de los soviéticos, el plan que en los 90 construiría un imperio distinto al del tradicional imperialismo tenía, al menos, dos factores a favor: una época de expansión económica que estableció el dominio estadounidense de la economía mundial y la victoria en todo el planeta de la cultura 'americana' como cultura 'global'. Ese punto de partida tantas veces descrito por los analistas políticos, la creación de un Nuevo Orden Mundial tras la desaparición del mundo bipolar, fue adquiriendo diferentes realizaciones y, sobre todo, contrapuestas interpretaciones entre los ideólogos: unos decían que habría que basarse en el poder 'blando' y el multilateralismo; otros siempre defendieron que la política estadounidense podría ser unilateral y, por supuesto, intervencionista cada vez que existiera una amenaza para su hegemonía. La era Clinton aportó elementos para ambas visiones del futuro. Las actuaciones en el exterior daban a EEUU el papel de garante de un orden en el que estaba en juego su dominio. Pero al mismo tiempo la conexión occidental orientaba la política exterior al ejercicio de una especie de liderazgo amable de las democracias de occidente sobre el resto del mundo.

Este modelo de imperio, revestido como ejercicio responsable del poder por parte de EEUU, giró decididamente tras los atentados del 11-S hacia una política beligerante, tantas veces agresiva, que garantizaría la hegemonía estadounidense frente a cualquier elemento de inestabilidad en todo el mundo. Otras potencias como China no están en disposición de hacer la competencia a esta estrategia, de tal modo que no hay habitante en el globo que no reconozca la superioridad clara y absoluta de la hiperpotencia unilateral frente al resto de estados soberanos. Sin embargo, las dificultades no son pocas. En un reciente artículo, el historiador Paul Kennedy analizaba la complejidad que suponía para EEUU mantener varias operaciones militares en marcha al mismo tiempo en diferentes puntos del planeta. El ejército hace que el imperio sea tal, puesto que junto a la hegemonía económica y cultural es imprescindible conservar a cualquier precio una incontestable superioridad militar. Y concluía Kennedy: «¿Es ése el futuro de la democracia estadounidense: mantener sus tropas durante tiempo indefinido en la frontera noroccidental o en un puerto plagado de enfermedades de África occidental? Nosotros negamos frenéticamente que tengamos ambiciones imperialistas, y creo que esas negaciones son sinceras. Pero, si cada vez nos parecemos más a un imperio y caminamos como un imperio y graznamos como un imperio, quizá nos estemos convirtiendo precisamente en uno».

El considerable esfuerzo que implica la actual política de intervención en el exterior lleva al ejército de EEUU a buscar colaboradores entre los principales países del mundo; sin embargo, se da la circunstancia de que ese aliado militar de entidad -exceptuando el Reino Unido- tendría que estar entre los países que se han opuesto a la aventura iraquí. No hay otros que quieran ser los fieles incondicionales aliados que se necesitan. Incluso el país que asume un papel hegemónico ha de buscarse colaboradores, y lo cierto es que tras el empecinamiento belicista de Bush se le ha puesto más difícil a EEUU encontrar adhesiones que no sean las de países de muy relativo peso internacional. Analizaba este obstáculo Paul Kennedy y cualquier lector de su artículo podía llegar a la conclusión de que, aunque los ciudadanos estadounidenses no quieran verse como un imperio, toda política que implique una asociación de otros países con EEUU con la actual correlación de fuerzas significa ir por la senda de un comportamiento imperial, al modo en que otros imperios en la historia se ganaban el favor de otras potencias para mantener su hegemonía. Sería comprensible esa justificación ingenua del papel preponderante de su país que pueden realizar muchos estadounidenses: somos un país libre y próspero al que 'lógicamente' le toca liderar el mundo. Pero si creyéramos en la sinceridad de ese punto de vista nos sorprenderíamos un instante después constatando que en la última década EEUU se haya constituido en una hegemonía mundial paradójica que, al parecer, nadie dentro de sus fronteras desea.

