29 de septiembre de 2002

El drama en la ficción y en la realidad
Parece que han acertado de lleno en esta edición, la 50ª, del Festival de San Sebastián a la hora de otorgar la Concha de Oro. Se la ha llevado la película «Los lunes al sol» de Fernando León de Aranoa, la más aplaudida sin duda en los días previos por público y crítica. El tema que ha enganchado tanto no podía ser más 'corriente': la vida de unos parados en un entorno en el que sufren la exclusión. Nada de fantasías animadas y gnomos verdes; de vez en cuando el cine necesita realismo en dosis industriales. Y esta vez, por lo que dicen, con calidad en el guión e interpretaciones creíbles: Bardem debe bordar el papel, pues ejemplos no le habrán faltado en la vida real para crear ese personaje de «héroe a la fuerza de la clase proletaria» como lo califica Carlos Boyero, quien no escatima elogios al film: habrá que ir a verla.

«Habla de sensaciones muy terrenales, de seres humanos que jamás podrán estar de moda porque su condición social, profesional y sentimental es la de parados, de lo que nuestro egoísmo o feroz instinto de supervivencia quiere pensar que siempre le va a ocurrir al prójimo pero nunca a nosotros, de los individuos comprensiblemente acojonados porque su presente es muy negro pero el futuro es aún peor, de los que tiran la toalla en su soledad, su miseria, su derrota, su desesperanza y su intemperie lanzándose al vacío y de los que resisten a pesar de los pesares, aunque sólo puedan escupir al cielo y maldecir...». (El Mundo, 24/09/2002)

Esta semana, además, la dirección de Seat ha anunciado que traslada parte de la producción de Martorell a una fábrica de Bratislava. La excusa: que los sindicatos no consienten poner unos cuantos días más de trabajo en los próximos meses para producir más coches. Bueno, una excusa como otra cualquiera. La empresa pretende disminuir costes, que es lo que le importa, y el daño colateral se mide en empleos destruidos: 500 directos y 4500 indirectos. La propia industria auxiliar ve con temor la posibilidad de que la transnacional siga en la misma línea: recortando producción aquí para aprovechar mejor el bajo coste de la mano de obra en la Europa del Este. Volkswagen busca una mayor 'flexibilidad' con la deslocalización de su filial, es decir, quiere más sumisión de los trabajadores y más autonomía para decidir en qué sitio maximizará su beneficio.

El resultado es el que después el cine se ve obligado a reflejar para que no nos engañemos más con mundos idealizados de números y curvas: prejubilaciones vergonzantes -que pagamos todos en alguna medida a través del Estado-, despidos como única forma de ejecutar los eufemísticos 'ajustes de plantilla'. Esto es, nuevos parados que sólo el tiempo dirá si se convierten en 'parados de larga duración', trabajadores de más de 50 años que no ven posibilidades ciertas de encontrar un nuevo empleo... Más exclusión social. Ya no es sólo cuestión de acabar con la pobreza de los niveles más bajos de renta, puesto que el problema está en una grave falta de oportunidades de mucha gente ante un futuro tan precario. Esta vez, además, otro factor sobrevuela el ambiente: las cuantiosísimas subvenciones públicas recibidas por Seat, ¿acaso la sociedad no tiene ahora derecho a exigir a la empresa algo a cambio?

24 de septiembre de 2002

¿Todos con Schröder o todos contra Schröder?
Gana Schröder en Alemania, y en Europa. Estas elecciones afectan no sólo al mayor país de la UE, sino también a la política comunitaria, que siempre dependerá de cómo respiren en ese momento los alemanes. Ahora, por ejemplo, el impulso europeísta en pos de una Constitución para la Unión se verá reforzado con la continuidad del gobierno rojiverde en Berlín, con Fischer como principal promotor de la idea. Respecto a la inmigración, se constata la afortunada ausencia de peligros ultraderechistas y el escaso respaldo que recaba el discurso populista contra los extranjeros. Es señal de que los ciudadanos confían en sí mismos. Alemania tiene amplia tradición de sociedad abierta y parecen estar vacunados contra líderes 'salvapatrias'. Mientras en Italia pretenden sacar los crucifijos para defender su civilización de los infieles, Alemania y Suecia deberían servir de aliento para los socialdemócratas que intentan contrarrestar la hasta ahora imparable ola neoconservadora.

