30 de diciembre de 2002

La crónica del «Año Aserejé» (y II)
Los tópicos siempre tienen algo de verdad. Al repasar lo ocurrido en el año que termina no se puede evitar soltar ese de la fugacidad irresistible del tiempo vivido. Parece increíble que tantos acontecimientos queden comprimidos para la historia en el mismo racimo de doce meses. Los «personajes del año» y similares son, a su vez, la constatación de que el mundo da vueltas todos los días sin que nos percatemos de los cambios que se producen hasta que llega el consabido resumen del año y nos lo recuerda. Quién iba a figurarse que la 'euroinflación' (vulgo, redondeo de los precios por la cara) no nace en la noche de los tiempos, sino que es consecuencia de la introducción de la nueva moneda. Pues para eso están Duisenberg y sus analistas del BCE, para informarnos de tan ignoto misterio.

Si no fuera porque alguna revista ha puesto a Saddam Hussein como uno de los hombres más nombrados en 2002, quizá no nos daríamos cuenta de que el 'revival' iraquí sólo lleva unos meses en la agenda del Pentágono: terminar «la guerra de papá», que yo sepa, no estaba entre los objetivos prioritarios de Bush Jr. antes de la creación de ese hallazgo del «Eje del mal». El pulso del planeta ha estado este año bajo una calma tensa, con la pretendida frivolización de un panorama que no se transformó en el Apocalipsis como algunos pensaban, pero que esconde tras de sí un sinfín de incertidumbres económicas y geopolíticas. Hace un año la amenaza estaba entre India y Pakistán, y los malos augurios se multiplicaron para después no cumplirse. Pero esta vez, las previsiones para 2003 quizá no estén tan erradas: que Corea del Norte se ponga respondón es ya en sí toda una señal de peligro.

Mientras los planes bélicos son asumidos con una extraña inevitabilidad por la opinión pública, otros asuntos no han enturbiado demasiado la vida del ciudadano común. Aunque para el gobierno de Aznar, por ejemplo, lo ocurrido en estos meses repercutirá en su imagen a medio plazo. Ya con Gescartera el viento empezó a soplarle en contra a pesar de la mayoría absoluta, y tras la huelga de junio y el naufragio de Prestige, casi se hunden definitivamente las expectativas del PP con el desprestigio de la gaviota manchada de chapapote. La gente de a pie obtiene parte de su felicidad en proporción inversa a la importancia de los asuntos que un ministro incompetente lleve entre manos. En ese sentido, el balance de 2002 no iba mal parado hasta que alguien tuvo que hacerse cargo de un petrolero averiado. Y para colmo, en 2003, nos meterán sin preguntarnos en una guerra contra el Mal. Definitivamente, hay que volver a ponerse serios. El «Año Aserejé» ha terminado. RIP.

23 de diciembre de 2002

La crónica del «Año Aserejé» (I)
Creo que es una de las costumbres más ridículas que ha adoptado la actividad periodística. Me refiero a eso de hacer resúmenes de lo ocurrido en el año. Pero cuanto más inútil se muestra, más atractivo adquiere esa tradición fosilizada en la más absoluta de las rutinas. Escoger e hilvanar una serie de noticias como las más destacadas de los últimos doce meses es tan arbitrario como la propia elección del periodo de tiempo a analizar. Sin embargo, es fuerte la tentación y, como ya ejecuté el año pasado, voy a dedicar un par de apuntes a relatar unas reflexiones tan irreflexivas como las que encontrarán en cualquier otro programa o artículo de prensa que aparezca estos días en los medios. Y con pretensiones trascendentales, además. Empecemos.

El mundo digital nos proporciona indicadores tan fieles a los mecanismos de la mente que podemos afirmar y afirmamos que este año pasará a la historia como el «año Aserejé». ¿Respaldo empírico de esta nominación? El nombre del conocido grupo «Las Ketchup» aparece en el Zeitgeist anual del Dios Google como una de las búsquedas-deseos más invocados por todo el mundo. El Aserejé ha sido el ritmo que ha seguido este contoneante almanaque de 2002 que ahora muere. El alma de este año es más ambivalente que el desgarrado ánimo de terror que inundó 2001. El mundo quiere olvidarse un poco de los peligros evidentes y los malos sabores que un futuro demasiado incierto, junto al riesgo connatural de cada movimiento de átomo humano, nos proporciona. La receta es crear un falso reposo que nos dé tranquilidad para afrontar los nuevos acontecimientos.

Una guerra en Irak puede ser retrasada gracias al invento de la burocracia, sin ir más lejos. La situación en Oriente Próximo no es ni mucho menos mejor que hace 365 días: el enquistamiento, al contrario, siempre va a más, pero unas circunstancias electorales pueden rebajar la tensión por la magia de esos educados rituales políticos. ¿Quién puede decir que no esté más enconada la situación de crisis en algunos países de América Latina? Lo está. Sin embargo, a ojos de un espectador del telediario, las piezas son las mismas pero cambiadas de sitio en el tablero: en las calles de Argentina antes, ahora de Venezuela; el hambre pasa de Centroamérica a Tucumán; en Colombia, en fin... La violencia anega todo el globo. Aunque de año en año avancemos en la sofisticación con que todas estas atrocidades son escondidas en el 'doble fondo' de las conciencias.

