26 de mayo de 2002

Ciudadano Pimentel
El ex ministro de Trabajo Manuel Pimentel está alejado de la política activa desde hace más de dos años, pero mantiene viva la inquietud del ciudadano comprometido políticamente con unas ideas. Artículos publicados en prensa centran la atención de quienes se interesan por sus opiniones; un habitual tono de distanciamiento respecto de la línea oficial del partido en el que sigue militando envuelve casi todo lo que escribe. Es indudable, por tanto, el interés que aún despierta como referente en el panorama político actual. Coyunturalmente, es de destacar la reciente polvareda que ha levantado en el PP andaluz la crítica pública de Pimentel al 'golpe de mano antidemocrático' -según sus propias palabras- perpetrado por los dirigentes del partido con la destitución de la dirección del PP de Córdoba presidida por Enrique Bellido.

Por lo visto, Bellido había criticado los hiperliderazgos políticos y pesaban sobre él acusaciones de 'deslealtad' al PP por haber disentido de la opinión hegemónica en más de una ocasión. Razones de más para la liquidación fulminante como dirigente local de un partido que tiene en la alabanza continua al líder una de sus aficiones preferidas. En la 'Carta a Enrique Bellido' que publicaron varios periódicos, se lamenta Pimentel de que lo único que se tolere en el PP sea «la repetición de los argumentarios oficiales matinales». «Pensar y tener opinión parece peligroso; mucho más productivo es seguir fielmente las consignas», asegura Pimentel: bien lo sabe él mismo, y por esa razón dimitió poco tiempo antes de las elecciones generales del año 2000. Tras su etapa de ministro del Gobierno Aznar, vio claro que debía mantenerse fiel a sus ideas y no caer en la sumisión a la postura oficial del PP en materia de inmigración para poder conservar el cargo.

Desde aquella dimisión se dedica a actividades privadas y sigue defendiendo una sonora disidencia respecto a la política inmigratoria que Aznar está llevando a cabo en esta segunda legislatura. Un año después de la aprobación de la actual Ley de Extranjería, que supuestamente iba a solucionar todos los descontroles de la inmigración de manera impecable, Pimentel seguía considerando en un artículo la maniobra del Gobierno contra la efímera ley del 'efecto llamada', que nunca llegó a aplicarse, un profundo error. La estrategia desarrollada por sus antiguos compañeros consistente en asociar inmigrantes a conflictividad ha sido calificada sin ninguna duda por el ex ministro de alentadora del racismo en la población. Lo cierto es que el debate generado en torno a esta cuestión ha estado colmado de mensajes lanzados desde las autoridades con fines electoralistas que favorecen al Partido Popular.

El culmen de este despropósito intencionalmente provocado para crear problemas artificiales en torno a la inmigración es la ristra de datos debidamente manipulados, o nulamente interpretados, que aporta el Gobierno para explicar la pretendida relación entre el mayor número de extranjeros y el problema de la delincuencia. Este es un debate peligroso que además no aporta nada. Y si indeseable es la 'lepenización' del discurso de los partidos en relación con este tema, bastante irresponsable es justificar un fracaso en la política de seguridad ciudadana echándole la culpa al chivo expiatorio de la inmigración, como dice Pimentel. No tenía fácil Pimentel sobrevivir dignamente en el Gobierno sin verse obligado a olvidar su visión de la inmigración, limitándose a obedecer: a la manía que parece que le tiene Aznar tras desafiarle con tan llamativa dimisión, se le suma la imagen que tienen de él muchos en su partido de vendido a la oposición y a la izquierda.

Lo cierto es que sus ideas centristas y su talante conciliador ya no están presentes en la impronta que el Partido Popular de la mayoría absoluta dejará en la política española. Que políticos tan libres y tan consecuentes como Pimentel estén fuera de la política activa es más que significativo. Recientemente incluso se permitía expresar en una columna de prensa qué opinión le merece la labor de este Presidente de Gobierno que se afana en crear crispación, alentar recelos y poner dificultades a la convivencia en relación a cuestiones como el nacionalismo vasco, la inmigración o el desempleo. Lo resume en una palabra: irresponsabilidad. (Puedes leer ese artículo aquí)

19 de mayo de 2002

Euroyanquis
Es común identificar en el imaginario colectivo a Europa y América con unas ideologías concretas. A priori parece sorprendente, pero lo cierto es que se aceptan unos principios éticos y políticos concretos como representativos de los valores de la sociedad estadounidense hasta el punto de poder definir una 'ideología americana' a partir de ellos. Como oposición frontal a esa política «made in USA» y a la ideología que subyace, aparece un pensamiento crítico que se explica por los valores 'netamente europeos' que compartimos en el Viejo Continente. Se otorgaría de esta forma a cada territorio un papel prototípico ya asignado tradicionalmente al binomio izquierda-derecha: América representa el Poder y Europa la Resistencia, los americanos reivindican el individualismo y los europeos defienden lo social.