No ha sido por tanto la inmigración, como en Francia, la clave electoral. Sí la política exterior, que ha decantado el voto de quienes dudaban cuál debería ser el papel de su país en el mundo. Y está claro: los alemanes no quieren ser aduladores acríticos de la política 'made in USA'. Los americanos salvaron al continente del fantasma incubado en el mismo corazón de Europa, pero los agradecimientos no van a ser eternos. No pueden suponer la aceptación vergonzosa de que EEUU se construya un marco internacional de legalidad a su medida sin que los gobiernos europeos digan una sola palabra. La oposición al ataque a Irak ha aupado a Schröder de nuevo al poder, en un aura de pacifismo por parte de los electores. Y si tenemos en cuenta hacia dónde se decanta la opinión pública europea, casi se puede decir que la cancillería alemana está obligada moralmente a ejercer un liderazgo fiel a la esencia de una política común basada en los valores compartidos en la UE.

Una política que, como se está viendo venir desde hace tiempo, tendrá que separarse irremediablemente de las posiciones estadounidenses. La nueva doctrina Bush, según el documento «La nueva estrategia de seguridad nacional», pasa por institucionalizar el unilateralismo. Aceptarlo supone que nos carguemos los principios fundacionales de la ONU y la legalidad que ha amparado las relaciones entre los pueblos desde mediados del siglo XX. El concepto de «defensa preventiva» no es más que dar libertad a EEUU para actuar en cualquier punto del planeta. ¿Con qué objetivos? No se duda en priorizar los intereses nacionales, aunque se reviste también de «internacionalismo norteamericano» el supuesto papel de garante de los derechos humanos. Habrán de convencernos de que poder atacar a otro país 'preventivamente' contribuye a la paz mundial. Desde Berlín se intenta romper el seguidismo y, en vez de optar como hacen los maniqueos entre Bush o Sadam, bien haríamos apoyando en ese pulso a Schröder.

19 de septiembre de 2002

Halcones y palomas
Es ya una vieja división aplicada a los mandos del poder. Parece que sigue vigente: los antiiraquíes de Washington no tienen a todos consigo, al menos hasta el momento; cuando empiecen las bombas ya veremos. Hay disidentes 'palomas' entre los propios estadounidenses y en la -para algunos- siempre 'cobarde' Europa. Sí, somos muy reticentes los 'euroidiotas', nos preocupan bobadas como eso de la legalidad internacional. Pero llega a repugnar el papel de avanzadilla propagandística que algunos popes mediáticos asumen con un único par de simplezas que llevarse a la boca: Sadam es muy malo y hay que ver cuán siniestros son los europeos sumidos en ese antiamericanismo que les hace preferir la ONU a Bush. ¡Vade retro! ¡Ahora resulta que hasta Chirac es antiamericano!

Me refería unas semanas antes de la campaña de Afganistán a la citada metáfora ornitológica y a que los tiempos que corren sólo parecen favorables a los halcones. Los vientos bélicos siempre atraen nubes de tormenta, y el clima termina militarizando los argumentos hasta extremos como los que vamos a vivir. El otro día volví a ver «Mars Attacks», del genial Tim Burton: alguna de sus escenas es suficiente para conocer cómo se mueven los hilos en el Gobierno de EEUU. Ahora se va imponiendo la doctrina del 'ataque preventivo', y con bendición o no del Consejo de Seguridad habrá guerra con Irak en los primeros meses del año que viene. Con esa voluntad de seguir demostrando su dominio mundial, es imposible dudar que la hiperpotencia piensa llevar adelante sus planes. Y los 'aliados' decidirán finalmente dar su apoyo o no en función del botín a repartir que les ofrece Bush: el petróleo.

11 de septiembre de 2002

11-S: Un año bajo el peligro
Los escombros de las Torres Gemelas están aún presentes en la conciencia de muchos occidentales. Los postulados políticos de la inevitable acción posterior en defensa de la justicia y en nombre de las más de tres mil víctimas han estado condicionados por las sensaciones consiguientes. El peligro acecha, y el mundo se ha transformado en una nube de desconfianzas, hostilidades y sombras sobre un futuro que pretendemos construir a base de espíritu bélico. La civilización estaba amenazada hace un año por el terrorismo. La tragedia fue lo nunca visto. Pero no es conveniente trazar el camino a seguir desde la política con el aliento del terror en el cogote. El gobierno de EEUU, en el que se debería poder confiar siempre, tiene que guiar su acción mediante la racionalidad y, como le corresponde, con la paz como objetivo.