30 de agosto de 2003

Islandia y las ballenas
Salvar a las ballenas es una vieja causa ecologista que desembarcó en algún momento en una sociedad despreocupada por el destino de la naturaleza como si de un pintoresco desvarío de los verdes se tratara. Al ciudadano occidental le inquietaba más cuál sería la moda de la siguiente primavera que la vida de estos mamíferos. Sin embargo, la progresiva concienciación acerca de la biodiversidad ha posibilitado que en el plano político internacional la conservación de las ballenas se haya vuelto una prioridad medioambiental. Esta especie en peligro de extinción simboliza, además, el esfuerzo que el ser humano aún puede hacer por evitar los efectos depredadores que su existencia genera en el ecosistema Tierra. A pesar de todo, de la insistencia ecologista y el compromiso de las instituciones, el mecanismo de defensa de las ballenas y su vida en los océanos es demasiado precario. La Comisión Ballenera Internacional (CBI) es el organismo avalado por Naciones Unidas para la protección de esta especie. Pero las reglas se basan en la voluntad de los gobiernos que en él participan: quien no desea continuar con la moratoria comercial sobre la caza de ballenas, sencillamente no se somete a las decisiones de la CBI.

Porque hay un resquicio legal en la normativa: la llamada 'caza científica'. Comoquiera que la presión que se ejerce para obtener los beneficios de la venta de esta preciada carne es bastante poderosa, casos como el reciente de Islandia no deben extrañar. Otros dos países competidores en esta industria, Noruega y Japón, han violado también los acuerdos de la comunidad internacional. Así, lo raro sería que Islandia no adujera los pretendidos motivos científicos que permiten la captura de ballenas en sus costas para volver a las andadas. La excusa de la investigación -para conocer de qué se compone la alimentación de estos animales- es la que da vía libre a la caza de quinientos cetáceos en dos años, según establece el programa aprobado por el gobierno islandés. El pasado 17 de agosto se rompió con la moratoria tras catorce años al capturarse un ejemplar de rorcual blanco en las aguas cercanas a la isla. Las autoridades de Reykiavik tienen el respaldo, además, de un 75% de la población consultada en referéndum, en lo que no deja de ser una manifestación del tradicional sentir de los habitantes de Islandia: volcados hacia el mar para sobrevivir, con la actividad pesquera como estandarte y las ballenas como una cuestión de soberanía -como afirma Antonio Pita en La Insignia.

La presión de la CBI, de otros gobiernos o de las organizaciones ecologistas naufragan ante la reacción que producen en Islandia estas acciones tachadas de 'injerencias externas'. Las 4.000 toneladas de carne que obtendrá el país no sólo lo restituirán en su tradición ballenera, sino que lo impulsarán a comerciar con tal cantidad, imposible de consumir por sus 290.000 habitantes. El primer destino será la congelación; el siguiente, la venta futura de esta mercancía actualmente prohibida en su comercio mundial. Islandia vive de vender su pesca: ésta llega a Europa y EEUU. No es aventurado decir que se está jugando sus ingresos si la actitud de estos últimos meses lleva acarreada represalias por parte de estos países. La visión pragmática que más favor haría a la conservación de las ballenas es la que trata de cambiar la mentalidad de los islandeses con las siguientes cifras: la caza de cetáceos dejó una renta anual entre 1986 y 1989 de unos 3,5 millones de euros, mientras que la floreciente industria del avistamiento de ballenas generó 8,5 millones de euros en 2001. Esta actividad turística puede ser la salvación definitiva, si las autoridades de Islandia se convencen por fin de que conservar sus ballenas es una verdadera fuente de riqueza, en todos los sentidos.

12 de agosto de 2003

Liberia y los señores de la guerra
En África las guerras con componentes tribales son el pan de cada día desde hace demasiado tiempo. En países como Liberia, la carnicería que ha costado la vida a más de 2.000 personas desde junio es buen ejemplo de la catástrofe humana y política que se vive en todos los conflictos armados en los que se alían los intereses económicos de unos pocos con los señores de la guerra para convertir esa parte del mundo en un infierno. El papel de la comunidad internacional es imprescindible para frenar cada crisis puntual antes de que se convierta en un foco de desestabilización como el que propició Charles Taylor desde la presidencia de Liberia. Tras su reciente renuncia al poder, gracias a la presión de EEUU, se abre una esperanza de paz en un país que ha sufrido la violencia 14 largos años. Las fuerzas opositoras que controlan el territorio liberiano y cercan la capital Monrovia ponían como condición para el cese de hostilidades la salida del dictador, que ahora se va a un exilio dorado en Nigeria. Taylor es un sanguinario guerrillero que accedió a la presidencia tras acabar con el anterior presidente Samuel Doe -que a su vez tomó el poder tras un golpe de estado en 1980 en el que también participaba el ahora depuesto dictador- y que en su discurso de despedida se presenta como salvador de la paz que se 'sacrifica' por su pueblo, cuando realmente su régimen estaba acabado por el asedio de la guerrilla opositora.

