30 de agosto de 2002

La música ha muerto, ¡viva la música!
Esto viene a cuento de unos conciertos que he disfrutado este verano frente al televisor. Lo cual confirma que no toda la programación televisiva se degrada hasta niveles vergonzosos en la temporada estival. Eran piezas seleccionadas de la historia reciente del Festival de Montreal con un único imperativo: el buen gusto. Contrapunto necesario a la marea de los chicos de OT, cuyas canciones no pasan de ser música 'fast food'. Artistas como Gilberto Gil o Natacha Atlas tienen la capacidad de perseguir el noble objetivo de todo creador (gustar, divertir a su público) sin necesidad de tomarle el pelo a nadie. Sus ritmos, ya sean brasileiros o árabes, seducen porque hay calidad. Y se demuestra que ésta manda cuando el oído está libre de la tiranía del top de ventas. La buena música lo es con independencia de que se trate de jazz, reggae, flamenco o hip hop.

Y a todo esto, uno de los argumentos de la cruzada antipiratería es ese de que la música está en peligro. Morirá, porque las copias (tanto las ilegales que se comercializan como las privadas) acabarán con la creación musical. Con el negocio de las discográficas, habría que puntualizar, porque hay estilos de música ajenos a lo comercial. Si la gente deja de comprar discos a 18 euros, lo que efectivamente entrará en crisis es la industria y su modelo de negocio. Ahora conocemos el coste del soporte, y quien consume, quien mantiene esa producción acorde a gustos bastante estandarizados, prefiere comprar más CD's a precio 'pirata', más barato. Se echa la culpa al público del fracaso de gestión de las grandes discográficas. Mientras, las independientes sobreviven a duras penas y soportamos una escasa diversidad en el panorama musical. Si la música realmente amenazada, la comercial, muriera, sé de más de uno que hasta se alegraría.

23 de agosto de 2002

La rabia de Oriana
Escribe David de Ugarte en «Ciberpunk» sobre el conocido panfleto de Oriana Fallaci, que incluso ha despertado siniestros instintos censores en Francia, titulado «La rabia y el orgullo». Oriana ha pretendido remover las conciencias de los europeos lanzando este airado y demencial dardo contra los pusilánimes que desde aquí osan defender el islam. Pero la septuagenaria escritora apenas ha conseguido levantar dos trincheras: la de quienes no han sabido más que indignarse ante la xenofobia de este alegato con etiqueta de 'políticamente incorrecto', y la de una numerosa 'clac' que la ha aplaudido eufórica. Cuando en octubre pasado se publicó en el «Corriere della Sera» el artículo que ha dado origen a este libro, ya lo advertí: los coros de la Fallaci piensan seguir propagando las viscerales reflexiones desperdigadas a lo largo del ya célebre 'sermón' de la italiana.

Junto al feroz alegato contra los musulmanes, destaca la carga de profundidad de una crítica a los ciudadanos de esta 'nuestra civilización', supuestamente en peligro. Ugarte dice «no compartir el masoquismo, la culpa y la estupidez de nuestros compatriotas», y coincide con Fallaci en que el enfrentamiento inevitable entre Occidente y el Islam nos pilla, digamos, 'desarmados' moralmente. El no reconocer que con los musulmanes sólo cabe una lucha abierta con no se sabe qué objetivos, es «la mejor prueba de que mereceríamos perder».

Oriana es una patriota de Occidente, me di cuenta desde el primer momento. Y en esa posición parece que no cabe una actitud distinta a la que adopta: la del fanatismo. Porque, efectivamente, ese es el principal error del nuevo occidentalismo: sumirse en un integrismo occidental agresivo e intransigente, que es la peor forma de defender los valores que se pretenden. Y junto a la beligerancia con el enemigo exterior, se descubre un acendrado derrotismo capaz de transmitir esa acusación permanente contra los numerosos y variopintos enemigos interiores. Imaginarias amenazas al desastre intelectual de un Occidente que ella ve indefenso ante los ataques de los 'bárbaros'. No podría existir otro peligro que se ajustara más a la escenografía épica que nos vende Fallaci que el del islam. Y tiene la coartada de la perversidad de todas las religiones para descargar sobre éste tan sólo una cosa: odio, bastante odio.

El escrito 'ciberpunk' nos recuerda la tesis central del panfleto: «...estamos en guerra. Con el Islam. Sí, con el Islam». Y la debilidad de este pensamiento exaltado no debería escapar a nadie: ¿qué guerra? ¿quiénes son los verdaderos oponentes en esta lucha? No caben guerras de religiones a estas alturas. Sería ridículo pensar que eso que llamamos 'occidente' está enfrentado a la cultura islámica: en la II GM no se combatía a la cultura alemana. Es cierto que la religión musulmana tiene un frente abierto, como todas las religiones, con la Razón. Pero el racionalismo no entiende de trincheras patrias: la lucha es individual. El peligro para los valores democráticos está en el fascismo, como siempre, que antes fue nazismo, y ahora se nos presenta en el islamismo, que no es la religión islámica, sino la ideología integrista patrocinada entre otros por el poder saudí y la secta del wahhabismo.