Desgraciadamente, insistentes tambores de guerra vienen sonando desde el año pasado. Justo cuando el mundo árabe, entre la presión del extremismo y el instinto de supervivencia de los moderados, se encuentra en condiciones menos propicias para nada parecido a un 'choque de civilizaciones', en Occidente continúa imponiéndose una ola de prevención frente al mal que viene de Oriente. El antiamericanismo de los musulmanes se verá alimentado por la próxima escala bélica, Irak. Sadam Hussein es otra vez el malo de la película. Parece que el guión está muy claro para algunos desde hace tiempo. Lo incierto es el final: no sabemos si será feliz y aplaudiremos como buenos espectadores cuando el líder del 'mundo libre' obtenga la victoria. Tampoco sabemos si esa victoria no nos traerá quizá a continuación varias derrotas en cascada. Tres palabras me parecen claves para comprender las sensaciones sobre las que nos movemos desde el 11-S de 2001.

Vulnerabilidad. Estamos en riesgo permanente, y nos damos cuenta de golpe. Eso en EEUU era nuevo, puesto que la tranquilidad social había imperado en su territorio durante mucho tiempo. Ni siquiera algún atentado previo había perturbado la imagen de invulnerabilidad que trasmitía la hiperpotencia hasta el 11-S. Pero con unos pocos puntos concretos, muy simbólicos, sumidos en el horror, todo un país puede temer lo peor en su territorio. Esa inquietud busca respuestas, y el Estado moderno la encuentra en sus posibilidades de coacción. De un lado, la demanda de seguridad se puede satisfacer con un recorte de libertades. La justicia hay que imponerla sin mostrar signo alguno de fragilidad. Y de otro, la vulnerabilidad de la nación se contrarresta con la tentación del aislacionismo. El mundo ahí fuera es peligroso, y sólo protegiendo con extremado celo nuestro frágil equilibrio podremos sobrevivir.

Incertidumbre. El futuro es incierto, cómo no. El azar puede cambiar en un momento el rumbo de nuestras vidas. De qué seguridad se puede sentir uno orgulloso cuando pocas personas pueden atentar contra la vida de miles de nuestros compatriotas. Pero no es sólo azar: hay que atajar el mal en sí mismo. Únicamente con la sensación de que quienes son capaces de perpetrar acciones tan horrendas van a ser perseguidos con todo el peso de la ley, podemos dormir tranquilos. La ley y la justicia de un Estado democrático aplacan la incertidumbre. El control de los factores que nos desestabilizan parece imprescindible. Muchas veces se va con un rumbo tambaleante, pero hay que mantener la firmeza. Una fiscalización de la vida de los ciudadanos, un control al que siempre es complicado ponerle límites, es útil para combatir lo impredecible. El terrorismo como excusa, la seguridad nacional como objetivo, terminan suponiendo una vida menos libre.

Confianza. Tener fe en la gente, siempre se ha dicho que es bueno. Al mismo tiempo, un confiado es por definición un tonto. Un acto de barbarie produce la ruptura de la confianza, que es uno de los ingredientes de la civilización a la que aspira el hombre. Se desconfía de lo extraño: concretamente de lo que se ignora. Más adelante se pasa a generalizar la falta de ese fluido sobre el que se construye la convivencia. Un árabe puede ser peligroso. Hay que temer lo que digan en el extranjero. Sólo con mirarse demasiado el ombligo, recurriendo a la ración preceptiva de patriotismo, ya se está consagrando el reino de la desconfianza. A su vez ese puede ser el principio de una esperanza. Uno empieza a confiar de nuevo en sí mismo, la nación se recupera del orgullo herido y se empiezan a cruzar lazos de solidaridad con los otros. Pero hay que dar razones para que los demás se fíen de ti. La interrelación de todos con todos puede dar máximos frutos positivos si el clima es de confianza.