Los enfrentamientos en Monrovia entre estas dos facciones -leales a Taylor y oposición armada- han hecho sufrir a la población civil hasta obtener este acuerdo precario que deja muchos cabos sin atar. Taylor deja en el gobierno a su vicepresidente, Moses Blah, al menos durante los dos próximos meses. Y los opositores, de dudoso bagaje democrático, pueden retomar su acoso sanguinario al poder si no se opta por la negociación de un nuevo gobierno interino. Las fuerzas internacionales de paz deberán jugar un importante papel de desmilitarización que garantice la implantación de un sistema político mínimamente democrático a largo plazo, si se quiere conjurar el peligro de una vuelta de Taylor -como él mismo ha prometido- que dé al traste con los esfuerzos de los mediadores africanos. EEUU fue el país que creó Liberia en esa parcela de África en el siglo XIX para los negros que habían sido liberados de su esclavitud. Desde entonces, y siendo uno de los primeros estados independientes del continente, su seguridad fue garantizada por EEUU. Ahora Washington y el resto de la comunidad internacional deberán tomarse en serio la pacificación de Liberia si no quieren consagrar en este país un caso paradigmático de drama político y social tan característico de África: un Estado casi inexistente, un país sin ley, derrumbado económicamente, y corrupción e inseguridad generalizadas.

Taylor es sin duda el prototipo de criminal que viene apoderándose del futuro de parte de la población africana mediante el control de su riqueza y una mano de hierro. Este 'señor de la guerra' siempre supo canalizar oportunamente la producción de oro y diamantes para perpetuar el estado de enfrentamiento entre facciones rivales. En Costa de Marfil, en Guinea, conocen los efectos de la desestabilización política, en parte responsabilidad de Taylor y su implicación en el comercio de diamantes y el tráfico de armas. El genocida, ahora en su exilio nigeriano, posiblemente logre escapar de la justicia que le reclama en Sierra Leona. La Corte especial de Naciones Unidas para ese país le acusa de crímenes de guerra y otros delitos contra la humanidad por los que no pagará gracias a la comprensión de otro régimen africano. El papel que ejerció en la guerra civil de su país vecino, donde de nuevo obtuvo el señor de la guerra su recompensa en diamantes, pasará -primero por su condición de jefe de Estado y ahora por la protección extranjera- a un estado de total impunidad. La fuerza que ejercen los negocios que no puede controlar la comunidad internacional, que esquilman las riquezas naturales de estos países y que sirven para enriquecer a unos pocos señores de la guerra, es el principal factor deslegitimador del poder democrático en África. El futuro del continente pasa por afrontar, definitivamente, los problemas desde su raíz.

2 de agosto de 2003

A los dos años, ¡mitosis!
El mundo de los weblogs está en constante crecimiento. No sabemos todavía si este desarrollo creciente será sostenido en el tiempo, aunque ya auguré hace doce meses que aún sería necesario esperar unos cuantos años para ver una 'blogosfera' hispana consolidada. Todavía quedan muchos nuevos caminos por transitar, y todos los que nos hemos embarcado en la escritura de un blog, incluso quien aún está pensando en montar uno en un futuro, estamos atrapados en la figura que ya alguien ha citado: la de los pioneros. Mi impresión es que los weblogs son un modo de comunicación tan revolucionario, como ya se ha dicho tantas veces, que cualquier tendencia que ahora estemos marcando en el modelo influirá en el desarrollo futuro de la blogosfera. Y por esa razón, en el universo de los pioneros, tiene tanta importancia mantener algún principio, apostar por una línea de coherencia o cultivar un modelo que se convierta en referente. Modestamente, mi experiencia escribiendo este blog creo que ha contribuido como un grano de arena más al desarrollo de los blogs en español. Tengo claro qué temas quería tratar, qué quería transmitir y cómo. Debido a lo cual quizá no haya estorbado demasiado a la hora de construir un mosaico tan diverso como es el de la gente que se ha lanzado a escribir en bitácoras.