Ahí reside el tremendo error: la guerra no es contra el islam, sino dentro del islam. Los musulmanes tienen derecho a quitarse de encima las interpretaciones más fanáticas de sus creencias. El islamismo amenaza al islam, de la misma manera que en otras épocas la religión era usada como pretexto para las mayores atrocidades, aquí mismo, en nuestro querido Occidente. Oriana Fallaci da pábulo a la confusión: mezcla el fundamentalismo con el islam, y cuenta sus vivencias poniendo a los dos en el mismo saco. Como he leído por ahí, lo suyo no es rabia y orgullo, sino odio y soberbia.

9 de agosto de 2002

Al alba, con tiempo duro de Levante...
Poco ha importado la dirección del viento. Y el lírico Trillo no ha tenido la necesidad de glosar esta vez la matutina actuación de desalojo con su frase para la historia: 'Al alba...'. En Perejil estaba en juego la Patria. Aquí únicamente el futuro de 273 personas que venían huyendo de la miseria y se han encontrado en la ansiada tierra europea con una encerrona en toda regla. El encierro de inmigrantes en la Universidad Pablo de Olavide de Sevilla ha terminado dos meses después de su comienzo con una efectiva intervención policial tras la petición del Rectorado. Era el final previsible, y claramente poco deseable: mejor sería que hubieran salido por su propia voluntad. Pero hay motivos sobrados para esta decisión: es un mal menor que ha acabado con el triste espectáculo de un encierro convertido en desesperanzada prisión para menos de la mitad de los inmigrantes que iniciaron la reivindicación en junio.

Y es que desde el principio se podía aventurar que medidas de protesta como la organizada en este campus no tienen ya futuro. Es inviable una regularización colectiva cuando el Gobierno está obligado a cumplir la ley y no parece estar dispuesto a realizar discriminatorias excepciones para resolver situaciones como la que se presentó en vísperas de la Cumbre de Sevilla. Si en algo hay consenso en la UE es en mantener la legalidad como requisito de una inmigración que llega a esta sociedad demandada por su mercado de trabajo e impulsada por el irrefrenable deseo de mejorar las condiciones de vida. La protesta contra las políticas inmigratorias restrictivas no pueden seguir alentando montajes de este tipo en los que los inmigrantes no obtienen beneficio alguno y la sociedad se queda, entre la indiferencia lindante con el rechazo y una lógica solidaridad con los encerrados, con una imagen de la inmigración que no aporta nada y puede ser incluso contraproducente.

Había un oportunismo inicial que podía presentar el encierro como símbolo de oposición a la política del Gobierno. Algunos, con el devenir de los hechos, siguen creyendo su conspirativa hipótesis de que la Junta de Andalucía, el PSOE y la Universidad lo organizaron todo: indigencia explicativa que no llega a captar la fuerza de la desesperación en quienes trabajan con la invisibilidad del 'sin papeles' a cuestas. La economía sumergida, que absorbe ávida toda esa mano de obra barata: un núcleo principal del problema que algún día tendrá que ser abordado en serio, por cierto. La Rectora Valpuesta ha actuado, soportando duros ataques, con cierta coherencia. Se ha intentado propiciar una resolución del conflicto aportando ayuda jurídica a los inmigrantes. La mayor parte de ellos ha iniciado trámites para obtener documentación de manera individualizada y la mediación ha permitido que en estos dos meses el encierro fuera menguando paulatinamente.

Pero la irresoluble situación de un último grupo ha desencadenado que estas últimas semanas fuera ya insostenible una reivindicación sin objetivos factibles y manipulada por intereses ajenos al futuro de los inmigrantes. El Defensor del Pueblo Andaluz, José Chamizo, ha venido dejando claro tras finalizar su tarea de mediador que algunos 'líderes' del grupo presionaban a los demás para mantener el encierro incomprensiblemente. La coacción ha impedido incluso la atención médica que algunos de ellos precisaban. Es evidente que la libertad individual de muchos de estos inmigrantes ha estado sometida a la utilización del encierro como arma de 'lucha' por parte de algunos. La manipulación nos lleva al engaño de quienes desde la 'organización' prometieron a todos los que se unieran a esta medida de fuerza que les conseguirían papeles.

