29 de noviembre de 2002

El Subcomandante y sus amigos
En política importan, y mucho, los compañeros de viaje. Primera obviedad. Ahora vamos a por la segunda: la credibilidad y la coherencia que una organización atesora en la defensa de unos principios están siempre en el aire. Si no se cuida enormemente cada paso que se decide dar, todo un proyecto se puede ver empantanado en un mar de despropósitos que restará crédito a toda acción futura. De un dirigente político como el Subcomandante Marcos se podía esperar, por ejemplo, que su papel de líder le impusiera el deber moral de actuar de manera responsable ante quienes han venido apoyando las justas reivindicaciones de la causa zapatista. Sin embargo, la última carta publicada del sub Marcos nos ha mostrado hasta qué punto prioriza las filias sectarias, a la hora de decidir junto a quién se deja retratar, frente a la sincera fidelidad a unos valores. Porque éstos, como es lógico, quedan por los suelos cuando se va de la mano de Batasuna.

La influencia que los sectores proetarras vienen ejerciendo sobre amplias capas de «tontos útiles» ávidos de épica seudorevolucionaria, ha llegado a límites sangrantes en el caso del líder zapatista. Donde el terrorismo de ETA debiera ocupar un lugar de preocupación como cáncer de la descomposición social de Euskadi, se está vendiendo a manos de cómplices de la barbarie el cuento de los 'luchadores' vascos y su mitología nacionalista. Más de un despistado y muchos nostálgicos estalinistas se encargan de que la propaganda del 'conflicto' de los abertzales con el 'fascista' Estado español llegue hasta el último rincón donde la desinformación y la falta de criterio propio campen a sus anchas. Que en cada lucha local haya una trinchera preparada para todo supuesto 'progre estándar', es la encomiable labor que estos manipuladores profesionales desarrollan. Da igual si es la democracia misma el blanco contra el que se apunta.

Despegarse de la realidad, eludir la crítica interna o supeditar el discurso a ciegos e incuestionables dogmatismos conduce al suicidio político a toda organización que se pretenda de izquierdas. Llegado el momento en que el entorno de Batasuna ha sido capaz de acercar al Subcomandante Marcos al redil de su siniestra justificación de ETA, todo pretendido militante de los más variopintos 'anti-imperialismos' debería tentarse la ropa y preguntarse qué está realmente en el fondo de esa lucha. Si el sectarismo de sus compañeros de viaje les impidiera ver la falsedad de la 'causa vasca' y la política del pasamontañas, al menos confirmaríamos a las claras y sin subterfugios que el sector de la izquierda atado a la consigna 'ultra' e irrecuperable para el pensamiento libre sigue siendo grande. Afinado y certero como pocos es el análisis de Jesús Gómez en La Insignia, «El sub Marcos y los payasos», al que pertenece este fragmento sobre la actitud de este sujeto y de quienes le hacen los coros:

«Son una jauría -y como tal, fascista- que antes de que lleguen los hechos ya ha decidido cómo es el mundo, cuál es el bando, quién es amigo y enemigo. El personaje de Marcos es lo de menos; desde el principio ha jugado a la atracción del espectáculo y no pasa de ser un folclórico con ínfulas literarias. Su responsabilidad política, en cambio, es otra cosa. Cuando se habla a título individual se pueden cometer todos los errores que se quiera, incluida la posibilidad de tomar a las víctimas por verdugos y a los verdugos por víctimas, como ha hecho; después, las consecuencias son también individuales. Cuando se habla a título colectivo, las declaraciones y las decisiones tienen consecuencias colectivas. Y nuestro payaso grotesco -por utilizar su terminología- ha arriesgado una causa entera a cambio del aplauso de sus amos».

22 de noviembre de 2002

La basura del Prestige y el humo de las responsabilidades
Está siendo ampliamente seguida en los medios desde la semana pasada, como parece lógico: aún existe la cordura. La magnitud y la trascendencia de la catástrofe ecológica del petrolero en las costas gallegas la convierten en un auténtico terremoto de conciencias que se acuestan un día soñando con la armonía de nuestro paraíso terrenal y se levantan ecologistas por necesidad. Estamos obligados a sacar el 'yo' verde de paseo cuando el riesgo nos da una bofetada cruda y pringosa en la cara más frágil de la aldea global. ¿Quién dijo que el ecologismo era una simple ensoñación idealista con unas dosis de catastrofismo? Llega el Prestige y le da la vuelta a todo: la preocupación por el medio ambiente es puro realismo, y es una necesidad que se le presenta a la sociedad ante el descontrol que las actividades potencialmente contaminantes pueden generar mientras nos lamentamos inútilmente.