18 de diciembre de 2002

Todo sea por la seguridad
Tras el 11-S el clima se tornó hostil para los derechos civiles. A partir de ese momento cualquier chaparrón no hace más que sumarse a la lluvia fina regulatoria que quizá empezó antes de la fatídica fecha. Los proyectos que salen de la Administración estadounidense en materia de seguridad sorprenden e inquietan a más de uno, aunque su carácter más siniestro se concentra alrededor de la vigilancia global cuasi orwelliana del sistema TIA. El control es poder, y éste se convierte en dinero en manos de Microsoft y su proyecto Palladium: rastrear los ordenadores como modernas mentes de unos ciudadanos reducidos al papel de dóciles consumidores. Si en Europa se impone la ola restrictiva de ciberderechos, la ley de internet española (LSSICE) se lleva el honor de ser pionera en el continente. Las últimas propuestas de la UE sobre el almacenamiento de correos electrónicos van en esa misma línea, como asegura David de Ugarte en la bitácora de las Indias: en nuestra correspondencia, «el flujo» (a quién, cuándo y con qué título y longitud escribimos un e-mail) se convertirá en un stock «a disposición del estado».

13 de diciembre de 2002

Que dimita el Prestige
Es lo único que se nos habría ocurrido al principio: la culpa del chapapote en la costa recae sobre los piratas del petróleo, las mafias del transporte marítimo y los puertos de la corrupción perfecta como el de Gibraltar. Que dimita el Prestige, porque lo que es cazar al responsable ruso de esta catástrofe, difícil lo tenemos. Sin embargo, siempre podíamos haber imaginado que el Estado no estuviera a la altura del desastre. Pues bien, la realidad supera cualquier mal augurio: el Gobierno no sólo ha superado los más altos niveles de incompetencia que se le presuponían, sino que ha demostrado una torpeza tal que la prudencia que puse en el comentario de hace tres semanas ha resultado innecesaria. No hay duda en señalar los monumentales errores que la Administración, los políticos y los gobernantes del PP en particular han cometido en este mes, que hoy se cumple, de mareas negras y ruina para Galicia.

Una marea política sobrevenida que se ha convertido en denuncia permanente de aspectos tan vergonzantes como la mentira institucionalizada en la política informativa de las autoridades. Y en protesta desesperada de quienes están hartos de la irresponsabilidad manifiesta de nuestros representantes a la hora de prever sucesos como este, tomar medidas inmediatas para minimizar la catástrofe y poner a disposición de la sociedad los recursos necesarios para limpiar los efectos de la marea negra. Roza el insulto a este país que la reacción, tarde y mal, del Gobierno esté además aliñada por esa actitud que los antaño periodistas de cámara del Presidente consideran el pecado capital de Aznar: la soberbia. Una arrogancia desmedida que desde el más mínimo gesto del bigote ha encrespado a unos ciudadanos que, ante la falta de previsión y la insolvencia demostradas con el Prestige, exigimos responsabilidades.

6 de diciembre de 2002

La teocracia y el poder energético
La alianza entre EEUU y Arabia Saudí se había convertido en un auténtico idilio: un apoyo recíproco casi incondicional fundado en el intercambio de petróleo y protección militar. Una relación bilateral basada en los intereses mutuos y no en el 'amor', en los valores compartidos. Que el régimen político de sus aliados sea democrático o sangrantemente autoritario siempre ha sido irrelevante a ojos de los estrategas de Washington. Sin embargo, desde el 11-S la ruptura estaba cantada. Se viene escenificando el alejamiento diplomático a medida que el papel de los saudíes en este nuevo escenario internacional sale mal parado en el nivel de confianza que la opinión pública otorga al corrupto y tiránico establishment de la familia real árabe. Y es que ni al más ingenuo de los analistas se le escapa la conexión sustancial de esta teocracia con el terrorismo islamista.

Si en el peligro que el fundamentalismo supone para el mundo diferenciamos dos vías de amenaza, éstas son la proliferación de redes de activistas armados y la propagación del ideario extremista. Varias noticias de los últimos meses nos confirman que el dinero saudí está detrás de gran parte de lo primero (financiando a terroristas) y que el poder desplegado en la difusión del extremismo recibe el amplio respaldo de los promotores del wahhabismo de Arabia Saudí, la versión más fanática del islam. Los familiares de las víctimas de los atentados de Nueva York denunciaron a destacadas instituciones y bancos saudíes, y la esposa del embajador en Washington de este país ha tenido que dar explicaciones por unas donaciones a entidades caritativas que terminaron como fondos de apoyo al terrorismo. Las excusas y los recelos están ya sobre la mesa para que el cese de las buenas maneras se consolide en el próximo futuro.

Con la sospecha permanente hacia este aliado indeseable, la búsqueda de intereses comunes en el mundo árabe pasará para EEUU por la creación de alianzas con países comprometidos con la persecución del entramado terrorista. Arabia Saudí se convertirá en elemento prescindible de este puzzle en cuanto la dependencia del petróleo de la península arábiga se desvanezca con la suma de las reservas de Irak, bajo control de un régimen post Sadam, a las capacidades energéticas que precisan EEUU y los demás países avanzados. De ir deshaciéndose de los conflictivos lazos con las saudíes se ha venido encargando, quizá inconscientemente, la sociedad occidental en este último año. Ahora se hace ya más patente este nuevo escenario ante el previsible nuevo movimiento en el tablero: el del petróleo iraquí. La jugada saldrá redonda si además gana autoridad moral al despegarse de la tiranía de Arabia Saudí.