22 de noviembre de 2002

La basura del Prestige y el humo de las responsabilidades
Está siendo ampliamente seguida en los medios desde la semana pasada, como parece lógico: aún existe la cordura. La magnitud y la trascendencia de la catástrofe ecológica del petrolero en las costas gallegas la convierten en un auténtico terremoto de conciencias que se acuestan un día soñando con la armonía de nuestro paraíso terrenal y se levantan ecologistas por necesidad. Estamos obligados a sacar el 'yo' verde de paseo cuando el riesgo nos da una bofetada cruda y pringosa en la cara más frágil de la aldea global. ¿Quién dijo que el ecologismo era una simple ensoñación idealista con unas dosis de catastrofismo? Llega el Prestige y le da la vuelta a todo: la preocupación por el medio ambiente es puro realismo, y es una necesidad que se le presenta a la sociedad ante el descontrol que las actividades potencialmente contaminantes pueden generar mientras nos lamentamos inútilmente.

Los efectos de la marea negra y el fuel descargado por el petrolero hundido incidirán tan gravemente en la costa y la economía de Galicia que se agradece contemplar hasta qué punto está llegando el nivel de indignación colectiva: servirá para concienciarnos de la necesidad de la prevención de futuros dramas ecológicos. Futuros y presentes, pues la desidia de la Administración pública a la hora de plantearse la reparación de los daños en el medio ambiente es proverbial. La torpeza y la incompetencia en momentos cruciales, como parece que se le puede achacar ahora al Gobierno central, también son lamentables. No hace más que repetirse ese principio tan esplendoroso, y a la vez tan pervertido por la realidad, de 'quien contamina paga'. Al final las tretas jurídico-financieras terminan por librar a los culpables del pago por los daños causados: tenemos mil ejemplos.

Si las responsabilidades se diluyen como el petróleo del Prestige en un mar de impunidad, el medio ambiente no sólo seguirá estando en constante peligro, sino que también tendremos que acostumbrarnos a la inseguridad que los desaprensivos colocan sobre nuestro propio patrimonio: la costa donde se ganan la vida miles de pescadores, el estado del mar que hay que conservar para las próximas generaciones y la riqueza natural que la contaminación hurta a toda la ciudadanía. Manuel Rivas pone -en Balada maldita en las playas del Oeste- junto a la desgracia del fuel en la orilla, un punto de lucidez: «El mar, aquí, sigue siendo la mejor empresa. La más generosa. La más fiel. La más paciente, en un mundo de impaciencia depredadora, de banderas de conveniencia y paraísos fiscales, donde se impone el lema de Nada a largo plazo».

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