Los efectos de la marea negra y el fuel descargado por el petrolero hundido incidirán tan gravemente en la costa y la economía de Galicia que se agradece contemplar hasta qué punto está llegando el nivel de indignación colectiva: servirá para concienciarnos de la necesidad de la prevención de futuros dramas ecológicos. Futuros y presentes, pues la desidia de la Administración pública a la hora de plantearse la reparación de los daños en el medio ambiente es proverbial. La torpeza y la incompetencia en momentos cruciales, como parece que se le puede achacar ahora al Gobierno central, también son lamentables. No hace más que repetirse ese principio tan esplendoroso, y a la vez tan pervertido por la realidad, de 'quien contamina paga'. Al final las tretas jurídico-financieras terminan por librar a los culpables del pago por los daños causados: tenemos mil ejemplos.

Si las responsabilidades se diluyen como el petróleo del Prestige en un mar de impunidad, el medio ambiente no sólo seguirá estando en constante peligro, sino que también tendremos que acostumbrarnos a la inseguridad que los desaprensivos colocan sobre nuestro propio patrimonio: la costa donde se ganan la vida miles de pescadores, el estado del mar que hay que conservar para las próximas generaciones y la riqueza natural que la contaminación hurta a toda la ciudadanía. Manuel Rivas pone -en Balada maldita en las playas del Oeste- junto a la desgracia del fuel en la orilla, un punto de lucidez: «El mar, aquí, sigue siendo la mejor empresa. La más generosa. La más fiel. La más paciente, en un mundo de impaciencia depredadora, de banderas de conveniencia y paraísos fiscales, donde se impone el lema de Nada a largo plazo».

15 de noviembre de 2002

Turquía y el 'club cristiano'
La victoria islamista en la últimas elecciones turcas ha precipitado una serie de debates interdependientes en torno al futuro de Europa. El Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP), liderado en la sombra por Tayyip Erdogan a causa de una condena de inhabilitación política por recitar un poema sobre el 'islam guerrero', es considerado en algunos círculos un 'lobo con piel de cordero'. Los islamistas 'moderados', a pesar de la contradicción en los términos, han modificado su discurso para alcanzar el poder, convirtiéndose en un partido conservador con encaje en el sistema político de la República fundada por Kemal Ataturk. El nuevo gobierno va a practicar el continuismo en gran parte de las políticas a aplicar: su orientación exterior, procurando mantener la cercanía con EEUU y apostando por la integración en Europa, es lo más destacable. Sin embargo, estamos ante un triunfo del integrismo religioso. La moderación en el mensaje y el proclamado respeto por el orden laico de Turquía son tranquilizadores.

Pero el movimiento islamista se ha podido apuntar un nuevo avance entre la población de los países musulmanes. Bastante llamativo es el detonante de este cambio de tendencia del electorado: los partidos tradicionales han fracasado en la traslación de la legitimidad democrática del sistema laico al hacer patente la fractura social entre una élite enriquecida por los réditos de la modernización y una gran masa de desfavorecidos por una crisis económica enquistada. La democracia y el mantenimiento del laicismo son conquistas irrenunciables, y a pesar de la inquietante garantía del orden kemalista que constituye el Ejército turco, los esfuerzos políticos parece que van a centrarse en promover el desarrollo del país, en consonancia con la promesa de los islamistas. La tarea de la oposición será mantener a raya los instintos represivos del partido religioso. Si la temida involución se transforma por contra en una exitosa fórmula de 'democracia islámica', habrá que seguir el ejemplo turco para comprender futuros avances democráticos en la modernización del Islam.

Los turcos han optado por ser una sociedad decididamente encaminada a un proceso modernizador y europeizante. No es que se quieran ver como europeos ante todo, sino que el modelo a seguir es el que el propio país se ha trazado en torno a un futuro integrado en la UE. En este sentido, es estéril la discusión sobre la conveniencia de considerar a Turquía o no como candidato a la ampliación: no se les puede cerrar las puertas. No son un país europeo corriente, pero su destino puede estar perfectamente en el papel de Estado periférico de la Unión. Las declaraciones de Valéry Giscard d'Estaing quizá reflejen un ánimo bastante generalizado, en un intento de romper con la Turquía de Erdogan y con todo el Islam, aunque no aciertan a negar la bondad de un proceso de integración en el que la sociedad turca se comprometa a seguir desarrollándose en democracia y garantías de prosperidad. Aun siendo poco factible en el futuro inmediato la adhesión por el incumplimiento de requisitos imprescindibles, la promesa de ser parte de la UE en el largo plazo es un incentivo necesario y valioso para Turquía.