Queda en entredicho lo realizado por esa extraña 'red de apoyo', compuesta por organizaciones que por sí mismas desmerecen ser comparadas con otras ONG's cuyo trabajo en el campo de la inmigración es tan meritorio. Aunque seguramente no asumirán su responsabilidad como pretendidos 'defensores' de los derechos de los inmigrantes. Sólo han conseguido 'jugar a ser revolucionarios', como ha dicho el consejero de Gobernación de la Junta. Mantener una ficticia batalla como luchadores por los Derechos Humanos, olvidándose precisamente de esos derechos e intereses de los inmigrantes que dicen representar y que han sido utilizados para la autocomplacencia de unos pocos militantes seudosolidarios. No habría que olvidar estas palabras de Chamizo, que tan encomiable labor ha desarrollado en esta ocasión con el sensato respaldo político del gobierno autonómico, como conclusión: «Lo peor de este encierro es que nos hemos enfrascado en muchas batallas y nos hemos olvidado de lo básico, y es que vienen aquí huyendo de la miseria».

2 de agosto de 2002

Un año
Sí, hace un año inauguré este blog. Empezó a caminar por el proceloso mundo de las bitácoras, si nos ponemos cursis. Y ahora sería un buen momento para valorar si me debo sentir satisfecho después de escribir ya aquí más de 60 apuntes. En función de las expectativas que tenía, estoy encantado de poder mantener este chiringuito abierto en el que colgar periódicamente alguna reflexión que otra. Espero que sea así por mucho tiempo: la moda de las bitácoras sigue en un punto álgido, aunque las hay que van cerrando. Pero, claro, es que para un grupo importante de 'bitacoreros' no es una moda. Se trata de adentrarse en una nueva forma de comunicación y publicación que proporciona la Red, que tardará además aún algunos años en consolidarse.

No sabría decir qué género dentro de los blogs tiene más visos de éxito en el futuro. Los personales tienen toda la pinta de lograr hacerse un hueco entre los hábitos de navegación de una mayoría: un blog bien escrito, que refleje la personalidad de su autor y cuente cosas interesantes merece la pena que esté entre las visitas frecuentes. Pero entre tantos que proliferan, solo los de personajes a los que terminas conociendo un poco tienen el poder de mantenerte como público fiel. En los de opinión, la clave está en interesar por algún motivo: vas definiendo una línea ideología clara (habrá quien te lea por afinidad en las opiniones; otros por todo lo contrario), o bien mantienes una constante atención por tratar ciertos temas en los que la opinión que cada uno se forma tiene un peso muy importante.

Hay blogs temáticos que, en función de cómo lleven a la práctica el seguimiento de la actualidad relacionada con ese tema, se pueden convertir en verdaderos referentes dentro de ese sector del público. Como pasa también con los de opinión, demostrar un mínimo conocimiento sobre lo que se habla debe ser fundamental. Sobre todo porque más que muchas visitas, lo que se pretende es tener a un grupo de lectores habituales que no se cansen de leer siempre lo mismo. Creo que, aunque con trabajo, se está consiguiendo que muchos internautas tengan a blogs entre sus visitas habituales. Y ese camino es imparable, por mucho que ahora otros formatos (prensa online, e-zines) gocen de más credibilidad o confianza por parte de ese mismo público objetivo que buscan los blogs.

Una de las claves para el futuro está en no caer en la trivialidad. Una bitácora es normalmente una apuesta individual por crear un punto de comunicación con el resto de la gente, y dista de asemejarse a la consolidación de la cabecera de una publicación. Pero al igual que en los medios de masas se detecta una mayor o menor atención por la calidad de lo que se ofrece según el medio de que se trate, en las bitácoras sería triste que, en general, nosotros, los que hasta ahora estábamos al otro lado, sigamos la tendencia de despreocuparnos por cuáles son las cosas a las que les damos importancia. Se corre el riesgo de confirmar eso de: 'entretenimiento basura' implica que detrás hay un 'público basura'. Internet es interactividad, y lo que circule es reflejo de los intereses de sus usuarios. También en los blogs.

Posdata: Escribir un 'post scriptum' a una carta tiene un cierto sentido de soltar algo que no te atrevías a decir en el escrito formal. Por eso en la Red todo el mundo debería tener la necesidad de escribir 'posdatas' a lo que los medios de comunicación dicen en nombre de la 'opinión pública'. Es bueno que se oigan otras voces, como decía hace un año, y que poder opinar con libertad sea siempre algo sagrado, intocable, en internet. Lo importante es comunicar: decía también que hay que conseguir que las voces se oigan entre tanto 'ruido'. Sé que hay gente ahí detrás, me llegan acuses de recibo, aunque no he puesto ni contador a esta página. Me da igual saber el número de visitas, yo voy a seguir aquí... espero que también ustedes.