Guste más o menos, tenga algún valor o no la sucesión de líneas que aquí se despliegan, mantengo en este blog una cita ineludible -que en ocasiones normales será semanal- con todo el que quiera leer los artículos que, tras dos años ininterrumpidos ya, seguirán apareciendo colgados en este rincón de la red. La novedad que estos meses de verano me han traído es que desde este momento el blog se multiplica por dos: desde julio está en marcha el Diario de un aspirante a tertuliano. Un cuaderno de notas más pegado a la actualidad y a cuantas chorradas se le ocurra comentar a su autor. Como la red es un pañuelo, no creo que haya muchos habituales de estas líneas que no conozcan ya LPD y viceversa. Estamos todos fichados, y quien pretenda seguir el rastro de David Iwasaki en internet no tiene más que apuntar la dirección de estos dos puntos de encuentro. Para acabar este post introductorio de una nueva etapa, no quiero dejar pasar la oportunidad de lanzar un saludo al notario que dicen que toma nota de todo lo que se escribe en los foros y cuentan los internautas. Que usted lo cobre bien, si no se ha vuelto loco antes por todo lo que habrá tenido que leer.

12 de julio de 2003

La burbuja del ladrillo
Cualquier problema que pesa sobre el mercado inmobiliario tiene implicaciones tan importantes en tantos aspectos de la economía que merece toda la atención posible. El 'boom' del sector, cuyo bien -la vivienda- adquiere el carácter de necesidad básica recogida como derecho en la Constitución, ha supuesto una especial preocupación por el desajuste que provoca el aumento continuado de los precios. La demanda ha venido siendo creciente y en España no se ha hecho más que urbanizar y dedicar suelo a la construcción de nueva vivienda. Todavía estamos en esa tesitura: a pesar de ser el país donde más se edifica, el precio sigue al alza -más de un 18% en el primer semestre de este año- generando una barrera infranqueable a miles de potenciales compradores de una primera vivienda que no pueden permitirse endeudarse en la compra del que se ha convertido en bien más rentable para la inversión. En España tenemos, además, las hipotecas más asequibles de la zona euro, lo cual lleva a más de un indocumentado a sentenciar que con ellas los españoles pueden comprar pisos situados, también, entre los más baratos de Europa, sin tener en cuenta las diferencias entre los salarios reales de los distintos países. Lo innegable es que prácticamente la mitad del sueldo medio de un trabajador está secuestrado por la necesidad de adquirir una vivienda en propiedad. Y a la ineludible presencia cotidiana de la vivienda como un problema de primer orden que afecta a los ciudadanos, viene a sumarse la temida incertidumbre sobre un mercado que tanta relevancia ha adquirido en los últimos años.

El alza en el precio del suelo, y el consiguiente diagnóstico acerca de qué factores pesan más en la escandalosa escalada de precios de los pisos, nos llevan al carácter eminentemente especulativo de la situación. Las maniobras urbanísticas y los chanchullos de los políticos municipales son sólo la punta del iceberg de la presión que la especulación sobre la vivienda ejerce en un mercado al que muchos han acudido para invertir. La bajada en la rentabilidad de otros activos, particularmente la bolsa, ha llevado el dinero al ladrillo. Llevamos años constatando esta realidad sin querer afrontar el riesgo que este 'monocultivo' inversor supone para la senda de la economía. En un mercado especulativo, antes o después llega la 'corrección', el ajuste... o hablando claro, el pinchazo de las esperanzas ilusas de quienes creían ver en la vivienda el producto de inversión perfecto. Por eso mismo es positivo que lo que venimos temiendo desde hace bastante tiempo haya saltado a la discusión pública: ¿qué pasa con la burbuja inmobiliaria? Sabemos que ha de estallar más bien pronto que tarde, aunque las autoridades han optado por lanzar una advertencia leve, sin alarmismos. El gobernador del Banco de España apuntó que el aumento real del coste de la vivienda ha venido siendo superior al 10% anual y que esos precios "podrían haber sobrepasado los niveles coherentes". Desde el gobierno se desmiente que exista burbuja alguna; como no estaba en sus previsiones, sencillamente esta deriva del 'boom' inmobiliario no se está produciendo y nada grave vamos a padecer los españoles, que para eso crecemos más que nadie.

