13 de diciembre de 2002

Que dimita el Prestige
Es lo único que se nos habría ocurrido al principio: la culpa del chapapote en la costa recae sobre los piratas del petróleo, las mafias del transporte marítimo y los puertos de la corrupción perfecta como el de Gibraltar. Que dimita el Prestige, porque lo que es cazar al responsable ruso de esta catástrofe, difícil lo tenemos. Sin embargo, siempre podíamos haber imaginado que el Estado no estuviera a la altura del desastre. Pues bien, la realidad supera cualquier mal augurio: el Gobierno no sólo ha superado los más altos niveles de incompetencia que se le presuponían, sino que ha demostrado una torpeza tal que la prudencia que puse en el comentario de hace tres semanas ha resultado innecesaria. No hay duda en señalar los monumentales errores que la Administración, los políticos y los gobernantes del PP en particular han cometido en este mes, que hoy se cumple, de mareas negras y ruina para Galicia.

Una marea política sobrevenida que se ha convertido en denuncia permanente de aspectos tan vergonzantes como la mentira institucionalizada en la política informativa de las autoridades. Y en protesta desesperada de quienes están hartos de la irresponsabilidad manifiesta de nuestros representantes a la hora de prever sucesos como este, tomar medidas inmediatas para minimizar la catástrofe y poner a disposición de la sociedad los recursos necesarios para limpiar los efectos de la marea negra. Roza el insulto a este país que la reacción, tarde y mal, del Gobierno esté además aliñada por esa actitud que los antaño periodistas de cámara del Presidente consideran el pecado capital de Aznar: la soberbia. Una arrogancia desmedida que desde el más mínimo gesto del bigote ha encrespado a unos ciudadanos que, ante la falta de previsión y la insolvencia demostradas con el Prestige, exigimos responsabilidades.

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