Los conservadores del Partido Popular Europeo están pidiendo la inclusión de una referencia en la futura Constitución Europea a la 'herencia religiosa' que ha dado lugar a los valores comunes compartidos, como la dignidad humana y la libertad. Error: ya empezamos metiendo la religión donde no procede. Además, la propuesta se enmarca en la petición que ya el Papa hizo para el reconocimiento de la tradición cristiana en la UE. Doble error: el carácter excluyente que tendría una alusión de este tipo en la Constitución no se le escapa a nadie. Turquía es el ejemplo de que un país con mayoría islámica, respetando escrupulosamente la democracia y el laicismo, podría ser miembro de la Unión. Por añadidura, muchos musulmanes, ateos o creyentes de confesiones no cristianas son tan europeos como cualquier otro. El apoyo al carácter laico de los Estados es definitivamente mayoritario, lo cual muestra el poco éxito que la propuesta cristiana tendrá probablemente. Pero es un síntoma más, sin duda, de la 'marea retro' que vivimos.

10 de noviembre de 2002

Hoy son los judíos, mañana...
Mientras la propagandista del nazismo recibe elogioso trato en la prensa con la excusa de sus 100 años recién cumplidos y su obra como cineasta, de indudable calidad artística, intercede en una gratuita concesión de indulgencia por parte de la sociedad, la vida sigue dándonos sorpresas en estos 'tiempos posmodernos'. Tiempos en los que el interesado olvido histórico se convierte en virtud y se pone de moda el vivir ajenos al pasado, en un esplendoroso presente de fantasía en el cual borramos de la memoria y de la conciencia colectiva cualquier señal de recuerdo a los hechos que han forjado nuestra historia, el camino que hemos recorrido hasta llegar al actual estado de las cosas. Desde esta visión, noticias como la que llegaba esta semana de Alemania vienen a despertarnos abruptamente de esa peligrosa ensoñación de la desmemoria.

Ocurría en un acto público: en Berlín se volvía a rotular una calle como la de los Judíos, Judenstrasse, después de tener otro nombre desde 1938, cuando los nazis la rebautizaron. El discurso de un representante de la comunidad judía en la ciudad fue interrumpido por algún asistente cuando hablaba de la decisión de los nazis: «Muy bien que hicieron». Proclamas antisemitas, más o menos directas, empezaron a escucharse. «Fuera, judíos». Y al grito de «impíos», otros ciudadanos 'normales' -no eran cabezas rapadas- se sumaron al incidente. Eran pocos, quizá. Pero la pasividad de la mayoría otorga al hecho una lógica gravedad. El fantasma del racismo sigue vivo, y si la actitud de la mayoría de los ciudadanos crea un ambiente propicio a la impunidad de unos pocos, la extensión del problema será irreparable. El antisemitismo y los alentadores de pogromos de todo tipo no pueden tener como respuesta una indolente indiferencia.

6 de noviembre de 2002

La musa de Hitler
Ha representado durante la mitad de su vida el eterno dilema entre la loa artística a una obra excepcional y el juicio a la persona del artista. Cómo algo tan bello ha podido salir de una manos tan despreciables. Invitada por el Festival de Sevilla, ha presenciado la inauguración de un par de exposiciones en su honor. La cineasta alemana Leni Riefenstahl quizá merecía un reconocimiento por su contribución a la historia del cine: algunas de sus películas son indudablemente meritorias y la búsqueda de la belleza en su obra, como en el reciente film rodado por ella misma en arrecifes de coral tras aprender submarinismo ya anciana, merece un elogio. Sin embargo, reconocer su talento no puede devenir en un homenaje. No, no puede el «ojo de Hitler» recibir un aplauso de quienes repudiamos el racismo.

La centenaria Riefenstahl mantuvo una consciente colaboración con el régimen nazi, hasta el punto de servirle de manera entusiasta con el rodaje del documental «El triunfo de la voluntad» durante un congreso del Partido Nacionalsocialista en 1934. Su papel de propagandista oficial y amiga del Führer la ha llevado a estar justificándose durante años, pero nunca se ha dignado a reconocer ni un atisbo de culpa o responsabilidad en quien ensalzó con su arte el régimen más abyecto de la Europa del siglo pasado. Cínicamente comenta que ella no supo entonces lo que ocurrió en los peores momentos del nazismo. No lo quiso ver, sería más exacto. Y si aquellas víctimas del genocidio merecen un respeto a su memoria, ése pasa por no tolerar la actitud de esta anciana nazi, puesto que el olvido de aquel horror nos lleva a seguir reproduciendo la eterna semilla del racismo.

[Noticia aparecida en una rincón perdido de un periódico: «Representantes de colectivos gitanos, como la Unión Romaní de Andalucía, protestaron por la presencia de Riefenstahl en Sevilla» Los descendientes de los gitanos recluidos en un campo de concentración que esta señora utilizó como extras en una película y el recuerdo de los judíos, gitanos, homosexuales y disidentes políticos que fueron exterminados por el nazismo, seguro que agradecen este necesario acto de civismo]