En verdad, no hay nadie que desconozca el riesgo de una caída brusca del mercado, la cual produciría hondas consecuencias en el sistema financiero y la situación de las familias. Un pinchazo de la burbuja nos llevará de nuevo al estancamiento. Hipotecas que nadie podría asumir, si el precio baja del nivel que hacía rentable la compra para la posterior venta, frenazo a la nueva construcción y fin del chollo de muchos especuladores. El endeudamiento elevadísimo que se está registrando en los hogares es ya de por sí alarmante. En el caso de que finalmente ocurra, el semanario "The Economist" ya predijo hace semanas una caída de los inmuebles que llegaría al 30% del precio en los próximos años en países como España. Lo más positivo es que el mismo tratamiento de la cuestión en los medios parece haber conseguido derribar el mito de que los precios de los pisos y las casas nunca bajan. Tenemos casos históricos que lo desmienten. Y la hasta ahora irrefrenable subida en España nos va a proporcionar un ejemplo más. Aunque al final la burbuja podría perfectamente no 'pincharse' de golpe, si el resultado de los próximos ejercicios muestra un enfriamiento o retroceso menos brusco de los precios, como el 'aterrizaje suave' que dicen se está produciendo en el Reino Unido. En cualquier caso, el seguro descenso de la burbuja dará señales de la artificialidad de este mercado de crecimiento desequilibrado. No estará de más que hagamos caso, entonces, a los estudios que hablan de ciclos inmobiliarios. El ajuste llega cada cierto número de años aunque el ministro de Economía de turno se empeñe en negar lo que se ve venir.

La bajada tendrá varias consecuencias: una de ellas quizá la denominaremos, con la jerga habitual, la 'corrección' o racionalización del mercado alimentado por el ladrillo. El negocio de los agencias inmobiliarias se verá afectado, y no estarán tan de moda los anuncios radiofónicos de cursos de 'técnico inmobiliario'. Los despidos y el ajuste en el sector de la construcción van a estar a la orden del día. Cuando el empleo se ve tocado, la sociedad advierte los verdaderos peligros. Eso es lo malo: las burbujas, en su mayoría, por definición, no son calibrables hasta que se manifiestan. El peligro no se advierte cuando todo va al alza. Pero el crecimiento disparatado que estamos viviendo no puede llevarnos a otra conclusión que no sea que las subidas en los costes no sostenibles al final pasan factura. La expansión equilibrada del mercado inmobiliario implica una subida gradual de precios; nada de alegres alzas de dos dígitos cada año, como si en la construcción estuviera el futuro de nuestra economía. Convertir el ladrillo en inversión preferente es un error que se saldará, además de con los problemas inmediatos que vamos a sufrir, mediante el efecto de fondo a largo plazo en una economía que crece básicamente gracias a sectores de baja productividad. ¿Es el futuro de España el de un país enladrillado? En otros momentos el ajuste en el mercado inmobiliario se ha producido en un contexto de inflación, por lo que no ha sido muy perceptible. En la actualidad, una deflación junto a la caída del valor de los activos sería el peor escenario posible. Finalmente veremos cómo la burbuja se desinfla, y para entonces lo mejor será haber vendido antes de quedar pillado por culpa del espejismo que aún hoy alimentan los agentes inmobiliarios.

6 de julio de 2003

El déficit público y la pureza presupuestaria
Una vez se instauró el euro como moneda única de los países que formamos parte de la eurozona, tras cumplir fatigosamente los dichosos criterios de convergencia, la política económica de cada gobierno de la UE debía seguir comprometida con tales criterios si no se quería llevar al traste la difícil unificación. Al estar la política monetaria en manos del BCE, la atención se fijaba en la política presupuestaria; así, el Pacto de Estabilidad y Crecimiento (PEC) garantizaba que los países mantendrían el compromiso de reducción del déficit público. Firmado por los países que han adoptado el euro, el PEC implica que las medidas fiscales de los gobiernos estarán orientadas a unas finanzas públicas sanas en el medio plazo, con el objetivo del 'déficit cero' llamado a coronar una estabilidad macroeconómica que consolide la moneda europea. La ortodoxia no ciega del todo, y se les permitía a los países cierto déficit en el corto plazo, pero nunca superior al 3% del PIB. Es conocido que ya el año pasado se evidenció la imposibilidad de cumplir rigurosamente el pacto; tan necesario como mantener la estabilidad económica es alcanzar un buen dato de crecimiento o evitar entrar en recesión, aunque haya que reconocer para ello, dolorosamente, que el déficit cero no es ningún dogma de obligado cumplimiento. La defensa del equilibrio presupuestario incondicional ha entrado ya en el catálogo de 'verdades reveladas' al que sólo algunos liberales pueden acceder. Los demás mortales desconfiamos de estos nuevos sacerdotes, y creemos que el déficit no es siempre malo.