Resulta chocante esta asociación de ideas: la ideología no está determinada por el lugar en que se nace. Ni siquiera la mentalidad de los habitantes de uno y otro lado del charco puede estar tan influenciada por los valores dominantes en cada sociedad; tendríamos que decir en ese caso que no es natural criticar al gobierno de EEUU si uno es norteamericano o ser proamericano si se ha nacido en Europa, y eso no tiene mucho sentido: aunque sean minoritarias, es tan normal defender esas posiciones como las contrarias. Es interesante por ello comprobar que ciudadanos notables de EEUU han visto la necesidad de firmar una «Carta Estadounidense a los Europeos», seguramente para responder a aquel manifiesto que firmó la élite intelectual conservadora adhiriéndose a la ola probélica reinante en el país.

Lo que gente como Norman Birnbaum, James Petras, Alan Sokal o Paul Sweezy defiende es oponerse conjuntamente, tanto europeos como americanos, a la política de guerra del gobierno de Bush e intentar frenar las «aventuras militares estadounidenses» y su poder de destrucción. Se menciona en el escrito que esta crítica corre el riesgo de ser tachada absurdamente de 'antiamericanismo', lo cuál demuestra que el manido recurso de la acusación de 'antipatriota' para descalificar unas ideas renace en estos tiempos de repliegue nacionalista. Desde medios norteamericanos se alienta también el rechazo a Europa y a los 'euroidiotas' que les critican. Sin embargo, ni odios irracionales hacia EEUU ni insultos a los europeos, como los de periodistas del NY Times sacando el fantasma del Holocausto, deben interferir en la postura crítica con el nuevo belicismo que muchos sienten la obligación moral de defender, ya se sea 'euroyanqui' o 'euroidiota'.

12 de mayo de 2002

Justicia
El comercio crea riqueza. Y una economía globalizada debería servir precisamente para que esa riqueza pueda llegar a todos los países. Pero la realidad es otra: la participación de los países de bajos ingresos en los beneficios del comercio internacional es ínfima en comparación con la de los países más desarrollados. No puede extrañar a nadie que las desigualdades sigan creciendo en un mundo en el que la brecha entre ricos y pobres se ha convertido en un foso de exclusión provocado, entre otras cosas, por la hipocresía y el doble rasero de los privilegiados. Las cuantiosas subvenciones y otras medidas proteccionistas del Norte conllevan una sobreproducción en los mercados agrícolas y unos precios artificialmente bajos que destruyen las oportunidades de muchos agricultores del Sur que no pueden competir en esas condiciones.

La relación es muchas veces de dependencia. Países que terminan especializados en la producción de una materia prima concreta y que ven cómo los precios en el mercado mundial bajan de manera continua. Y para otros tantos productos se comprueba el daño que los aranceles de los países ricos producen: se penaliza la manufactura de bienes alimenticios, condenando a los productores a renunciar a la creación de valor añadido en el lugar de origen. Todo esto y más es estudiado en el informe que Intermón Oxfam ha presentado sobre la situación del comercio internacional y que es el eje central de la campaña Comercio con Justicia. Dan una cifra: 100.000 millones de dólares es el coste que soportan los países pobres para que nosotros nos permitamos el lujo de mantener esas reglas del juego que claramente les perjudican.

Los gobiernos tienen en su mano el poder realizar un profundo y necesario cambio institucional en el marco bajo el cuál se desarrolla el comercio en la actualidad: no se debe continuar con la hipócrita protección de los intereses de los países ricos a la vez que se exige la apertura de mercados a la importación a los países menos desarrollados. De la misma manera, las empresas transnacionales seguirán aprovechando, si no se establecen controles, las posibilidades de explotación laboral que se les ofrece con la localización de actividades en zonas concretas ajenas al desarrollo conjunto del país. El economista Amartya Sen cree imprescindible «crear condiciones que permitan un reparto íntegro y más justo de los enormes beneficios del comercio», y así lo demuesta apelando a un impulso político de cambios organizativos que satisfagan un mayor nivel de equidad.

5 de mayo de 2002

Francia: lecciones para el futuro
Los resultados de la primera vuelta de las presidenciales en Francia han provocado en los medios una avalancha de análisis post-electorales como pocas veces antes se había conocido. El futuro de la izquierda, la política inmigratoria o el resurgimiento de los nacionalismos centran muchas reflexiones; se incide también en el significado de ese 'voto del descontento' como crisis de lo político. Rechazo a la 'partitocracia' que afecta a la legitimidad del sistema de representación democrática. Manuel Castells escribía hace unos días que «hay mucho de común en la creciente incapacidad de las formas democráticas del Estado-nación para representar a los ciudadanos a la vez en la gestión de lo global (donde reside el poder) y en la preservación de lo local (donde vive la gente)».

Para Castells el fenómeno es multipolar, pues «la crisis de representación proviene a la vez del voto de protesta populista de derecha, del desánimo de los ciudadanos con respecto a los principales partidos del arco democrático y del ascenso del voto alternativo y de extrema izquierda». La política tiene que reinventarse para mantener su papel central en las democracias actuales. Como apunta Fernando Vallespín, «la política convencional va a sufrir un importante proceso de transición hacia algo todavía difuso, pero que se atisba ya como casi inexorable. La progresiva incapacidad de los Estados-nación para gobernar su propio destino, su pérdida de autonomía y la necesidad de gestionar una creciente diversidad étnica y cultural interna puede que sean los problemas más difíciles de resolver» (lee el resumen de prensa completo...)