El mundo siempre tendrá ante sí un futuro lleno de incertidumbres. Pero hay que saber centrar nuestros esfuerzos para que lo llevemos por una senda mínimamente aceptable. Con pedir que sea de paz y justicia, ya estamos colmando en dos palabras todos los buenos deseos. La confianza, la seguridad en las capacidades que tenemos para manejar el azar conforme nuestros deseos, y la libertad como valor, no frágil sino tremendamente poderoso en sí mismo, que debemos defender, son los elementos indispensables que necesitamos para seguir adelante. Sobreponiéndonos, tanto a tragedias de la magnitud de la que hoy recordamos, como a tentaciones autoritarias que sacrifiquen en el altar de la seguridad, el temor ante el futuro y la sospecha permanente hacia lo desconocido, patrimonios tan preciados como la libertad y la convivencia pacífica. Porque, en ocasiones, da la sensación de que no los valoramos tanto como decimos.

5 de septiembre de 2002

El camino
Termina el verano. Llega septiembre. Uno tiene desde chico la sensación de que ahora es cuando realmente empieza el año. Es como si comenzara un nuevo ciclo. Se inaugura curso, hasta los políticos siguen ese ritual. Vuelven los coleccionables a los quioscos, ¿seré capaz de culminar el 'proyecto de futuro' de hacerme con los tropecientos fascículos de Star Wars? Otra vez tenemos liga los domingos... La vida es puro sufrimiento. Por si a alguien se le había olvidado coger una depresión, el telediario nos recuerda que ahora sobreviene el 'síndrome postvacacional'. La vida debe ser cíclica, no se explica si no la cantidad de aderezos que tenemos que añadirle para soportar su rutina. Aunque recurriendo a la poesía, nos percatamos de que la imagen por excelencia es la del camino. 'Caminante no hay camino...', y claro, hay que andar mucho porque el camino continúa y no hay vuelta atrás.

Y en el fondo, para qué volver, como decía Cernuda. Aprovechando la excusa del centenario de su nacimiento, traigo a este blog unos versos, en parte para recordar a una de las figuras más admiradas de aquella generación. Vivieron años de guerra, de exilio, y aquello trunca cualquier proyecto. Pero Luis Cernuda nos dice que él es un peregrino, pues nada debe hurtarnos la posibilidad de seguir esa travesía vital adelante, hasta sus últimas consecuencias, mirando sin miedo al futuro. Exprimiendo la existencia, buscando siempre cosas nuevas, saboreando la libertad de elegir nuevos rumbos. Conferencias y placas conmemorativas llenan los actos de celebración del centenario de Cernuda, como antes se hizo con otros autores. Es ya un tópico, pero lo cierto es que el mejor homenaje que se le puede hacer es leer sus versos.

Estos que siguen fueron publicados en «Desolación en la quimera» (1962).

PEREGRINO

¿Volver? Vuelva el que tenga,
Tras largos años, tras un largo viaje,
Cansancio del camino y la codicia
De su tierra, su casa, sus amigos.
Del amor que al regreso fiel le espere.
Mas ¿tú? ¿volver? Regresar no piensas,
Sino seguir siempre adelante,
Disponible por siempre, mozo o viejo,
Sin hijo que te busque, como a Ulises,
Sin Ítaca que aguarde y sin Penélope.
Sigue, sigue adelante y no regreses,
Fiel hasta el fin del camino y tu vida,
No eches de menos un destino más fácil,
Tus pies sobre la tierra antes no hollada,
Tus ojos frente a lo antes nunca visto.


He hablado ya aquí de la inquietud que despierta la 'muerte del espíritu'. Se puede trasladar la idea a la desaparición de las utopías, ya nadie cree en nada. Esto realmente no es cierto, puesto que la necesidad de tener fe en algo es una constante en nuestra especie. Las religiones van pasando de moda. También se dice que el hombre ha matado a Dios. Pero lo que más se puede constatar en estos tiempos es el desconcierto ante la muerte de lo 'trascendental'. Ya nada tiene un valor absoluto, la existencia no pasa de ser un insípido 'aquí y ahora'. Con el trasfondo de la gran catástrofe para un país que supone la guerra, tenemos la magnífica reflexión de un ateo en La visita de Dios, de Luis Cernuda.