Desde que Prodi llamó la atención sobre lo 'estúpido' (esta fue la palabra utilizada por el presidente de la Comisión) de hacer cumplir el PEC a toda costa, no han hecho más que crecer en número quienes se han topado de golpe con el sentido común. Cualquiera puede comprender que es artificioso el criterio de un déficit máximo permitido si no se introduce algún elemento de flexibilidad. El pacto de estabilidad no contempla un sentido anticíclico para la política presupuestaria, lo cual lleva al absurdo que recordaba Fabián Estapé en las páginas de La Vanguardia hace unos meses, cuando negando el conocimiento sobre los ciclos económicos, muchos se apresuraron a decretar que éstos ya habían pasado a la historia. No hace mucho se han introducido modificaciones en el pacto, entre ellas una prórroga que permitirá a Francia, Alemania e Italia tener déficit en los próximos años. El estancamiento que vive la zona euro ha sacrificado los compromisos de los principales países, que sobrepasarán los límites del 3% para precisamente relanzar sus economías como 'locomotoras' del crecimiento. La búsqueda de una recuperación virtuosa, que permita fomentar el consumo con bajadas de impuestos y ajustar los gastos para alcanzar un equilibrio en las finanzas públicas en el medio plazo, implica además la reanimación del gasto en infraestructuras. Invertir para crecer, aunque sea con déficit. Es la vieja receta que aplica ahora EEUU y los viejos europeos parecen haber olvidado. Con tantos defensores de la 'pureza' presupuestaria conquistada a través del paraíso del déficit cero, ¿tendrá que darnos algún susto que otro la deflación, antes de hacer lo posible por salir del pozo del estancamiento tirando de la cuerda del déficit?

29 de junio de 2003

El siglo de Orwell
Pocos escritores han visto tan marcados los más relevantes acontecimientos del siglo XX con el sello dejado por su obra como el británico Eric Blair, que todos conocemos como George Orwell. La literatura a disposición de una causa antiimperialista, o antifascista después, es un rasgo de la intelectualidad que vivió las convulsas décadas centrales del pasado siglo; sin embargo, la distinción que una decidida iniciativa por vivir la historia en primera línea de batalla proporcionó a Orwell, ha constituido tras su muerte la erección de su figura como exponente de intelectual honesto que, sin renunciar a sus ideas izquierdistas, supo en el momento oportuno dirigir la más contundente crítica al estalinismo. Quizá más citadas y renombradas que leídas, sus novelas '1984' y 'Rebelión en la granja' han recorrido los años para dejar testimonio a las generaciones futuras del horror que el totalitarismo o el despotismo 'revolucionario' traen siempre que el pensamiento político se vuelve contra la propia libertad humana. Olvidados, o no tanto, los escenarios 'reales' que inspiraron a Orwell, el pensamiento antiestalinista del escritor nos ha legado inmejorables alegatos a favor de la democracia, que en otros contextos suponen una constante llamada de alerta: las temibles tentaciones que llevan a una sociedad a adorar la vigilancia del 'Gran Hermano', cuando creamos sintomáticas 'neolenguas' o extendemos consignas como 'la guerra es la paz'; o la inquietante frase en la pared de la granja de animales, «Todos los animales son iguales, pero algunos son más iguales que otros».

Pero la obra de Orwell no nos ha llegado como un mensaje en una botella, porque su significado irá irremisiblemente unido a la vida del autor. Ahora que se cumple el centenario, se recuerda que siempre dejó claro su deseo de no ser biografiado; a pesar de lo cual, la experiencia vital de Orwell ha interesado a cuantos lo han leído. Su estancia en Barcelona en 1937 marcó su forma de pensar, y dio lugar al 'Homenaje a Cataluña' y a su esclarecedora visión sobre la contienda donde sufrió el ambiente de enfrentamiento entre republicanos, el cual le condujo a sucesos típicamente estalinistas de eliminación del adversario. [En La Insignia están publicados, en su sección Diálogos, algunos «Recuerdos de la Guerra Civil española»]. Orwell decía que todo escritor tiene cuatro motivos para escribir: el 'egoísmo agudo', el 'entusiasmo estético', el 'impulso histórico' y el 'propósito político'. Reconoce que para una persona como él era inevitable no subordinar las demás razones a la motivación política, tan intensa en una época de tiempos agitados que puede llevar a un reconocido escritor a convertirse en panfletista. Ser testigo del momento es siempre un estímulo intenso que invita a dejar huella en el pensamiento de la época. Afirma Orwell al explicar por qué escribió: «Cada línea seria que he escrito desde 1936 lo ha sido, directa o indirectamente, contra el totalitarismo y a favor del socialismo democrático, tal como yo lo entiendo». «Cuanto más consciente es uno de su propia tendencia política, más probabilidades tiene de actuar políticamente sin sacrificar la propia integridad estética e intelectual»